Tenía una importante tarea, educar a un futuro rey, el príncipe George, y a sus dos hermanos, la princesa Charlotte y el príncipe Louis. Desde que se conoció -hace ya más de una década-, que los príncipes Guillermo y Kate habían confiado la educación de sus hijos a María Teresa Turrión, 'la niñera española' de los príncipes de Gales ha acaparado muchos titulares y otros tantos artículos. Ya lleva más de una década trabajando a su servicio, y por su extraordinario trabajo, recibió, hace unos meses, la Medalla Real Victoriana de Plata, pero estos días nos hemos dado cuenta de que cuenta con un curioso privilegio que, quizá, algunos no conozcan… Y tiene que ver con su lugar de nacimiento.
Al ser natural de Palencia, María Teresa no tiene que hacer reverencia ni "inclinarse ante ningún Rey", pero para entenderlo tenemos que echar la vista atrás.
El origen del privilegio
La historia se remonta al siglo XIV, cuando Juan I de Castilla perdió la batalla de Aljubarrota contra el ejército portugués, en 1385. Aquella derrota dejó su reino muy debilitado, y Juan de Gante, duque de Lancaster e hijo del rey Eduardo III de Inglaterra, vio la oportunidad perfecta para intentar hacerse con el trono castellano. Su aspiración llegaba por su matrimonio con Constanza de Castilla, hija del rey Pedro I -conocido como 'El Cruel'-, que había sido asesinado por orden de su hermanastro, Enrique de Trastámara -Enrique II, padre de Juan I-.
El duque de Lancaster entró por Galicia con su ejército, anglo portugués, conquistando A Coruña; y, de forma pacífica, Santiago de Compostela, Vigo, Baiona, Pontevedra y Ourense, donde estableció su Corte. Después invadió el Reino de León con el Rey de Portugal y avanzó hacia Palencia, dispuesto a hacerse con la victoria. Sin embargo, en su camino, se encontraría con un obstáculo inesperado -además de la peste que fue diezmando a sus hombres-: las mujeres palentinas.
La heroica resistencia de las mujeres de Palencia
Con los hombres luchando en el frente, las mujeres se habían quedado solas en la ciudad, pero lejos de huir del peligro, decidieron hacer frente al enemigo. Según cuentan cronistas de la época, ocuparon las murallas, hicieron sonar trompetas, mostraron pendones e hicieron ver que tenían una fuerza militar que disuadió el ataque. Y lo cierto es que consiguieron frenar la expansión y las pretensiones del duque de Lancaster, que terminó desistiendo en su intento y renunció a sus pretensiones en el Tratado de Bayona de julio de 1388.
En un gesto de agradecimiento, Juan I decidió conceder a las mujeres palentinas un privilegio inédito: ser caballeros de honor y llevar la banda dorada sobre sus mantos y tocados. La Orden de la Banda había sido creada por Alfonso XI -abuelo de Juan I de Castilla- y era una de las más prestigiosas del Reino, simbolizando distinción, lealtad y valor. A día de hoy, todavía se puede encontrar en algunos trajes regionales -muchas veces, acompañada de un detalle o flor morada-, en actos institucionales y fiestas tradicionales.
Pero, también, había otra concesión más, no tendrían que inclinarse ante ningún monarca. Bien es cierto que, en nuestro país, la reverencia ante los Reyes no es obligatoria. Desde 1978, el saludo incluye postura y mirada, pero también depende de la circunstancia en la que se dé el encuentro.
Lo más habitual es que el hombre dé un apretón de manos y una leve inclinación de la cabeza; mientras que la mujer realizaría la genuflexión. Además, si hay que dirigirse a ellos se recomienda utilizar el término de Señor o Señora.
En la corte inglesa, se siguen los protocolos de manera muy estricta, pero, en el caso de María Teresa Turrión, y si se atendiese a esa excepción antiquísima, no tendría que hacer la genuflexión ante nadie.







