Quitarse los manguitos en la piscina, soltar los ruedines de la bicicleta o ponerse en pie sobre una tabla de surf. Las vacaciones estivales están repletas de primeras veces que prometen diversión, pero que para los niños más perfeccionistas pueden convertirse en una inesperada fuente de tensión. Ver que a otros niños 'les sale a la primera' despierta el miedo al fracaso, provocando que prefieran abandonar el juego o negarse a ir a la playa antes que mostrarse vulnerables.
Sobre todo ello hemos tenido la ocasión de hablar con la psicóloga Beatriz Gil Bóveda, CEO & fundadora de Psique Cambio (psiquecambio.com), quien nos da las claves para enseñarles que errar no es un defecto, sino la única forma de aprender.
Las vacaciones son para disfrutar, pero para algunos niños se convierten en una fuente de estrés. ¿Por qué el contexto estival (campamentos, playa, deportes nuevos) dispara este perfeccionismo?
Las vacaciones nos regalan muchas primeras veces: aprender a nadar sin manguitos, montar en bici sin ruedines, subirse a una tabla de surf o hacer amigos en un campamento. Y toda primera vez implica algo inevitable: no saber hacerlo todavía.
El problema aparece cuando el niño siente que debería hacerlo bien desde el primer intento. En consulta siempre repito una frase que resume muy bien esta idea: "Mejor hecho que perfecto". Aprender consiste precisamente en pasar por la incomodidad de no dominar algo al principio.
En verano esa sensación se intensifica porque suelen aprender rodeados de otros niños. Si perciben que los demás avanzan más rápido, algunos viven cada intento como un examen en lugar de como una oportunidad para descubrir algo nuevo.
Cuando un niño se niega a ir a la playa o abandona la bici de golpe diciendo que "es aburrido", ¿qué emoción real puede haber detrás de esa máscara de desinterés?
Lo primero sería evitar sacar conclusiones rápidas. Un "me aburro" o un "ya no quiero ir" puede esconder muchas cosas, y no siempre tiene que ver con el perfeccionismo.
A veces detrás hay miedo a equivocarse o a sentirse menos capaz que otros niños. Pero en otras ocasiones puede haber un conflicto con un compañero, vergüenza porque alguien se ha reído de él, frustración porque no le sale una habilidad, cansancio o, simplemente, que esa actividad no le esté gustando tanto como esperábamos.
Por eso, más que centrarnos en la conducta, merece la pena preguntarnos qué está intentando comunicar el niño. Los niños no siempre expresan lo que sienten con palabras; muchas veces lo hacen a través de su comportamiento.
En lugar de responder inmediatamente con un "venga, no pasa nada" o "antes sí te gustaba", suele ser más útil acercarnos con curiosidad y decirle: "He notado que hoy no tienes ganas de ir a la playa. ¿Ha pasado algo?". Cuando dejamos espacio para que se explique, es mucho más fácil descubrir qué hay realmente detrás de ese rechazo y acompañarlo desde la causa, no solo desde la conducta.
¿Cómo procesa un niño perfeccionista la comparación con sus iguales cuando ve que a otro niño le sale algo antes que a él?
El niño perfeccionista generalmente no suele pensar: "Mi compañero ha practicado más". Lo que interpreta es: "Si él puede y yo no, es que yo no valgo para esto".
Deja de pensar “esto todavía no me sale” para empezar a pensar “yo no valgo para esto”. Y ahí está el verdadero problema. Confunde el resultado con su identidad. No ve una habilidad que todavía está aprendiendo, sino una etiqueta sobre quién es.
Ahí los adultos tenemos una oportunidad muy valiosa: ayudarle a mirar su propio proceso en lugar del resultado de los demás. Cada niño tiene su ritmo y aprender no es una carrera. Lo importante no es quién llega antes, sino seguir avanzando.
Vivimos en una cultura de la inmediatez. ¿Tienen los niños de hoy peor tolerancia a la frustración porque están acostumbrados a que todo sea "un clic"?
Vivimos en una sociedad donde casi todo ocurre de forma inmediata, y eso hace que cada vez estemos menos acostumbrados a esperar o a equivocarnos varias veces antes de conseguir algo.
Pero la tolerancia a la frustración no nace sola: se entrena. Igual que ejercitamos un músculo, los niños necesitan vivir pequeñas frustraciones para descubrir que pueden gestionarlas.
Como padres, a veces se intenta evitarles cualquier malestar porque quieren protegerlos. Sin embargo, la mejor protección no es eliminar la frustración, sino acompañarlos mientras la atraviesan.
