Imagina que sales de casa con prisa, contestas de malas maneras a la persona que tienes delante y sigues con tu día sin darle demasiada importancia. Para ti ha sido apenas un minuto de estrés. Para quien ha recibido esa respuesta, puede convertirse en una conversación que le dé vueltas a la cabeza durante horas. Puede incluso que sea la razón de que, más tarde, le hable mal a un compañero de trabajo o a un familiar. Y la cadena sigue. Es un ejemplo pequeño, pero sirve para entender que, cada comportamiento que tenemos, puede repercutir a nivel grupal.
Tenzin Gyatso, decimocuarto dalái lama desde 1940 (cuando solo tenía cuatro años) y Premio Nobel de la Paz en 1989, lo explicó de una manera especialmente clara en el discurso pronunciado el 7 de junio de 1992 en la Cumbre Parlamentaria de la Tierra (Foro Mundial) de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CNUMAD) celebrada en Río de Janeiro, Brasil. Al hablar de los grandes retos a los que se enfrenta la humanidad, señaló: "Creo que para hacer frente al desafío de nuestro tiempo, los seres humanos tendrán que desarrollar un mayor sentido de responsabilidad universal". Una frase pronunciada en el contexto de la crisis medioambiental y social, pero que también puede trasladarse a nuestra vida cotidiana y a la forma en la que nos relacionamos con los demás.
Aquello que haces no te afecta solo a ti
La responsabilidad universal parte de interiorizar que nuestras decisiones tienen consecuencias que van más allá de nuestro propio mundo. No significa asumir los problemas de todo el mundo ni sentirnos responsables de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Tiene más que ver con comprender que formamos parte de una red de relaciones y que, por tanto, nuestras acciones pueden influir en otras personas.
En psicología, esta mirada conecta directamente con la empatía. Ser capaces de detenernos antes de actuar, imaginar cómo puede recibir el otro aquello que hacemos y entender que sus necesidades también existen ayuda a construir relaciones más saludables. No se trata de estar siempre de acuerdo ni de renunciar a los propios límites, sino de recordar que la otra persona también tiene una experiencia emocional propia.
Responsabilidad o querer controlarlo todo
Existe, sin embargo, una diferencia importante entre sentir responsabilidad hacia los demás y sentirnos responsables de los demás. La primera puede favorecer vínculos más conscientes; la segunda puede terminar convirtiéndose en una carga.
Cuidar cómo hablamos, cumplir nuestros compromisos o preguntarnos si una determinada decisión puede perjudicar innecesariamente a alguien forma parte de una responsabilidad saludable. Pensar que debemos solucionar los problemas de todo el mundo, evitar cualquier conflicto o conseguir que los demás estén siempre bien es algo muy diferente. La responsabilidad universal de la que habla el Dalái Lama no implica olvidarse de uno mismo. De hecho, una convivencia saludable necesita precisamente encontrar un equilibrio entre las propias necesidades y las de quienes nos rodean.
De la empatía a las pequeñas decisiones
A veces asociamos la empatía con grandes acciones, pero lo cierto es que también se encuentra en comportamientos mucho más cotidianos. Escuchar antes de responder, pedir disculpas cuando sabemos que hemos hecho daño, no descargar nuestro enfado sobre quien no lo ha provocado o tener en cuenta cómo nuestras decisiones afectan a quienes conviven con nosotros son pequeñas formas de ponerla en práctica.
También lo son aquellas decisiones que aparentemente no tienen un destinatario concreto. Reciclar, consumir de manera más responsable o evitar desperdiciar recursos pueden parecer acciones individuales, pero adquieren otra dimensión mayor cuando entendemos que millones de comportamientos similares terminan teniendo un impacto colectivo.
El propio Dalái Lama relacionaba esta idea con la interdependencia: “En el contexto de nuestra nueva interdependencia, considerar los intereses de los demás es claramente la mejor forma de interés propio”. La frase plantea una cuestión interesante: cuidar de los demás y cuidar de nosotros mismos no tienen por qué ser caminos opuestos.
Una forma más consciente de relacionarnos
Quizá uno de los aprendizajes más interesantes de esta idea sea que la responsabilidad no tiene por qué ser una palabra pesada. Puede traducirse en, simplemente, ser conscientes de que cada persona con la que nos cruzamos tiene su propia historia, sus preocupaciones y su manera de interpretar aquello que hacemos. Eso no significa caminar por la vida midiendo cada palabra por miedo a equivocarnos. La convivencia implica inevitablemente cometer errores, decepcionar a alguien o tomar decisiones que no todos comprenderán. La clave está en poder reconocer el impacto de nuestras acciones sin convertir ese reconocimiento en culpa.
Desarrollar un sentido de responsabilidad hacia los demás no consiste en dejar de mirar por uno mismo. La frase del líder budista consiste en ampliar un poco el campo de visión. Entender que nuestras decisiones forman parte de algo más grande y que, incluso en los gestos más pequeños, existe una oportunidad de construir relaciones y entornos más amables.








