Ser madre no es fácil. Es el primer vínculo afectivo que todo bebé, que todo individuo, tiene con alguien nada más nacer (de hecho, desde mucho antes del nacimiento, ya en la gestación) e impacta de manera determinante en el desarrollo emocional e incluso, en la salud mental.
A veces, las madres tienen comportamientos tóxicos de los que ni siquiera son conscientes y, a veces, se trata directamente de madres tóxicas. ¿Cómo afecta a los niños? ¿Cómo romper con esos patrones para tener, ya de adultos, una relación sana con los propios hijos? Hemos hablado con Clémence Biel, coach de herida materna con formación en psicología infantil y neurociencia, con motivo de la publicación de su libro ¿Y si el problema fuera tu madre? (Ed. Kitaeru), y es muy clara al respecto.
Una madre tóxica no es necesariamente una mala persona.
¿Cómo determina la influencia materna la formación de la personalidad de todo niño y niña?
A nivel biológico, sabemos que, desde el embarazo, la exposición a las hormonas maternas influye en la expresión de los genes del niño y en su futura resistencia al estrés. A nivel emocional, la madre es la principal figura de apego del niño. La calidad de esa primera relación influye en la calidad de todas las demás relaciones que tendrá a lo largo de su vida.
Por último, a nivel identitario, una niña asimila los comportamientos asociados a su sexo observando a su madre. Construye su identidad femenina al observar cómo se trata su madre a sí misma, cómo habita su cuerpo, cómo habla de otras mujeres, cómo ama, cómo pone límites…
¿Qué es y cómo es una madre tóxica?
Una madre tóxica no es necesariamente una “mala persona”. En mi libro identifico siete tipos de madres tóxicas: la madre víctima, la madre sofocante, la madre que necesita ser "maternada", la madre controladora, la madre narcisista, la madre indiferente y la madre impredecible. Lo que todas tienen en común es la inmadurez emocional, profundas inseguridades y el narcisismo (ya sea visible o disimulado).
¿Cómo influye el hecho de haber tenido una madre tóxica en la propia maternidad o paternidad, en la crianza de los hijos?
A menudo reproducimos lo que hemos interiorizado como “normal”. Una mujer que fue parentificada puede, inconscientemente, esperar un apoyo emocional excesivo de su hijo. Una mujer que fue controlada puede volverse hipervigilante y controladora a su vez. Una mujer que careció de validación puede, sin darse cuenta, buscar a través de su hijo el reconocimiento que nunca recibió.
Pero también existe lo contrario: algunas madres están decididas a hacer justo lo opuesto a lo que hizo su propia madre. Sin embargo, reaccionar a la propia historia no es lo mismo que liberarse de ella. Mientras nuestras heridas de la infancia no se hagan conscientes, seguirán influyendo en todas nuestras relaciones.
¿Es posible evitar repetir patrones nocivos?
Sí, y ese es precisamente el objetivo de mi método. Para romper la repetición, primero hay que identificar los patrones relacionales heredados de la infancia, comprender cómo siguen influyendo en nuestras elecciones, adquirir madurez emocional y, sobre todo, emprender un proceso de individuación: diferenciarse, poner límites propios y construir relaciones conscientes en lugar de volver a representar la historia pasada.
Romper el patrón transgeneracional es la responsabilidad que le corresponde a cada nueva generación.
¿Cómo darnos cuenta de que estamos repitiendo esos patrones?
Hay varias señales de alerta: reacciones emocionales desproporcionadas, tendencia a buscar validación externa, relaciones amorosas tóxicas repetitivas, tendencia a anteponer las necesidades de los demás a las propias, conductas de evitación o de dependencia, culpa asfixiante en cuanto intentamos poner un límite…
¿Qué es la herida materna y cómo se manifiesta en la infancia?
La herida materna es la brecha entre lo que el niño necesitaba para florecer y lo que realmente recibió. Se crea cuando las necesidades emocionales del niño (seguridad afectiva, validación emocional, límites personales…) no se satisfacen lo suficiente. El niño está constantemente en alerta: intenta descifrar el estado de ánimo de su madre, anticipar sus necesidades y adaptarse para asegurar su propia seguridad emocional.
Aprende a reprimir sus emociones y sus necesidades auténticas. Desarrolla un apego inseguro que afecta su capacidad de confiar, gestionar sus emociones y establecer relaciones sanas. Interioriza creencias tóxicas sobre sí mismo que se anclan profundamente en su inconsciente y lo controlan en la edad adulta.
La herida materna es la brecha entre lo que el niño necesitaba para florecer y lo que realmente recibió.
¿Se puede reconstruir el vínculo madre-hijo/a cuando se ha producido esa herida?
La reconstrucción del vínculo depende de la capacidad de la madre para reconocer sus comportamientos tóxicos y emprender su propio trabajo de sanación. Lamentablemente, muchas madres tóxicas no tienen esa conciencia o ese valor. La hija debe centrarse en su propia salud psicológica, no en reparar la relación a cualquier precio.
En mi libro propongo un ejercicio en cuatro etapas: identificar lo que ya no se desea tolerar, determinar los ajustes aceptables, formular límites firmes y decidir las consecuencias si esos límites no se respetan. Aprender a levantarse de la mesa cuando es necesario y dejar de ser solo la hija de su madre para escribir su propia historia es un acto de amor propio, no un acto de traición.
En el libro, señalas muchos tipos de madre: la madre víctima, la madre sofocante, la madre controladora, la indiferente, la impredecible… ¿Todas las madres se podría clasificar en alguna de estas tipologías o en varias de ellas? Porque al final todos los individuos tenemos defectos…
Una madre “suficientemente buena”, por usar el término del pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, puede equivocarse y tener momentos de debilidad, pero en general responde a las necesidades emocionales de su hijo de forma coherente. La madre tóxica, en cambio, solo ofrece un amor condicional y utiliza a su hijo para llenar sus propios vacíos emocionales.
En ese caso, ¿podríamos decir que es inevitable que toda madre cause alguna herida emocional a sus hijos, por mucho que se esfuerce en no hacerlo?
Ninguna madre es perfecta. Toda relación implica frustraciones, y estas son necesarias para el desarrollo. La herida se vuelve problemática cuando es crónica y dificulta la expresión auténtica del niño. No son las imperfecciones las que hieren de forma duradera, sino la ausencia de reparación y de validación emocional, y el hecho de no reconocer al niño como un individuo completo, con sus propias necesidades, emociones y límites.
Vamos a darle la vuelta; ¿cómo puede la madre o el vínculo materno-filial potenciar el desarrollo de los hijos?
En el caso de una hija, en particular, una madre que se acepta a sí misma y encarna una feminidad plena transmite a su hija una relación positiva consigo misma. Le enseña que una mujer puede ser auténtica, poner límites, honrar sus necesidades y que eso no la convierte en una “mala persona”. Una madre que ha hecho su propio trabajo de sanación ofrece a su hija el regalo más hermoso: el permiso para ser plenamente ella misma.
Rompe el ciclo del síndrome de la niña buena y permite que su hija desarrolle su propia voz, su propia identidad y viva una vida alineada con quien es de verdad. A nivel colectivo, se trata de que las mujeres recuperen su poder y salgan del síndrome de “la niña buena”, que se transmite de madre a hija desde hace generaciones.





