Para hablar de acoso escolar, lo que conocemos como bullying, debe darse una intención de hacer daño, que esas conductas sean reiteradas y que haya un desequilibrio de poder entre víctima y agresor. José Antonio Luengo analiza exhaustivamente esta realidad en su último libro El algoritmo del miedo (Ed. Plataforma), donde hace una radiografía muy exacta del problema en la que hay cabida para testimonios personales que ofrecen la dimensión humana de un problema que en cada cifra remite a un nombre concreto y a una historia.
Psicólogo y catedrático de Secundaria en la especialidad de Orientación Educativa, José Antonio Luengo es un gran especialista en el tema, pues ha participado en programas de prevención del acoso escolar y la conducta suicida, además de en la promoción de la salud mental infanto-juvenil en la Comunidad de Madrid; y en esta misma comunidad ha formado parte de la institución del Defensor del Menor. Profesor universitario y autor de varios libros, ha sido decano del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid y actualmente es vicepresidente primero del Consejo General de la Psicología de España. Hemos charlado con él.
Hace unos años, el acoso escolar, como se cuenta en el libro, era considerado como un juego de niños y una adversidad en el camino a la que había que enfrentarse sin más. ¿Qué es lo que hizo cambiar la mirada para considerarlo “violencia ejercida por los iguales” y un auténtico problema de salud pública?
No es fácil encontrar el punto de inflexión, porque las sonrisas, las mofas, las bromas, las collejas, los motes, los insultos y determinadas acciones que se acometían antaño sobre algunos chicos también eran formas de violencia que han ido evolucionando con el paso del tiempo, probablemente muy al abrigo de las formas de violencia que se han ido mostrando a través de los medios de comunicación. También ha influido un modelo social que ha ido banalizando y normalizando esta forma de hacer hacia otros que son los más débiles, los que aparentemente son distintos, diferentes a los demás.
Como sociedad caminamos hacia un mundo donde la individualidad se ha convertido en un valor. La tribu, entendida como un espacio donde los miembros de los grupos se cuidaban unos a otros, ha dejado paso a una organización social basada en posiciones muy egoístas, y esto probablemente ha hecho que en los entornos escolares se hayan reproducido fórmulas de desprecio, de acoso, de maltrato, que han sido cada vez más evidentes y muy normalizadas. Sobre todo cuando se han dirigido hacia los más débiles, entendidos en sentido amplio, como las personas diferentes y las que tienen dificultades para adecuarse a los cánones establecidos, que casi siempre son los destinatarios de este tipo de conductas.
Las agresiones verbales, el daño psicológico que se ha ejercido, por ejemplo, hacia las niñas –también hacia los chicos–, pero más hacia las niñas, en función de su físico, es probablemente una consecuencia de cómo el físico, los cánones estéticos, la figura, cómo somos, cómo vestimos, la talla que usamos y demás, fue elevándose como un valor establecido, y esto tuvo su desarrollo, su despliegue, en observaciones, en conductas, en desprecios, en vejaciones y demás.
En el libro criticas la traducción que se hizo de bullying en España a acoso escolar porque consideras que no es la más adecuada. ¿Puede haber influido en que las familias lo consideren como algo 'ajeno' hasta que no se ven afectadas de manera directa por el acoso?
Sí, absolutamente. Cómo utilizamos el lenguaje, cómo utilizamos los códigos, los conceptos y demás marcan la forma de interpretar la vida. Cuando se considera que esto solo acontece y se desarrolla, crece y madura en las escuelas, pues efectivamente miramos hacia otro lado, quitándonos las responsabilidades que tenemos como adultos. Como adultos siendo padres y como adultos siendo miembros de un sistema, de una organización social, sin olvidar el mundo de la política, las organizaciones y los sistemas que ponen en marcha las Administraciones para poder atender a los ciudadanos. Todo al final, en su conjunto, ha mirado hacia la escuela como prácticamente el único sitio donde había que intervenir y el sitio donde incluso este fenómeno crecía, germinaba y se desarrollaba.
Y esto es un error. La escuela también tiene la responsabilidad de promocionar los valores adecuados, de vigilar, de promover valores democráticos, de respeto, de solidaridad, de apoyo, de cuidado.... La responsabilidad está ahí, es inherente a la función de los centros educativos y de los docentes, de toda la comunidad educativa, pero no solo. Las conductas agresivas, las conductas con las que los niños en distintos formatos dañan intencionalmente, reiteradamente a otros, son conductas, muchas de ellas, que vienen alojadas en las mochilas de afuera.
