Después de un verano especialmente caluroso, la llegada de la lluvia puede sentirse como un alivio. Sin embargo, no todo el mundo vive igual los días grises. Hay personas que se sienten más tristes, cansadas, apáticas y con menos ganas de hacer cosas, sobre todo, si el mal tiempo llega de repente y si se encadenan jornadas lluviosas. ¿Puede realmente el tiempo influir en nuestro estado de ánimo? ¿Qué dice la psicología?
Según explica Clara Anaya, psicóloga del Hospital Quirónsalud Córdoba, no es algo extraordinario que le ocurra a pocas personas. De hecho, puede afectar al 60% de la población. Y la razón no es que nos guste más o menos la lluvia. Detrás de esa sensación pueden intervenir la menor exposición a la luz natural, el sueño, los cambios en nuestros hábitos e incluso las asociaciones emocionales que hacemos con determinados tipos de tiempo.
Lo que ocurre en nuestro organismo cuando recibimos menos luz
Una de las primeras explicaciones la encontramos al mirar por la ventana. Como adelantábamos, cuando el cielo permanece cubierto, recibimos menos luz natural y nuestro organismo también acusa ese cambio.
En este sentido, Clara Anaya detalla que la luz interviene en diferentes procesos relacionados con nuestros ritmos biológicos y la regulación del estado de ánimo. Entre ellos se encuentra la actividad de la serotonina, un neurotransmisor implicado, entre otras funciones, en el bienestar emocional, el apetito y el sueño. Esta sustancia puede reducirse en un 20%, por ello, los cambios en la cantidad de luz que recibimos pueden influir en cómo nos sentimos.
También entra en juego la melatonina, la hormona estrechamente relacionada con el ciclo de sueño y vigilia. La menor exposición a la luz durante el día puede influir en nuestros ritmos circadianos y favorecer esa sensación de somnolencia y falta de energía que algunas personas reconocen en las jornadas especialmente oscuras. Sensaciones que pueden acompañarse de apatía e irritabilidad.
Los planes cambian y aumenta la frustración
Otras de las razones por las que no nos suelen gustar los días lluviosos son los cambios a los que nos obligan. Un día soleado invita a caminar, hacer ejercicio al aire libre, quedar con amigos, tomar algo en una terraza o simplemente pasar un rato fuera de casa. Cuando llueve durante horas o días, estas actividades desaparecen o se reducen considerablemente.
A ello se añade la frustración de los planes que se tuercen: esa excursión que se cancela, la comida que se pospone o el paseo que finalmente no damos. De repente pasamos más horas en casa, nos movemos menos y podemos tener la impresión de haber aprovechado peor el día. Se crea así un pequeño círculo: llueve, salimos menos, nos movemos menos y hacemos menos cosas que nos gustan. Y esto nos lleva a otro aspecto que también puede influir en cómo nos sentimos: nuestra relación con los demás.
Relacionarnos con familiares, amigos o compañeros forma parte de nuestro bienestar emocional. Sin embargo, cuando llega el mal tiempo, especialmente, si este se prolonga, es fácil que nuestra vida social también se reduzca. No necesariamente porque queramos aislarnos, sino porque, como decíamos, la propia meteorología modifica nuestras costumbres. Otra de ellas es la comida.
Comemos peor y nos sentimos más solos
Cuando el tiempo nos obliga a pasar mucho tiempo en espacios cerrados o en casa, buscamos pequeñas recompensas en la comida. Clara Anaya señala que cuando estamos más apagados podemos recurrir con mayor frecuencia a productos ricos en azúcar o grasas buscando ese bienestar inmediato. Por eso, mantener nuestras rutinas, incluida una alimentación equilibrada, puede ayudarnos a conservar la energía durante estos periodos.
Por último, en algunas personas, la lluvia también puede despertar cierta sensación de melancolía o soledad. Como explica Clara Anaya, nuestro cerebro va estableciendo vínculos entre determinadas situaciones y las experiencias emocionales que hemos vivido en ellas. Si hemos atravesado momentos difíciles en circunstancias similares, un día gris puede evocar algunas de aquellas sensaciones.
Cómo disfrutar de los días de lluvia
Todo lo mencionado anteriormente puede afectarnos, sí, pero no significa que siempre nos vamos a sentir tristes si llueve. De hecho, para otras personas representa justo lo contrario: descanso, calma, recogimiento o la posibilidad de quedarse en casa sin sentir que deberían estar haciendo otra cosa.
Y ¿qué hacer para que los días grises no afecten tanto al estado de ánimo? Una de las recomendaciones de Clara Anaya es aprovechar al máximo la luz natural y salir al exterior cuando las condiciones meteorológicas lo permitan.
También conviene seguir moviéndonos. Si no podemos caminar o practicar deporte fuera, podemos buscar alternativas en casa. El ejercicio físico puede contribuir a mejorar el estado de ánimo y, sobre todo, evita que la lluvia se convierta en una excusa para pasar varios días prácticamente inactivos.
Lo mismo sucede con nuestra vida social. Una tarde lluviosa no tiene por qué convertirse necesariamente en una tarde de aislamiento. Quedar con alguien, hablar por teléfono o compartir un rato con familiares o amigos ayuda a mantener esa conexión que necesitamos.
Y quizá también podamos hacer las paces con determinados días grises. Leer, cocinar, ver una película o recuperar una afición son formas de seguir incorporando momentos agradables a la jornada cuando los planes al aire libre no son posibles.
Si somos de esas personas a las que los días grises les restan energía, mantener las actividades que nos hacen bien puede ayudar a que el tiempo que hace fuera no termine determinando cómo nos sentimos por dentro.









