Considerado uno de los mayores referentes de la literatura en español y un autor imprescindible de la ficción moderna, Jorge Luis Borges (1899-1986) pronunció una frase que tiene su eco hoy: "He cometido el peor pecado que uno puede cometer: no he sido feliz". Hemos querido saber a qué se refirió el escritor y por qué sus palabras resuenan hoy en nuestras mentes. ¿Hay remedio? ¿Se puede rebobinar y conectar con el instante que encauza todo para elegir ser felices?
¿Quién fue Jorge Luis Borges?
Jorge Luis Borges fue uno de los escritores más influyentes del siglo XX y una figura clave de la literatura universal. Poeta, ensayista y maestro del relato breve, revolucionó la narrativa con obras que exploran el tiempo y la memoria. Autor de libros fundamentales como Ficciones y El Aleph, su estilo ha marcado a generaciones de escritores de todo el mundo. Ganó el Premio Miguel de Cervantes en 1979 y, aunque perdió progresivamente la vista, continuó escribiendo y dictando sus obras hasta el final de su vida, consolidándose como uno de los grandes clásicos de la literatura en español.
¿Qué quiso decir Borges al hablar de su 'peor pecado'?
Para Ana Galán (@anagalanpsicologia), psicóloga especialista en ansiedad y gestión emocional, "la frase de Borges invita más a la reflexión que a una lectura literal". Según la experta, "ser feliz no significa vivir sin tristeza, miedo o dolor. Nadie elige las circunstancias que le tocan vivir, pero sí puede decidir cómo relacionarse con ellas".
"Borges parece referirse más bien a no renunciar a la posibilidad de vivir una vida con sentido, disfrute y autenticidad. Muchas personas pasan años atrapadas por el miedo, la culpa, el qué dirán o la necesidad de cumplir las expectativas de otros. Sin darse cuenta, posponen constantemente aquello que les hace sentir vivos. En ese sentido, el mayor error no sería sufrir, sino resignarse a no intentar construir una vida que merezca la pena".
El mayor error es resignarse a no intentar construir una vida que merezca la pena.
¿Por qué hay quienes piensan que nunca serán felices?
"Muchas veces no les falta felicidad, sino la capacidad de reconocerla", señala nuestra especialista. "Viven pendientes de la siguiente meta, comparándose con los demás o creyendo que solo serán felices cuando desaparezcan todos los problemas", agrega.
"A veces se persiguen metas que la sociedad valora, pero que no conectan con los propios valores. Se consiguen logros y, sin embargo, aparece un vacío difícil de explicar", cuenta Ana. Asegura que "la felicidad no llega al final del camino; se construye también en los pequeños momentos del día a día: una conversación, un paseo o una comida compartida". Además, explica algo que sucede a menudo: tendemos a vivir en modo alerta pensando en los objetivos que tenemos pendientes de alcanzar en vez de centrarnos en disfrutar del presente porque nuestro cerebro está diseñado para sobrevivir. Así, es habitual pensar en "lo felices que fuimos" al echar la vista atrás.
Nunca es tarde para cambiar
Ana alienta al confirmar que nunca es tarde para construir una vida más alineada con lo que uno necesita. "Mirar atrás con culpa solo prolonga el sufrimiento; hacerlo con comprensión permite empezar de nuevo. Muchas personas llegan a los 50, 60 o 70 años con la sensación de haber vivido para los demás: por los hijos, el trabajo, las obligaciones o el miedo. Entonces aparece un pensamiento muy doloroso: "He desperdiciado mi vida". Desde la psicología, ese pensamiento tiene un riesgo: si creemos que ya es demasiado tarde, seguimos haciendo exactamente lo mismo que nos hizo infelices durante años. Es decir, el pasado empieza a robarnos también el presente".
Por este motivo, el consejo de nuestra psicóloga pasa por cambiar la forma en que queremos vivir los que quedan. "Cuando dejamos de preguntarnos "¿por qué viví así?" y empezamos a preguntarnos "¿cómo quiero vivir a partir de hoy?", algo muy importante comienza a cambiar", asegura. "Muchas personas encuentran su mayor bienestar precisamente cuando deciden dejar de vivir por inercia", agrega.
Muchas personas encuentran su mayor bienestar precisamente cuando deciden dejar de vivir por inercia.
Los grandes cambios empiezan con gestos pequeños
Tal y como nos ha contado Ana, poner límites, recuperar una afición, cuidar las relaciones que nos hacen bien o reservar tiempo para uno mismo sin sentirse culpable son pequeños gestos que impulsan grandes cambios. "Como psicóloga, creo que una de las trampas más peligrosas es pensar: "Cuando tenga menos responsabilidades, empezaré a vivir". Muchas personas esperan a la jubilación, a que los hijos se independicen o a tener más dinero… y descubren que también entonces aparecen otros miedos".
Ana hace un precioso símil: igual que un barco no necesita girar 180 grados para cambiar el rumbo; basta con mover un poco el timón cada día. Si cambia apenas unos grados no parece dirigirse a otro lugar, pero, con el tiempo, acaba llegando a un destino completamente distinto.









