Vivimos rodeados de pequeñas recompensas. Compramos algo y puede estar en casa al día siguiente, tenemos una duda y la resolvemos en segundos, miramos el móvil y encontramos entretenimiento inmediato. Incluso cuando tenemos un rato libre, parece que necesitamos llenarlo rápidamente con algo. Esperar nos cuesta mucho y aburrirnos, todavía más.
Pero, ¿todo aquello que nos proporciona placer nos hace también felices? ¿Es lo mismo disfrutar de algo durante unos minutos que sentir que estamos construyendo una vida que realmente nos gusta? La reflexión que ha compartido Sara Carbonero plantea precisamente esta diferencia: "Las personas que verdaderamente tienen éxito, aquellas que experimentan una profunda felicidad, están dispuestas a renunciar al placer a corto plazo para obtener la plenitud a largo plazo". Y esta cita nos ha hecho reflexionar.
Y es que, como decíamos, estamos acostumbrados a conseguirlo todo ya. Se nos acaba la paciencia si algo tarda más de la cuenta y nos olvidamos que hay cosas que requieren esfuerzo y tiempo. Esta sociedad de la inmediatez nos está volviendo infelices pero no sabemos cómo pararlo. Por ello, hemos querido hablar con Gregorio Muñoz Gómez, antropólogo, profesor de Psicología en la Universidad Alfonso X el Sabio y autor del libro ¿Quieres o debes ser feliz?.
Por qué nos cuesta tanto renunciar al placer inmediato
Esperar nunca ha sido fácil, pero ahora tenemos menos oportunidades de practicarlo. Gregorio Muñoz explica que la cultura de la inmediatez nos está haciendo perder cualidades como la paciencia y la tolerancia a la frustración, precisamente dos capacidades fundamentales cuando queremos conseguir algo que requiere tiempo.
Nuestros antepasados, señala, tenían mucho más asumido que la constancia, la paciencia y el respeto por las diferentes etapas de un proceso eran necesarios para alcanzar aquello que deseaban, ya fuera conseguir un determinado trabajo, construir una relación o formar una familia. Ahora, en cambio, estamos acostumbrados a obtener respuestas y recompensas casi al instante.
También existe una explicación relacionada con nuestro cerebro. Una recompensa inmediata favorece la liberación de dopamina, relacionada con el sistema de recompensa, y hace que queramos repetir aquello que nos ha hecho sentir bien. El problema es que debido a ello, frecuentemente necesitamos encadenar constantemente estímulos para evitar cualquier momento de vacío, aburrimiento o malestar.
No hay que irse muy lejos para darnos cuenta de esta realidad. De hecho, Muñoz nos pone ejemplos muy cotidianos: cuando no sabemos qué hacer si tenemos una tarde libre, o cuando empezamos a inquietarnos por volver al trabajo estando de vacaciones. Otro ejemplo más y preocupantemente común: no conseguimos separarnos de las redes sociales. "Hemos normalizado la urgencia y la idea de estar siempre activos", señala el experto.
Y eso deja poco espacio para algo mucho menos estimulante, pero necesario: parar y preguntarnos si la vida que llevamos es realmente la que queremos.
Placer no es lo mismo que plenitud
Otro de los conceptos clave que conviene desgranar a partir de la frase que ha compartido Sara Carbonero en redes sociales es que placer no es lo mismo que plenitud. Eso sí, no se trata de renunciar a todo aquello que nos gusta ni de vivir permanentemente haciendo sacrificios pensando en el futuro. La diferencia, según Gregorio Muñoz, está en saber para qué buscamos esa recompensa.
No es lo mismo tomarse una cerveza al terminar el día porque nos apetece que hacerlo para evadirnos de nuestros problemas. Tampoco hacer ejercicio porque nos proporciona bienestar físico y mental que utilizarlo como única vía para descargar emociones que no sabemos gestionar. Del mismo modo, recurrir a una aplicación de citas porque queremos conocer a alguien no es igual que acumular contactos intentando llenar un vacío. "Desde donde se haga una u otra actividad marcará que la persona a largo plazo se sienta con mayor o menor plenitud", explica.
Porque el placer inmediato, recuerda el experto, proporciona una satisfacción sensorial y pasajera, mientras que la plenitud permanece durante más tiempo y tiene que ver con sentirnos bien con nosotros mismos, con la serenidad y con la sensación de que nuestra forma de vivir tiene sentido.
Eso no significa estar bien todos los días. Habrá momentos malos, estrés y ocasiones en las que volveremos a dejarnos llevar por la inmediatez. La diferencia es que, cuando hemos identificado aquello que realmente nos proporciona bienestar, resulta más sencillo reconocer cuándo nos estamos alejando de ello.
¿Tenemos que sacrificar el presente para ser felices en el futuro?
Esta es quizá la gran pregunta que plantea la frase. Porque vivir pensando únicamente en mañana tampoco parece una buena fórmula para ser felices hoy.
Para Gregorio Muñoz, "no se trata de sacrificar nuestro presente por un futuro", sino de tener más control sobre nuestras decisiones y comprender por qué hacemos lo que hacemos. Podemos disfrutar de una recompensa inmediata sin convertirla en la forma habitual de escapar de aquello que nos incomoda.
Un ejemplo sencillo sería la comida. Entre prohibirnos cualquier dulce para mantener una dieta perfecta y recurrir a ellos constantemente para calmar la tristeza o la ansiedad existe otra posibilidad: disfrutar de uno porque nos apetece, de forma puntual y consciente. El problema, por tanto, no está necesariamente en el placer, sino en la función que le damos.
Cómo encontrar el equilibrio entre disfrutar hoy y pensar en mañana
Para conseguirlo, Gregorio Muñoz propone empezar por algo que parece obvio, pero que no siempre hacemos: prestar atención a nuestras acciones, emociones y sentimientos. Preguntarnos qué hacemos y, sobre todo, para qué lo hacemos puede ayudarnos a distinguir entre aquello que realmente disfrutamos y lo que utilizamos simplemente para evadirnos.
También necesitamos momentos de soledad e introspección. No para analizar permanentemente nuestra vida, sino para comprobar si nuestros deseos siguen siendo los mismos. Porque lo que nos hacía felices a los 20 años puede no hacerlo a los 40 o a los 50. Y cambiar de objetivos no significa haber fracasado, sino haber evolucionado.
Como recuerda este experto, "cuanto más me conozco, más posibilidades tengo de definir lo que me hace feliz. Cuanto más claro tengo qué me hace feliz, más fácil es diferenciar lo que me acerca o aleja de ella".
Quizá ese sea también el éxito del que habla la reflexión compartida por Sara Carbonero. No necesariamente tener más, conseguir más o acumular experiencias, sino aprender a distinguir entre aquello que nos proporciona unos minutos de placer y aquello que, cuando termina el día, nos hace sentir que estamos viviendo como realmente queremos.












