La experiencia de Nerea Rodríguez con el 'bullying', analizada por un psicólogo: "Volver a confiar no es algo que se consiga de un día para otro"


La que fuera concursante de 'Operación Triunfo' ha hablado sobre la huella que le dejó la situación que vivió en su etapa escolar


Nerea Rodríguez, en el Festival de Cine de Málaga 2024© GTRES
16 de julio de 2026 a las 18:02 CEST

Ha pasado casi una década desde que Nerea Rodríguez visibilizara en televisión el infierno del bullying que sufrió en su etapa escolar. Aunque hoy la artista de 27 años es una mujer segura de sí misma, recientemente recordaba con valentía que las secuelas del acoso no desaparecen al sonar el último timbre del instituto: "Es un daño que te deja marcado profundamente en tu ser", confesaba sobre la desconfianza y el miedo al rechazo que la acompañaron durante años. "Me costó mucho superarlo", reconocía la artista, recordando que no fue algo pasajero. Hace mención también a cómo la afectó en sus relaciones en la adolescencia, "Si quedaba con un chico que supuestamente le gustaba, yo pensaba que luego me iba a decir que era mentira o una broma. Que me iba a engañar", apuntaba la que fuera concursante de Operación Triunfo 2017.

El testimonio de la cantante nos recuerda que el acoso escolar no es "cosa de niños", sino una vivencia traumática que redefine la personalidad. Para comprender cómo sanar esa herida invisible y qué herramientas existen para superar la huella psicológica del buylling, hablamos con Marc Rodríguez, psicólogo especialista en Inteligencia Emocional (@rodriemocion). 

La cantante, durante su paso por 'OT 2017'© GTRES
La cantante, durante su paso por 'OT 2017'

Cuando un adolescente pasa años escuchando críticas y burlas, la desconfianza se convierte en un mecanismo de defensa para no volver a ser herido. ¿Cómo se ayuda en terapia a "desaprender" este mecanismo cuando la persona ya está en un entorno seguro pero su mente sigue operando en modo supervivencia?

Lo primero es entender que esa desconfianza no nació porque sí. En muchos casos fue una forma de protegerse. Si durante años un adolescente ha recibido burlas, críticas, rechazo o humillaciones, su mente aprende algo muy básico: “Mejor no me fío, porque si me abro me pueden hacer daño”.

El problema aparece cuando ese mecanismo sigue funcionando incluso cuando la persona ya está en un entorno más seguro. Es decir, ya no está en ese colegio, ya no está rodeada de esas personas, pero su cuerpo y su mente siguen reaccionando como si el peligro estuviera delante.

En terapia no se trabaja diciéndole simplemente “tienes que confiar más”. Eso no sirve. Sería como decirle a alguien con miedo al fuego que meta la mano en una vela para comprobar que no pasa nada. Hay que ir mucho más despacio.

Normalmente el proceso pasa por varias fases:

  • Primero, validar lo que vivió. Muchas personas que han sufrido bullying llegan pensando que quizá exageran, que quizá no fue tan grave o que tendrían que haberlo superado ya. Poner nombre a lo ocurrido ayuda mucho: “esto fue acoso, esto fue doloroso, esto dejó huella”.
  • Después, se trabaja la diferencia entre pasado y presente. Por ejemplo, si alguien se ríe en una cafetería y la persona automáticamente piensa “se están riendo de mí”, se aprende a parar y preguntarse: “¿Tengo pruebas de que va conmigo o mi cerebro está recordando una experiencia antigua?”.
  • También se entrenan experiencias seguras. Pequeñas. Muy pequeñas al principio. Hablar con alguien de confianza, expresar una opinión, decir que no, pedir ayuda, dejarse acompañar. La confianza no vuelve de golpe, vuelve a través de experiencias repetidas en las que la persona comprueba que no todo vínculo acaba en daño.

Si durante años un adolescente ha recibido burlas, críticas, rechazo o humillaciones, su mente aprende algo muy básico: “Mejor no me fío, porque si me abro me pueden hacer daño”

Marc Rodríguez, psicólogo

El miedo a la crítica y al "qué dirán" es devastador. Hoy en día, con las redes sociales, ese "qué dirán" ya no se limita a las paredes del colegio, sino que persigue a los jóvenes las 24 horas. ¿Cómo multiplica esto la gravedad de las secuelas y esa sensación de inseguridad permanente?

