Ansiedad y tecnología

Ana Asensio, psicóloga, sobre por qué las notificaciones de WhatsApp generan ansiedad a muchas personas: "Creen que tienen que responder inmediatamente"


Sentirse mal por no contestar, agobiarse al ver un mensaje o pensar que uno es culpable es habitual y tiene explicación psicológica


chica agobiada telefono© Getty Images
Paula MartínsColaboradora de Estar Bien
11 de septiembre de 2026 a las 6:42 CEST

A veces basta con que el teléfono vibre sobre la mesa para que nuestra atención abandone lo que estábamos haciendo. No sabemos quién ha escrito, pero ya estamos pensando en ello, no podemos desconectar de ese mensaje que ha llegado, o nos agobia pensar en todos los que tenemos sin contestar. Puede que te haya pasado o conozcas a alguien de tu entorno que lo ha comentado alguna vez: cuando estas notificaciones se acumulan, esa sensación de tener algo pendiente puede convertirse en una fuente de estrés.

Vivimos rodeados de mensajes, grupos, correos y avisos que reclaman nuestra atención a cualquier hora del día. WhatsApp, especialmente, ha convertido la disponibilidad casi permanente en algo que damos por hecho. Pero recibir un mensaje no significa necesariamente que tengamos que contestarlo en ese momento. Ana Asensio (www.vidasenpositivo.com), psicóloga y doctora en Neurociencia, explica por qué algunas personas sienten más ansiedad ante esta hiper conectividad y cómo podemos recuperar cierta distancia sin sentir que estamos ignorando a los demás.

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Por qué una notificación nos desconcentra

Aunque una vibración o un pequeño sonido puedan parecer algo insignificante, para nuestro cerebro pueden representar bastante más. "Las notificaciones pueden parecer algo muy pequeño, pero para nuestro cerebro no siempre lo son. Cada sonido, vibración o mensaje que aparece en la pantalla funciona como una pequeña llamada de atención que interrumpe lo que estamos haciendo y nos dice, de alguna manera, 'hay algo pendiente'", explica Ana Asensio.

El problema aparece cuando esa interrupción deja de ser puntual y se convierte en una constante. "Cuando esto sucede decenas o incluso cientos de veces al día, nuestro cerebro entra en una dinámica de interrupción y anticipación constante. Nos preguntamos, quién será, si habrá pasado algo, si deberíamos contestar en el momento o si estarán esperando nuestras respuestas", señala. Incluso cuando no llegamos a abrir el mensaje, parte de nuestra atención ya se ha desplazado hacia él.

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Aplicaciones de mensajería como WhatsApp añaden, además, un elemento de incertidumbre. En una misma aplicación pueden convivir un mensaje de nuestro hijo, una cuestión del trabajo, un aviso del colegio, una conversación familiar o un grupo en el que simplemente se comparten memes. "El cerebro no sabe de antemano qué contiene cada notificación y esa incertidumbre hace que permanezcamos pendientes", explica la experta. De ahí que algunas personas terminen mirando el teléfono incluso cuando no ha sonado. "Hemos aprendido a anticipar que en cualquier momento puede llegar algo relevante", añade.

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El coste de estar pendiente del móvil

La cuestión no es únicamente cuánto tiempo pasamos mirando la pantalla. También importa lo que ocurre cada vez que nuestra concentración se rompe. Ana Asensio utiliza una comparación muy gráfica para explicar este efecto: "Imagínate estar intentando realizar una tarea que requiere de tu atención y cada cinco minutos alguien irrumpe en tu mesa o despacho para contarte algo diferente".

Cada interrupción obliga después a recuperar el hilo de lo que estábamos haciendo. "Esto no solo te saca de lo que querías hacer y atender porque volver después te va a costar unos minutos sino que además te causa estrés mental, y además, puede alterar tu estado de ánimo y hacerte sentir (como es normal) más irritable o enfadado porque no se deja el espacio para aquello que necesitas realizar o que has elegido hacer en calma y atención plena".

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Por eso, en determinadas circunstancias, lo que sentimos ante decenas de mensajes no tiene por qué ser ansiedad en un sentido clínico. "No necesariamente estamos hablando de un trastorno de ansiedad, muchas veces estamos hablando simplemente de saturación, de demasiados estímulos compitiendo por una capacidad de atención que es limitada", aclara Ana Asensio.

Esa saturación de la que habla la psicóloga puede hacerse especialmente evidente cuando ya partimos de una jornada cargada. "También hay personas especialmente sensibles a esta sobrecarga estimular, por ejemplo quienes atraviesan épocas de estrés, tienen mucha carga mental, necesitan concentrarse durante periodos largos o sienten mucha responsabilidad hacia los demás." En ese sentido, cuando la cabeza ya está llena, la sensación puede ser muy parecida a tener una lista interminable de tareas.

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Existe otro factor que puede explicar por qué una notificación aparentemente inocente nos genera tensión: la obligación de responder. No siempre nos preocupa quién ha escrito; a veces nos preocupa lo que creemos que esa persona espera de nosotros. "A esto se suma algo muy humano, que es la sensación de obligación social", explica Ana Asensio. Muchas personas sienten que deberían contestar inmediatamente, aunque nadie se lo haya pedido expresamente. "Muchas personas no sienten ansiedad solamente por recibir mensajes, sino por todo lo que interpretan después".