Al hablar de estas conductas de acoso en el libro se dice que son producto de la maldad. ¿Cómo se combina ese concepto de maldad con el hecho de que los acosadores también sean, en muchos casos, víctimas de una educación negligente o de experiencias traumáticas?
Cuando nosotros encontramos a victimarios [acosadores], y analizamos su historia personal, en muchas ocasiones observamos que han crecido en un entorno que no favorece una lectura amable de la vida, sino el 'ordeno, mando y dispongo', estando por encima de los demás o incluso conviviendo con situaciones de maltrato, que pueden ser imitadas. Los modelos se reproducen. Si a mí me maltratan con una cierta frecuencia, porque me maltratan los que están por encima de mí, yo puedo hacerlo con los demás. No he aprendido otros códigos. Pero el perfil del acosador no podemos circunscribirlo a esta naturaleza de reproducción de lo que yo he vivido.
Hay chicos acosadores que hacen daño a los demás con cierta frecuencia, y lo hacen además de una manera descuidada, como si no pasara nada, e intentan reproducir estas conductas dañiñas porque consideran que está bien hacerlo y porque les da jerarquía en el grupo, ser populares, ser temidos... y ahí hay un germen de maldad. La maldad es un concepto abstracto, complejo, que implica fundamentalmente el ejercicio de una serie de acciones a sabiendas que hacen daño y que se reproducen de una manera sistemática a pesar de esa percepción. Yo sé que estoy haciendo daño y sigo haciendo daño, y a veces mucho daño.
Por lo tanto no debe asustarnos el entender que hay maldad en algunas de estas acciones, pero la maldad se puede tratar, y ahí es donde entran todas las prácticas que tienen que ver también con la justicia restaurativa, que permiten trabajar con los agresores, para que sean conscientes verdaderamente, no ya de lo que pasa, sino del efecto que tiene lo que pasa. De los efectos a medio y largo plazo que tiene lo que pasa. Normalmente, con los victimarios se hace muy poco más allá que reprocharles disciplinariamente y que paguen por lo que han hecho. Pero si no trabajamos para generar una forma diferente de leer la realidad, de leer el modo en que me relaciono con los demás, de valorar más el impacto profundo que tienen mis acciones, lo único que estaré consiguiendo es que un chico que ha ejercido este tipo de conductas de una manera sistemática y que es señalado, pague en forma de días sin ir a la escuela, de expulsiones o incluso de traslado de dentro. No digo que no puedan ser medidas a adoptar, porque así están establecidas, pero no puede ser lo único que hagamos, porque este chico va a ir a otro centro y probablemente siga ejerciendo un patrón de conducta parecido y además fortalecido.
Porque cuando nosotros castigamos de una manera severa, debemos tener en cuenta que eso también puede tener efectos muy perniciosos, como que esa persona entienda : 'yo estoy perdido para la sociedad, yo soy así y lo voy a seguir siendo y cada vez de manera más intensa'.
Una de las patas importantes de este fenómeno es el testigo, aparte de la víctima y del agresor. ¿Qué podemos pedirle a los testigos, tal como está actualmente la situación, porque ellos todavía cargan con el estigma de ser el chivato y el miedo de ser el siguiente si intervienen?
Cuando hablamos de los testigos, de los espectadores, casi siempre los señalamos, los citamos para hacer referencia a una responsabilidad y es la de poder comunicar lo que están viendo. Informar de que lo que estás viendo no te gusta, que ves que se está haciendo daño a alguien. Estamos hablando, por lo tanto, de hacer sobresalir una idea de cuidado de la gente. Yo estoy viendo que una persona lo está pasando mal porque hay otros que le agreden con una cierta frecuencia, que le insultan, que le vejan, etc. Bueno, no me atrevo a meterme ahí porque tengo miedo a que me puedan pasar a mí estas mismas cosas y además, porque son muchos o son varios y, por tanto, no me atrevo. Pero lo informo, lo cuento.
Como docentes, el ejemplo que hay que dar es defender siempre al débil. Y eso significa estar muy al tanto de lo que pasa y generar un modelo de conducta del adulto que cuida de los demás, que haga ver a todos que el adulto eso no lo va a consentir. Y que va a estar cercano siempre a los débiles, a los vulnerables, a los que peor lo pueden estar pasando. Cuando ese modelo existe, cuando ese modelo no solo se expone verbalmente, sino que se traduce en gestos, en palabras, y no solo en acciones impositivas, los alumnos están por la labor también de ser valientes y de decir que hay cosas que no se pueden hacer.