Las redes sociales han cambiado mucho la forma en la que se vive el acoso. Antes, aunque el colegio pudiera ser un lugar muy doloroso, al menos existía la posibilidad de llegar a casa y tener un poco de descanso. Ahora muchas veces ese descanso no existe.

El acoso puede continuar por WhatsApp, Instagram, TikTok, grupos privados, comentarios, capturas o memes. Y eso hace que el adolescente sienta que no hay un sitio completamente seguro. Ni su habitación, ni su móvil, ni su tiempo libre.

Esto multiplica mucho la ansiedad porque el cerebro necesita espacios de calma para recuperarse. Si el joven está pendiente todo el rato de si han subido algo, si han comentado algo, si alguien le ha dejado en visto o si se ha creado un grupo sin él, el sistema nervioso se queda en alerta casi permanente.

Además, en redes la humillación puede hacerse más grande. Una burla que antes escuchaban tres personas ahora puede verla medio curso. Y eso deja una sensación muy fuerte de exposición. La víctima puede pensar: “todo el mundo lo sabe”, “todos me están mirando”, “ya no puedo escapar”.

Por eso es tan importante no minimizar el acoso digital con frases como “apaga el móvil y ya está”. Para un adolescente, su mundo social también está ahí. Apagar el móvil puede ayudar puntualmente, sí, pero no resuelve el problema de fondo.

En la mayoría de las ocasiones, el bullying ocurre en una etapa crucial del desarrollo. Desde la psicología, ¿cómo afecta el acoso escolar a la construcción de la identidad y la autoestima de un adolescente a largo plazo?

La adolescencia es una etapa en la que uno está construyendo su identidad. Es una edad en la que nos preguntamos constantemente: quién soy, cómo me ven, si gusto, si encajo, si valgo, si soy suficiente.

Por eso el bullying puede ser tan dañino. Porque no ocurre sobre una identidad ya consolidada, sino sobre una identidad que todavía se está formando.

Si un adolescente escucha durante años que es raro, torpe, feo, débil, pesado o que nadie quiere estar con él, puede acabar incorporando esas palabras como si fueran verdades. Al principio vienen de fuera. Pero con el tiempo pueden convertirse en una voz interna.

Por ejemplo, una chica que recibió burlas constantes por su cuerpo puede llegar a la edad adulta evitando la playa, las fotos o las citas. Aunque nadie le esté diciendo nada en ese momento, la vergüenza se ha quedado dentro. O un chico al que ridiculizaban cada vez que hablaba puede convertirse en un adulto que evita opinar en reuniones, que se bloquea al hablar en público o que necesita revisar mil veces lo que va a decir.

El bullying no solo afecta a “lo que pasó en el colegio”. Puede afectar a cómo la persona se mira, cómo se relaciona y cuánto permiso se da para ocupar su lugar en el mundo.

Plano medio de Nerea Rodríguez con conjunto azul celeste© Getty Images
Nerea Rodríguez

Quienes lo han sufrido hablan de "miedo profundo al rechazo, al abandono y a la crítica". ¿Por qué estas alertas se quedan encendidas en el cerebro de una persona incluso muchos años después de haber terminado el colegio?

Porque el cerebro aprende de las experiencias repetidas. Y si durante mucho tiempo una persona ha vivido rechazo, burla o humillación, su cerebro aprende a anticipar ese peligro.

Es como si quedara una alarma encendida. Aunque el colegio haya terminado, aunque los agresores ya no estén, la alarma sigue detectando posibles amenazas sociales.

Una risa al fondo puede interpretarse como burla. Un mensaje sin respuesta puede sentirse como abandono. Una crítica pequeña puede vivirse como una confirmación de “no valgo”. No porque la persona quiera exagerar, sino porque su sistema emocional se acostumbró a protegerse así.

Podríamos decir que el cerebro prefiere equivocarse por exceso de alerta que volver a ser herido. El problema es que vivir así agota muchísimo. La persona no descansa, siempre está leyendo señales, anticipando rechazo, preguntándose si cae bien o si molesta.

