Ver crecer a los hijos es un proceso que da a los padres muchas alegrías, pero que también está lleno de momentos de vértigo, especialmente cuando llega el momento de soltar amarras por primera vez. Bien lo sabe Alba Carrillo, quien recientemente despedía en el aeropuerto a su hijo Lucas, de casi 15 años, rumbo a una experiencia académica al otro lado del Atlántico, donde pasará un mes.
La colaboradora y presentadora ha visibilizado a la perfección ese torbellino de emociones que asalta a cualquier padre en una situación similar: un orgullo inmenso mezclado con una inevitable dosis de inquietud. "Un día de emociones nuevas, de esas que me gustan a mí. No sé vivir de puntillas y el precio es tener el alma llena de contradicciones y momentos de nervios, miedo y valentía. La rama sale a la mata y te toca entender a tus padres cuando te fuiste. Lo fácil es volar cuando sabes que tienes una red que no te va a fallar nunca. Despedida emotiva", confesaba Alba en sus redes, reconociendo además que no pudo pegar ojo siguiendo el rastreador de vuelos hasta las cinco de la mañana.
Como ella, son muchos los padres se enfrentan cada verano a ese "silencio emocional" que se queda en casa cuando los adolescentes cruzan la puerta de embarque o se suben en el autobús para asistir a un campamento o un curso de idiomas. ¿Por qué nos invade tanto miedo si sabemos que es algo positivo? ¿Cómo se gestiona esa ambivalencia entre la nostalgia y la alegría? Para aprender a acompañar desde la distancia sin caer en la preocupación excesiva y entender los beneficios psicológicos que este paso tiene para los jóvenes, hablamos con Ana Raya Muro (@ana_rayamuro), psicóloga y divulgadora, quien nos da las claves para sobrevivir a este 'nido vacío temporal'.
¿Qué suele sentir un padre o una madre cuando su hijo adolescente se va solo unas semanas o meses al extranjero a un campamento o a un curso?
Creo que es difícil poder hablar solo de una emoción en estos casos. Por un lado, ilusión y orgullo al ver que su hijo va a vivir una experiencia enriquecedora y comienza a desarrollar autonomía, lo cual te hace sentir satisfecho. Pero, al mismo tiempo, pueden surgir miedo, nostalgia o una sensación de vacío. Es importante entender que estas emociones no son contradictorias, sino complementarias. Cuando queremos a alguien profundamente, es normal que su crecimiento también implique pequeños duelos. Sentir tristeza o preocupación no significa que no estén preparados para dejarle crecer, sino que el vínculo es importante.
¿Por qué aparece tanto miedo, incluso cuando sabemos que es una experiencia positiva y segura?
Porque nuestro cerebro está preparado para sobrevivir, de hecho es el objetivo bajo el que opera y cuando no hay percepción de control, surgen emociones como miedo o inseguridad. Cuando un hijo está lejos, perdemos parte de esa sensación de poder intervenir si ocurre algo. Y esa pérdida de control suele activar escenarios anticipatorios: “¿Y si pasa algo?”, “¿Y si me necesita y no estoy?”. La mente intenta protegernos imaginando posibles riesgos, aunque la probabilidad de que ocurran sea baja. Es un mecanismo de defensa natural, normal y humano. La clave está en entender que sentir miedo no significa que exista un peligro real, sino que estamos afrontando una situación nueva que nos obliga a confiar tanto en nuestro hijo como en los recursos que le hemos dado. Siempre defiendo que no podemos creernos todo lo que nuestra mente nos dice.
Es como si el cerebro entendiera de repente que el tiempo ha pasado y que una nueva etapa familiar está comenzando
¿Cómo se gestionan esas emociones contradictorias entre orgullo, nostalgia, vértigo y alegría?
Lo primero es dejar de luchar y dejarnos sentir sin intentar elegir una sola emoción. Muchas veces pensamos que si estamos orgullosos no deberíamos sentir tristeza, o que si sentimos miedo es porque estamos haciendo algo mal y ambas tienen sentido. La madurez emocional consiste en aceptar que pueden convivir emociones muy diferentes. Dar espacio a todas esas emociones, hablar de ellas y compartirlas ayuda a regularnos y normalizar el proceso. Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos, suele resultar mucho más fácil atravesarlo, porque se convierte un proceso estos aunque sean dolorosos podemos atravesarlos.
¿Qué ocurre psicológicamente en ese momento en el que el adolescente cruza la puerta de embarque o se va en el autobús?
En ese momento toman verdadera conciencia de que su hijo empieza a construir una vida cada vez más independiente. Es como si el cerebro entendiera de repente que el tiempo ha pasado y que una nueva etapa familiar está comenzando. También puede activarse el instinto de protección, que durante tantos años ha estado muy presente. Pero precisamente en ese instante aparece uno de los mayores actos de confianza que puede hacer un padre: permitir que su hijo explore el mundo sabiendo que no podrá estar presente en cada paso, pero confiando en la educación, los valores y las herramientas que le ha transmitido.
¿Qué explica ese silencio emocional que aparece al volver a casa sin el hijo?
Vivimos acostumbrados a determinados sonidos, rutinas y momentos compartidos que forman parte de nuestro día a día, como se suele decir muy en automático. Cuando desaparecen de forma repentina, el cerebro percibe ese cambio y aparece una sensación de vacío. Ese silencio también puede ser una oportunidad para reconectar con espacios personales, con la pareja o con actividades que quizá habían quedado en segundo plano durante años.
¿Qué implica para los padres aceptar que su hijo empieza a vivir experiencias sin ellos?
Poco a poco dejan de ser quienes resuelven todos los problemas para convertirse en un lugar seguro al que el adolescente puede volver cuando lo necesite. Es un cambio que a veces genera vértigo, pero que también fortalece el vínculo porque está basado cada vez más en la confianza.
Lo más recomendable es acordar previamente una forma de comunicación que haga sentir tranquilos tanto a los padres como al hijo
¿Qué beneficios psicológicos tiene para un adolescente vivir fuera unas semanas o meses?
Este tipo de experiencias favorecen el desarrollo de la autonomía, la autoestima y la confianza en uno mismo. Cuando un adolescente descubre que puede resolver pequeñas dificultades sin la ayuda inmediata de sus padres, aumenta la percepción de competencia. También aprende a adaptarse a situaciones nuevas, a convivir con personas diferentes, a tolerar la incertidumbre y a tomar decisiones. Más allá del idioma o de los conocimientos que pueda adquirir, estas experiencias suelen fortalecer habilidades emocionales que serán muy valiosas en la vida adulta. No se trata de que deje de necesitar a sus padres, sino de comprobar que también es capaz de desenvolverse por sí mismo.
¿Cómo se acompaña desde la distancia sin caer en la hiperpreocupación?
Acompañar no significa estar pendiente constantemente. De hecho, un exceso de llamadas o mensajes puede transmitir al adolescente la idea de que no confiamos en su capacidad para manejar la situación y a su vez esto afectarle en su autoestima. Lo más recomendable es acordar previamente una forma de comunicación que haga sentir tranquilos tanto a los padres como al hijo. También conviene observar cuándo la preocupación nos ayuda a cuidar y cuándo simplemente alimenta la ansiedad. Si sentimos la necesidad de escribir cada hora o imaginamos continuamente escenarios negativos, probablemente la emoción que necesitamos gestionar es nuestra, no la de nuestro hijo. Confiar también es una forma de cuidar. A veces el mejor acompañamiento consiste en estar disponibles cuando nos necesiten, sin invadir el espacio que precisamente les está permitiendo crecer.






