Necesitas una subida salarial, hay un comportamiento de tu pareja que te incomoda, no te apetece ir a una comida familiar o hay un tema con una amiga que lleva un tiempo ocupando espacio en tu cabeza. Si has vivido alguna de estas situaciones y las has dejado pasar, puede que seas de ese grupo de personas a las que les cuesta tener una conversación difícil. Es completamente normal: mientras algunos poseen la capacidad para ser directos y comunicar lo que sienten y piensan en cada momento, a otros, en cambio, hablar sobre temas que consideran sensibles o difíciles puede parecerles una tarea realmente ardua.
Aunque retrasar esa conversación pueda proporcionar una sensación inmediata de alivio, el efecto suele ser pasajero. Lo que no se expresa termina ocupando espacio mental, alimentando las dudas, los escenarios imaginarios y, en muchos casos, la ansiedad. Pero ¿por qué nos cuesta tanto afrontar determinadas conversaciones? ¿Qué ocurre en nuestro cerebro para que prefiramos aplazarlas una y otra vez?
Sara Manzaneque, coach experta en duelo, apego y trabajo de partes (@saramanzaneque), nos ayuda a entender qué hay detrás de este comportamiento y cómo aprender a enfrentarlo: "Aunque no podemos generalizar, es cierto que nuestro cerebro busca protegernos del malestar inmediato y, cuando anticipa que una conversación puede generar conflicto, rechazo o incomodidad, tiende a buscar la salida más rápida, que es evitarla. Ese alivio, sin embargo, suele ser solo temporal", explica.
La experta apunta que esta reacción no depende únicamente del momento presente, sino también de la forma en la que hemos aprendido a relacionarnos con los demás a lo largo de la vida. "A esto se suman nuestros patrones relacionales, es decir, la forma en la que hemos aprendido, muchas veces de manera inconsciente, a relacionarnos con los demás y a protegernos emocionalmente. Son formas de protección inconsciente que hemos ido construyendo a lo largo de nuestra vida y que, cuando no las hacemos conscientes y las trabajamos, terminan actuando por nosotros en automático".
Como consecuencia, añade, "hay personas que reaccionan resolviendo el conflicto de manera impulsiva, mientras que otras tienden a callar, complacer o evitar la conversación por miedo al rechazo, al conflicto o a perder el vínculo".
Precisamente por eso, posponer aquello que nos preocupa rara vez resulta una solución efectiva. "El problema es que evitar una conversación puede darnos calma durante unos minutos, pero rara vez resuelve lo que sentimos. Con el paso del tiempo, la mente empieza a anticipar escenarios, aparecen las dudas y la ansiedad suele crecer. Muchas veces acabamos sufriendo más por lo que imaginamos que por la conversación en sí", afirma Sara Manzaneque.
Evitación por miedo al malestar vs. aplazamiento
Sin embargo, no siempre retrasar una conversación significa que estemos evitando afrontarla. Como explica la coach, también puede responder a una decisión consciente para gestionar mejor nuestras emociones. "La clave está en observar qué ocurre dentro de nosotros. Posponer una conversación puede ser una decisión muy saludable si lo hacemos para calmarnos, ordenar nuestras ideas o esperar a sentirnos con más recursos para afrontarla. En ese caso, sabemos que la vamos a tener; simplemente elegimos un mejor momento".
La diferencia aparece cuando ese aplazamiento se convierte en un hábito. "Sin embargo, cuando estamos evitando, suele pasar algo diferente: aparecen excusas constantes, intentamos convencernos de que 'ya se solucionará solo' o esperamos sentirnos completamente preparados para hablar. Y eso casi nunca ocurre", advierte la especialista.
Para identificar en qué punto nos encontramos, Sara Manzaneque propone hacerse una pregunta muy concreta: "¿Estoy esperando el momento adecuado o estoy esperando dejar de sentir incomodidad?". Y añade: "Porque las conversaciones importantes rara vez llegan cuando nos sentimos preparados al cien por cien".
En esos casos, la experta recomienda sustituir la autoexigencia por una mirada más compasiva hacia uno mismo. "En ese momento puede ser útil tener una conversación con uno mismo, desde la amabilidad y no desde el juicio. Preguntarnos: ¿cuánto tiempo necesito para afrontar esto? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Un mes? Ponerle una fecha, anotarla en la agenda y comprometernos a volver a revisarla. Si cuando llega ese momento sentimos que seguimos sin poder afrontarla, quizá sea el momento de pedir ayuda. La diferencia es que ya no estamos evitando; estamos decidiendo conscientemente cómo queremos afrontar esa conversación".
Cómo empezar una conversación difícil
La buena noticia es que afrontar estas situaciones también se puede aprender. El primer paso, según la coach, consiste en cambiar la manera en que entendemos este tipo de conversaciones. "Debemos entender que una conversación incómoda no es lo mismo que un conflicto. De hecho, muchas conversaciones difíciles son las que permiten que una relación crezca. Las relaciones sanas no se encuentran; se construyen. Y también se construyen atreviéndonos a hablar de aquello que nos cuesta", comenta.
Antes de dar el paso, la especialista recomienda dedicar unos minutos a ordenar las ideas y definir qué queremos comunicar. "Antes de hablar, conviene preparar la conversación. Pensar qué queremos expresar, cuál es nuestra necesidad y desde qué lugar queremos comunicarla".
Del mismo modo, recuerda que la comunicación implica tener en cuenta también a la otra persona. "Podemos formular preguntas como si le parece un buen momento para hablar de algo importante. Si no lo es, no se trata de convencerla ni de insistir, sino de buscar juntos otro momento en el que ambos podáis estar presentes. Cuidar el vínculo también significa respetar los tiempos del otro".
Otro recurso útil pasa por dejar clara la intención desde el inicio de la conversación. Sara Manzaneque propone expresiones como: "Quiero hablar contigo porque esta relación es importante para mí", o "sé que esta conversación puede ser incómoda, pero creo que merece la pena que la tengamos". Según explica, este tipo de frases "ayudan a que la otra persona entienda que nuestro objetivo no es atacar, sino cuidar la relación. Eso suele disminuir las defensas y favorecer un diálogo más abierto".
Por último, la experta recuerda que hay un aspecto que siempre escapa a nuestro control: la reacción de la otra persona. "Habrá personas que, aun comunicándonos desde el respeto y la asertividad, no estén preparadas para escuchar o decidan alejarse. Y eso ya no depende de nosotros". Lo importante, concluye, es actuar de forma coherente con aquello que sentimos.
"Lo que sí depende de nosotros es dar voz a lo que sentimos con honestidad, escuchar la perspectiva del otro y actuar de forma coherente con nuestros valores. Porque, cuando ambas personas están dispuestas a escucharse, las conversaciones difíciles no suelen debilitar los vínculos; muchas veces son precisamente las que los hacen más auténticos, más profundos y más sanos", afirma.











