La reflexión de Jesús Castro sobre la llegada de los hijos, analizada por un psicólogo: "Nadie viene con el manual de ser padre"


El actor gaditano refleja en sus declaraciones la transición a la crianza como un proceso vertiginoso, y sobre todo ello nos habla el terapeuta José Martín del Pliego


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14 de septiembre de 2026 a las 18:03 CEST

La reconciliación de Jesús Castro y Camila Canto, volcados de nuevo en construir su proyecto de familia tras un breve paréntesis, refleja el gran reto de adaptación que supone la llegada de los hijos. El nacimiento de sus mellizos, Mateo y Martina, de forma prematura la pasada primavera, trajo consigo una etapa de intensas emociones y aprendizaje como padres primerizos. El propio Jesús reconocía a través de un directo en su canal de Twitch que la adaptación no fue sencilla: "Nadie viene con el manual de ser padre. Todo fue muy muy difícil, desde complicaciones de los niños también, que estuvieron cierto tiempo en el hospital. De repente, pasamos de 0 a 2000 en poco tiempo, a dormir poco. Obviamente afectó a la convivencia también".

Ese vertiginoso salto y la ausencia de una guía perfecta para afrontar la crianza representan un desafío psicológico y emocional de gran magnitud para muchas parejas. ¿Cómo puede llegar a impactar en la salud mental y en la pareja una transición tan significativa? Analizamos con el psicólogo José Martín del Pliego (@josemartindelpliego) las claves detrás de este torbellino emocional y cómo puede convertirse en un proceso de aprendizaje compartido, aunque no exista un manual.

El actor Jesús Castro definía el paso a la paternidad como un cambio “de 0 a 2000 en poco tiempo”. Desde la psicología, ¿qué impacto tiene en la salud mental de los padres una transición tan abrupta y con tanto desgaste físico?

Sí, ese “de 0 a 2000” es bastante literal. El sistema nervioso pasa de estar regulado a entrar en un estado de alerta sostenida: falta de sueño, hipervigilancia hacia el bebé, sobrecarga sensorial... Todo esto mantiene el sistema nervioso simpático —el de la alerta— activado durante meses, a veces incluso más tiempo, sin descanso real. Al final, no es solo cansancio: es una especie de respuesta de estrés crónico que en algunos casos desemboca en ansiedad, irritabilidad o síntomas depresivos.

Y si no tienes claro que esto puede ocurrir, aparece la sensación de culpa: pensar que no eres buen padre o que lo estás haciendo mal. Eso aumenta todavía más la sobrecarga en ese sistema nervioso, porque intentas hacer un esfuerzo —un sobreesfuerzo— para adaptarte y ves que no puedes.

Cuando la llegada de un hijo implica complicaciones médicas o ingresos hospitalarios, ¿de qué manera altera esto el proceso natural de vinculación afectiva y el duelo por las expectativas iniciales de la paternidad?

Es fundamental la vinculación que se lleva a cabo en los primeros días y semanas entre la madre, el padre y el bebé. Todo lo que tiene que ver con el contacto piel con piel, la lactancia inmediata y los primeros momentos después del parto ayuda a generar calma y a sostener el sistema nervioso del niño, cuya ventana de tolerancia al malestar es muy estrecha. A un bebé todo le afecta, y mamá y papá tienen que tratar de regularlo y calmarlo durante un periodo bastante largo.

Cuando al inicio se pierde esa vinculación, el niño puede sentir una percepción de peligro, de no terminar de estar seguro, y los padres pueden sentirse un poco alejados de él. Si el periodo hospitalario se alarga demasiado, es importantísimo recuperar ese vínculo en cuanto se pueda: contacto, proximidad, presencia… sin culpa. Para que el niño se sienta seguro y para que los padres vuelvan a sentirse vinculados.

El sistema nervioso pasa de estar regulado a entrar en un estado de alerta sostenida: falta de sueño, hipervigilancia hacia el bebé, sobrecarga sensorial...

José Martín del Pliego, psicólogo

Las pocas horas de sueño y el estrés continuado suelen resentir la pareja. ¿Por qué la llegada de los hijos es una de las pruebas de fuego más complejas para la convivencia y qué dinámicas destructivas se suelen generar en esa etapa?

El estrés, la falta de sueño y la sobrecarga reducen la capacidad de regulación emocional: la capacidad de calmarme, de tolerar la frustración, de interpretar el tono del otro sin ponerme a la defensiva o de darme cuenta de cuándo parar una discusión. Cada uno gestiona su propio desbordamiento y muchas veces la situación hace que uno sea incompatible con el otro.

