En un antiguo rancho

La novia valenciana que llevó manteletas de fallera de su madre en el vestido y usó madera recogida en la playa para decorar las mesas


Lució un diseño de Sara Omatos con el que rindió homenaje a su madre y se encargó de la parte creativa de su boda, un proceso que disfrutó tanto, que terminó creando su propio estudio


© MUCHOCAMINO
Cristina GonzálezRedactora de FASHION
3 de noviembre de 2026 a las 19:35 CET

"Me iba a acompañar también al altar, pero desde el cielo", nos cuenta Marta, quien desde el primer momento tuvo claro que quería rendir un homenaje muy especial a su madre, a quien perdió cuando solo tenía 16 años. Y qué mejor manera de hacerlo que recuperando sus manteletas de fallera para incorporarlas a su vestido de novia. Un precioso guiño a sus raíces valencianas que también estuvo presente en la decoración de su boda, celebrada el 11 de abril de 2026 en la Costa Brava, un lugar muy especial para ella y su marido, David.

Los novios se conocieron gracias al fútbol: el padre de Marta era el entrenador de David y, desde entonces, él le ha dedicado cada uno de sus goles. Diez años después se dieron el 'sí, quiero' en la iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza, en s'Agaró. "Una tarde descubrimos que había una iglesia con el nombre de mi madre. Desde ese día, supimos que nos casaríamos allí", recuerda. Una coincidencia que hizo todavía más especial el lugar elegido para su enlace.

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Manteletas de fallera y un ramo de girasoles

Aunque la boda era en la Costa Brava, Marta tenía claro que quería que su vestido se confeccionara en Valencia. "Mi ciudad, mis raíces y la tierra que quería llevar conmigo en el día más especial de mi vida", explica. Para ello confió en Sara Omatos, la primera y única diseñadora a la que acudió. "Quería a alguien que entendiera mi idea, que conectara conmigo y me hiciera sentir bien en un proceso tan especial", recuerda. Y es que aquella primera visita no fue sencilla: "La primera visita siempre se hace con una madre. Perdí la mía con 16, iba sola y Sara me hizo sentir como en casa".

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No tenía un diseño completamente definido, pero sí sabía cómo quería sentirse: fiel a ella misma. "Sorprender sin dejar de reconocerme en cada detalle, creando una propuesta entre mi esencia más clásica y mi lado más auténtico", nos cuenta. Con esta idea, la diseñadora dio forma, en apenas seis meses, a un conjunto de tres piezas confeccionadas en bambula de seda: una falda con diferentes alturas, un abrigo de volúmenes delicados con lazadas en el cuello y los puños, y un espectacular corpiño joya.

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Este último fue, sin duda, la pieza más especial. Para confeccionarlo recuperaron las manteletas de fallera que habían pertenecido a su madre. "La idea inicial era recortar los bordados y aplicarlo sobre el corsé", explica. Sin embargo, el resultado no terminaba de convencerlas. Hasta que, durante una de las pruebas, una de las costureras colocó las telas directamente sobre el corpiño de manera improvisada. "En cuanto lo vimos, lo tuvimos claro", recuerda. Así nació una creación artesanal de volúmenes orgánicos que conservaba intacta la esencia de aquellas prendas familiares.

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Con el mismo tejido elaboraron también una gargantilla y un lazo para el cabello. Y el homenaje continuó con el velo, que reservó para el momento de la bendición, cuando sus tías maternas lo colocaron sobre los novios. Para confeccionarlo usaron una mantilla de fallera de su madre, que una costurera valenciana transformó a mano con tejidos escogidos en los tradicionales puestos de la Plaza Redonda.

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Las joyas también tenían su propia historia. Como objeto prestado, lució unos pendientes que le dejó su suegra y que habían pertenecido a la abuela de David. Completó el conjunto con unas alpargatas, un maquillaje natural que dejaba visibles sus pecas y un semirrecogido con trenzas y un lazo. "Quería que la primera vez que mi prometido me viese llegando al altar siguiera siendo yo", confiesa.