Un "me aburro" o un "ya no quiero ir" puede esconder muchas cosas, y no siempre tiene que ver con el perfeccionismo. A veces detrás hay miedo a equivocarse o a sentirse menos capaz que otros niños
¿De dónde asimila un niño la idea de que equivocarse o no saber hacer algo a la primera es un fracaso o algo de lo que avergonzarse?
Los niños no nacen teniendo miedo a equivocarse. Lo aprenden poco a poco. Lo hacen observando cómo reaccionamos los adultos cuando cometemos un error, escuchando mensajes sobre el éxito o el fracaso, comparándose con otros niños y viviendo en una sociedad que suele enseñar el resultado, pero muy pocas veces el proceso.
Por eso es tan importante revisar qué mensaje transmitimos. Si un niño entiende que equivocarse forma parte de aprender, crecerá con mucha más libertad que si siente que cada error dice algo sobre su valor como persona.
Ante el típico "¡No me sale!", los padres suelen responder con un "¡Qué dices, si lo haces muy bien!". ¿Por qué estas frases bienintencionadas no funcionan o incluso empeoran la situación?
Porque, aunque las decimos con la mejor intención, el niño siente que no estamos conectando con lo que le ocurre. Si está frustrado y le respondemos "si lo haces genial", probablemente piense: "No entienden cómo me siento".
En lugar de intentar convencerle de que no pasa nada, suele ser más útil validar primero la emoción: "Entiendo que estés enfadado, aprender esto cuesta". Cuando un niño se siente comprendido, baja la intensidad emocional y está mucho más disponible para volver a intentarlo. A veces necesitamos menos ánimo y más conexión.
Un caso concreto: el niño tira la tabla de surf a la arena y se niega a volver a entrar al agua. ¿Cuál es el paso a paso para intervenir en ese instante sin forzar ni ceder del todo?
Lo primero sería regular la emoción antes que resolver la situación. Me acercaría con calma y le diría algo como: "Veo que ahora mismo lo estás pasando mal". Solo sentirse comprendido ya reduce parte de la tensión.
Después normalizaría el proceso: "¿Sabes cuántas veces se cae alguien antes de aprender a surfear? Muchísimas".
Y, por último, le propondría un objetivo mucho más pequeño. No hace falta volver a intentar ponerse de pie inmediatamente. Quizá hoy el reto sea simplemente volver a entrar en el agua o intentarlo una sola vez más.
Cuando dividimos el objetivo, el cerebro deja de verlo como una montaña imposible.
No se trata de ser padres perfectos, precisamente porque eso sería caer en la misma trampa. Se trata de mostrar que los adultos también nos equivocamos y que eso no nos define
¿Hasta qué punto el perfeccionismo o la exigencia de los propios padres influye en que el niño no se permita fallar?
Influye mucho más de lo que solemos pensar. Los niños aprenden observándonos. Si nos escuchan criticarnos cuando cometemos un error, enfadarnos porque algo no sale perfecto o exigirnos constantemente, es probable que acaben tratándose a sí mismos de la misma manera.
No se trata de ser padres perfectos, precisamente porque eso sería caer en la misma trampa. Se trata de mostrar que los adultos también nos equivocamos y que eso no nos define. Es uno de los mejores regalos que podemos hacerles.
¿Cómo podemos enseñar a un niño a ver el fallo no como un defecto de su identidad, sino como una parte natural y necesaria del aprendizaje?
Empezando por cambiar nuestro propio lenguaje. No es lo mismo decir "eres muy bueno" que decir "has practicado mucho". Tampoco es igual hablar de errores que de oportunidades para aprender.
Cuando un niño entiende que lo importante es atreverse a hacer las cosas, aunque todavía no salgan bien, deja de tener tanto miedo a equivocarse. El error deja de ser un enemigo y se convierte en un compañero de viaje.
¿Cómo cambia la mentalidad del niño cuando empezamos a premiar la constancia en lugar de la meta lograda?
Cambia por completo. Cuando solo celebramos el resultado, el niño aprende que el éxito depende de hacerlo perfecto. En cambio, cuando reconocemos el esfuerzo, la paciencia, la práctica y la capacidad de volver a levantarse después de un error, descubre que el verdadero logro está en no rendirse. Eso construye una autoestima mucho más sólida, porque ya no depende de ganar o de hacerlo mejor que los demás.
Al final, ese es el aprendizaje que de verdad queremos que se lleven, dentro y fuera de las vacaciones: no necesitamos ser perfectos para seguir creciendo. Solo necesitamos atrevernos a hacerlo.







