La llegada de un segundo hijo despierta un miedo tan humano como frecuente: ¿podré quererle igual que al primero? Cristina Pedroche lo sabe bien: con dos hijos, ha vivido en primera persona esa mezcla de ilusión, vértigo y preguntas que muchas mujeres se hacen en silencio. Recientemente una de sus seguidoras en redes sociales le planteaba esta pregunta tan concreta: "¿Cómo superar el miedo a no querer igual a tu segundo hijo?". Su respuesta fue contundente y esperanzadora: "Creo que antes lo único que puedes hacer es confiar en que le vas a querer igual [...] Creo que estamos hechos de tal manera que es imposible no quererlos igual, incluso habrá momentos en los que más porque le verás más indefenso y pequeñito". La presentadora ponía voz así a una de las mayores dudas tabú que surgen durante la segunda gestación. "Por supuesto yo también tenía esa duda y más siendo niño como ya he contado. Me daba miedo no saber quererle igual y Dios mío... es mi todo. Me muero por él a nivel extremo", añadía.
Dar el paso de uno a dos hijos puede despertar una inevitable espiral de incertidumbre que pocas madres se atreven a confesar en voz alta. Para entender qué ocurre realmente en la mente y el corazón cuando el amor familiar tiene que expandirse, hablamos con María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora de la clínica Libélula. La especialista nos desgrana las claves de esta transición emocional, desmonta los mitos del afecto instantáneo y nos enseña a liberarnos de la culpa para aprender a amar a cada hijo desde su propia singularidad.
La pregunta que algunas madres se hacen en secreto pero pocos se atreven a decir en voz alta: ¿es normal tener miedo a no querer tanto al segundo hijo como al primero? ¿Con qué frecuencia llega este temor a la consulta?
¡Esto pasa muchísimo más de lo que imaginamos! De hecho, es una de esas preguntas que muchas mujeres hacen casi a medio tono, como si el simple hecho de pensarla las convirtiera en malas madres. Y precisamente eso nos habla de cuánto quieren ya a sus hijos, porque el miedo no aparece porque falte amor, sino porque sobra responsabilidad. Cuando algo es tan importante para nosotros, es lógico que aparezcan dudas sobre si estaremos a la altura. Este es un temor profundamente humano y mucho más frecuente de lo que solemos creer y sentirlo no nos hace peores ni muchísimo menos.
¿De dónde nace esta emoción? ¿Es un tema de capacidad emocional, de sobrecarga o del vínculo tan exclusivo que se ha construido con el primogénito?
Creo que nace de la mezcla de muchas cosas. Durante meses o años, el primer hijo ha ocupado un lugar completamente único. Toda la experiencia de convertirse en madre se ha construido alrededor de él, y eso crea un vínculo muy intenso y cuando llega un segundo embarazo, muchas mujeres sienten que tendrán que dividir algo que perciben como indivisible: lo que viene siendo el amor. Pero el amor no funciona como una tarta que se reparte en porciones, sino más bien como una capacidad que puede expandirse. Lo que ocurre es que, antes de vivirlo, resulta muy difícil imaginarlo.
Ya no hay tardes enteras imaginando cómo será el bebé; ahora probablemente hay un niño pequeño al que atender, una casa que sostener y muchas menos horas para una misma
¿Cómo funciona realmente el afecto maternal cuando llega un segundo miembro a la familia?
El vínculo no siempre nace de la misma manera. Tenemos que ser conscientes de que con el primer hijo todo es nuevo y con el segundo, la madre llega con una historia, con más responsabilidades, con otro niño que también necesita cuidados y, muchas veces, con mucho menos tiempo para conectar con el embarazo. Eso no significa que el vínculo vaya a ser peor. Significa simplemente que será diferente. El amor no siempre aparece con la misma intensidad ni en el mismo momento, pero puede llegar a ser igual de profundo.
Este miedo suele ir acompañado de un fuerte sentimiento de culpa (“soy una mala madre por pensar esto”). ¿Qué impacto tiene esta culpa en la vivencia del nuevo embarazo?
La culpa suele hacer mucho más daño que el propio miedo. Cuando una mujer piensa “no debería sentir esto”, deja de escucharse y empieza a luchar contra sí misma. Porque está negando y luchando por no sentir algo que ya está presente en tu cuerpo, y sabemos que cuanta más lucha, más ansiedad y más presente está el sentimiento. Esa batalla interna genera más ansiedad, más inseguridad y, paradójicamente, hace que el miedo ocupe todavía más espacio. En consulta trabajamos mucho en aceptar y transitar estas emociones, porque aceptar que un pensamiento existe no significa que vaya a hacerse realidad. Pensar no es desear, ni mucho menos define el tipo de madre que eres.
