Septiembre, los lunes y el primer día del año tienen algo en común: son fechas en las que nos prometemos que vamos a cambiar. Nos proponemos hacer más ejercicio, dejar de procrastinar, aprender a decir que no, tener más paciencia o abandonar esas costumbres que sabemos que no nos hacen bien. Estamos convencidos de que esta vez lo conseguiremos. Sin embargo, pasan los días y, casi sin darnos cuenta, volvemos a comportarnos como siempre. ¿Cuántos días has ido al gimnasio desde que te lo propusiste? ¿Has podido morderte la lengua antes de volver a discutir por lo mismo?
Puede que hayas logrado tu objetivo pero a la mayoría de nosotras nos cuesta cambiar, aunque sepamos que los propósitos que nos hemos marcado van a mejorar mucho nuestra vida. ¿Nos falta fuerza de voluntad? ¿O es que, después de tantos años comportándonos de una determinada manera, ya es demasiado tarde para hacer las cosas de otra forma?
Para Sonia Díaz Rois, coach, una de las claves está en comprender que cambiar no consiste únicamente en aprender algo nuevo. También implica desaprender comportamientos, creencias y formas de reaccionar que llevamos años repitiendo. Y eso requiere tiempo, atención y, sobre todo, dejar de pensar que cada vez que volvemos a cometer un error estamos fracasando.
¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?
Antes de preguntarnos por qué nos cuesta cambiar, quizá deberíamos hacernos otra pregunta: ¿realmente queremos hacerlo? Porque no es lo mismo decidir que necesitamos modificar un comportamiento que intentar convertirnos en la persona que los demás esperan que seamos. "¿Quién ha decidido que necesitas cambiar? ¿Tú, los demás, un 'debería' o un 'tengo que'?", plantea Sonia Díaz Rois.
A veces, la necesidad de cambiar aparece después de una discusión de pareja, una crisis personal o una conversación incómoda con alguien que nos hace ver algo que no nos gusta de nosotros mismos. Otras veces nace de la presión social, de las comparaciones o de esa sensación de que deberíamos estar haciendo las cosas de otra manera.
La experta considera que, aunque en ocasiones necesitamos que alguien nos dé un toque de atención para reconocer que algo no funciona, lo importante es que seamos nosotros quienes tomemos la decisión de cambiar. Y, para ello, propone plantearnos tres preguntas fundamentales: qué queremos modificar, por qué y para qué.
¿Por qué no basta con tener ganas de cambiar?
Volvamos al ejemplo que poníamos al principio. ¿Alguna vez te has planteado pensar antes de reaccionar? Seguro que alguna vez te has propuesto dejar de contestar de malas maneras cuando estás estresada, organizarte mejor o aprender a poner límites. Durante los primeros días, todo parece sencillo. Estás motivada, prestas atención a tus reacciones y consigues comportarte de otra manera. Hasta que llega una jornada especialmente complicada y vuelves a hacer exactamente aquello que habías decidido abandonar.
Según Sonia Díaz Rois, el problema es que solemos ser demasiado impacientes con nosotros mismos. "Querer cambiar es importante, por supuesto, porque necesitamos tener esa intención, pero no es suficiente. Si bastara solo con querer, estoy segura de que cumpliríamos todo lo que nos proponemos en septiembre, los lunes y el 1 de enero".
Como decíamos, cambiar implica desaprender. Si llevamos años reaccionando de una determinada manera, no podemos esperar que una simple decisión transforme automáticamente nuestro comportamiento.
Además, solemos cometer otro error: nos concentramos tanto en aquello que queremos dejar de hacer que olvidamos decidir cómo nos gustaría actuar en su lugar.
Por ejemplo, si queremos dejar de discutir con nuestra pareja cada vez que estamos cansados, no basta con proponernos no discutir. También necesitamos pensar qué podemos hacer cuando aparezca el enfado: expresar lo que sentimos, pedir unos minutos para tranquilizarnos o aplazar una conversación hasta que estemos más calmados.
La coach utiliza una comparación muy gráfica: "Es como cuando ponemos el GPS: no le decimos todos los sitios a los que no queremos ir. Le decimos dónde queremos llegar".
Las dos creencias que nos impiden cambiar
Otro aspecto que conviene analizar es que hay personas que llevan tantos años describiéndose de una determinada manera que terminan convencidas de que no pueden ser diferentes. "Soy muy desorganizada", "soy incapaz de decir que no" o "siempre he tenido mal carácter" son expresiones que utilizamos casi sin pensar, pero que pueden acabar limitando nuestras posibilidades de cambio.
