Los niños con una empatía desbordada viven atentos a cada gesto, tono o emoción de los adultos de su entorno o de sus compañeros de clase, como si su bienestar dependiera de mantenerlos siempre en calma. Esta hipervigilancia emocional puede llegar a robarles juego, descanso y espontaneidad, y los empuja a cargar con mochilas que no les corresponden. Cuando un niño empieza a sentirse responsable de que los demás estén bien, la empatía deja de ser un recurso saludable y se convierte en una fuente silenciosa de angustia, tal y como nos explica la psicóloga sanitaria Izaskun Basterra, quien nos ayuda a entender cuándo puede convertirse en un problema para nuestros hijos.
La empatía es una cualidad positiva, pero ¿en qué momento deja de ser un recurso saludable para convertirse en una fuente de angustia o desgaste emocional en un niño?
Comprender las emociones de los demás, saber interpretarlas y actuar en consecuencia es una ventaja que, prácticamente, todos los padres quieren para sus hijos y formaría parte de un desarrollo emocional sano. Pero esta capacidad deja de ser saludable cuando el niño va un poco más allá y empieza a sentirse responsable de las emociones de los demás.
No es lo mismo detectar que tu madre está triste y acercarte a darle un beso o un abrazo, que interpretar que depende de ti que tu madre deje de estar triste.
Cuando ocurre esto, la empatía comienza a ser hipervigilancia emocional y el niño está constantemente pendiente del estado de ánimo de los demás, anticipando conflictos, intentando prevenirlos y sintiéndose responsable de resolverlos.
Y esto es una carga muy pesada para su cerebro en desarrollo. Un niño, que debería estar despreocupado jugando, explorando... en definitiva, aprendiendo, está dedicando mucha parte de su energía a monitorizar el bienestar de los adultos y esto provoca que su sistema nervioso esté siempre en alerta. Es como si siempre estuvieran “de guardia”.
¿Cómo se manifiesta en el día a día este exceso de preocupación?
Suelen ser niños especialmente maduros, responsables... de los que todos catalogan como “muy buenos”. Se preocupan por los demás, intentan evitar conflictos, ceden para que nadie se enfade, pero todo esto lo hacen porque en el fondo se sienten culpables si alguien parece no estar bien.
También suelen tener una necesidad excesiva de agradar, no se enfadan ni se frustran... son niños “fáciles de llevar” para los adultos. De adolescentes suelen ser muy independientes y no dan problemas relevantes a los padres. Podría parecer que todo va bien, pero el problema es que se están fraguando algunas creencias que pueden generar dificultades en la vida adulta.
Cuando es el niño quien cuida emocionalmente al padre o la madre se produce una inversión de roles, que en psicología llamamos parentificación, se altera la relación de apego y es el niño quien hace de “base segura” para el adulto
Discusiones de pareja, dificultades económicas, la tristeza o el cansancio de los padres... ¿Qué ocurre en la psique de un niño cuando siente que debe "salvar", consolar o cuidar a sus propios progenitores?
Ningún niño debería preocuparse por estas cuestiones. Los niños necesitan sentir que los adultos pueden sostener a la familia, incluso cuando existen momentos complicados. Necesitan sentirse cuidados, tener una base segura desde la que explorar el mundo con la tranquilidad de que un adulto está pendiente de ellos.
Cuando es el niño quien cuida emocionalmente al padre o la madre se produce una inversión de roles, que en psicología llamamos parentificación, se altera la relación de apego y es el niño quien hace de “base segura” para el adulto.
El niño interpreta que su bienestar depende de mantener estable emocionalmente a los adultos, de que nadie “explote”. Y además, como todavía tiene un pensamiento egocéntrico, realmente puede llegar a creer que tiene la capacidad de solucionar estos problemas que, en realidad, pertenecen a los adultos.
Esto genera una sensación constante de responsabilidad y puede afectar a la construcción de una identidad basada en cuidar a otros en un momento en el que debería estar descubriendo quién es y qué necesita.
Cuando un niño está permanentemente pendiente de regular el estado de ánimo de los adultos de su entorno, ¿qué consecuencias tiene esto a largo plazo en su propio desarrollo emocional y en su capacidad para jugar y relajarse?
El juego libre es una de las principales herramientas de desarrollo infantil. Para jugar hace falta sentirse seguro. Un niño que está permanentemente pendiente del bienestar de los demás difícilmente puede entregarse al juego porque una parte de su atención permanece ocupada vigilando el entorno, en alerta.
A largo plazo pueden aparecer dificultades para identificar las propias emociones y necesidades, tendencia a priorizar siempre a los demás, culpa al poner límites, perfeccionismo, ansiedad y una mayor predisposición a establecer relaciones donde asumen un papel excesivamente cuidador.
De adultos habrán generado creencias profundas sobre cómo funcionan los vínculos que pueden leerse como "para que me quieran tengo que ser útil”, “mis necesidades pueden esperar”, “el bienestar de los demás depende de mí”, “no puedo añadir más problemas expresando lo que siento”...
Muchos adultos que hoy dicen "no sé decir que no" o "me siento responsable de todo el mundo" aprendieron muy pronto que cuidar de los demás era la forma de sentirse queridos o incluso de mantener la estabilidad familiar.
¿Hay perfiles de niños que tienden a ser más empáticos que otros?
Sí. Como ocurre con la mayoría de los rasgos psicológicos, la biología y el ambiente interactúan de forma constante, modulándose.
