Subir al tren en Bruselas al final de la tarde. Dejar la maleta, acomodarse en la cabina y cenar mientras el paisaje empieza a cambiar al otro lado de la ventanilla. Después, apagar la luz y dormir. Al despertar, ya no se está en Bélgica, sino en Italia. La experiencia del nuevo tren nocturno de European Sleeper hace posible cruzar cuatro países durante la noche y llegar a Milán a media mañana. Pero el viaje no tiene por qué terminar allí, también se puede bajar en Colonia, Zúrich, Lugano o Como y convertir el trayecto en una escapada más larga con paradas.
Entre una cosa y otra, la noche transcurre sobre raíles: una cena, unas horas de sueño, el paisaje que desaparece tras la ventanilla y la sensación de que, mientras se duerme, el mapa va cambiando. Hay asientos, literas y cabinas privadas, distintas opciones según lo que se elija. Las cabinas permiten viajar con más intimidad, sin compartir el espacio.
También se dispone de comida y bebida a bordo y se puede reservar el desayuno. Y hay una diferencia con el avión que se nota al principio y al final del viaje: las estaciones siempre están en el centro de la ciudad.
LO PRÁCTICO ANTES DE SUBIR
El tren circula tres días por semana y permite organizar el viaje de distintas maneras según dónde se quiera hacer noche o pasar unos días. Los billetes parten de 49,99 € en las opciones más económicas y de 179,99 € en las cabinas privadas. Esta nueva ruta de la compañía ferroviaria —especializada en conexiones nocturnas internacionales— se suma a la que ya recuperó entre París, Bruselas y Berlín, y a la que desde diciembre incorporará también Amberes, Breda y Eindhoven.
COLONIA
La primera gran parada después de Bruselas es Colonia, en Alemania. La estación está junto a la enorme catedral gótica que es el icono de la ciudad, así que basta bajar del tren para entrar directamente en ella. El Kölner Dom guarda el relicario que la tradición vincula con las reliquias de Melchor, Gaspar y Baltasar, una arqueta de oro y plata de grandes dimensiones. A su alrededor se extiende el centro histórico, con calles adoquinadas, casas de fachadas de colores, iglesias medievales como San Martín y plazas como Heumarkt y Alter Markt. El Rin queda a pocos pasos, con el puente Hohenzollern como uno de los paseos más reconocibles, y también el Museo del Chocolate. Para acabar el día, una Kölsch en una de las cervecerías tradicionales.
ZÚRICH, LA PARADA SUIZA
Antes de que aparezcan los Alpes y cambie el idioma, el tren se detiene en Zúrich, una ciudad que en un día permite pasar de la Edad Media a la arquitectura más contemporánea sin apenas salir del centro. Niederdorf es el comienzo natural, un entramado de calles adoquinadas donde aparecen la catedral de Grossmünster y algunas de las estampas más reconocibles de la ciudad. Desde allí, el paseo alcanza el Café Odeon, la Ópera y el Kunsthaus, antes de desembocar en la elegante Bahnhofstrasse, entre grandes firmas y confiterías históricas.
Al otro lado de la estación está el Zúrich más nuevo: el Museo Nacional, Europaallee y Langstrasse, un barrio multicultural de tiendas vintage, restaurantes internacionales y arquitectura reciente. En Im Viadukt, bajo los antiguos arcos ferroviarios, se mezclan tiendas y bares, y muy cerca está la torre Freitag, levantada con contenedores reciclados. Una última mirada al Zúrich contemporáneo antes de que el tren vuelva a ponerse en marcha hacia el sur.
EL PAISAJE CAMBIA EN LUGANO
En Lugano cambia el paisaje y también el idioma. Estamos en el Tesino, la región italófona de Suiza, y la ciudad tiene algo de pequeña Italia a orillas de un lago: plazas porticadas, terrazas, jardines y un clima suave. El casco antiguo concentra la catedral de San Lorenzo y la iglesia de Santa Maria degli Angioli, que guarda un gran fresco renacentista de Bernardino Luini, y desde allí se baja hasta el paseo del lago.
Para verla desde arriba, hay que subir al monte San Salvatore. El funicular parte de Paradiso y alcanza uno de los grandes miradores sobre Lugano y su bahía; el monte Brè ofrece otra perspectiva, con el lago y los Alpes al fondo. De vuelta abajo, el Parco Civico Ciani pone el punto final al paseo junto al agua, antes de hacer una parada para un café en alguna de las plazas del centro.
COMO, EL LAGO MÁS FAMOSO Y CON MÁS GLAMUR
La siguiente parada es Como, ya en Italia y a orillas del lago que lleva su nombre. La estación queda cerca del centro histórico, donde están la catedral de Santa Maria Assunta y las calles que conducen hasta el agua. Allí aparece Villa Olmo, una residencia neoclásica del siglo XVIII rodeada de jardines. Es uno de esos lugares donde basta mirar alrededor para entender por qué este lago lleva siglos atrayendo a viajeros.
Desde el embarcadero salen los barcos hacia los pueblos de la zona central. Bellagio, a poco más de una hora de navegación, es el más conocido, con sus calles escalonadas y los jardines de Villa Melzi junto al agua. Al otro lado del lago se suceden las montañas y las localidades de la ribera. En un día, más que intentar verlo todo, la gracia está en elegir una orilla, subir a un barco y dejar que el lago haga el resto.
MILÁN, EL FINAL DEL VIAJE
El tren llega a Milano Porta Garibaldi a media mañana, directamente en la ciudad y con muchas horas por delante. Si se ha pasado toda la noche sobre raíles, el viaje cambia completamente de escenario. El centro queda a mano para ir del Duomo a la Galería Vittorio Emanuele II y de ahí a Brera, entre calles estrechas, tiendas y restaurantes. Y cuando cae la tarde, Navigli toma el relevo con sus canales, terrazas y aperitivo.