¿Es inevitable comparar las emociones del primer embarazo (donde todo era nuevo y centrado en un bebé) con el segundo?
Yo creo que es prácticamente inevitable, ya que el primer embarazo suele vivirse con una disponibilidad emocional y de tiempo que rara vez existe en el segundo. Ya no hay tardes enteras imaginando cómo será el bebé; ahora probablemente hay un niño pequeño al que atender, una casa que sostener y muchas menos horas para una misma. Comparar ambos embarazos puede hacer sentir que algo va mal, cuando en realidad lo único que ha cambiado es el contexto. No podemos esperar sentir exactamente lo mismo cuando nuestra vida ya no es la misma.
Muchas madres esperan sentir exactamente lo mismo en el minuto uno del parto del segundo hijo. Si no surge ese amor aplastante de inmediato, ¿qué significa y cómo hay que abordarlo?
No significa absolutamente nada malo. Existe un mito muy extendido de que el amor aparece de forma instantánea y arrolladora en el mismo momento del parto. Y aunque a algunas mujeres les ocurre así, a muchas otras no. Hay madres que necesitan días, semanas e incluso meses para construir ese vínculo, especialmente si el parto ha sido difícil, existe agotamiento o hay otros hijos que también demandan atención. El apego es un proceso, no un examen que se aprueba en una única escena.
El amor por cada hijo no siempre se siente igual porque los hijos son personas distintas. ¿Cómo podemos enseñar a las madres a aceptar que amar “diferente” no es amar “menos”?
Creo que una de las mayores liberaciones llega cuando dejamos de medir el amor por la intensidad de una emoción y empezamos a verlo también en los actos cotidianos. No queremos igual a nuestra pareja que a nuestros padres o a nuestros amigos, y eso no significa que uno de esos vínculos sea menos importante. Con los hijos ocurre algo parecido. Cada relación se construye desde experiencias distintas, personalidades distintas y necesidades distintas. El amor cambia de forma, pero no necesariamente de profundidad.
A veces no es falta de amor, sino puro agotamiento físico y mental por atender a dos. ¿Cómo influye el cansancio en la capacidad de conectar emocionalmente con el bebé?
Influye muchísimo. Cuando una persona está privada de sueño, con una carga mental enorme y atendiendo las necesidades constantes de dos hijos, es normal que tenga menos disponibilidad emocional. Muchas madres interpretan esa sensación de desconexión como falta de amor, cuando en realidad es el cerebro funcionando en modo supervivencia. El cansancio reduce nuestra capacidad para disfrutar, emocionarnos o sentir calma, pero no reduce nuestra capacidad de amar. Son cosas completamente diferentes.
No queremos igual a nuestra pareja que a nuestros padres o a nuestros amigos, y eso no significa que uno de esos vínculos sea menos importante. Con los hijos ocurre algo parecido
¿Cómo puede la pareja o el entorno cercano acompañar a la madre si expresa estos miedos sin caer en el típico “no digas tonterías, ya verás como los quieres igual”?
Lo primero es escuchar sin intentar corregir lo que siente. Cuando alguien responde con un “no digas eso” o “ya verás que se pasa”, suele hacerlo con buena intención, pero el mensaje que recibe la madre es que no hay espacio para expresar sus emociones. A veces acompañar consiste simplemente en decir: “Entiendo que tengas miedo. Debe de ser difícil sentir esto. Estoy aquí contigo”. Sentirse comprendida reduce mucho más la ansiedad que cualquier frase tranquilizadora. Hay algo profundamente especial en acompañar a una mamá. Cuando ayudas a cuidar su salud mental, de alguna manera también estás cuidando el hogar emocional donde crecerá un hijo.
Si pudieras decirle una sola cosa a esa mujer que está embarazada o acaba de ser madre de su segundo hijo y se siente desbordada por este miedo en este momento, ¿qué sería?
Le diría que no juzgue la calidad de su amor por el miedo que siente hoy. El miedo habla de la importancia que tiene para ella hacerlo bien, no de si le va a querer más o menos. Confía en el tiempo y en ti, ya que vínculos más profundos rara vez nacen de un único instante, se construyen en miles de momentos cotidianos: en una mirada, en una noche sin dormir, en un abrazo, en un consuelo. La maternidad no consiste en sentir de manera perfecta desde el primer minuto, sino en estar presente mientras el amor encuentra su propia forma de crecer. Tengo el privilegio de acompañar a mamás en algunos de los momentos más vulnerables de su vida. Y pocas cosas son tan bonitas como ver cómo vuelven a confiar en ellas mismas.






