Entras en una reunión de trabajo y, nada más sentarte, calculas mentalmente quién ha ascendido más rápido que tú, quién resulta más seguro exponiendo sus ideas o quién, simplemente, parece que lo está haciendo mejor. Quizá te ha pasado al revés y has salido de esa misma reunión pensando que todos los demás tenían algo que a ti te falta. En cuestión de segundos, sin darte cuenta, te has colocado por encima o por debajo de alguien. Es normal, y se trata de un fenómeno tan común como automático en el que casi nunca nos paramos a pensar y analizar qué hay detrás de él.
Siempre que nos comparamos con los demás hay algún entramado psicológico detrás. Ya sea en el trabajo, con la familia, o incluso con amigos. Por eso, para entender de dónde viene este comportamiento (y por qué es tan frecuente), hemos hablado con Alicia Ortiz Ruzafa (@aliciaortiz_psicologa), psicóloga sanitaria, psicoterapeuta y autora, que nos ayuda a desmontar este mecanismo, y a analizar si se trata de un hábito beneficioso o perjudicial para nuestro bienestar.
Compararte con los demás: ¿ayuda o perjudica a tu salud mental?
Lo primero que aclara la especialista es que compararnos no tiene por qué ser malo: "No es, en sí mismo, algo negativo o positivo. De hecho, es una operación cognitiva necesaria que realiza nuestro cerebro para organizar la información". Además, Alicia Ortiz sigue explicando que, "mediante la comparación, el cerebro establece diferencias y semejanzas entre tamaños, distancias, posiciones o colores. Necesitamos establecer comparaciones para orientarnos en el mundo, y lo mismo pasa con la comparación con los demás".
La experta recuerda que ya en 1954 el psicólogo social Leon Festinger propuso, en su teoría de la comparación social, "que las personas tenemos una necesidad básica de evaluar nuestras opiniones, capacidades, circunstancias y nuestra posición dentro de un grupo y que, a falta de un criterio objetivo para hacerlo, recurrimos a compararnos con los demás -en concreto con personas parecidas a nosotros mismos-". Para Festinger, apunta Ortiz, esta comparación cumplía sobre todo una función informativa acerca de "cómo lo estoy haciendo".
Pero investigaciones posteriores fueron un paso más allá: "También cumple funciones de regulación emocional, es decir, que no sólo buscamos información sobre nosotros mismos, sino que tratamos de disminuir una sensación de amenaza, recuperar una seguridad perdida, aliviar la vergüenza, encontrar esperanza o confirmar una idea que tenemos sobre nosotros mismos".
Por qué a veces nos sentimos mejor o peor que otros
Imagina ahora que alguien te hace un comentario que activa una inseguridad antigua. Quizá sobre tu físico, tu trabajo o tu vida en pareja. Es en ese momento cuando, según Alicia Ortiz, entran en juego las dos estrategias que empleamos para regularnos: la comparación ascendente y la descendente. "Podemos decir 'yo nunca voy a llegar a ser como él/ella' (ascendente) o 'yo estoy mucho mejor que él/ella' (descendente). Detrás de estas aparentemente sencillas comparaciones puede haber cuestiones emocionales mucho más profundas", señala la psicóloga.
Cuando nos colocamos por encima, explica la terapeuta, buscamos algo muy concreto: "autoafirmación, la recuperación de seguridad y autoestima, la sensación de control y la reducción de la amenaza". Frases como "al menos yo lo hago mejor" o "yo sí tengo una relación estable" son, según la experta, ejemplos típicos de este mecanismo, que "puede producir alivio momentáneo porque la atención deja de estar puesta en aquello de nosotros mismos que se siente amenazado". Pero advierte de algo importante: "sentirse superior no significa necesariamente sentirse bien consigo mismo. Una persona puede necesitar demostrar que es superior precisamente porque, en ese momento, se siente inferior, insegura, humillada o avergonzada".
En el extremo opuesto, cuando nos colocamos por debajo (con pensamientos del tipo "ella es muchísimo más guapa que yo" o "nunca voy a conseguirlo") la comparación "puede producir tristeza, envidia, ansiedad o sensación de insuficiencia", aunque, matiza Alicia Ortiz, "también puede proporcionar certeza y vínculo".
La especialista lo explica con un ejemplo muy revelador: "Hacerse uno mismo de menos puede ser una forma de adelantarse a una futura humillación. 'Si ya me digo yo que soy peor, nadie podrá decírmelo y sorprenderme con ello'". Incluso, señala, este mecanismo puede tener un origen mucho más temprano: "imaginemos un niño o una niña que crece con figuras parentales muy grandiosas, competitivas o difíciles de superar. Puede, inconscientemente, descubrir que al empequeñecerse o incapacitarse ya no compite y deja de ser una amenaza".
