Niños que apenas sostienen la mirada o que prefieren aislarse antes que relacionarse. Son señales propias del Trastorno del Espectro Autista (TEA), pero que en los últimos años están apareciendo también en menores sin esta condición neurobiológica, tal y como alerta la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP). A este fenómeno ya se le llama 'autismo digital': un patrón de desconexión provocado por un uso abusivo de pantallas desde edades muy tempranas.
No es un trastorno real, pero sí una prueba contundente de que el exceso de dispositivos tiene efectos directos en el cerebro infantil. Interfiere en procesos clave del neurodesarrollo, especialmente en aquellos vinculados a la interacción social recíproca, explica Begoña Huete, cocoordinadora del Grupo de Trabajo de Trastornos del Neurodesarrollo de la SENEP. "Cuando estos estímulos naturales son sustituidos por una pantalla, lo que vemos es un 'retraso' en el desarrollo de las áreas prefrontales que, afortunadamente, en muchos casos puede revertirse retirando las pantallas, y a través de programas de estimulación. Esto debería hacernos conscientes de la importancia de educar a las familias sobre los riesgos de la digitalización precoz".
Para entender mejor este fenómeno, hablamos con Elvira Perejón, docente experta en neuropsicología y neurodivergencias (@educacionincondicional). Ella detalla qué es exactamente el autismo digital, cómo identificar sus primeras señales y cómo distinguirlo de un TEA de base neurobiológica. La buena noticia: el autismo digital se puede revertir. Y Perejón explica cómo.
No se trata solo de apagar una pantalla, sino de que las familias tengan herramientas para saber qué hacer en su lugar
¿Qué es el autismo digital?
Lo primero que debemos aclarar es que el llamado autismo digital no es autismo ni un diagnóstico clínico. Es un término que se está utilizando para describir a niños y niñas pequeños, con una exposición muy elevada a pantallas, que presentan dificultades en el lenguaje, la atención, el contacto visual o la interacción social que pueden llegar a confundirse con algunos signos del TEA.
Y esto es importante aclararlo, ya que las pantallas no provocan autismo. Lo que nos preocupa es que, en una etapa en la que el cerebro se está construyendo a una velocidad enorme, la pantalla pueda estar desplazando precisamente las experiencias que necesita para desarrollarse como hablar, jugar, moverse, mirar caras de verdad, explorar y relacionarse.
¿Qué es lo que han averiguado los investigadores?
La investigación encuentra asociaciones entre una mayor exposición a pantallas en edades tempranas y más dificultades en áreas como el lenguaje, la atención, la regulación emocional o las habilidades sociales. Pero que dos cosas estén relacionadas no significa que una sea la causa de la otra, y no podemos decir en ningún caso que las pantallas causen autismo.
Lo que sí sabemos es que el exceso de pantalla puede interferir en el desarrollo infantil. De hecho, la Asociación Española de Pediatría recomienda actualmente evitar las pantallas de 0 a 6 años, porque no se ha establecido un tiempo de exposición ni de contenido seguro en esta etapa.
Dices que lo que les ocurre a esos niños “es una señal de que su cerebro no está recibiendo lo que necesita”. ¿Cómo aportárselo?
Con algo mucho menos sofisticado de lo que imaginamos: devolviéndoles experiencias reales. Juego, movimiento, cuentos, conversaciones, canciones, naturaleza, relación con otros niños y niñas y adultos disponibles que les hablen, les miren y jueguen con ellos.
Porque no me preocupa únicamente lo que un niño hace delante de una pantalla. Me preocupa todavía más todo lo que deja de hacer mientras está delante de ella. El cerebro infantil necesita vivir esas experiencias para desarrollarse.
¿Cómo diferenciar en la práctica que esos síntomas son provocados por un exceso de pantallas y no por un trastorno real? Por ejemplo, en el retraso del lenguaje o en problemas de atención e hiperactividad.
No podemos saberlo simplemente retirando el dispositivo. Si hay retraso del lenguaje, dificultades importantes de atención, poca respuesta al nombre, desbordes emocionales o problemas de interacción, es necesaria una valoración profesional.
Además, ambas situaciones pueden coexistir. En niños y niñas con neurodivergencias es frecuente recurrir más a las pantallas porque durante un rato a los padres parece que funcionan porque el niño está tranquilo y el adulto puede descansar o atender otras cosas. Sin embargo, un uso excesivo puede asociarse con mayores dificultades de autorregulación y funciones ejecutivas, precisamente áreas en las que estos niños pueden necesitar más apoyo. Y es que lo que resuelve diez minutos puede complicarnos otras muchas horas.
Por eso, exista o no una neurodivergencia, reducir las pantallas recreativas y sustituirlas por juego, movimiento e interacción siempre suma. Otra cosa son los dispositivos que ese niño pueda necesitar como apoyo para comunicarse o desenvolverse en su entorno en el caso de que exista dicha neurodivergencia.
¿Cómo influye el autismo digital en el aprendizaje escolar?
Para aprender, un niño necesita mantener la atención, recordar instrucciones, controlar impulsos, planificarse, ser flexible o tolerar que algo no salga a la primera.
