La reflexión de Natalia Sánchez sobre la crianza, analizada por una psicóloga: "De pronto, hay sentimientos en tus hijos que reconoces a la perfección"


Coincidiendo con la graduación de su hijo pequeño, la actriz habla sobre las emociones de la infancia que revivimos cuando ellos van creciendo


Natalia Sánchez, actriz de éxito gracias su papel de Begoña Montes en Sueños de Libertad, y madre de Lía (de 5 años) y de Neo (de 4)© Getty Images
22 de junio de 2026 a las 18:20 CEST

Hay momentos en la crianza que funcionan como un espejo inesperado. Lo acaba de vivir la actriz Natalia Sánchez, quien ha compartido una profunda reflexión en sus redes sociales coincidiendo con la graduación de su hijo pequeño. "Desde que soy madre, me doy cuenta de que hay una parte inconsciente en cómo cuidamos/criamos a nuestros niños que tiene mucho que ver con cómo nos cuidaron a nosotras y con lo que hubiéramos necesitado en aquel momento y no tuvimos. De pronto, hay sentimientos en tus hijos que reconoces a la perfección o que te conectan (como si del flashback de una película se tratara) a un sentimiento que tenías guardado en un cajón. Y, en ese momento, te vuelves a ver a ti, de pequeña, pasando por lo mismo...", explica la actriz. 

Acompañar a un hijo no es solo sostener sus miedos, celebrar sus logros o despedir etapas que se van, es también reencontrarse con la niña o el niño que fuimos, con esas emociones escondidas que, de pronto, aparecen cuando vemos a nuestros hijos vivir algo que un día también nos dolió o nos hizo temblar. La psicología lo explica con claridad: la crianza tiene una capacidad extraordinaria para activar recuerdos, heridas y necesidades que creíamos olvidadas, y por eso un gesto, una graduación o un simple “mamá, tengo miedo” pueden conmovernos hasta las lágrimas y, a la vez, iniciar un proceso profundo de reparación interior, tal y como nos explica María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora de la clínica Libélula.

María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora© María José Ortolà Sastre
María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora

¿Por qué la crianza funciona muchas veces como un espejo que nos devuelve emociones, heridas y vivencias de nuestra propia infancia?

Porque la crianza tiene una capacidad extraordinaria para conectarnos con partes de nosotros mismos que creíamos olvidadas. Cuando nos convertimos en madres o padres, no solo acompañamos el crecimiento de nuestros hijos; también volvemos a encontrarnos con nuestra propia historia. Cada abrazo, cada miedo, cada logro o cada lágrima de nuestros hijos puede despertar recuerdos, emociones y necesidades que nosotros mismos vivimos cuando éramos pequeños.

Desde mi experiencia clínica, muchas personas llegan a consulta pensando que están sufriendo únicamente por una situación actual relacionada con sus hijos, cuando en realidad también se está moviendo algo mucho más profundo: la forma en la que fueron mirados, escuchados, comprendidos o acompañados durante su propia infancia. La crianza tiene algo muy transformador porque nos invita constantemente a preguntarnos: “¿Qué necesitaba yo cuando tenía su edad?”. Y en esa pregunta, muchas veces, aparecen respuestas que emocionan, que duelen y que también pueden sanar.

¿Qué mecanismos psicológicos explican que un gesto o una emoción de nuestros hijos active recuerdos que creíamos olvidados?

Nuestro cerebro almacena las experiencias no solo en forma de recuerdos conscientes, sino también como emociones, sensaciones corporales y asociaciones que pueden permanecer latentes durante años. Cuando observamos en nuestros hijos una emoción, una necesidad o una situación similar a la que vivimos en nuestra infancia, pueden activarse esas redes emocionales de forma automática.

Por eso, en ocasiones, no recordamos exactamente qué ocurrió, pero sí sentimos una emoción intensa, una sensación en el cuerpo o una reacción difícil de explicar. Es como si determinadas experiencias actuales actuaran como una llave que abre una puerta emocional que permanecía cerrada. Nuestro cerebro no solo recuerda lo que vivimos; también recuerda cómo nos sentimos mientras lo vivíamos.

Cada abrazo, cada miedo, cada logro o cada lágrima de nuestros hijos puede despertar recuerdos, emociones y necesidades que nosotros mismos vivimos cuando éramos pequeños.

María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica

¿Qué tipo de heridas de la infancia suelen reactivarse más durante la maternidad o la paternidad?

Las heridas que suelen reactivarse con más frecuencia están relacionadas con necesidades emocionales básicas que no fueron suficientemente cubiertas: sentirse querido, validado, protegido, escuchado o importante para los demás.

En consulta veo a menudo cómo la maternidad y la paternidad despiertan emociones muy profundas en personas que durante años habían funcionado aparentemente bien. Madres que se emocionan al consolar a sus hijos porque recuerdan, aunque sea de forma inconsciente, que ellas no pudieron expresar libremente su tristeza. Padres que sienten una enorme presión por hacerlo perfecto porque crecieron sintiendo que el error no tenía espacio. O personas que descubren un profundo cansancio emocional al intentar dar a sus hijos aquello que ellas mismas echaron en falta.

No significa que sus padres lo hicieran mal necesariamente. Muchas veces hablamos de generaciones que educaron con los recursos emocionales que tenían. Pero cuando vemos a nuestros hijos necesitar amor, seguridad o comprensión, es frecuente que conectemos también con las partes de nosotros que un día necesitaron exactamente lo mismo. Y ese encuentro puede ser tan doloroso como profundamente reparador.

