AMOR DE INFANCIA

Lidia, la novia que se casó en el pueblo con su compañero de pupitre tras 17 años juntos y cambió el velo por dos claveles blancos


Lució un vestido convertible de Claudia Llagostera, sorprendió con una decoración inspirada en las estrellas, un homenaje a sus abuelos y su tarta de queso favorita


© GMstudio Fotografía
Cristina GonzálezRedactora de FASHION
8 de noviembre de 2026 a las 19:32 CET

Cuando el profesor sentó a Lidia y Javier juntos en clase, aquellos niños de 12 años no podían imaginar que, casi dos décadas después, acabarían dándose el 'sí, quiero' en el mismo pueblo donde había comenzado su historia de amor. Fue en Valdepeñas (Ciudad Real), el lugar que los vio crecer y enamorarse, donde el pasado 20 de junio sellaron una relación de 17 años con una boda en la que quisieron rendir homenaje a sus raíces familiares y, especialmente, a sus abuelos.

Para la ocasión, nuestra protagonista eligió un diseño de dos piezas de Claudia Llagostera, que completó con un delicado velo que después sustituyó por dos claveles blancos. Una elección muy personal que encajaba con la estética campestre y romántica de la celebración. Pero, más allá de su look, fueron los pequeños detalles cargados de significado los que hicieron de aquel día algo inolvidable: desde la fecha escogida hasta una decoración inspirada en las estrellas, con la que quisieron mantener muy presentes a sus seres queridos.

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Un vestido convertible regalado por su abuela y dos claveles como tocado

Lidia sabía quién sería la encargada de diseñar su look nupcial incluso antes de la gran pregunta. "Lo tuve claro mucho antes de que Javier me pidiese matrimonio: Claudia Llagostera. Sus diseños siempre han ido muy en la línea de mi estilo, originales, pero sin perder la elegancia de la sencillez", nos cuenta. Aunque no sabía exactamente cómo quería que fuese, bastó una primera visita para que la diseñadora entendiera lo que tenía en mente. "Claudia me lo puso muy fácil, captó al momento lo que yo quería, ¡es una auténtica crack!", recuerda.

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El resultado fue un diseño convertible formado por una falda larga desmontable y un minivestido, que le permitió lucir dos estilismos diferentes sin necesidad de cambiarse por completo. Una idea que surgió pensando, sobre todo, en disfrutar de la fiesta sin renunciar a la comodidad. "Fue muy divertido idearlo. Me parecía fundamental ir cómoda para disfrutar al máximo el gran día y poder bailar sin que nada me lo impidiese", explica.

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El proceso de creación fue todavía más especial porque pudo compartir las pruebas con su madre y sus tres testigos. "Fue increíble ver sus caras cada vez que veían los avances. Son recuerdos que me guardo para siempre". Además, la creación tenía un valor sentimental añadido, pues fue un regalo de su abuela Joaquina. "Guardaré el vestido para toda la vida", confiesa emocionada.

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En cuanto a los complementos, esta novia quiso mantenerse fiel a su estilo, apostando por accesorios delicados y con personalidad. Para la ceremonia llevó un velo de inspiración bohemia, muy fluido, que se quitó en la finca para sustituirlo por dos claveles blancos a modo de tocado. Completó el conjunto con un choker de tela, unos pendientes largos con pequeñas perlas que sus suegros le habían regalado durante la pedida y unas sandalias de Flordeasoka. Para bailar, cambió estas últimas por unas cómodas alpargatas de Castañer.

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También buscó naturalidad en su look de belleza, confiando en Paula Guzmán para el maquillaje y el peinado. "Quería sentirme yo y decidí llevar el pelo suelto porque es como suelo ir habitualmente, optando por unas ondas. En cuanto al maquillaje, tampoco quería ir recargada, porque no me maquillo en exceso, así que quise dar protagonismo al colorete, máscara de pestañas y labios", explica. El toque floral llegó con un ramo de calas en tonos blancos, rosas y empolvados, regalo de sus padres, que seguía la misma línea romántica de la decoración.

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Una boda en su pueblo, mesas con nombres de estrellas y un homenaje especial

El 20 de junio de 2026 no fue una fecha escogida al azar. Aquel día habría sido el cumpleaños de Leopoldo, el abuelo materno de Javier, y la pareja quiso convertir su boda en un homenaje a la familia y, especialmente, a los abuelos que ya no podían acompañarlos. Una decisión que terminó dando sentido a muchos de los detalles de la celebración.

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La ceremonia religiosa tuvo lugar en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Valdepeñas, el pueblo donde ambos nacieron. Para oficiarla eligieron a don Alberto, un sacerdote al que habían conocido durante la boda de unos amigos y con quien conectaron desde el primer momento. "Supimos que queríamos que fuese él quien nos casase", cuenta la novia. Después, todos se trasladaron a la Finca Monte Arenas, en Daimiel, un escenario con el que soñaban incluso antes de comprometerse. 

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La decoración fue una de las partes más personales del enlace. Las estrellas se convirtieron en el hilo conductor de la celebración, como una bonita manera de recordar a quienes seguían ocupando un lugar importante en sus vidas. "Como queríamos homenajear especialmente a nuestros abuelos fallecidos, se nos ocurrió que la frase de nuestra boda podía ser: 'Bajo el mismo cielo, con todas nuestras estrellas'", explica Lidia.

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Este mensaje, bordado por Hey_Waikiki sobre un mantel, recibió a los invitados a modo de cartel de bienvenida. El seating plan, confeccionado también en tela por El Tintero, continuaba con la misma inspiración: cada mesa llevaba el nombre de una estrella cuyo significado estaba relacionado con las personas que se sentaban en ella. Entre todas destacaba Polaris, la estrella que guía el camino, con la que quisieron recordar simbólicamente a sus abuelos. "La más especial, sin duda. La mesa como tal no existía físicamente, tan solo estaba impresa en la tela, pero incluimos en ella a nuestros abuelos", explica.

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Para acompañar esta propuesta eligieron una decoración floral de Las Jaras, con flores blancas, verdes y rosas, pequeños violeteros y velas. "Queríamos algo campestre y sútil, nada cargado", explica la novia. La iluminación también tuvo un papel especial, con lámparas de pie distribuidas alrededor de las mesas de la cena.

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Tampoco faltaron las sorpresas para los invitados. Una artista, Carmela, realizó ilustraciones en directo como recuerdo de aquel día. Y como broche gastronómico, los novios quisieron compartir con todos uno de sus pequeños placeres cotidianos: la tarta de queso de Colósimo, un restaurante de Madrid situado cerca de su casa. "Nos hizo mucha ilusión que todos nuestros invitados pudieran probar nuestro postre favorito del mundo", reconoce.

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Después de tantos preparativos, Lidia tiene claro qué fue lo verdaderamente importante. "Es muy difícil reunir a tanta gente un solo día y fue algo mágico", reconoce. Aunque, si tuviera que escoger un único instante, se quedaría con la ceremonia. Quizá porque, después de 17 años de historia compartida, regresar al lugar donde todo empezó para celebrar su amor, rodeados de quienes más quieren y recordando a quienes tanto significaron para ellos, era la mejor manera de comenzar una nueva etapa.