Izaskun Basterra, psicóloga: "Las familias no necesitan eliminar la tecnología, sino asegurarse de que las pantallas ocupen un lugar secundario"


La experta reflexiona sobre cómo influye el uso que los adultos hacen del móvil en el comportamiento de los hijos


Izaskun Basterra, psicóloga sanitaria© Cedida
7 de julio de 2026 a las 18:23 CEST

Seguro que te ha pasado en alguna ocasión: estás respondiendo un correo del trabajo o mirando un vídeo en el móvil y, de repente, tu hijo reclama tu atención. Aunque compartáis el mismo sofá, la pantalla te ha llevado a kilómetros de distancia. Educar hoy en día es hacer malabares; entre el trabajo, la casa y las tareas pendientes, el teléfono se ha convertido en nuestra principal herramienta de gestión.

Sin embargo, para un niño, ese aparato es un rival directo que le roba la atención de sus padres. Los hijos son auténticas esponjas y, mucho antes de aprender a hablar, ya han memorizado nuestros hábitos visuales. Por eso, exigirles que dejen las pantallas cuando nos ven enganchados a ellas es una batalla perdida. No se trata de buscar la perfección ni de cargar con más culpas, sino de entender qué sienten ellos cuando la pantalla "gana" la partida

Por eso hemos querido contar con la opinión de una experta, la psicóloga sanitaria Izaskun Basterra acerca de cómo influye nuestro comportamiento digital en los más pequeños y qué pequeños cambios, sin dramas, podemos hacer en casa para ser modelos coherentes y demostrarles que ellos siempre son lo primero. 

¿Qué es lo primero que interioriza un niño cuando ve a sus padres constantemente con el móvil en la mano?

Los niños interpretan la realidad en función de cómo les hace sentir esa realidad. Al ver a sus padres constantemente pendientes del móvil, aprenden que ese aparatito es lo suficientemente importante como para acaparar su atención, en ocasiones, mucho más de lo que lo hacen ellos.

Ellos, a priori, no pueden comprender que el móvil pueda llegar a ser una herramienta de trabajo, o una herramienta de gestión de ese listado interminable de tareas y asuntos pendientes que manejamos los adultos. Ellos interiorizan que son menos importantes que lo que sale en la pantalla y que aunque sus padres puedan estar presentes físicamente, no lo están al 100% y, sobre todo, no están disponibles emocionalmente.

Por no hablar de que también se va fraguando la idea de que los momentos de espera, de aburrimiento, de frustración… se llevan mejor recurriendo a una pantalla. De esta forma, relacionan el uso del teléfono móvil con la evasión.

madre con el móvil, ocupada, mientras su hija la abraza© Getty Images

¿A qué edad suelen empezar los niños a copiar el comportamiento digital de los adultos?

Como solemos decir “los niños son esponjas” y la imitación comienza muy pronto en términos generales. Ya desde el primer año de vida los niños observan y reproducen conductas de sus figuras de referencia. Y aunque todavía no puedan utilizar dispositivos de forma autónoma, muestran interés por ellos -en este sentido, las luces y los sonidos ayudan a captar su atención-, intentan tocarlos y reproducen los gestos que ven a diario. Se pueden observar niños muy pequeños intentando imitar el uso del teléfono móvil con sus pequeños deditos.

A medida que van creciendo, especialmente entre los 2 y los 6 años, el aprendizaje por observación adquiere un peso enorme y los hábitos digitales de los adultos se convierten en un modelo a seguir.

En resumen, los niños empiezan muy pronto a imitar el comportamiento digital de los adultos.

¿Cómo afecta a un niño que su padre o madre esté físicamente presente pero emocionalmente ausente por el móvil?

Los niños necesitan sentir que sus necesidades y señales de atención son vistas, escuchadas y respondidas. En la medida en la que las figuras de referencia son capaces de responder adecuadamente a las demandas infantiles se irá fraguando un apego seguro.

Cuando la atención parental se interrumpe de forma frecuente por el uso del móvil, los niños experimentan frustración y una mayor necesidad de reclamar atención. Es la pescadilla que se muerde la cola: llamo la atención, no me haces caso, llamo más la atención.

No hay que pensar que un vistazo ocasional al móvil sea perjudicial; tampoco podemos culpabilizar a los padres que normalmente hacen malabares para llegar a todo. Pero las interrupciones constantes, los momentos largos de atención al móvil por parte de los padres pueden empobrecer la calidad de las interacciones cotidianas, que son precisamente las que sostienen el vínculo afectivo, el desarrollo emocional y el apego seguro.

Si es necesario prestar atención al móvil o a otro dispositivo de forma sostenida porque tenemos un asunto pendiente del trabajo, por ejemplo, es importante explicarle al niño que ahora tenemos que estar un tiempo pendientes, pero cuando acabemos toda nuestra atención irá dirigida a ellos de nuevo.

Cuando la atención parental se interrumpe de forma frecuente por el uso del móvil, los niños experimentan frustración y una mayor necesidad de reclamar atención

Izaskun Basterra, psicóloga

¿Qué mensaje recibe un niño cuando siente que el móvil “gana” frente a él?

El mensaje no suele formularse en palabras. Para ellos es una sensación de que algo va mal. Podríamos traducirlo como algo parecido a: “Parece que lo que aparece en esa pantalla es más importante que lo que yo tengo que decir o enseñar”.

Aunque los padres no tengan esa intención, los niños interpretan sus prioridades a través de la atención que reciben, y se sitúan inconscientemente dentro de esa jerarquía que ellos han construido sobre los elementos importantes para sus padres. En este caso, el sentimiento es de ser “lo segundo más importante”.

