Dice David Broncano que Orcera “es un pueblo precioso”. Está a los pies de Peñalta, rodeado de las montañas de la Sierra de Segura, una de las zonas más sorprendentes del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, ese espacio protegido inmenso, inabarcable, que pasa por ser el más grande de España y el segundo de Europa tras la Selva Negra alemana. En este entorno creció el presentador de La Revuelta: “Todos los recuerdos que tengo de esa época son muy felices”, dijo en una entrevista con Diario Jaén.
Tiene también Orcera un casco antiguo de origen medieval que merece un paseo sin prisas. Es el barrio de El Peñasco, de calles estrechas y trazado irregular, donde todavía se ven casas encaladas y algunas palaciegas —en las calles Genaro de la Parra, Wenceslao de la Cruz y San José—, viejas chimeneas y rincones que recuerdan el pasado musulmán de la localidad. En una loma entre los valles de los ríos Orcera y Trújala están las Torres de Santa Catalina, tres torres defensivas de época almohade, y, en el centro, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que conserva una torre levantada sobre uno de los antiguos torreones del castillo medieval. La Fuente de los Chorros, monumental y dieciochesca, queda junto a ella.
Pero Orcera no termina en sus calles. El monte empieza prácticamente al salir de casa, con parajes como Los Estrechos, rodeados de pinares, y la subida hacia la cima de Peñalta, que ofrece una buena perspectiva del relieve de esta sierra. Y está Amurjo, una enorme piscina fluvial —la más larga de Europa—, rodeada de pinares y roquedos, que en verano es el lugar de encuentro de sus algo más de 1700 vecinos.
SEGURA DE LA SIERRA, UN PUEBLO EN LO ALTO
Para llegar a Segura de la Sierra hay que subir. Y seguir subiendo. El pueblo se encuentra a más de 1100 metros de altitud, encaramado en la montaña y dominado por su castillo. No hay mejor mirador del entorno que esta fortaleza inexpugnable y altiva que levantaron los almohades sobre los restos de una atalaya de época romana. Luego los cristianos se hicieron con él a mediados del siglo XIII y desde ese instante constituyó una marca, una frontera, un territorio mítico por el que batallar. Así lo creía Rodrigo de Manrique, que, además de padre del poeta Jorge Manrique, fue comendador de Segura. Hoy, restaurado, acoge un centro de interpretación cuya visita recorre su torre del homenaje, el patio de armas, la sala de los baños árabes, la sala de la familia Manrique, la capilla, el aljibe, el refectorio o el adarve.
A los pies de la fortaleza queda el pueblo de calles empinadas, en las que se levantan un puñado de monumentos interesantes. El primero es el edificio renacentista de su ayuntamiento, que ocupa la antigua casa de la Compañía de Jesús; un poco más allá, la iglesia de Santa María del Collado destaca por su torre cuadrada y las imágenes de estilo gótico que cobija en su interior. Junto a ella brotan los caños de una fuente imperial, plateresca, rematada con el escudo de Carlos V. Y también la iglesia de los jesuitas, su curiosa plaza de toros cuadrada y algunos restos de las murallas y defensas de la localidad, como la torre del Agua.
En el barrio bajo abren sus puertas los baños árabes, los únicos que se conservan en la provincia de Jaén, además de los de los sótanos del Palacio de Villadompardo de la capital. Bajo cubiertas con bóvedas de medio cañón y claraboyas están sus diferentes salas: fría, templada y caliente.
Para conocer la casa familiar de Jorge Manrique, hay que situarse en la plaza de la Encomienda, donde el autor de Coplas a la muerte de mi padre vivió en el siglo XV. En ella escribió aquellos versos y otros dedicados a su esposa. Pero esta villa jienense también fue lugar de inspiración para Francisco de Quevedo, del que las malas lenguas aseguran que se amancebó con una joven de ojos negros y mirada penetrante a la que le dedicó algunos de sus encendidos poemas amorosos.
HORNOS DE SEGURA, ASOMADO AL EMBALSE
De un pueblo encaramado a otro. Hornos de Segura se levanta sobre un peñasco frente al embalse del Tranco, con las casas apretadas alrededor de su castillo. La fortaleza, que todavía domina el perfil del pueblo, acoge hoy el Cosmolarium, un espacio de observación y divulgación astronómica (cosmolarium-hornos.com).
Desde el mirador del Aguilón se entiende bien la posición del pueblo: el Tranco se extiende abajo, entre montañas y bosques, en una de las panorámicas más abiertas de esta parte de la sierra. Y luego están sus calles, la antigua Puerta de la Villa y la plaza de la Rueda, que conservan el trazado de la vieja villa medieval.
EN BARCO POR EL TRANCO
Navegar en el barco solar por El Tranco es una buena manera de tomar la medida a este enorme embalse encajado entre las montañas de la Sierra de Segura, una lámina de agua de unas 1.500 hectáreas. El único vehículo a motor que surca sus aguas ofrece dos recorridos de aproximadamente una hora (6 €) desde el embarcadero del Poblado del Tranco (carretera A-319, kilómetro 75).
La ruta de Hornos se dirige hacia el norte y permite contemplar el pueblo desde una perspectiva poco habitual, con su castillo asomado a la montaña y El Yelmo al fondo. El recorrido alcanza las proximidades de la cascada del Chorreón. La ruta sur se interna hacia la sierra de Las Villas, con el pico Banderillas, las ruinas del castillo de Bujaraiza y el gran islote de Cabeza de la Viña, cubierto de pinares, como algunos de sus hitos.
EL YELMO
Desde El Campillo, junto a la antigua casa forestal, en la carretera que une Siles con Santiago de la Espada, parte la ruta señalizada que lleva —primero por carretera asfaltada y luego por pista forestal— a la cumbre de esta montaña mágica y aislada en el corazón de la sierra, cuya cima no es solo uno de los miradores más bellos del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas, sino que también es, desde hace décadas, lugar de encuentro para los aficionados al parapente u otros deportes del aire. La excursión son 3 kilómetros hasta la cima, con unos 359 metros de desnivel y un tiempo aproximado de una hora y media.
DESPUÉS DE CAMINAR, SE COME… Y SE DUERME
En Segura de la Sierra, La Mesa Segureña ofrece cocina tradicional apegada a la tierra, con platos basados en los antiguos recetarios: migas con avíos, guisos de ajo y harina y la deliciosa carne de monte. Para descansar, en el mismo pueblo está el Hotel Poeta Jorge Manrique, que ocupa una antigua casa rehabilitada cuyo nombre no es casual, pues el poeta vivió aquí en el siglo XV, cuando su padre, Rodrigo Manrique, era comendador de Segura.