De hecho, la experta identifica dos creencias especialmente perjudiciales: "yo soy así" y "la gente no cambia". Cuando convertimos una conducta en una característica inamovible de nuestra identidad, resulta más difícil imaginar que podemos comportarnos de otra manera. Por eso, la experta propone un pequeño ejercicio que consiste en modificar nuestro lenguaje.
"Cuando trabajo con mis clientes suelo sugerirles que cambien el 'soy' por el 'estoy siendo'. No es lo mismo decir 'soy desorganizado' que 'estoy siendo desorganizado'".
Esta diferencia, aparentemente insignificante, nos permite separar lo que hacemos de lo que somos. No significa negar nuestra personalidad ni nuestra historia, sino reconocer que podemos incorporar nuevas formas de actuar.
También conviene cuestionar la idea de que las personas nunca cambian. Si estamos convencidos de ello, cada vez que reaparezca un comportamiento antiguo lo interpretaremos como una prueba de que nuestros esfuerzos no han servido para nada.
En psicología, este fenómeno se relaciona con el sesgo de confirmación: la tendencia a prestar más atención a la información que confirma nuestras creencias previas.
La experta propone entender el cambio de otra manera. No se trata de borrar nuestra historia ni de sustituir completamente nuestra personalidad, sino de adquirir nuevos recursos que nos permitan elegir cómo queremos comportarnos ante distintas situaciones.
¿Por qué volvemos a cometer los mismos errores?
La respuesta está en el cerebro. Imagina que llevas semanas intentando tener más paciencia. Has aprendido a identificar cuándo estás a punto de perder los nervios y, en varias ocasiones, has conseguido reaccionar de manera diferente. Sin embargo, un día llegas agotada del trabajo, tienes mil cosas pendientes y acabas perdiendo los estribos.
¿Significa que no has cambiado nada? No necesariamente. "Porque lo conocido sale en automático y lo nuevo requiere atención. Y mantener esa atención requiere esfuerzo. Cuando estamos cansados, estresados y vamos con prisa, es mucho más fácil despistarse y volver a nuestros patrones habituales", explica Díaz Rois.
Los comportamientos que repetimos durante años pueden llegar a convertirse en respuestas automáticas. Por eso, adquirir un nuevo hábito exige practicarlo hasta que también resulte cada vez más natural.
La coach recomienda no interpretar los retrocesos como fracasos, sino aprovecharlos para comprender qué ha sucedido. ¿Estábamos especialmente cansados? ¿Habíamos tenido un día complicado? ¿Qué podríamos hacer de otra manera la próxima vez?
También invita a prestar atención a nuestros pequeños avances. "Es habitual seguir poniendo el foco en las cuatro veces que no nos ha salido bien y pasar por alto las seis en las que sí".
Reconocer lo que hemos conseguido, aunque todavía no actuemos como nos gustaría en todas las situaciones, puede ayudarnos a mantener la motivación y continuar practicando.
Cómo empezar a cambiar
Si después de leer todo esto estás pensando en cambiar algún aspecto de tu vida, Sonia Díaz Rois propone algo que quizá no esperabas: no empieces intentando hacerlo todo de otra manera. Dedica primero unos días, incluso un par de semanas, a observarte.
Elige un comportamiento concreto que quieras modificar y presta atención a las situaciones en las que aparece. ¿Cuándo ocurre? ¿Qué estabas pensando? ¿Cómo te sentías? ¿Qué hiciste después? ¿Qué consecuencias tuvo tu reacción?
Por ejemplo, si quieres aprender a decir que no, observa en qué circunstancias acabas aceptando compromisos que realmente no deseas asumir. Quizá te ocurre cuando temes decepcionar a alguien, cuando estás delante de determinadas personas o cuando no tienes tiempo para pensar tu respuesta.
Pero hay otra parte del ejercicio que la coach considera igualmente importante: identificar las ocasiones en las que sí has conseguido actuar de la manera que deseas.
"Y fíjate también en cuándo no ocurre. Porque tendemos a prestar muchísima atención a las veces que repetimos aquello que no nos gusta y bastante menos a las ocasiones en las que sí hemos conseguido actuar como nos gustaría. Ahí hay pistas de lo que sí funciona".
De esta manera, en lugar de empezar desde la exigencia de convertirnos inmediatamente en una persona diferente, podemos descubrir qué circunstancias favorecen nuestros avances y qué recursos ya tenemos a nuestro alcance.
Porque cambiar no significa que nunca más vayamos a equivocarnos ni que tengamos que renunciar a todo lo que hemos sido hasta ahora. También puede consistir en aprender a reconocer nuestros patrones habituales y disponer de nuevas alternativas para que, la próxima vez, podamos elegir cómo queremos actuar.