El móvil ha cambiado nuestras expectativas sobre la disponibilidad. "El móvil ha creado una expectativa bastante nueva en nuestra historia y es la de estar localizables casi permanentemente y, además, demostrarlo respondiendo rápido". Pero estar conectados no significa necesariamente tener que estar disponibles en todo momento, como cuenta la experta: "Estar disponible tecnológicamente no significa tener que estar disponible psicológicamente todo el tiempo", afirma. Por eso, elegir cuándo contestar también puede formar parte del autocuidado: "Elegir cuando estás disponible y cuando no, es una labor de autocuidado y consciencia personal".

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Cómo poner límites a tus mensajes

La solución, según la especialista en salud mental, no pasa por renunciar al teléfono ni por desaparecer de las aplicaciones de mensajería. El primer paso puede ser mucho más sencillo: recordar que un mensaje no es una orden: "Lo primero es recuperar una idea que hemos perdido un poco y es que recibir un mensaje no implica tener que responder inmediatamente". Podemos querer a alguien y tardar varias horas en contestarle. También podemos cumplir con nuestras responsabilidades profesionales sin comprobar WhatsApp cada pocos minutos.

La clave está en separar disponibilidad y afecto. "Podemos querer muchísimo a una persona y contestarle tres horas después o al día siguiente. Podemos ser responsables en nuestro trabajo y no mirar WhatsApp cada cinco minutos. Y podemos poner límites digitales sin que esos límites sean límites afectivos." En definitiva, "“no estoy disponible ahora” no significa “no me importas”.

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Una de las medidas más sencillas consiste en revisar qué notificaciones necesitamos realmente. Silenciar grupos, redes sociales y aplicaciones que interrumpen continuamente puede reducir buena parte del ruido. Además, también podemos retirar la previsualización de los mensajes o establecer determinados momentos del día para revisar WhatsApp. Al principio, admite la experta, puede resultar extraño. Estamos acostumbrados a responder a cada estímulo prácticamente en cuanto aparece. Pero modificar ese hábito permite recuperar algo que las notificaciones interrumpen constantemente: la continuidad de nuestra atención.

Otra estrategia consiste en diferenciar lo urgente de lo importante y explicárselo también a las personas que forman parte de nuestro día a día. No hace falta justificar cada ausencia del móvil, pero sí podemos establecer un canal específico para aquellas situaciones que realmente requieren una respuesta inmediata. Ana Asensio propone una frase muy sencilla: "Podemos decir a las personas cercanas algo tan sencillo como: que no siempre vemos los mensajes de WhatsApp, pero que si alguna vez necesitan algo urgente que nos llamen”. De esta forma, dejamos claro que no estar pendientes del teléfono no significa que no vayamos a responder cuando algo sea realmente importante.

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Además, también podemos explicar nuestros hábitos con naturalidad y comentar que estamos usando el móvil porque nos desconcentra, que lo tenemos silenciado o que tardamos en responder, pero que eso no significa que nos haya molestado." Poner estos límites de forma amable puede ayudar a reducir esa sensación de obligación permanencia.

Otro de los hábitos que más puede contribuir a esta sensación de saturación es mantener conversaciones abiertas mentalmente aunque no tengamos tiempo o energía para atenderlas. A veces vemos un mensaje, pensamos "luego contesto" y pasamos las siguientes horas recordando que todavía tenemos que hacerlo. Para evitarlo, Asensio propone permitirnos aplazar conscientemente algunas conversaciones.  Una respuesta breve puede ser suficiente cuando en ese momento no podemos mantener una conversación como nos gustaría: "Si en ese momento no podemos atender a alguien como queremos, podemos contestar simplemente “te leo luego con calma” y continuar con nuestro día. No todo mensaje necesita una respuesta elaborada en ese instante".

Puede parecer un cambio pequeño, pero también es una forma de recuperar la capacidad de decidir dónde ponemos nuestra atención. El objetivo no es usar menos el móvil, sino volver a elegir cuándo estamos disponibles La relación con WhatsApp no tiene por qué convertirse en una batalla entre estar conectados o desconectarnos por completo. El teléfono también facilita nuestra vida, nos permite mantener cerca a personas que están lejos y resolver muchas cuestiones cotidianas de manera inmediata.

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Por eso, para Ana Asensio, "no creo que la solución sea desaparecer de WhatsApp ni convertir el teléfono en el enemigo, sino volver a decidir nosotros cuándo queremos prestar atención". El problema no está necesariamente en recibir mensajes, sino en sentir que debemos responder a todos ellos en cuanto aparecen. "La tecnología debería facilitarnos la comunicación, no hacernos sentir permanentemente de guardia", resume. A veces, recuperar ese espacio puede empezar con algo tan sencillo como silenciar el teléfono durante unas horas.

"A veces algo tan sencillo como silenciar el móvil durante unas horas no significa desconectarnos de los demás, sino precisamente recuperar un poco de espacio para estar presentes donde realmente estamos." Y ese pequeño gesto también puede tener un efecto en nuestra manera de trabajar y de afrontar el día: "Esto mejora la eficiencia en tu trabajo o en tu rendimiento y quema menos tu cerebro por exceso de estrés y te permite conservar la energía interna más equilibrada."

La clave para tener relaciones saludables consiste en tratar de recuperar algo que las notificaciones pueden hacernos olvidar: nuestra atención también es un recurso limitado y decidir dónde ponerla no significa querer menos a los demás... sino saber qué es lo que nos permite y pide nuestra energía.