Que un niño tenga un teléfono móvil a su completa disposición antes de tiempo, a una edad demasiado temprana, no es inocuo. Necesita haber alcanzado la suficiente madurez como para hacer frente a todo el mundo que se le abre literalmente en sus manos y sin necesidad de salir de su habitación. ¿Pero cómo saberlo? ¿Cómo identificar cuando un hijo es lo suficientemente maduro como para darle un móvil? La Dra. Ana Isabel Sanz, psiquiatra especializada en trastornos afectivos y ansiedad y directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias (www.psicologa-psiquiatra-ipsias.com), nos lo aclara y nos explica también cómo impacta en los niños darles este dispositivo demasiado pronto.
¿A qué edad suele tener un niño la madurez emocional necesaria para gestionar un móvil propio sin riesgos excesivos?
Parece existir cierto consenso en que por debajo de los 13 años no resulta conveniente, basándonos en las pautas generales del ritmo de crecimiento y desarrollo de la población infanto-juvenil. Pero no podemos establecer una edad exacta para todos, porque cada adolescente alcanza la responsabilidad, la madurez y la capacidad para gestionar la frustración en momentos diferentes.
Más que fijarnos únicamente en la edad, deberíamos observar si el menor es capaz de cumplir normas y responsabilizarse de sus cosas y sus horarios; si puede respetar pactos sobre tiempos de uso y contenidos; si tolera un "no" sin descontrolarse cuando se acaba el tiempo de móvil; si comprende que sus acciones tienen consecuencias y dejan una huella; y si sabe pedir ayuda a sus padres, profesores o personas de confianza cuando se encuentra ante una situación que no sabe resolver.
También es importante que haya desarrollado previamente una buena capacidad para relacionarse cara a cara. Si se maneja en el mundo tangible y analógico, estará mejor preparado para dar el paso al mundo digital, y no a la inversa. Otro indicador de madurez es que existan motivaciones sensatas para tenerlo y una necesidad real de utilizarlo, no simplemente que quiera un móvil porque los demás lo tienen.
El problema no está únicamente en tener un móvil, sino en el tipo de estímulos y contenidos a los que puede dar acceso
¿Qué puede ocurrir cuando un niño accede demasiado pronto a un móvil propio?
El problema no está únicamente en tener un móvil, sino en el tipo de estímulos y contenidos a los que puede dar acceso cuando el menor todavía no ha desarrollado los mecanismos necesarios para gestionarlos.
En las redes sociales predominan la gratificación inmediata y la comparación constante: el número de seguidores, determinados modelos corporales, dietas, estilos de vida... Para enfrentarse a esos mensajes hace falta haber desarrollado una cierta madurez: saber quién soy, quién quiero ser, a quién hago caso y a quién no y por qué.
Cuando esos mecanismos todavía no están suficientemente desarrollados, el menor queda mucho más expuesto a la influencia externa y puede crecer con mayor inseguridad e insatisfacción consigo mismo, con su cuerpo o con su manera de estar en el mundo. Además, puede producirse una paradoja: estar permanentemente conectado y, sin embargo, sentirse profundamente solo si esas relaciones digitales terminan desplazando los vínculos humanos y presenciales.
¿Cómo puede afectar el acceso temprano a un móvil a la impulsividad, la tolerancia a la frustración y la capacidad de esperar?
El tipo de estimulación que recibimos a través del móvil es muy rápido y está basado en recompensas inmediatas. Los mensajes breves e impactantes producen picos de dopamina que generan satisfacción y nos acostumbran a una dinámica emocional de mucha intensidad. Como consecuencia, aquello que no proporciona esa recompensa inmediata puede empezar a parecernos gris, insuficiente o poco estimulante.
En un menor esto es especialmente importante porque sus mecanismos de control cerebral todavía están en desarrollo. Si se acostumbra constantemente a estímulos rápidos y gratificación inmediata, le resultará más difícil enfrentarse a situaciones de la vida cotidiana que requieren mantener la atención, esperar, tolerar un "no" o aceptar que no siempre obtenemos inmediatamente aquello que queremos.
Además, este tipo de estímulos influye en la capacidad de atención. Favorece pautas de atención muy breves y superficiales y dificulta el desarrollo de una atención más profunda, necesaria para mantenernos centrados durante un tiempo suficiente en una actividad.
¿Qué señales tempranas de dependencia o uso compulsivo observa en consulta cuando el móvil llega demasiado pronto?
Más que fijarnos únicamente en el número de horas, podemos observar qué papel está adquiriendo el móvil en la vida del menor. Por ejemplo, si le resulta muy difícil aceptar que termine el tiempo de uso, si no tolera un "no", si necesita constantemente ese tipo de estimulación o si las actividades cotidianas empiezan a resultarle poco atractivas en comparación con lo que encuentra en la pantalla.