Está muy manido el concepto “tiempo de calidad” y a mí particularmente no me gusta, porque nos puede llevar a pensar que poco tiempo al 100% es suficiente. Yo siempre digo que el secreto para generar un apego seguro en nuestros hijos es pasar “tiempo de cantidad y de la mayor calidad posible”; la cantidad también es importante. Si a ese “tiempo de cantidad” le introducimos la mayor disponibilidad de presencia, estaremos haciéndolo bien.

¿Qué ocurre cuando los padres piden límites a los hijos, pero ellos mismos no los cumplen?

Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan. Ese famoso “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago” cobra mucho sentido aquí. Cuando existe mucha distancia entre el discurso paterno y su conducta, los límites pierden credibilidad. Esto no significa que los padres deban ser perfectos, pero la coherencia conductual fortalece la autoridad educativa.

En este sentido, puede resultar más eficaz reconocer las propias dificultades con las pantallas y trabajar hábitos de desconexión en familia, que imponer normas que los adultos tampoco están dispuestos a seguir.

¿Cómo pueden los padres ser modelos coherentes sin caer en la culpa ni en expectativas imposibles?

Los padres sienten mucha presión y se fuerzan a hacerlo lo mejor posible. No quiero añadir más culpa a la que ya sienten. En este caso, la clave no estaría tanto en aspirar a la disponibilidad absoluta, sino en practicar una presencia suficientemente buena. Mejor hecho que perfecto.

Por otra parte, los hijos no necesitan padres perfectos; es mejor contar con unos padres suficientemente coherentes, capaces de revisar sus hábitos, reconocer sus errores, incluso delante de los hijos, y hacer ajustes cuando sea necesario. Enseñarles que ellos mismos también están aprendiendo a gestionar la tecnología y a que no invada sus vidas, es también una lección de autocuidado y de responsabilidad.

familia sentada en el sofá, usando pantallas© Getty Images

¿Qué rutinas o acuerdos pueden establecerse para que el uso del móvil sea saludable para todos?

Las familias suelen beneficiarse de normas sencillas, claras y, sobre todo, compartidas. Por ejemplo, evitar móviles durante las comidas, reservar determinados momentos del día para la conversación en familia (yo siempre recomiendo aprovechar las sobremesas después de la cena, que es un momento en el que padres e hijos han podido desconectar de sus obligaciones diarias y ya no hay “nada más que hacer”), crear espacios de la casa libres de pantallas (por ejemplo, los dormitorios) o limitar el uso nocturno de dispositivos (esto es fantástico también para posibilitar la conciliación del sueño y un mejor descanso).

Pero en cualquier caso, lo importante es que los acuerdos sean realistas y que afecten a todos los miembros de la familia, no únicamente a los niños. Mejor una norma sencilla para todos, que un listado de reglas imposible de cumplir.

¿Cómo se puede conversar con los hijos sobre el uso del móvil sin caer en discursos moralistas?

Con los niños la mejor estrategia es fomentar la curiosidad, no el sermón, especialmente con los adolescentes.

Se les puede preguntar qué les gusta de las pantallas, cómo se sienten cuando las utilizan o qué ventajas y problemas les encuentran... Es importante favorecer conversaciones sobre el tema desde el interés por lo que piensan, ya que cuando los niños se sienten escuchados, es más probable que reflexionen sobre sus hábitos y se puede llegar a conclusiones muy interesantes en familia.

Para mí, el objetivo no es transmitir que la tecnología es buena o mala por sí misma, ni demonizar el uso de dispositivos, sino ayudarles a desarrollar criterio y sobre todo capacidad de autorregulación. No se trataría tanto de prohibir el uso de dispositivos en casa, sino de usarlos a nuestro favor para enseñar autocontrol. Y que este aprendizaje se pueda generalizar a otras situaciones que también pueden generar adicción.

Cuando detectemos que un hijo adolescente quiere o necesita hablar con nosotros, hay que dejarlo todo y ofrecer total disponibilidad

Izaskun Basterra, psicóloga

¿Por qué este tema genera tanta culpa en los padres y cómo gestionarla?

Porque muchos padres son conscientes de que la atención es uno de los recursos más valiosos que pueden ofrecer a sus hijos y perciben que las pantallas compiten con ella. Además, existe una fuerte presión social para hacerlo todo “bien”.

La culpa puede ser útil si nos sirve para movilizar cambios concretos, pero resulta demoledora cuando se transforma en una autocrítica permanente.

Los niños no necesitan padres perfectos, pero sí padres presentes. Hay que utilizar la culpa para preguntarse qué pequeños ajustes se pueden hacer para estar un poquito más presentes.

¿Qué claves daría para crear un ambiente familiar donde la presencia sea más fuerte que la pantalla?

  • Intentar crear rituales cotidianos de conexión para toda la familia, padres e hijos.
  • Favorecer la conversación en momentos calmados y distendidos como las comidas. Yo siempre propongo cenas en familia sin los móviles cerca.
  • Proteger los momentos de atención exclusiva a los hijos, tanto si son pequeños como si son mayores. Esto es especialmente importante con los adolescentes, porque no suelen reclamar tanto la atención y no ofrecen tantas oportunidades para hablar con ellos. Cuando detectemos que un hijo adolescente quiere o necesita hablar con nosotros, hay que dejarlo todo y ofrecer total disponibilidad.
  • Normalizar los espacios sin dispositivos, especialmente los dormitorios.

Pero me gustaría recalcar que los niños no necesitan atención constante, sino experiencias repetidas de disponibilidad emocional por parte de sus figuras de referencia. 

Las familias no necesitan eliminar la tecnología, sino asegurarse de que las pantallas ocupen un lugar secundario frente a las relaciones familiares. Cuando los hijos sienten que son importantes para sus padres, incluso en medio de las exigencias del día a día, el clima familiar mejora y se favorece un buen desarrollo emocional.