El trabajo psicológico consiste en ayudar a ese sistema de alarma a actualizarse. A entender que aquello pasó, que fue real y doloroso, pero que no todas las relaciones actuales son una repetición de aquel daño.

¿Cómo puede una persona volver a confiar en el amor o en la amistad cuando su mente se ha habituado a pensar que los demás se van a burlar de ella?

Volver a confiar no es algo que se consiga de un día para otro. Y de hecho, no conviene forzarlo. Una persona que ha sido herida necesita tiempo para comprobar que ahora puede relacionarse de otra manera.

Yo lo explicaría como volver a meter los pies en el agua después de haber tenido una mala experiencia nadando. No empiezas tirándote de cabeza al mar. Primero te acercas, luego mojas un pie, luego das dos pasos, luego compruebas que puedes salir si lo necesitas.

En las relaciones pasa algo parecido. Algunos pasos pueden ser:

  • Elegir personas seguras. No todo el mundo merece acceso a nuestra intimidad. Es importante fijarse en personas coherentes, respetuosas, que no ridiculicen, que no usen nuestras inseguridades en contra.
  • Ir poco a poco. No hace falta contarlo todo ni abrirse de golpe. Se puede empezar compartiendo algo pequeño y ver cómo responde la otra persona.
  • Diferenciar miedo de señal real. Si alguien tarda en contestar, quizá no significa que nos rechace. Puede estar ocupado. La pregunta sería: “¿Esto que siento se basa en hechos actuales o en heridas antiguas?”.
  • Poner límites. Confiar no significa aguantarlo todo. Una relación sana también permite decir “esto me ha dolido”, “esto no me va bien”, “necesito ir más despacio”. La confianza se reconstruye cuando la persona vive experiencias donde puede ser ella misma y no recibe burla, desprecio o abandono como respuesta.

El acoso no solo lo sufre la víctima, sino también su entorno. ¿Cómo afecta a los jóvenes el sentimiento de culpa por "hacer sufrir" a sus padres y cómo deben gestionar esto las familias?

A muchos jóvenes les pasa algo muy duro: además de sufrir el acoso, sienten culpa por ver sufrir a sus padres. Y entonces empiezan a callar más. Pueden pensar: “Si lo cuento, mi madre se va a preocupar”, “mi padre se va a enfadar”, “estoy causando problemas”, “mejor digo que estoy bien”.

Esto es muy delicado, porque el adolescente acaba protegiendo emocionalmente a los adultos cuando debería ser al revés. Las familias deben dejar muy claro que el hijo no es responsable del sufrimiento de los padres. Una frase útil podría ser: “Me duele verte pasarlo mal porque te quiero, pero mi preocupación no es culpa tuya. Yo soy el adulto y estoy aquí para ayudarte”.

Es importante que los padres puedan mostrar cariño y preocupación, sí, pero sin derrumbarse delante del hijo de tal forma que él sienta que tiene que cuidarles. Si los padres necesitan desahogarse, que lo hagan con otros adultos, con familiares, amigos o profesionales.

El mensaje para el adolescente debería ser sencillo: “Cuéntanoslo, no nos estás haciendo daño por contarlo. Al contrario, nos ayudas a ayudarte”.

A muchos jóvenes les pasa algo muy duro: además de sufrir el acoso, sienten culpa por ver sufrir a sus padres. Y entonces empiezan a callar más

Marc Rodríguez, psicólogo

¿Cuál es el papel fundamental que debe jugar la familia cuando detecta o gestiona un caso de bullying para que el impacto emocional sea el menor posible?

La familia tiene que ser tres cosas: refugio, protección y guía.

  • Refugio, porque el niño necesita sentir que en casa no se le culpa, no se le cuestiona y no se le minimiza. Lo primero es creerle. A veces la víctima ya viene dudando de sí misma, así que escuchar frases como “seguro que no será para tanto” puede hundirle más.
  • Protección, porque ante un caso de bullying no basta con decirle “pasa de ellos”. Muchas veces no puede pasar. Hay que activar protocolos, hablar con el centro, guardar pruebas si hay acoso digital y hacer seguimiento. El niño necesita ver que los adultos se mueven.
  • Y guía, porque también hay que ayudarle a entender lo que siente, a no culparse, a recuperar confianza y a encontrar espacios donde pueda sentirse valioso.

