Sara Carbonero abre el debate y un psicólogo analiza el problema: "La familia no puede ser la única barrera frente a un sistema diseñado para enganchar"


La presentadora colabora con una campaña de UNICEF sobre la influencia del algoritmo en los contenidos que consumen los adolescentes con sus móviles


Sara Carbonero, en 2021© GTRES
1 de agosto de 2026 a las 15:03 CEST

Hace apenas unos días, Sara Carbonero ponía sobre la mesa un tema que toca de lleno a miles de familias. "Hoy hay millones de adolescentes que consumen horas y horas de contenido y quien decide qué ven es un algoritmo. Un sistema que no tiene en cuenta qué es bueno para ellos; solo los mantiene más tiempo enganchados a la pantalla. Como madre, como periodista y como persona en general, esto me preocupa mucho", advertía.

Sin demonizar la tecnología, la comunicadora señalaba la raíz del problema: "No porque las pantallas sean el enemigo, sino porque ese entorno digital no está diseñado pensando en ellos. Podemos hablar con nuestros hijos e hijas, poner límites en casa... pero la responsabilidad no puede ser solo nuestra. Las empresas tecnológicas también tienen que cambiar cómo diseñan estas plataformas".

Una reflexión con la que Carbonero da voz a la nueva campaña de UNICEF Españay que abre un debate urgente: ¿hemos dejado la salud mental de los jóvenes en manos del código de una red social? Para responderlo y entender el impacto de este modelo en un cerebro en pleno desarrollo, hablamos con el psicólogo Marc Rodríguez, especialista en Inteligencia Emocional (@rodriemocion) 

Sara Carbonero decía recientemente que el criterio editorial de los contenidos que se publican en medios y redes sociales tiene una responsabilidad, pero hoy a los adolescentes los guía un algoritmo sin ética. ¿Coincides en que hemos dejado la salud mental de los jóvenes en manos de la programación de una red social?

Sí, creo que en parte sí. Y además es una forma bastante clara de entender lo que está pasando. Antes podíamos hablar del criterio de un medio, mejor o peor, pero había personas tomando decisiones sobre qué se publicaba, cómo se contaba y qué impacto podía tener. Ahora, buena parte de lo que ve un adolescente viene marcado por un algoritmo que no tiene una mirada humana ni educativa.

El algoritmo no se pregunta si ese contenido ayuda, acompaña o protege. Se pregunta si retiene. Si el joven se queda mirando, le da más. Si se enfada, le da más. Si compara su cuerpo con otros cuerpos y se queda enganchado, le da más. No hay una ética detrás, hay un objetivo de atención.

Y esto es muy serio, porque estamos hablando de chicos y chicas que todavía están formando su autoestima, su identidad y su manera de entender el mundo. No es lo mismo que un adulto vea un contenido absurdo y diga “esto es puro clickbait”, a que un adolescente lo reciba como si fuera una especie de espejo de lo que tiene que ser.

Así que sí, hemos dejado una parte importante del mundo emocional de los jóvenes en manos de sistemas que no saben quién hay al otro lado. No saben si ese chaval tiene ansiedad, si está pasando por bullying, si tiene problemas con su cuerpo o si atraviesa una etapa vulnerable. Solo saben que ha mirado más segundos un vídeo. Y eso, sinceramente, da que pensar.

chicas adolescentes sonrientes usando su móvil© Getty Images

Desde el punto de vista del desarrollo adolescente, ¿qué impacto tiene en una mente en formación consumir un contenido seleccionado solo para hiperestimular y no para educar o acompañar?

El impacto puede ser grande porque el cerebro adolescente todavía está aprendiendo a regularse. Es una etapa donde hay mucha sensibilidad a la novedad, a la recompensa, al grupo, a la comparación y a la validación externa.

Si ese cerebro recibe durante horas contenido rápido, cambiante, intenso y diseñado para no aburrir nunca, se acostumbra a funcionar en un modo de estimulación permanente. Y claro, luego la vida normal parece poca cosa.

Una clase parece lenta. Una conversación sin móvil parece aburrida. Leer cuesta más. Estudiar se hace más pesado. Incluso estar tranquilo puede resultar incómodo.

Es como si acostumbráramos al cerebro a comida ultraprocesada emocional. Todo es muy sabroso, muy rápido, muy estimulante, pero no siempre alimenta de verdad. La mente necesita también pausas, silencio, aburrimiento, presencia, contacto real, pensamiento propio. No todo lo que entretiene acompaña. Y no todo lo que capta la atención educa.

