A pesar de las campañas de concienciación, el acoso escolar sigue siendo una realidad no resuelta para muchos escolares. El inicio del nuevo curso marca, para los afectados, un momento en que la indefensión puede hacerse presente.
Hablamos con Conchi Martínez Sánchez, psicóloga infanto-juvenil de Clínica Unitas, en Murcia, sobre cómo abordar los días previos a la vuelta al centro escolar cuando ha habido bullying con anterioridad.
Cuando un menor siente miedo ante la idea de ir al centro escolar por el acoso sufrido debería recibir con claridad por parte de los adultos que le rodean este mensaje: “Te creemos, esto es importante y vamos a ayudarte”
Los niños que han sido víctimas de acoso escolar pueden empezar el curso con mucho temor. ¿Cómo se puede trabajar ese miedo desde antes de que comiencen las clases?
Cuando un menor ha vivido una situación de acoso escolar debemos tener en cuenta que la vuelta al colegio puede activar de nuevo el miedo y la inseguridad, pudiendo provocar una fuerte anticipación de que aquello que les hizo daño vuelva a repetirse. Esto es así porque nuestro sistema de alerta reacciona instintivamente ante cualquier peligro, más aún si ya lo hemos experimentado, intentando adelantarse para evitarlo o gestionarlo mejor. Entonces este tipo de respuestas de alerta en el niño o el adolescente no son una reacción desproporcionada, sino una forma inconsciente de protección porque el entorno escolar ha dejado de sentirse seguro, produciéndose incluso antes de volver a las clases.
En estos casos es importante favorecer un espacio de comunicación seguro en casa antes de que empiece el curso donde poder hablar de forma tranquila sin juzgar ni minimizar su malestar. Lo idóneo sería poder preguntarle por aquello que le da miedo y ver qué situaciones son las que más le preocupan para buscar conjuntamente recursos que le ayudarían a sentirse protegido. También favorece reducir la incertidumbre y poder conocer con antelación aspectos del nuevo curso: poner cara al tutor, visitar el centro si es nuevo, identificar a qué persona puede acudir si necesita ayuda o anticipar cómo serán los primeros días.
En ocasiones solemos calmarle diciéndole que “no va a pasar nada”, pero eso es algo que no podemos garantizar, por eso es preferible darle un mensaje realista y protector en el que le transmitamos que, si le ocurre algo, siempre podrá contarlo a un adulto de confianza que le escuchará y se hará cargo de la situación.
¿De qué manera reforzarlos previamente para que puedan pedir ayuda si se enfrentan a un caso de acoso escolar tanto como víctimas como siendo testigos?
Una de las dificultades más frecuentes en el acoso escolar es que se suele tardar mucho tiempo en comunicar lo sucedido debido a que genera en la víctima vergüenza y miedo a las represalias, además de temor a preocupar a sus padres e incluso pensar que pedir ayuda empeorará las cosas. Por eso es fundamental trabajar previamente la idea de que pedir ayuda es una conducta de protección y valentía, no una muestra de debilidad. Podemos hablar con ellos de situaciones concretas: qué conductas no deben normalizar, a quién pueden acudir si necesitan ayuda, cómo pedir auxilio si se bloquean o qué hacer si observan que otra persona está siendo humillada, aislada o intimidada.
Como el grupo suele tener mucho peso en estas dinámicas, también hay que educar a los observadores. Les enseñaremos que no deben reforzar la burla y que pueden acompañar a la persona que está en apuros pidiendo ayuda a una persona adulta que será la que gestionará la situación y transmitiendo a la víctima que no está sola.
Si el menor ha cambiado de colegio por el bullying sufrido, ¿cómo prepararlo para esta nueva etapa y para que pueda estar lo mejor posible teniendo en cuenta la experiencia pasada?
Cambiar de centro puede ser una oportunidad reparadora, pero debemos tener en cuenta que este cambio no borra automáticamente lo vivido. Muchos menores llegan al nuevo centro educativo con un nivel alto de vigilancia, lo que les podría llevar a interpretar algunas situaciones de forma errónea como por ejemplo algunas miradas, bromas o situaciones sociales pueden ser vistas como señales de peligro. También podrían evitar relacionarse por miedo a que les hagan daño o mostrarse especialmente sensibles al rechazo.
