“Cómo pasa el tiempo… Parece que fue ayer cuando te tenía entre mis brazos, escuchando tus soniditos de recién nacida… Y hoy ya cumples 10 años”. Con estas palabras, Malena Costa abre una reflexión que ha tocado a miles de madres en redes sociales: ese vértigo tan reconocible que aparece cuando los hijos crecen y, casi sin darnos cuenta, empiezan a alejarse ya de la infancia.
Verlos hacerse mayores es un orgullo inmenso, pero también un viaje teñido de nostalgia. Malena lo expresa con una ternura que desarma con motivo del aniversario de su hija Matilda: “Me siento muy afortunada de tener una hija como tú, igual que me siento afortunada con tus hermanos. Fuiste el principio de todo. Contigo empezó la aventura más bonita de mi vida: ser mamá. Estoy inmensamente orgullosa de la niña en la que te estás convirtiendo. Tienes una luz especial que ilumina allá por donde vas”.
En su mensaje, también aparece ese mundo interior tan particular que los niños construyen a medida que crecen, y que a veces desconcierta a los adultos: “Vives en tu mundo de ‘Yupi’ y, aunque a veces me pongas un poquito nerviosa porque cuesta que me escuches 🤣, la verdad es que también me encanta ver ese mundo tan bonito que llevas dentro y lo feliz que eres. Solo espero que, cuando seas mayor, recuerdes todos los momentos felices que hemos vivido en familia. Y ojalá algún día yo sea, al menos, la mitad de buena madre de lo buena hija que tú eres. Quiero que sepas que siempre, SIEMPRE, estaré a tu lado, pase lo que pase”.
Las emociones a flor de piel al ver crecer a los hijos
En este tránsito emocional surgen miedos tan humanos como el temor a olvidar las vivencias cotidianas, la culpa por el tiempo que se escapó entre prisas o la necesidad de aprender a acompañar ese universo propio que los hijos van creando. “Me da vértigo verte crecer tan deprisa… Empiezas una nueva década y estoy convencida de que te vas a comer el mundo y de que vas a ser muy feliz”, apunta, a la vez que añade una reflexión, sin duda, muy potente: "La vida es hoy y hay que disfrutarla y agradecer lo afortunados que somos".
Con la ayuda del psicólogo José Martín del Pliego (@josemartindelpliego), hemos querido profundizar en la gestión emocional de este duelo evolutivo, abordando cómo encajar el impacto del paso del tiempo sin dejarnos arrastrar por la melancolía.
Desde el punto de vista psicológico, ¿por qué los años de la infancia de los hijos se perciben de forma tan acelerada en comparación con otras etapas de la vida? ¿Es una distorsión real de nuestra memoria o responde a una carga emocional?
La percepción del tiempo está estrechamente ligada al hipocampo, la región cerebral encargada de almacenar nuestros recuerdos episódicos. Con los hijos, vivimos un sinfín de hitos, desde el nacimiento y el primer diente, hasta las primeras palabras o el debut escolar, que desencadenan una intensa respuesta emocional. El hipocampo no registra estos momentos de forma cronológica o con datos exactos de días y horas; en su lugar, los agrupa en un "paquete" guiado por el sentimiento. Al mirar atrás, no encontramos una línea de tiempo detallada, sino escenarios muy concretos condensados por la emoción. Es como si el cerebro guardara esa etapa en un archivo emocional comprimido que encierra todo lo que nos hizo sentir aquel periodo, unificando las vivencias del niño en un formato breve pero profundamente significativo.
Cumplir 10 años implica un cambio de década, dejar atrás la primera infancia para entrar de lleno en la preadolescencia. ¿Por qué fechas redondas como esta actúan como un "espejo" que a menudo genera crisis de identidad o melancolía en los propios padres?
Cumplir diez años es una edad profundamente transicional. El niño deja atrás la dependencia absoluta de la primera infancia y su sistema nervioso empieza a demandar autonomía y una mayor percepción del "yo": de quién es y de lo que quiere. Esto suele chocar con la necesidad de los padres de seguir protegiéndolo, marcando el fin de una etapa y el inicio de otra muy distinta. Ante este cumpleaños, es común que en los padres surjan dudas más vinculadas a sus propios miedos que a la realidad del niño: ¿lo habré hecho bien?, ¿habré disfrutado lo suficiente?, ¿qué vendrá ahora? En cualquier caso, alejarse de la etapa infantil genera una melancolía que es completamente normal y válida.
Una de las mayores preocupaciones de las madres es el legado emocional: "Solo espero que, cuando seas mayor, recuerdes todos los momentos felices que hemos vivido". ¿Cómo se construyen los recuerdos a largo plazo en la infancia?
Los recuerdos emocionales se graban en el cuerpo. Un niño registra en su propio organismo respuestas vinculadas a la seguridad, el bienestar, el placer o el juego. Esas sensaciones quedan grabadas corporalmente y accedemos a ellas a través del hipocampo, que almacena de forma episódica todo el componente emocional. No se trata tanto de datos concretos ni de la percepción exacta de haber estado en tal o cual sitio, sino de la huella emocional que ha quedado instalada. Por eso, al hablar de una infancia sana, somos capaces de sentir bienestar y agrado: porque estamos reviviendo en el cuerpo aquello que sentimos al ser pequeños.
Todo lo contrario ocurre cuando la infancia ha sido traumática. En esos casos, el sistema intenta no conectar con nada de lo sucedido porque implicaba demasiado dolor. Existen personas que no recuerdan nada de su niñez porque el sistema nervioso las ha desconectado de ella para evitar el sufrimiento. En cambio, ante una infancia bonita, la sensación es placentera y el acceso a la información de lo que nos pasó es mucho más fluido, porque el sistema lo permite; abre la puerta al recuerdo porque todo lo que ocurría en ese momento estaba bien.
¿Cómo se gestiona el "miedo al futuro"? Es decir, esa contradicción de querer que "se coman el mundo" pero, al mismo tiempo, sentir el temor de que ese mundo los dañe o los aleje de nosotros.
El miedo al futuro tiene que ver con una respuesta de alerta. Cuando el sistema nervioso de una persona está regulado, permanece en el aquí y en el ahora, habitando el presente porque se siente seguro. Sin embargo, si empezamos a anticipar que a los chicos les puede ocurrir algo en el instituto o en la universidad —pensando que el mundo está muy mal o que el futuro es incierto—, lo que ocurre es que nuestro sistema está en alerta, proyectando situaciones de peligro que no sabemos si llegarán a suceder.
De lo que se trata es de conectar con el momento vital presente del chico. Si a nosotros se nos activan esas alarmas, es un asunto nuestro, no de ellos. No es que la vida los vaya a arrastrar por un camino catastrófico; es que somos nosotros quienes estamos experimentando la catástrofe en nuestro propio sistema nervioso. Una persona con una respuesta de ansiedad lo que hace, constantemente, es anticipar el peligro. Por eso, la clave es regresar al aquí y al ahora, y ocuparnos de los problemas únicamente cuando lleguen.