No es lo mismo que un adulto vea un contenido absurdo y diga “esto es puro clickbait”, a que un adolescente lo reciba como si fuera una especie de espejo de lo que tiene que ser

Marc Rodríguez, psicólogo

Un adulto puede detectar el clickbait o la manipulación de un titular, pero ¿hasta qué punto un adolescente de 13 o 14 años tiene desarrollada la capacidad crítica para entender que lo que ve en su feed no es la realidad, sino un bucle diseñado para retener su atención?

Un adolescente de 13 o 14 años puede manejar el móvil con muchísima soltura, pero eso no significa que tenga una mirada crítica madura sobre lo que consume. Saber usar una herramienta no es lo mismo que entender cómo esa herramienta intenta influirte.

A esa edad todavía se está desarrollando la capacidad de tomar distancia, relativizar, detectar manipulación o entender que muchas cosas están editadas, exageradas o preparadas para provocar una reacción.

Por eso, cuando ve en su feed vidas perfectas, cuerpos perfectos, planes perfectos o titulares alarmantes, no siempre piensa “esto está construido para engancharme”. Muchas veces piensa “mi vida es peor”, “mi cuerpo no vale”, “me estoy quedando fuera”, “todo el mundo está mejor que yo”.

Aquí hay que enseñarles preguntas muy simples, casi como un pequeño filtro mental:

  • ¿Esto que estoy viendo me informa o me altera?
  • ¿Me hace sentir mejor o peor conmigo?
  • ¿Esto es una realidad completa o solo un trozo elegido?
  • ¿Por qué me están enseñando esto una y otra vez?
  • ¿Lo he buscado yo o me lo está empujando la aplicación?

    El pensamiento crítico no aparece solo por tener acceso a internet. Hay que entrenarlo. Igual que enseñamos a cruzar la calle, también hay que enseñar a cruzar un feed sin tragarse todo lo que aparece.

Las plataformas utilizan técnicas de diseño persuasivo como desplazamiento infinito, notificaciones aleatorias o me gustas. ¿Cómo afecta esta búsqueda incesante de dopamina a la salud mental de los jóvenes?

Lo bajaría a algo muy cotidiano. El adolescente abre una aplicación “solo un momento” y acaba media hora después sin saber muy bien cómo. No es falta de voluntad sin más. Es que la aplicación está diseñada para que eso ocurra.

El scroll infinito elimina el punto de parada. El autoplay hace que no tengas que decidir seguir viendo. Las notificaciones funcionan como una sorpresa: igual no hay nada, igual hay un mensaje, igual hay un like. Y esa incertidumbre engancha mucho.

En el cerebro, esto activa mecanismos de recompensa. Pequeños subidones. Una respuesta, un mensaje, un comentario, un nuevo vídeo. El problema es que cuando una persona vive pendiente de esas pequeñas recompensas, puede empezar a depender demasiado de ellas para sentirse bien.

En jóvenes esto puede traducirse en ansiedad, irritabilidad cuando no tienen el móvil, necesidad constante de revisar, bajada de concentración y problemas de sueño. También puede afectar a la autoestima, porque muchos empiezan a medir su valor en función de señales externas: cuántos likes, quién me ha visto, quién me ha contestado, quién no me ha respondido.

Un ejemplo muy claro: subir una foto y pasar la tarde pendiente de quién reacciona. Eso parece ocio, pero emocionalmente puede convertirse en una evaluación social continua. Y vivir evaluándose todo el día agota.

Niña usa las redes sociales en su móvil© Getty Images

En el caso de los adolescentes, el algoritmo suele recomendar muy rápido contenidos sobre belleza idealizada, dietas o validación social. ¿Por qué es tan peligroso en una etapa donde la identidad se está construyendo?

Porque la adolescencia es una etapa en la que todavía se está construyendo la pregunta de “quién soy”. Y dentro de esa pregunta entran muchas cosas: mi cuerpo, mi atractivo, mi valor, mi lugar en el grupo, si gusto o no gusto, si encajo o no encajo.

Si justo en ese momento el algoritmo empieza a enseñar cuerpos imposibles, rutinas perfectas, dietas, transformaciones físicas, caras filtradas y vidas aparentemente ideales, el adolescente puede tomar eso como referencia real.