    Por ejemplo: si un adolescente dice que le insultan en un grupo de WhatsApp, la respuesta no debería ser solo “bloquéalos”. Puede ser parte de la solución, pero también hay que revisar pruebas, hablar con el centro si son compañeros, valorar el impacto emocional y acompañar al chico para que no sienta que todo depende de él.

    La familia no puede borrar el daño de golpe, pero sí puede evitar que la víctima se sienta sola. Y eso cambia muchísimo el pronóstico emocional.

Hay testimonios de personas que rechazan rotundamente la idea de que el bullying les hizo más fuertes, alejándose de ese discurso romántico de la resiliencia obligatoria. ¿Por qué es peligroso decirle a una víctima que "eso la hará más fuerte"?

Porque puede sonar bonito, pero muchas veces hace daño. Decirle a una víctima “esto te hará más fuerte” puede transmitirle, sin querer, que tiene que encontrar algo positivo en una experiencia que fue injusta y dolorosa. Y no siempre hay que sacar una lección bonita de todo. A veces lo que ha pasado simplemente estuvo mal.

El bullying no es una escuela de fortaleza. Es una forma de violencia. Y no deberíamos romantizarlo. Una persona puede sanar, crecer y reconstruirse después del acoso, claro que sí. Pero eso no significa que el acoso fuera necesario ni que tenga que agradecerlo. Es más sano decir: “Lo que te hicieron no estuvo bien, no fue tu culpa, y ahora vamos a ayudarte a recuperarte”.

La resiliencia no debería ser una obligación. Nadie tiene que convertirse en una versión heroica de sí mismo para que su dolor sea válido.

¿En qué consiste el proceso psicológico para sanar el trauma del acoso escolar? ¿Se llega a superar por completo?

Sanar el trauma del bullying no significa olvidar. Tampoco significa que un día la persona se despierte y diga “ya está, no pasó nada”. No va de eso. Va más bien de conseguir que aquello deje de controlar la vida actual. El proceso suele incluir varias partes. Primero, poner nombre a lo vivido. Muchas personas llegan a terapia diciendo “me hacían bromas”, “me tenían manía”, “yo era muy sensible”. Y a veces hay que decir con claridad: no, eso fue acoso.

Después se trabaja la culpa y la vergüenza. Porque muchas víctimas sienten, aunque sea irracional, que algo en ellas provocó lo que pasó. Que si hubieran sido más guapas, más fuertes, más graciosas o más normales, quizá no les habría ocurrido. Esa creencia pesa muchísimo y hay que desmontarla.

También se trabaja la autoestima. Volver a mirarse sin los ojos de quienes hicieron daño. Esto es clave. Porque muchas veces la víctima sigue viendo su cuerpo, su forma de ser o su valor a través de la mirada de los agresores.

En algunos casos se utilizan terapias centradas en trauma, como EMDR, terapia cognitivo-conductual o terapia basada en compasión.

¿Se supera por completo? Depende. Hay personas que llegan a recordarlo sin que les duela igual. Otras sienten que queda una cicatriz, pero ya no una herida abierta. La diferencia es muy importante. Quizá no siempre se borra, pero sí se puede conseguir que deje de mandar.

Si alguien que está sufriendo bullying o arrastrando sus secuelas lee esta entrevista, ¿cuál sería el primer paso que le recomendaría dar hoy mismo?

El primer paso sería contárselo a alguien seguro. No hace falta tener un discurso perfecto. No hace falta explicarlo todo con orden. Puede ser tan simple como decir: “Necesito ayuda, me está pasando algo”. O también: “Esto que viví hace años me sigue afectando”.

Puede ser a un padre, una madre, un profesor, un orientador, un amigo adulto, un psicólogo. Lo importante es que no se quede solo con ello. Si está pasando ahora, pedir ayuda es urgente. Si pasó hace años pero sigue doliendo, también merece atención. No hay una fecha límite para sanar.

Y le diría algo muy claro: lo que te hicieron no define quién eres. Tu miedo tiene sentido, tu desconfianza tiene sentido, tu dolor tiene sentido. Pero no tienes que vivir toda la vida mirando el mundo desde esa herida. Pedir ayuda no es exagerar. Es empezar a salir del aislamiento.