Aparecen escalas de reproches: quién ha dormido menos, quién hace más, quién cambia los pañales, quién hace la compra… El silencio y la desconexión se vuelven progresivos y dejas de sentir que formas parte del mismo equipo. Esa incomunicación puede quedarse ahí, y ese es el problema.

¿Qué herramientas o límites de contención se pueden poner en práctica cuando el cansancio extremo empieza a erosionar la comunicación con la pareja?

Es muy importante entender que cuando el otro se desborda no es algo personal, tiene que ver con la fatiga. Hay momentos en los que necesitamos tomar distancia para reponernos y poder hablarnos bien, porque si entramos en una escalada de hablarnos mal, vamos apañados.

También es importante ser prácticos: repartir turnos de descanso, repartir tareas, dormir sin interrupciones en algún momento, bajar el listón de lo que se espera resolver. Si estás ocupado con el niño y no puedes tener la casa limpia, pues no se puede.

La base es cuidar al otro: evitar que uno sienta que hace más por ser madre o que el otro hace menos, o al revés. Y, si se puede, buscar apoyo externo, familia, para aliviar la presión. Tener un pequeño espacio para dar un paseo sin el niño ayuda a que la pareja se regule y tenga una válvula de escape.

La imagen compartida por Jesus junto a sus dos pequeños© camilacantov
La imagen compartida por Jesus junto a sus dos pequeños

"Nadie viene con el manual de ser padre" es una frase recurrente. ¿Existe hoy una presión excesiva por hacerlo todo perfecto que agrava aún más las dificultades reales de los primeros meses?

Sí. Hay que tener cuidado con esto porque cada vez ponemos más energía en la crianza, entre otras cosas porque tenemos menos hijos. Eso genera una presión social enorme: en redes, en parques, en reuniones de padres… Parece que es necesario hacerlo todo muy bien y tener una crianza “limpia”, sin ruido, en la que todo funciona perfectamente. Y eso no es cierto.

La gente muestra su escaparate dando una buena imagen, pero todos tenemos una trastienda detrás. Tenemos que preocuparnos de hacerlo lo mejor posible dentro de nuestras limitaciones: horarios, trabajo, capacidad física para no dormir, desgaste… Hacer la crianza desde el cariño y la calma, no desde la perfección. Si buscamos la perfección, nos va a salir mal, seguro.

La presión social en redes y medios sobre una crianza “efectiva y adecuada”, sin ruido, no tiene nada que ver con la realidad. Hay muchas dificultades.

José Martín del Pliego, psicólogo

¿Cómo se gestiona el sentimiento de culpa o de incapacidad cuando la realidad de la crianza resulta ser mucho más dura de lo que se había imaginado?

Hay que intentar hacerlo todo lo suficientemente bien y quedarnos ahí. La presión social en redes y medios sobre una crianza “efectiva y adecuada”, sin ruido, no tiene nada que ver con la realidad. Hay muchas dificultades. Estamos muy ocupados y ponemos mucha energía en la crianza porque tenemos menos hijos, y eso choca con nuestra vida personal, el trabajo y las cosas que queremos hacer.

Cada hijo es distinto y muchas veces las dificultades tienen que ver con las características de nuestra propia crianza. No podemos compararnos con los demás. Hay que ponerse un listón que permita que el niño esté a gusto y feliz, y que nosotros podamos sobrellevarlo. Si no se puede limpiar la casa, pues no se puede.

¿Cómo se transforman las posibles equivocaciones del inicio de esa aventura que es la paternidad en una oportunidad de aprendizaje y fortalecimiento familiar?

Un niño tiene una ventana de tolerancia al estrés muy estrecha: todo le afecta. El hambre, el sueño, la etiqueta… todo. Eso nos hace entrar en situaciones en las que tenemos que lidiar con las características de nuestro hijo, y esas características remueven nuestras propias dificultades. Es imposible que no sea así.

Cuanto más agitado o nervioso sea un niño, más cosas nuestras va a remover. Al inicio hay una necesidad de acoplamiento: aprender cómo es mi hijo. Y eso no se hace en dos meses, lleva tiempo. Aprender a calmarlo implica identificar qué cosas puedo hacer para que esté mejor, y eso conlleva errores.

Es importante gestionar esa capacidad para equivocarse y luego hacerlo mejor. Cada niño es diferente y mueve cosas distintas en sus padres, según la historia de cada uno. Aceptar el error y convertirlo en aprendizaje para que todos estemos más tranquilos es central.