Para la psicoterapeuta, en el fondo, ambas posturas "pueden ser dos estrategias aparentemente opuestas que intentan resolver una misma experiencia: la inseguridad". "Si necesitamos constantemente estar por encima para sentirnos bien, nuestra autoestima queda condicionada a que siempre exista alguien por debajo", advierte Alicia Ortiz, mientras que colocarnos por debajo puede responder a la necesidad de "confirmar una creencia previa ('no soy suficiente'), o de controlar la incertidumbre y el impacto emocional de una posible comparación negativa que viene de fuera".
Quizás la clave de todo esté en esta idea que lanza la experta: "muchas veces, cuando nos comparamos, no estamos evaluando realmente a la otra persona: estamos intentando averiguar si alguna de esas necesidades está cubierta". "Compararnos hacia arriba puede ser una manera indirecta de preguntarnos '¿tengo un lugar seguro, soy suficientemente válido?'; compararnos hacia abajo puede aparecer cuando esa necesidad de validación no encontró una respuesta clara y buscamos, aunque sea de forma dolorosa, algún tipo de confirmación sobre quiénes somos", explica Alicia Ortiz.
La psicóloga también matiza que no toda comparación hacia arriba es dañina: "Puede suceder que la comparación hacia arriba sea adaptativa. Es decir, podemos mirar a alguien que está más avanzado que nosotros para aprender, inspirarnos o identificar un camino". El problema, avisa, "aparece cuando pasamos de 'esa persona hace esto mejor que yo' a 'esa persona es mejor que yo' y, finalmente, a 'esa persona vale más que yo'".
Cómo dejar de usar la comparación para medir nuestro valor
Imagina que la próxima vez que te sorprendas comparándote con alguien. Ya sea en el gimnasio, en redes sociales o en una cena con amigos. Decides hacer una pausa en lugar de seguir el piloto automático. Según Alicia Ortiz, ese es exactamente el primer paso, aunque aclara algo importante: "yo no plantearía como objetivo 'dejar de compararnos', porque comparar forma parte del funcionamiento normal de nuestra mente". "La comparación puede dejar de verse como un problema que hay que eliminar y empezar a utilizarse como una señal de que algo se ha activado emocionalmente en nosotros", propone la especialista.
Eso sí, matiza que no hay que dramatizar cada comparación: "No toda comparación intensa significa que tengo una herida profunda o un trauma infantil. A menudo simplemente significa que estamos evaluando algo que nos importa de verdad". La señal de alarma aparece, según explica Ortiz, "cuando provoca una reacción desproporcionada, repetitiva, que nos lleva a competir, sentirnos inferiores, complacer o castigarnos". En esos casos, la psicóloga propone un primer ejercicio muy sencillo: preguntarnos "¿Por qué esto me afecta tanto? ¿Qué ha tocado en mí? ¿Estoy intentando colocarme por encima o por debajo?. Si no me estuviera comparando, ¿qué estaría sintiendo realmente?".
Otra herramienta que recomienda la experta es hacer las comparaciones más específicas: "en lugar de pensar 'esa persona es mejor que yo', preguntarnos '¿mejor en qué?'". Y va un paso más allá: "no necesitamos encontrar algo en lo que seamos mejores para compensar la comparación. La verdadera libertad aparece cuando podemos pensar: 'esta persona es mejor que yo en esto, y eso no significa que tenga más valor que yo'".
Alicia Ortiz también insiste en la importancia de tolerar la emoción sin convertirla automáticamente en una reacción defensiva: "Si siento envidia, no tengo que devaluar a la persona que envidio. Si siento inferioridad, no tengo que humillarme. Si siento vergüenza, no tengo que demostrar que soy superior". Y propone una última pregunta, quizá la más clave de todas: "Si en este momento no sintiera que tengo que demostrar cuánto valgo, ¿qué necesitaría realmente?".
La psicóloga resume así el proceso completo: "para regularnos emocionalmente es útil, primero, detectar la comparación como una señal de algo más. Después, identificar la emoción y la necesidad que hay por debajo. Y finalmente aprender a tolerar esa experiencia interna sin actuarla automáticamente".
El objetivo, según la terapeuta, no es dejar de compararnos nunca, sino construir "una autoestima más interna: 'puedo reconocer que otra persona es mejor que yo en algo sin sentir que yo soy menos como persona'". O, como concluye ella misma, "la comparación puede seguir existiendo. Lo que cambia es que deja de decidir cuánto valemos".