La empatía tiene una base temperamental pero también está muy influida por el entorno. Hay niños que nacen con una mayor sensibilidad emocional. Desde pequeños se aprecia que perciben con más intensidad las expresiones faciales, el tono de voz o los cambios en el ambiente.
Y esta sensibilidad no es un problema; todo lo contrario. Lo que marca la diferencia es si el entorno les enseña y les permite comprender las emociones ajenas sin hacerse cargo de ellas.
También es más frecuente observar este exceso de responsabilidad emocional en niños que viven en familias con altos niveles de conflicto, enfermedad, problemas de salud mental, adicciones o situaciones donde los límites entre el mundo adulto y el infantil son difusos.
En definitiva, hay cierta predisposición biológica a la empatía, pero lo que ocurre a tu alrededor va a determinar cómo se utiliza esta predisposición y la convertirá en ventaja o desventaja.
Una imagen sencilla que podemos usar es la del paraguas: “Puedes acompañar a alguien cuando llueve, intentar taparle con tu paraguas, prestárselo si tú no vas a salir de casa, pero no puedes impedir que llueva solo porque él no tenga paraguas”
Muchas veces los adultos desahogamos preocupaciones de la casa delante de los niños sin darles contexto. ¿Cómo debemos comunicar los problemas familiares de forma realista pero adaptada a su edad, para que no sientan que es su responsabilidad solucionarlos?
En general, los niños no necesitan conocer todos los detalles de los problemas familiares, pero tampoco conviene ocultarles información importante o que no se hable de los problemas. Hay que ofrecer los datos de forma honesta, tranquilizadora, sencilla y adaptada a su edad, para que sean capaces de entender lo que ocurre.
Por ejemplo: "Papá y mamá estamos preocupados por un tema de trabajo. Es un problema de adultos y nosotros nos estamos ocupando de solucionarlo. Si nos ves más serios algunos días, no tiene que ver contigo y tú no tienes que arreglar nada".
La última frase es la más importante. Los niños necesitan escuchar explícitamente que no son responsables del bienestar emocional de los adultos. No basta con darlo por hecho.
¿Cómo podemos enseñarle a un niño, de forma gráfica o conceptual, a diferenciar entre ‘empatizar con alguien’ y ‘cargarse a la espalda la mochila’ de esa persona?
Precisamente esta metáfora de la mochila puede ser muy útil. Podemos decirle: "Todos llevamos una mochila invisible donde guardamos nuestras preocupaciones. Cuando un amigo está triste, podemos caminar un rato a su lado, escucharle o darle un abrazo. Pero la mochila sigue siendo suya. Si intentamos cargar con la mochila de todo el mundo, acabaremos tan cansados que ni siquiera podremos llevar la nuestra".
Otra imagen sencilla es la del paraguas: “Puedes acompañar a alguien cuando llueve, intentar taparle con tu paraguas, prestárselo si tú no vas a salir de casa, pero no puedes impedir que llueva solo porque él no tenga paraguas”.
En definitiva, podemos utilizar cualquier metáfora que ayude a que el niño entienda que acompañar no significa resolver.
Lo que no les corresponde es resolver peleas, hacerse responsables de que todos estén bien o sentir que han fracasado si alguien sigue triste
Estos niños suelen sufrir mucho cuando ven a un compañero triste o ante un conflicto en el aula. ¿De qué manera se les puede guiar para que sean buenos compañeros sin convertirse en los "terapeutas" o mediadores del colegio?
Se les puede enseñar una secuencia muy sencilla: observar, acompañar y pedir ayuda a un adulto cuando sea necesario. Por ejemplo, pueden preguntar a un compañero si necesita algo, proponerle jugar o avisar a un profesor si detectan un problema. Lo que no les corresponde es resolver peleas, hacerse responsables de que todos estén bien o sentir que han fracasado si alguien sigue triste.
Es importante transmitirles la idea de que ser un buen amigo no significa solucionar los problemas de los demás; significa estar disponible dentro de lo que un niño puede hacer. Y para todo lo que no esté en sus manos, hay que pedir ayuda a un adulto.
¿Qué actividades o dinámicas ayudan a estos niños a desconectar la antorcha del "cuidado de los demás" y conectar de nuevo con sus propias necesidades, gustos y juego libre?
El juego libre no dirigido es esencial porque les devuelve el permiso para explorar sin objetivos ni responsabilidades. A veces creemos que hay que estructurar el juego de los niños, cargarlos de actividades extraescolares para que no se aburran o se estimulen, pero un niño únicamente necesita tranquilidad para explorar e incluso momentos de aburrimiento.
Si queremos proponer alguna actividad además de los momentos de juego libre, deberían ser actividades que les permitan volver a ocupar su lugar de niños. Pueden ayudan las actividades creativas como dibujar, construir, inventar historias, bailar..., porque favorecen la expresión emocional sin necesidad de cuidar de nadie.
Otra dinámica, que no es una actividad como tal, pero puede ser muy útil, consiste en incorporar pequeños momentos diarios de autoconocimiento con preguntas como: "¿qué necesitas ahora?", "¿qué te apetece hacer?", "¿cómo está tu cuerpo?". Estos ejercicios entrenan la atención hacia uno mismo, algo que estos niños suelen dejar en segundo plano.
En cualquier caso, el mayor factor protector no es una actividad concreta, sino que los adultos ocupen su papel de referentes emocionales. Cuando un niño siente que los mayores pueden sostener las dificultades, él puede volver a hacer lo que le corresponde por desarrollo: jugar, aprender, equivocarse y crecer sin el peso de tener que cuidar de los adultos.