¿Por qué eventos como una graduación infantil conmueven tanto a los padres y pueden remover esas emociones de las que hablamos?

Porque simbolizan mucho más que un acto escolar. Representan el paso del tiempo, el crecimiento de nuestros hijos y la constatación de que etapas que parecían infinitas llegan a su fin. En apenas unos minutos, muchas madres y padres toman conciencia de todo lo vivido: los primeros pasos, las noches sin dormir, los miedos, los aprendizajes y los momentos compartidos.

Además, estos eventos suelen activar una mirada retrospectiva hacia nuestra propia historia. Mientras observamos a nuestros hijos avanzar, inevitablemente recordamos quiénes fuimos nosotros a su edad, qué soñábamos, qué necesitábamos y cómo vivimos aquellas etapas. Por eso es habitual emocionarse más de lo que uno esperaba. No solo estamos viendo graduarse a nuestros hijos; también estamos conectando con el paso del tiempo, con nuestra propia infancia y con la transformación que supone ver crecer a alguien a quien amamos profundamente.

Natalia Sánchez y Marc Clotet con sus hijos, durante la graduación del más pequeño de la casa© natasanchezmol
Natalia Sánchez y Marc Clotet con sus hijos, durante la graduación del más pequeño de la casa

¿Qué representan psicológicamente estos “pequeños duelos” para la madre (dormir solos, empezar el cole, graduarse)?

Son transiciones evolutivas normales y saludables, pero emocionalmente significativas. Cada vez que un hijo gana autonomía, los padres también tienen que adaptarse a una nueva realidad.

Aunque racionalmente sabemos que crecer es positivo, emocionalmente implica despedirse de una etapa que no volverá.

Por eso hablamos de pequeños duelos. No porque exista una pérdida en sentido negativo, sino porque toda transformación implica dejar algo atrás. La madre no pierde a su hijo cuando empieza el colegio o duerme solo, pero sí se despide de una versión concreta de ese momento compartido. Es una mezcla muy humana de orgullo, alegría, nostalgia y amor.

¿Por qué estos momentos nos conectan con nuestra propia historia y no solo con la de nuestros hijos?

Porque los seres humanos construimos nuestra identidad a través de las experiencias y los vínculos. Cuando observamos a nuestros hijos atravesar momentos importantes de crecimiento, inevitablemente se activan recuerdos y emociones relacionadas con nuestras propias vivencias.

La crianza tiene algo muy especial: nos permite ver la infancia desde dos lugares al mismo tiempo. Desde el adulto que acompaña y desde el niño que un día fuimos. Por eso muchas veces una situación aparentemente sencilla nos conmueve tanto. No estamos reaccionando únicamente a lo que vive nuestro hijo, sino también a lo que esa situación representa dentro de nuestra propia historia.

Muchas personas descubren que siguen hablándose a sí mismas con una dureza que jamás utilizarían con alguien a quien aman profundamente

María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica

¿Qué significa realmente “reencontrarse con la niña interior” en el contexto de la crianza?

Significa reconocer que dentro de cada adulto sigue viviendo una parte emocional que guarda recuerdos, necesidades, aprendizajes y heridas de la infancia. La crianza tiene la capacidad de acercarnos a esa parte de una forma muy especial porque observamos en nuestros hijos emociones que también fueron nuestras.

Reencontrarse con la niña interior no implica quedarse atrapado en el pasado, sino aprender a mirarse con más comprensión y menos juicio. Muchas personas descubren que siguen hablándose a sí mismas con una dureza que jamás utilizarían con alguien a quien aman profundamente. Por eso, una parte importante de este proceso consiste en preguntarnos: “Si esta niña fuera mi hija, ¿cómo le hablaría?”. Y empezar poco a poco a dirigirnos esas mismas palabras de comprensión, cariño y acompañamiento.

A veces la reparación emocional comienza precisamente ahí: cuando dejamos de exigirnos como adultos perfectos y empezamos a tratarnos con la misma ternura con la que abrazaríamos a un niño que está sufriendo.

¿Qué señales indican que una emoción intensa tiene más que ver con nuestro pasado que con el presente de nuestros hijos?

Desde la psicología sabemos que nuestras respuestas emocionales actuales están influidas tanto por la situación presente como por nuestras experiencias previas. Una de las señales más frecuentes de que una emoción puede estar conectada con nuestra propia historia es que la intensidad de la reacción resulta desproporcionada respecto a lo que está ocurriendo objetivamente.

También observamos que suelen aparecer emociones muy persistentes, difíciles de regular o que se repiten en determinados contextos: un miedo excesivo a que el hijo se equivoque, una tristeza muy profunda ante cambios evolutivos normales o una necesidad intensa de control y protección.

Clínicamente, otro indicador importante es cuando la situación actual activa pensamientos o sensaciones corporales que parecen familiares, aunque la persona no identifique claramente por qué. El cerebro emocional funciona por asociación, y muchas veces responde antes de que podamos comprender conscientemente lo que está ocurriendo.

Por eso, cuando una experiencia relacionada con nuestros hijos nos conmueve de forma especialmente intensa, puede ser útil preguntarnos no solo “¿qué está pasando ahora?”, sino también “¿qué parte de mi historia puede estar despertándose en este momento?”. En muchas ocasiones, la respuesta no habla únicamente de nuestros hijos, sino también de nosotros mismos.