Cometer un error y pasar horas dándole vueltas, sentir vergüenza por una torpeza o reprocharnos no haber estado a la altura de nuestras propias expectativas. La relación que mantenemos con nuestros fallos dice mucho de cómo nos tratamos a nosotros mismos, pero el sentido del humor puede ser nuestro mejor aliado.
En uno de las charlas de Aprendamos juntos de BBVA, la neurocientífica y conferenciante Ana Ibáñez (@anaibanez_g) propone precisamente recurrir a la risa para romper el patrón de la autocrítica y aprender a relativizar aquello que no nos gusta de nosotros mismos. En sus palabras: "No te tomes tan en serio. Tómate las cosas con más humor y ríete de ti mismo. Si eres capaz de reírte de tus propios fallos, tu cerebro empieza a chirriar un poco. Entonces empiezas a romper sus esquemas".
Cuando te ríes de ti mismo, tu cerebro también percibe esa respuesta. En lugar de sentir el supuesto estrés que deberías sentir ante un fallo, comenta la experta que lo que le pasa es que nota los músculos de la risa, ve que la actividad cerebral está cambiando, y piensa: "Ah, pues oye, quizá esto de no hacerlo bien tenga su parte de gracia. Así que, efectivamente, el poder reírnos de nosotros mismos es maravilloso", señala.
De hecho, la experta va incluso más allá y propone un ejercicio para ponerlo en práctica: "Pongamos un nombre divertido a aquellas cosas de nosotros que no nos gustan. Si eres muy organizado, ponte Míster Organizator o Insoportator, o lo que tú quieras; algo que te digan en casa. Pero ríete de eso, permítete reírte y deja que tu familia y tú también podáis compartir esa risa. Os aseguro que es un potenciador enorme de la autoestima".
¿Qué es el 'humor autoirónico' y por qué te hace bien?
El humor autoirónico consiste en encontrar el lado divertido de nuestras propias manías, limitaciones o equivocaciones. En lugar de convertir un fallo en una prueba de que no somos suficientemente buenos, podemos mirarlo desde otra perspectiva y concederle menos importancia.
Esta actitud no implica negar los errores ni dejar de responsabilizarnos de ellos. Se trata, más bien, de evitar que una equivocación puntual se convierta en un juicio global sobre nuestra valía. Cuando somos capaces de reírnos de una pequeña torpeza, por ejemplo, dejamos de interpretarla necesariamente como algo vergonzoso y podemos recuperar cierta distancia emocional.
Sus beneficios pueden ir más allá del bienestar emocional. La Sociedad Española de Neurología señala que las personas risueñas tienen hasta un 40 % menos de problemas vasculares y viven entre cuatro años y medio más que otras personas. Una razón más para dar espacio al humor en nuestra vida cotidiana.
Reírse de uno mismo, pero no castigarse
Conviene distinguir el humor autoirónico de la autocrítica destructiva. Aunque ambos pueden incluir comentarios sobre nuestros defectos, su intención y sus consecuencias emocionales son muy diferentes. Mientras que el autoataque busca señalar lo que hacemos mal y puede alimentar sentimientos de culpa o inferioridad, la autoironía permite reconocer nuestras imperfecciones sin convertirlas en motivos para despreciarnos.
La diferencia está en el tono, pero también en cómo nos sentimos después. Por eso, poner un apodo divertido a una manía o compartir una anécdota embarazosa puede ser una forma de aceptación. No se trata de reírse de uno mismo para ocultar el malestar o conseguir la aprobación ajena, sino de encontrar una mirada más flexible y compasiva.
Como nos contó la psicóloga clínica y coach ejecutiva Pilar Guerra Escudero en su día: "En la disciplina de la salud mental diferenciamos entre dos tipos de autocrítica llamadas autocrítica positiva y autocrítica negativa. Dependiendo de nuestro diálogo interno la autocrítica positiva nos llevará a nuestro autocuidado y la autocrítica negativa nos conducirá a tratarnos mal e incluso algo muy frecuente en el ser humano que es el auto maltrato".
Una forma de cambiar nuestra relación con los errores
La propuesta de Pilar Guerra y Ana Ibáñez invita a cuestionar una respuesta muy habitual ante los fallos: la exigencia de hacerlo todo bien. Cuando nos permitimos reír, introducimos una alternativa a la frustración y podemos descubrir que una situación no tiene por qué vivirse con tanta tensión. El humor también puede ayudarnos a compartir nuestras imperfecciones con las personas cercanas. Reírnos juntos de una manía, sin ridiculizarnos ni herirnos, favorece un entorno en el que equivocarse resulta menos amenazante.
Aprender a reírnos de nosotros mismos no significa tomarnos a la ligera aquello que nos importa. Significa recordar que nuestros errores forman parte de nuestra experiencia, pero no nos definen por completo. Y que, en ocasiones, tratarnos con un poco más de humor puede ser también una manera de tratarnos con más cariño.