Comentas precisamente en tu obra que la intervención de los docentes, cuando es una intervención cercana y con sincero interés, los alumnos lo perciben y es más efectiva. Sin embargo, en los planes de estudio de Ciencias de la Educación siguen obviando la formación específica en este tema...
No solo hago referencia al hecho de que la formación sobre la prevención del acoso escolar y la intervención es algo relevante, sino también la promoción de la convivencia pacífica y democrática. Así que nos vamos elevando a la promoción del bienestar psicológico. Todas estas cuestiones tienen que formar parte hoy en día de los currícula, tanto de los grados como de los másteres, como de la formación ya en ejercicio, porque las cosas van cambiando y porque aparecen nuevos formatos de trabajo, de intervención, de acción, que van surgiendo de la investigación y que tienen que ser conocidos.
En muchas ocasiones pensamos, 'bueno, esto ya lo sé, porque al final esto del acoso es que uno acusa a otro y yo tengo que intervenir, hay un protocolo que desarrollar y ya está'. Pero esto no es así, de esta manera lo simplificamos. Es un fenómeno tremendamente complejo con raíces muy profundas en una concepción del maltrato como forma ordinaria, normalizada de relación. Y los docentes hoy en día tenemos que entender que de esto tenemos que hablar.
Y, lógicamente, los responsables de los programas tienen que tomar en consideración que todo esto que tiene que ver con la promoción del bienestar, de la generación de proyectos educativos muy basados en la convivencia pacífica y democrática; en la prevención de las distintas situaciones de violencia, entre iguales el acoso es una de ellas. Además, hoy en día son elementos muy relevantes que no tienen por qué pugnar con el aprendizaje de las disciplinas, pero seguimos muy anclados al aprendizaje de las disciplinas, de las asignaturas, como elemento esencial de nuestro trabajo.
Además, parece esencial porque el acoso se va desplazando hacia edades cada vez más tempranas, hasta el punto de darse algunos casos en Educación Infantil como señalas en el libro...
No todo el mundo está de acuerdo conmigo en que pueda haber acoso a los 4 o 5 años. Para que haya una acción deliberada de dañar a otro de forma ininterrumpida, intencionada, reiterada tiene que haber también una cierta capacidad, no solo volitiva, 'yo quiero hacerlo', sino también cognitiva, de valoración del daño que esto está produciendo. Eso no quiere decir que un niño de 4 años que empuja a otro y se ríe no sea conocedor de lo que está pasando en ese momento. Pero quizá no hay un conocimiento racional de los efectos que eso puede producir en la víctima. Y ahí es donde tiene que intervenir la cordura para que los centros educativos y los padres se den cuenta de que a lo mejor no debemos hablar en sentido estricto de acoso escolar, pero sí de situaciones que deben ser controladas y gestionadas. Porque hay críos que efectivamente pueden 'apuntar maneras', es decir, que tienen una forma de relacionarse muy basada en primero yo, después yo y más tarde yo.
Pero lo que sí es cierto es que efectivamente cada vez observamos que los presuntos casos de acoso escolar se dan en niños más pequeños, a partir de los cuartos, quintos, sextos de primaria... Y ahí es donde yo suelo decir: ¿qué está pasando? ¿Volvemos a culpar a la escuela de eso? Esto ocurre porque está permeando demasiado esta mirada absolutamente egocéntrica del mundo que en muchas ocasiones la hacemos crecer en nuestras casas, en cómo educamos. Y que crece de una manera terrible, como las plantas en una selva, con los modelos de conducta que nos son mostrados permanentemente a través de los medios, de las televisiones, pero también de los contenidos a los que los chicos acceden en las pantallas.
Hay una parte muy interesante en el libro que es cuando recoges las respuestas de los alumnos sobre los programas de prevención. Dicen que no siempre responden con sinceridad, sino que dicen lo que los adultos quieren oír; que en sus hogares les dicen que no se metan si son testigos; que las charlas que se les dan no tienen influencia… Quizá no haberlos tenido en cuenta para abordar este problema es una de las causas por las que no hay buenos resultados en estos planes de prevención del acoso....