Y ahí está el peligro. No piensa siempre “esto está editado”. Muchas veces piensa “yo debería ser así”. Y si no lo es, aparece la sensación de no llegar, de no estar a la altura, de estar mal.

Además, el algoritmo puede ser muy insistente. Si una chica se queda mirando vídeos sobre pérdida de peso, puede empezar a recibir más y más contenido de ese tipo. Si un chico consume contenido sobre musculación extrema, puede entrar en una rueda de comparación física constante.

La identidad adolescente es como cemento fresco. Todavía no ha endurecido. Si ahí se imprimen mensajes muy duros sobre el cuerpo, la belleza o la validación, pueden quedar marcas importantes.

El adolescente abre una aplicación “solo un momento” y acaba media hora después sin saber muy bien cómo. No es falta de voluntad sin más. Es que la aplicación está diseñada para que eso ocurra

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Cómo se traduce esto en el día a día? Un padre pone límites de tiempo en casa, pero el algoritmo compite con neurociencia aplicada para enganchar al chaval. ¿Es una pelea de David contra Goliat?

Sí, muchas veces lo es. Y creo que decirlo ayuda a quitar culpa a muchas familias. Un padre puede poner normas, claro que sí. Puede decir “a las diez se apaga el móvil”, “solo una hora”, “nada de pantallas en la mesa”. Todo eso es importante. Pero al otro lado hay plataformas con equipos enteros estudiando cómo captar la atención de su hijo. No es una pelea justa.

En casa se ve de maneras muy concretas. El chaval dice “un vídeo más” y nunca es uno más. Le quitan el móvil y reacciona como si le hubieran quitado algo vital. Se va a dormir tarde porque se ha quedado enganchado. Mira el teléfono aunque no haya sonado. Se frustra si no puede contestar rápido. A veces incluso está físicamente en casa, pero mentalmente está dentro del feed.

Por eso no podemos decir simplemente “los padres tienen que poner límites” y ya está. Sí, tienen que ponerlos, pero también necesitamos educación digital, conversaciones honestas y más responsabilidad de las plataformas.

La familia no puede ser la única barrera frente a un sistema diseñado para enganchar.

Ante este panorama, ¿cuál es la mejor herramienta que podemos darles a los adolescentes desde casa o las escuelas? Si no podemos cambiar el algoritmo mañana, ¿cómo entrenamos su criterio propio para que aprendan a protegerse ellos mismos del enganche?

La herramienta más importante es enseñarles a construir criterio propio. No solo prohibir, no solo controlar, no solo quitar el móvil. Eso puede ser necesario en algunos momentos, pero si no hay criterio, el adolescente no aprende a protegerse cuando está solo.

Yo lo trabajaría de forma práctica, no con grandes charlas moralistas.

  • Primero, ayudarles a observar cómo les afecta. Por ejemplo: “Antes de entrar en redes, ¿cómo estabas?”. “Después de media hora, ¿te sientes mejor o peor?”. “¿Sales con más calma o con más comparación?” Esto parece simple, pero les enseña a conectar uso digital con estado emocional.
  • Segundo, explicarles cómo funciona el algoritmo de forma sencilla. Que entiendan que no les muestra “la realidad”, les muestra contenido que probablemente les retenga. Si miras mucho algo, te dará más de eso. Si interactúas con drama, te dará más drama. Si te quedas viendo cuerpos perfectos, te enseñará más cuerpos perfectos.
  • Tercero, entrenar preguntas de defensa personal digital: ¿Esto lo estoy eligiendo yo o me está arrastrando? ¿Este contenido me ayuda o me deja tocado? ¿A quién beneficia que yo me sienta insuficiente? ¿Qué parte de esto está editada o exagerada? ¿Estoy entrando porque quiero o porque necesito anestesiarme?
  • Cuarto, pactar límites con sentido. Los adolescentes aceptan mejor un límite si entienden el motivo. No es “porque lo digo yo”, sino “porque dormir mal te afecta”, “porque compararte todo el rato te hace daño”, “porque necesitas tiempo sin estímulo para que tu cabeza descanse”.
  • Y quinto, ofrecer alternativas reales. Porque si quitamos el móvil y no hay nada más, dejamos un vacío enorme. Hace falta deporte, música, conversación, planes, creatividad, aburrimiento sano, vida presencial.

    Al final no se trata de demonizar las redes. Se trata de que el adolescente aprenda a usarlas sin dejar que ellas le usen a él.