También debemos prestar atención a si el dispositivo está desplazando otras formas de relacionarse, especialmente los encuentros presenciales, o si aparecen dificultades para mantener la atención en actividades que requieren más tiempo y no ofrecen una recompensa inmediata.
Por eso es importante que los padres conozcan qué hace el menor con el móvil y mantengan un diálogo continuado sobre lo que sucede en las pantallas. Pueden aparecer situaciones divertidas, pero también conflictos que el niño o adolescente oculte por miedo o porque piense que solo le están ocurriendo a él.
¿Cómo cambia la dinámica familiar cuando el móvil se convierte en un regulador emocional del niño?
Es importante transmitir que el móvil no es un apéndice de nuestro cuerpo, sino una herramienta que resulta útil cuando existe una necesidad. No es lo mismo utilizarlo con una finalidad concreta que recurrir automáticamente a él simplemente para ocupar cualquier tiempo vacío.
Precisamente por eso el móvil puede convertirse en una oportunidad para generar conversación dentro de la familia. Más que centrarnos exclusivamente en las prohibiciones, conviene dedicar tiempo a negociar cuándo se utiliza y cuándo no, para qué se necesita y qué otros espacios deben mantenerse al margen de las pantallas.
Esas negociaciones, aunque unas veces se ganen y otras se pierdan, refuerzan el vínculo presencial y la comunicación familiar. El móvil puede ser el motivo inicial del diálogo, pero lo importante es que alrededor de él se está generando una interacción entre padres e hijos que no es digital.
Es importante que los padres conozcan qué hace el menor con el móvil y mantengan un diálogo continuado sobre lo que sucede en las pantallas
¿Qué riesgos existen de ansiedad, aislamiento o dificultades sociales cuando el dispositivo aparece demasiado pronto?
Uno de los principales riesgos es que el menor quede excesivamente expuesto a la comparación y a la necesidad de aprobación de los demás. Las redes sociales establecen parámetros muy visibles para compararnos: seguidores, aspecto físico, estilos de vida… y no siempre un niño o un adolescente dispone todavía de la madurez necesaria para relativizar esos mensajes.
Esto puede favorecer inseguridad e insatisfacción y también generar aislamiento. Podemos estar dentro de una enorme plaza pública virtual y sentirnos profundamente solos, porque ninguna de esas interacciones sustituye necesariamente a una persona que nos conozca, nos escuche y pueda ayudarnos cuando algo nos preocupa.
Por eso es importante potenciar también las relaciones presenciales y enseñarles que existen otras formas de estar en contacto con sus amigos. El mundo digital debería incorporarse cuando existe previamente una capacidad para manejarse en el mundo real, no sustituirlo.
¿Qué tipo de límites deberían existir cuando un niño recibe un móvil demasiado pronto y qué errores cometen más los adultos?
El uso adecuado del móvil es producto de un trabajo educativo mantenido. Hay que establecer límites y pactos sobre horarios y contenidos, pero también mantener un diálogo permanente sobre los riesgos y sobre lo que hacen en las pantallas. Y ese diálogo no debería plantearse como un sermón, sino con el mismo interés sano con el que preguntamos por sus amigos, sus deportes o cualquier otra parte de su vida.
También pueden negociarse usos temporales o periodos de desconexión total y es importante explicar los motivos de las decisiones. No debería ser simplemente "porque lo digo yo", sino ayudarles a entender qué les aporta el móvil y qué puede quitarles.
Y hay un elemento fundamental: el ejemplo. No podemos pedir a nuestros hijos que se sienten a la mesa sin teléfono o que reduzcan su tiempo de pantalla si nos ven permanentemente haciendo scroll y sin hablar entre nosotros. Los niños aprenden de lo que les decimos, pero mucho más de lo que ven. Lo que hacemos es mucho más educativo que lo que decimos.
¿Qué pueden los padres hacer para compensar los efectos de un acceso prematuro al dispositivo cuando se dan cuenta de que se lo han dado demasiado pronto?
Que el niño ya tenga móvil no significa que no podamos intervenir sobre la manera en la que lo utiliza. De hecho, el problema fundamental no es solamente a qué edad se entrega el primer dispositivo, sino cómo se gestiona su uso después.
Podemos establecer o revisar límites y pactos sobre horarios y contenidos, introducir periodos de desconexión y, sobre todo, recuperar el diálogo. Es interesante preguntar al menor qué busca realmente en el móvil: si teme quedarse aislado, perderse algo de su grupo, si busca la aprobación de sus iguales o si existen necesidades prácticas reales. A partir de ahí podemos distinguir cuándo el dispositivo es útil y cuándo simplemente está ocupando un espacio vacío.
También es importante potenciar alternativas y encuentros presenciales y hacerlo desde el propio ejemplo. Si queremos enseñarles que es posible disfrutar y relacionarse sin estar permanentemente conectados, los adultos tenemos que demostrarles con nuestra conducta que nosotros también somos capaces de hacerlo.