Si el exceso de pantallas está desplazando experiencias que ayudan a desarrollar estas habilidades, además del lenguaje, el juego o la interacción, el impacto puede terminar viéndose también en el aula resultando en más dificultad para concentrarse, seguir instrucciones, esperar, resolver problemas o sostener el esfuerzo.
Antes de preguntarnos por qué un niño no aprende, también deberíamos preguntarnos si su cerebro está teniendo oportunidades para desarrollar las habilidades que necesita para aprender.
Cuanto más tiempo ocupa una pantalla, menos oportunidades tiene el cerebro infantil de practicar todas esas pequeñas experiencias sociales que son un entrenamiento enorme para la vida
¿Y en la socialización de los niños?
Las habilidades sociales no se aprenden viendo cómo otros se relacionan en una pantalla, sino que se aprenden relacionándonos. Esperando un turno, interpretando una expresión de una cara, jugando con otro igual, solucionando un conflicto o descubriendo que el otro no siempre quiere hacer lo que nosotros queremos.
Cuanto más tiempo ocupa una pantalla, menos oportunidades tiene el cerebro infantil de practicar todas esas pequeñas experiencias sociales que son un entrenamiento enorme para la vida.
¿Qué otros aspectos de su vida cotidiana pueden verse afectados?
El exceso de pantallas puede acabar entrando en muchos rincones de la vida del niño, como en el sueño, alimentación, comportamiento, movimiento, juego, lenguaje, atención, regulación emocional, tolerancia a la frustración y relaciones familiares.
A veces la primera señal que observa una familia es mucho más cotidiana, como por ejemplo que cada vez cuesta más apagar la pantalla, aparecen grandes enfados al retirarla y cada vez resulta más difícil encontrar algo fuera de ella que mantenga el interés del niño. Cuando la pantalla empieza a desplazar sueño, juego, movimiento,relaciones o modificar comportamientos tenemos que prestar atención.
Una vez que los niños han desarrollado, a causa de las pantallas, esos síntomas que se pueden confundir con TEA, ¿es posible revertirlos, teniendo en cuenta que no son producto de un trastorno real?
Lo primero que recomendaría es reducir las pantallas cuanto antes. Incluso antes de tener una valoración podemos empezar modificando aquello que creemos que puede estar interfiriendo en su desarrollo y lo bueno es que el cerebro infantil tiene una enorme plasticidad y se adapta a las experiencias que le ofrecemos.
Pero no se trata solo de apagar una pantalla, sino de que las familias tengan herramientas para saber qué hacer en su lugar. En mi trabajo les enseño juegos de estimulación sin materiales, que duran apenas unos minutos y pueden integrarse en la vida cotidiana. Así podemos estimular lenguaje, atención, memoria, funciones ejecutivas y otras habilidades sin convertir la estimulación en una tarea más.
Y si una familia siente que no puede reducir las pantallas o no sabe cómo hacerlo, también la acompaño en ese proceso, porque muchas veces no necesitan que alguien les diga "quita la pantalla", sino que les enseñe cómo y qué pueden hacer en su lugar.
La SENEP recomienda, para ello, reducir las pantallas y ofrecer a los niños programas de estimulación. ¿Cómo deberían ser esos programas?
"Estimular" no significa llenar al niño de fichas o actividades. Un buen programa debe trabajar de manera global las habilidades que su cerebro necesita desarrollar: lenguaje, atención, memoria, funciones ejecutivas, regulación emocional, motricidad, autonomía, juego y habilidades sociales, adaptándose siempre a su edad y necesidades.
Precisamente este es el enfoque que llevo a cabo con las familias dentro de mi Club BrainyFamily, a través de una metodología propia de estimulación de los 0 a los 14 años, tanto para niños y niñas neurotípicos como neurodivergentes. Trabajamos para reducir el uso de pantallas y para que las familias aprendan a potenciar todas estas habilidades desde casa, a través del juego y de situaciones cotidianas. Estimular el cerebro no es sobrecargar al niño, sino ofrecerle las experiencias que necesita en cada etapa de su desarrollo.
¿Cómo reducir las pantallas cuando vemos que ya han afectado notablemente al día a día del niño? Porque supongo que en la mayoría de los casos vendrá de la mano de cierta adicción…
Yo tendría cuidado con la palabra 'adicción', especialmente cuando hablamos de niños pequeños. Que un niño tenga una rabieta enorme cuando apagamos la tablet no significa automáticamente que tenga una adicción, ya que su capacidad de autocontrol todavía está en desarrollo y le estamos retirando un estímulo tremendamente atractivo.
Cuando el uso ya es muy elevado, no basta con quitar la pantalla, sino que hay que reconstruir todo lo que estaba ocupando. Establecer límites claros, eliminarla de comidas y dormitorios y, sobre todo, volver a llenar ese tiempo de juego, movimiento, cuentos, autonomía, aire libre y conexión familiar. Y si ya está interfiriendo significativamente en el lenguaje, el sueño, la conducta, las relaciones o el aprendizaje, recomendaría buscar valoración profesional y no esperar simplemente a que "se le pase".





