Son muchos los hogares en los que esta escena se repite a diario: niños que solo comen si hay una pantalla delante. Tablets en el desayuno, dibujos en la merienda, vídeos en la cena. Pero esta normalización tiene un coste. Para muchas familias es una solución práctica y rápida, pero es, en realidad, un hábito que afecta a cómo los pequeños reconocen el hambre, la saciedad y el placer de comer.
La farmacéutica, nutricionista y psiconeuroinmunoendocrina María Real Capell (@mariarealcapell) advierte de que comer distraídos puede tener consecuencias. Este hábito silencioso está moldeando la relación de los pequeños con la comida: comen sin darse cuenta, prueban menos alimentos nuevos y se desconectan de sus propias señales internas. Recuperar la mesa como espacio de conexión, y no de entretenimiento, es clave para su bienestar.
¿Por qué comer con pantallas es un hábito tan extendido y tan infravalorado por las familias?
Porque vivimos en una sociedad hiperestimulada y con poco tiempo. Muchas familias recurren a las pantallas porque facilitan que el niño permanezca sentado, coma más rápido o genere menos conflictos durante la comida. El problema es que solemos preocuparnos mucho por la calidad de los alimentos, pero muy poco por el contexto en el que se come. Y el cerebro no solo registra qué comemos, sino también cómo lo hacemos. Comer es un acto biológico, pero también educativo, emocional y social.
¿Por qué piensa que hay familias que creen que “no pasa nada” si el niño come viendo dibujos?
Porque los efectos negativos no suelen ser inmediatos ni evidentes. Un niño puede comer viendo dibujos y aparentemente no ocurrir nada grave ese día. Sin embargo, cuando este hábito se repite durante meses o años, puede interferir con el aprendizaje de señales básicas como el hambre, la saciedad o la autorregulación alimentaria. Además, muchos padres crecieron con la televisión encendida durante las comidas y lo perciben como algo normal.
¿Cómo interfieren las pantallas en la capacidad de un niño para reconocer el hambre y la saciedad?
Para aprender a regular la ingesta, el niño necesita prestar atención a las señales que le envía su cuerpo. Cuando toda la atención está puesta en una pantalla, el cerebro deja de registrar con precisión si sigue teniendo hambre o si ya está satisfecho. Es como conducir mirando constantemente hacia otro lado. Con el tiempo, el niño puede desconectarse de sus propias sensaciones internas y depender más de estímulos externos para decidir cuánto comer.
¿Qué ocurre a nivel cerebral cuando un niño come distraído?
El cerebro tiene una capacidad limitada para procesar información. Cuando una parte importante de la atención está secuestrada por una pantalla, disminuye la atención dedicada a la comida. Se reduce el procesamiento consciente de la experiencia alimentaria y el recuerdo de lo que se ha ingerido. Además, muchos contenidos audiovisuales están diseñados para captar intensamente la atención mediante cambios rápidos de imagen, sonido y color, algo especialmente atractivo para el cerebro infantil.
El problema es que solemos preocuparnos mucho por la calidad de los alimentos, pero muy poco por el contexto en el que se come
¿Por qué aumenta tanto el riesgo de comer más cantidad sin darse cuenta?
Porque la saciedad no depende únicamente del estómago. También depende de que el cerebro registre que estamos comiendo. Cuando la atención está centrada en una pantalla, el cerebro procesa peor la información relacionada con la comida y puede tardar más en reconocer que ya hemos ingerido suficiente cantidad. Por eso numerosos estudios han observado que tanto niños como adultos suelen consumir más calorías cuando comen distraídos.
¿Cómo pueden las pantallas aumentar la ansiedad o la impulsividad alimentaria en niños y adolescentes?
Las pantallas proporcionan una estimulación constante e inmediata. Esto favorece la búsqueda de recompensas rápidas y puede dificultar la tolerancia a la espera o al aburrimiento. En algunos niños, especialmente aquellos más sensibles o impulsivos, esta dinámica puede trasladarse también a la alimentación. Además, si siempre se asocia la comida a una fuente de entretenimiento, el cerebro puede acabar buscando comida no por hambre, sino por estimulación o recompensa emocional.
¿Qué papel juega el ejemplo de los adultos en este hábito?
Un papel fundamental. Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos. Si un niño observa que sus padres cenan mirando el móvil, respondiendo mensajes o viendo vídeos, entenderá que esa es la forma normal de relacionarse con la comida. De hecho, algunos países como Suecia han comenzado a alertar sobre el impacto de las pantallas en la infancia y recomiendan limitar el uso de dispositivos delante de los niños para favorecer una interacción familiar más saludable y un mejor desarrollo emocional.
¿Qué consecuencias inmediatas se observan en niños que comen siempre con pantallas?
Las más frecuentes son una menor atención a la comida, una mayor dificultad para probar alimentos nuevos, comidas más largas o más caóticas y una dependencia creciente de la pantalla para sentarse a la mesa. Muchos padres describen que el niño parece incapaz de comer sin el dispositivo porque ha aprendido a asociar ambas actividades. También suelen existir menos conversaciones familiares y menos oportunidades para desarrollar habilidades sociales durante las comidas.
¿Qué riesgos puede tener a medio y largo plazo en relación con el peso o la relación con la comida?
A largo plazo puede dificultar la autorregulación alimentaria, favorecer el consumo excesivo de alimentos y aumentar el riesgo de sobrepeso u obesidad en algunos casos. Pero más allá del peso, me preocupa especialmente la relación con la comida. Comer debería ser una experiencia consciente, flexible y agradable. Cuando siempre necesita un estímulo externo para comer, el niño puede perder parte de esa conexión natural con su cuerpo y sus necesidades reales.
Muchos padres describen que el niño parece incapaz de comer sin el dispositivo porque ha aprendido a asociar ambas actividades
¿Qué alternativas pueden ayudar a que la comida sea un momento agradable sin recurrir a pantallas?
La clave no es convertir la mesa en una batalla, sino en un espacio de encuentro. Podemos hablar del día, contar anécdotas, jugar a pequeñas preguntas adaptadas a la edad o simplemente compartir la comida sin presión. También ayuda involucrar a los niños en tareas sencillas como poner la mesa o participar en la preparación de algunos platos. Lo importante es que la comida vuelva a ser una experiencia compartida y no una actividad acompañada por una pantalla.
¿Qué mensaje final daría a las familias que sienten que “ya es tarde” para cambiar?
Nunca es tarde. Los hábitos no se construyen de un día para otro y tampoco se cambian de golpe. No hace falta pasar de todas las comidas con pantalla a ninguna pantalla mañana mismo. Se puede empezar por una comida al día, luego dos, y avanzar poco a poco. Los niños tienen una enorme capacidad de adaptación cuando los adultos somos consistentes. No se trata de buscar familias perfectas, sino de crear entornos cada vez más saludables para nuestros hijos.






