Con los años pueden cambiar bastante las cosas que nos hacen felices. Lo que antes parecía imprescindible pierde importancia y empezamos a disfrutar más de lo cotidiano: estar con las personas que queremos, tener una conversación agradable, comer algo que nos gusta, pasear o simplemente pasar un rato tranquilo. La frase de Salma Hayek tras cumplir 60: "He descubierto que no puedo ser más feliz, y es por las cosas sencillas", habla de esa forma de entender la felicidad que no depende tanto de conseguir algo nuevo.
La experiencia también ayuda a tener más claro qué merece nuestro tiempo y qué no. A medida que cumplimos años conocemos mejor lo que nos hace sentir bien, pero también aquello que nos desgasta, las relaciones que no nos aportan o las expectativas que hemos mantenido simplemente porque pensábamos que debíamos cumplirlas. Aprender a elegir puede hacer que la vida sea más sencilla y, al mismo tiempo, más satisfactoria.
Por eso, cuando Hayek dice que ha descubierto que no puede ser más feliz "por las cosas sencillas", no está hablando de conformarse. Habla de apreciar más lo que ya forma parte de su vida. Quizá una de las ventajas de cumplir años sea precisamente esa: necesitar menos cosas extraordinarias para disfrutar y prestar más atención a esos pequeños momentos que, al final, ocupan buena parte de nuestros días.
La edad nos hace felices
También es importante no confundir la felicidad con estar siempre bien, conseguir todo lo que queremos o llevar una vida sin problemas. Como explica Elsa Punset, autora de Alas para volar, este estado tiene más que ver con sentir que vivimos de acuerdo con lo que somos, con nuestras necesidades y nuestros valores. De ahí que tampoco exista una única forma de ser feliz: lo que hace sentir bien a una persona puede no tener el mismo efecto en otra.
La edad puede ayudarnos a entenderlo. Durante mucho tiempo se ha asociado la juventud con la etapa más feliz de la vida, pero diferentes investigaciones han observado que la satisfacción vital puede seguir una curva en forma de U: suele ser mayor durante la juventud, desciende durante la mediana edad y vuelve a aumentar en etapas posteriores. No significa que al hacernos mayores desaparezcan los problemas, sino que podemos aprender a relativizarlos y a decidir mejor dónde merece la pena poner nuestra energía.
La experiencia también puede ayudarnos a desprendernos de algunas expectativas que durante años hemos sentido que debíamos cumplir. Importa menos lo que los demás esperan de nosotros y más aquello que realmente queremos para nuestra vida. Por eso, la felicidad no depende únicamente de los años que tengamos, sino también de la libertad que vamos adquiriendo para elegir cómo queremos vivirlos.
Cultivar la felicidad en las cosas sencillas
El doctor Alejandro Martínez Rico, psiquiatra especializado en salud mental, divulgador y colaborador de Petit BamBou, señala varios aspectos de nuestra vida cotidiana que pueden contribuir al bienestar. Uno de los más importantes es la calidad de nuestras relaciones. No se trata de estar rodeados de mucha gente, sino de contar con vínculos en los que nos sintamos queridos, escuchados y acompañados. De hecho, el seguimiento realizado durante décadas por el Harvard Study of Adult Development ha puesto de relieve la estrecha relación entre unos buenos vínculos personales y el bienestar a lo largo de la vida.
Otro aspecto importante, concepto que también comparte Elsa Punset, es asumir que ser feliz no significa sentirse bien todos los días. La tristeza, la preocupación, la frustración o el miedo también forman parte de la vida y tratar de evitarlos constantemente puede terminar generando todavía más malestar. Martínez Rico recuerda que resulta más útil aprender a atravesar esos momentos y, al mismo tiempo, intentar que nuestra forma de vivir sea coherente con aquello que consideramos importante. Tener éxito o cumplir determinadas expectativas externas no garantiza que nos sintamos satisfechos si lo que hacemos cada día está muy alejado de lo que realmente queremos.
A ello se suma algo tan sencillo como aprender a reparar en lo que sí funciona en nuestra vida. Nuestra atención tiende con facilidad hacia los problemas, lo que falta o lo que todavía no hemos conseguido, por lo que detenernos conscientemente en aquello que valoramos puede cambiar la forma en que percibimos nuestro día a día.
Una manera práctica de hacerlo es pensar cuáles son las tres cosas que más nos importan y observar cuánto tiempo les hemos dedicado durante la última semana. Esa comparación puede revelar si nuestras prioridades reales coinciden con la vida que estamos llevando o si necesitamos hacerles un poco más de espacio.
Quizá por eso la reflexión de Salma Hayek resulta tan fácil de entender. Llegar a los 60 y descubrir que la felicidad está en las cosas sencillas no significa dejar de tener sueños, proyectos o ambiciones, sino saber mejor cuáles merecen nuestro tiempo. Cuidar a las personas que queremos, disfrutar de lo cotidiano, aceptar que no todos los días serán buenos y vivir de una manera más acorde con lo que realmente nos importa pueden parecer pequeñas decisiones. Pero son precisamente esas pequeñas cosas, repetidas cada día, las que terminan dando forma a una vida en la que nos sentimos bien.