Sabemos que aquellos centros que han promovido programas de ayuda, apoyo y cuidado entre iguales en su sistema tienen muchos mejores resultados en la gestión del acoso, hasta el punto de hacerlo prácticamente residual, porque es en el apoyo entre iguales donde los chicos encuentran una forma más natural de pedir ayuda, de confiar y de ser ayudados también. No estamos hablando del 'primo de zumosol', pero hay una cierta consideración de que cuando un chico de quinto de primaria tiene un referente en secundaria, por ejemplo en tercero de la ESO, dentro de los programas de alumnos tutores, esto tiene una resonancia tremenda.
Y esto es muy importante: alumnos mayores que sensibilizan, que informan, que cuentan a niños más pequeños cosas relacionadas con la convivencia, les hablan de sus experiencias y se convierten en auténticos referentes. Luego están también, por supuesto, los programas de mediación, que cuentan con una gran trayectoria, que son programas preventivos, es decir, que no intervienen en situaciones de acoso específicas, pero intervienen en situaciones previas, cuando empiezan a aparecer los primeros conflictos. Hay centros que han evidenciado claramente que todo lo que sea dar participación al alumnado en este sentido, y si das participación también a las familias, mucho mejor, ayuda y contribuye de una manera muy sistemática y muy eficiente a mejorar las condiciones.
Y ellos lo dicen: no es que no confíen en los adultos, sino que en muchas ocasiones los adultos llegamos tarde a esta historia. Llegamos en momentos en los que los chavales ya tienen tanto miedo, tienen tantas dificultades, y dicen, 'yo es que prefiero no contar nada, porque no sé si va a ser peor el remedio para la enfermedad'. Pero aquí la realidad de todo esto es que, al margen de los números, lo que hay aquí son almas de criaturas que se ven dañadas, a veces de una manera terrible, muy dramática, y es muy importante que esto lo tengamos en consideración. Y esto requiere planes, requiere que un equipo directivo vea cuáles son son las buenas prácticas que la evidencia científica nos muestra para adoptarlas y quizá no se resuelva todo, pero hay que trabajar en ese sentido.
Según los que se ha estudiado, el acoso tiene efectos más dañinos incluso que el maltrato infantil y provoca alteraciones en el crecimiento cerebral. Por eso abogas por que el nivel de prioridad de este asunto debería ser el mismo que el eque se da a la prevención del maltrato infantil por el adulto y, sin embargo, no está pasando.
Lo que nos dice la investigación es que cuando han medido los impactos, han observado con sobresalto que los críos que sufrían o habían sufrido acoso por parte de iguales tenían efectos mucho más terribles que incluso comparándolos con el maltrato infantil. Esto lo que viene a poner de manifiesto es que esto no solo no es un juego de niños, es algo que daña a muchos niños y niñas, los daña en silencio... Además de los centros educativos, los sistemas de salud deberían tener sistemas de atención a víctimas y a victimarios de acoso, a los dos, porque los segundos deben ser considerados gente absolutamente recuperable, en el sentido amplio del término.
Llevamos décadas con este problema y hasta el momento, excepto algunos casos concretos, en general los planes no están funcionando. ¿Crees que se acabará alguna vez con el acoso escolar?
Esto necesita un compromiso de cada comunidad educativa, de los padres, de los docentes y de los alumnos. Necesitamos conversaciones a tres bandas, que hablen los chicos, en distintas edades, con padres, con docentes, que cuenten lo que saben, lo que viven, y que se establezcan alianzas. Para ayudar a la víctima e intentar que se recupere necesitamos el compromiso de los padres, sobre todo de aquellos padres de chicos que han sido señalados, después de las evidencias, como que están participando en este tipo de conductas. Te han dicho que tu hijo se ha metido en un lío, no lo está haciendo bien y lógicamente esto no te gusta, pero tienes que intentar no confrontar esa idea porque sí, sino ver cómo puedes colaborar en este proceso, porque si no, no vamos a conseguir nada. Si al final pensamos que el maestro tiene que estar siempre en todos los sitios para que no ocurra esto, no es suficiente.
Esto ocurre en las redes, esto ocurre en espacios donde el maestro ni está ni puede estar. Tenemos que contribuir a que nuestros niños crezcan con una mente amueblada que entienda que no puedo hacer daño a otro de manera intencionada. Tenemos que intentar conseguir al final que haya un cierto espacio de restauración de las miradas. Eso es importantísimo.