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Para el ramo eligió girasoles, una flor muy representativa de la zona. "Quería rendir homenaje a la flor por excelencia de L’Empordà, la tierra que da alma a la Costa Brava, el girasol. Me apetecía un ramo distinto, lleno de color", explica. Lo acompañó de una cinta verde bordada a mano con la fecha de su compromiso y una referencia a la Virgen de los Desamparados, además de una pequeña cruz de cerámica con la palabra 'mami' grabada y una medalla que conservaba desde su nacimiento.

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Fiesta en un antiguo rancho de caballos

Después de nueve años juntos, David le pidió matrimonio en Formentera, el día de su cumpleaños. "El Mediterráneo siempre ha formado parte de nuestra historia y somos muy felices cerca del mar", nos cuenta Marta. Por eso, cuando llegó el momento de elegir dónde celebrar su enlace, tuvieron claro que querían hacerlo en la Costa Brava, donde habían compartido tantos veranos.

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De la ceremonia religiosa, nuestra protagonista rescata un momento muy especial: "Cuando entré a la Iglesia y vi a mi marido llorando, mientras que sonaba de fondo la banda sonora de la película favorita de mi madre, Memorias de África. No podía parar de sonreír, sin apartar ni un momento la mirada hacia él. No sabía que podía volver a ser tan feliz".

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Tras la ceremonia, los invitados se trasladaron a L'Empordà para disfrutar del banquete en un antiguo rancho de caballos, un escenario que encajaba a la perfección con la pasión de Marta por el mundo ecuestre. La celebración terminó con una divertida fiesta de inspiración vaquera, en la que las botas camperas y los sombreros de cowboy fueron los grandes protagonistas.

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Girasoles, naranjas valencianas y una decoración hecha a mano

Marta quiso implicarse personalmente en cada detalle de la organización. "Quería vivir mi boda desde el principio sin perderme nada", asegura. Aunque contó con un equipo de wedding planners para el gran día, se encargó de coordinar los preparativos y de diseñar el concepto creativo, las invitaciones, la papelería y el seating plan.

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La decoración tenía un hilo conductor muy claro: "El sol, el mar y todos los momentos felices que habíamos vivido allí juntos". Para unir sus raíces valencianas con el paisaje de la Costa Brava, eligió una combinación de girasoles, gerberas y naranjas, que llenaron las mesas de color y aportaron ese aire mediterráneo que tanto buscaban.

En la entrada de la finca prepararon un rincón campestre con caballos, un atadero de madera rústica, balas de paja y una carretilla tradicional repleta de frutas. El seating plan, también diseñado por ella, se inspiró en los campos dorados de L'Empordà después de la cosecha.

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Uno de los detalles más originales fueron los meseros. Marta diseñó una ilustración para cada mesa inspirándose en las calas más bonitas de la Costa Brava. "No quería hacer una representación literal, así que opté por un estilo desenfadado y personal", explica. Los acompañaron con pequeños barcos hechos a mano a partir de madera que habían encontrado en la playa tras los temporales. Alrededor colocaron recipientes con arena y conchas recogidas en sus rincones favoritos, además de mensajes en botellas para los invitados.

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También hubo espacio para recordar a quienes ya no estaban. Bajo un magnolio, la pareja preparó un rincón con fotografías de sus seres queridos, que colgaron de las ramas. "Fue un momento muy especial que emocionó mucho a todos los invitados", recuerda. "Habían sillas vacías ese día, pero los corazones muy llenos".

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La novia disfrutó tanto dando forma a cada detalle que aquella experiencia terminó convirtiéndose en algo más. "Me encargué del concepto creativo, de toda la papelería, seating plan, láminas personalizadas e invitaciones", explica. Y añade: "A raíz de mi boda y por recomendación de todos nuestros invitados, creé un estudio creativo para seguir dando vida a otras bodas".

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Así nació Casa Brava, su propio proyecto, con el que ahora puede acompañar a otras parejas en la preparación de su gran día. Un bonito desenlace para una celebración en la que Marta no solo consiguió hacer realidad todo lo que había imaginado, sino también encontrar una nueva ilusión profesional.