Esta nueva etapa no supone empezar de cero ni tampoco olvidar rápidamente lo sucedido, ya que esta experiencia dolorosa forma parte de su historia y necesita ser elaborada. Poder tomarse su tiempo para entender lo sucedido y diferenciar entre lo que pasó y lo que está sucediendo ahora, ayuda a integrar el trauma y a buscar nuevas formas de afrontamiento que le generen seguridad y confianza ante futuras dificultades de la vida.
También es recomendable que la familia informe al nuevo centro de los antecedentes de forma discreta y respetuosa con la intimidad del menor, permitiendo que el equipo docente pueda acompañarle con especial atención.
¿Qué pueden hacer los padres para favorecer relaciones de amistad en ese nuevo entorno?
En la infancia, los vínculos seguros de amistad tienen una función protectora a nivel psicológico y social. En este sentido, los padres pueden acompañar y facilitar oportunidades de relación pero siempre sin forzarlas. Para ello se recomienda buscar actividades extraescolares en las que pueda compartir con otros menores, y favorecer encuentros con compañeros fuera del colegio que permitan que los vínculos aparezcan de forma natural.
Por otro lado, conviene evitar ejercer demasiado control sobre su vida social preguntándole diariamente con quién ha estado o si le ha sucedido algo en el colegio, porque sin darnos cuenta estaríamos transmitiendo la idea de que el peligro sigue estando presente. Es preferible interesarse por cómo le ha ido el día y qué es lo que le ha gustado, pudiendo comprobarse ahí cómo son sus relaciones entre iguales.
¿Es conveniente pedir ayuda especializada para iniciar el curso cuando el menor tiene somatizaciones o miedo intenso por el acoso sufrido otros años?
Sí, especialmente cuando el malestar es intenso, persistente o empieza a interferir en la vida cotidiana. En niños y adolescentes, el sufrimiento emocional muchas veces se expresa a través del cuerpo, que es a lo que llamamos somatización. Entre los síntomas más frecuentes, pueden aparecer dolor de estómago o de cabeza, náuseas, dificultades para dormir, pérdida del apetito, taquicardia o sensación de encontrarse enfermos, especialmente antes de ir al colegio.
También conviene prestar atención a cambios importantes de conducta, aislamiento, irritabilidad, tristeza, descenso del rendimiento académico, ataques de ansiedad o una negativa persistente a acudir al centro escolar. En estos casos, una valoración psicológica permite entender qué está ocurriendo y trabajar sobre el miedo, la sensación de amenaza, la autoestima y la recuperación de la seguridad. No es necesario esperar a que la situación sea extrema. Cuanto antes se intervenga, antes podrá gestionarse y será más fácil trabajar ese miedo para que no se vuelva crónico ni condicione otros aspectos de su vida.
Si al comenzar el curso la dinámica de acoso continúa y el menor se muestra asustado y no quiere ir al centro, ¿cuál es la mejor estrategia a seguir para protegerlo?
Cuando el acoso continúa, la prioridad siempre debe ser proteger al menor y detener la situación. No se debe minimizar la situación diciéndole que ignore lo que ocurre, que se defienda o que tiene que aprender a convivir con ello. De igual modo, se debe evitar interpretar su negativa a acudir al centro educativo como una simple falta de voluntad.
Lo primero es escucharle con atención, dándole la seguridad de que le creemos. Tras recoger información concreta sobre lo qué está ocurriendo debe comunicarse al centro educativo para activar las medidas y protocolos correspondientes. En estos casos, la familia y el colegio necesitan trabajar de forma coordinada, estableciendo medidas concretas de protección, supervisión y seguimiento. Si existe ciberacoso, también es importante conservar mensajes, capturas de pantalla u otros registros. Según el caso, se dará traslado al organismo correspondiente e intervendrán otras autoridades públicas.
Cuando un menor llega al punto de sentir un miedo intenso ante la idea de ir al colegio, es necesario garantizar primero unas condiciones mínimas de seguridad y, desde ahí, favorecer una vuelta progresiva a la normalidad. Pero sobre todo hay un mensaje que cualquier niño o adolescente debería recibir con claridad por parte de los adultos que le rodean: “Te creemos, esto es importante y vamos a ayudarte”.









