Quienes aquel 11 de septiembre de 2001 teníamos edad suficiente para comprender lo que estaba ocurriendo, probablemente recordemos dónde estábamos cuando vimos aquellas imágenes por primera vez. También la incredulidad y la confusión de unos primeros minutos en los que ni siquiera los presentadores de los informativos que narraban en directo lo que sucedía alcanzaban a entender la magnitud de lo que estaban viendo. A las 8:46 de la mañana, un avión se estrellaba contra la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, un segundo avión impactaba contra la Torre Sur y despejaba cualquier duda: Estados Unidos estaba siendo atacado.
Después, todo ocurrió a una velocidad difícil de asimilar. Un tercer avión se estrelló contra el Pentágono, un cuarto cayó en Pensilvania y, ante los ojos de millones de personas, las Torres Gemelas se derrumbaron una tras otra. Entre el humo, el fuego y una ciudad cubierta de ceniza, miles de personas intentaban escapar mientras bomberos, policías y equipos de emergencia corrían precisamente en la dirección contraria para tratar de salvarlas.
Han pasado 25 años, pero hay imágenes de aquel día que siguen resultando difíciles de olvidar. Detrás de ellas quedaron casi 3.000 víctimas y también cientos de historias extraordinarias de supervivencia, azar, valentía, despedidas y pequeños gestos que marcaron la diferencia entre vivir y morir. Algunas se hicieron famosas; otras permanecen mucho menos conocidas. Estas son algunas de las historias humanas más impactantes que dejó el 11-S.
El misterio del 'Hombre que cae'
Entre las miles de imágenes que dejó el 11-S, pocas resultan tan impactantes como la del 'Hombre que cae'. A las 9:41 de la mañana, el fotógrafo de Associated Press Richard Drew captó a un hombre precipitándose cabeza abajo desde la Torre Norte, con su cuerpo prácticamente paralelo a las líneas verticales del edificio. Una fracción de segundo que acabaría convirtiéndose en una de las fotografías más reconocibles y controvertidas de la tragedia.
Se calcula que entre 50 y 200 personas cayeron o saltaron desde las Torres Gemelas, atrapadas en los pisos superiores por el fuego y el humo. El Servicio Forense de Nueva York rechazó que fueran consideradas suicidas: todas las víctimas del ataque fueron clasificadas como homicidios.
La fotografía se publicó al día siguiente y provocó tal conmoción que prácticamente desapareció de los medios durante años. Después comenzó otro misterio: ¿quién era aquel hombre? Primero se creyó que podía ser Norberto Hernández, trabajador del restaurante Windows on the World, pero nuevas pistas apuntaron posteriormente a Jonathan Briley, un ingeniero de sonido de 43 años que trabajaba en el mismo restaurante. Su ropa y su complexión coincidían y algunos de sus hermanos reconocieron similitudes, aunque su identidad nunca ha podido confirmarse con absoluta certeza.
Veinticinco años después, su hermana Gwen sigue recordando a Jonathan y prefiere no detenerse en quién aparece realmente en aquella fotografía. Para ella, ese hombre terminó representando a las casi 3.000 personas que vivieron el horror de aquel día.
Roselle, la perra guía que le salvó la vida
Cuando el primer avión impactó contra la Torre Norte, Roselle dormía bajo el escritorio de Michael Hingson, ciego de nacimiento, en la planta 78 del World Trade Center. El edificio se inclinó de tal manera que Michael y su compañero David Frank llegaron a despedirse convencidos de que iban a caer al vacío. Pero la torre se estabilizó y comenzó una angustiosa evacuación.
Michael bajó las 78 plantas acompañado por su perra guía, entre humo, olor a combustible y cientos de personas que intentaban escapar. Roselle mantuvo la calma e incluso consoló con lametones a una mujer que, paralizada por el miedo, aseguraba que no podía continuar. Cuando por fin salieron, todavía tuvieron que correr para escapar del derrumbe de la Torre Sur y, poco después, escucharon cómo se desplomaba la Torre Norte de la que acababan de salir.
Su hazaña fue reconocida posteriormente con varios homenajes y, en 2003, recibió una medalla conmemorativa y fue registrada en Nueva Zelanda como perra guía estadounidense con un número imposible de olvidar: 911. Murió en 2011, a los 14 años, convertida para Michael en la gran heroína de aquel día.
13 horas bajo los escombros y una hija a punto de nacer
Will Jimeno tenía 33 años y llevaba apenas unos meses trabajando como policía de la Autoridad Portuaria cuando corrió hacia las Torres Gemelas para ayudar en la evacuación. El derrumbe de la Torre Sur lo sepultó bajo nueve metros de escombros, mientras varios de sus compañeros morían a su alrededor. Convencido de que no saldría con vida, pensó en su mujer, Allison, embarazada de siete meses, y pidió a su superior que, si conseguía comunicarse por radio, le dijera que llamara Olivia a la niña que esperaban.
Jimeno pasó horas atrapado en la oscuridad, herido y luchando contra el sueño porque sabía que "si te duermes, morirás". Tras diez horas sepultado, unos rescatistas escucharon sus gritos y necesitaron otras tres para liberarlo. Fue sacado alrededor de las once de la noche y se convirtió en uno de los escasos supervivientes encontrados con vida entre los escombros.
Después sufriría dos paros cardíacos, ocho operaciones y casi tres meses de hospitalización, pero llegó a cumplir aquello que creyó imposible bajo las Torres. En noviembre de 2001, el día de su 34 cumpleaños, vio nacer a Olivia desde una silla de ruedas. Veinticinco años después, resume así aquella segunda oportunidad: "He podido ver crecer a mis hijas".
El héroe del pañuelo rojo que regresó una y otra vez
Durante meses nadie supo quién era el misterioso hombre del pañuelo rojo del que hablaban varios supervivientes de la Torre Sur. Después del impacto del segundo avión, había aparecido entre el humo y los escombros del piso 78 y, con una sorprendente calma, había localizado una escalera practicable y comenzado a sacar de allí a los heridos. Bajaba grupos hacia un lugar seguro y volvía a subir para buscar a más personas, llegando incluso a cargar a una mujer herida sobre su espalda. Se le atribuye haber ayudado a salvar al menos a una decena de personas (algunas estimaciones elevan la cifra hasta 18) antes de regresar una última vez y morir al derrumbarse la torre.
Aquel desconocido era Welles Crowther, un corredor de bolsa de solo 24 años y bombero voluntario que trabajaba en el piso 104. Su familia no descubrió su hazaña hasta meses después, cuando su madre, Alison, leyó los testimonios de los supervivientes y encontró el detalle que lo cambió todo: el rescatador se protegía del humo con un pañuelo rojo, el mismo que Welles llevaba siempre consigo desde niño. "¡Oh, Dios mío, Welles! ¡Te encontré!", exclamó al comprender que hablaban de su hijo. Los supervivientes confirmarían después su identidad. Su cuerpo fue hallado junto a varios bomberos, muy cerca de la salida. Años antes, Welles había hecho un comentario casi premonitorio sobre aquel inseparable pañuelo: "Este pañuelo va a cambiar el mundo".
27 horas bajo los escombros y una mano que apareció en la oscuridad
Genelle Guzman tenía 30 años y trabajaba en la planta 64 de la Torre Norte. Cuando comenzó la evacuación, bajó las escaleras de la mano de su amiga Rosa, pero al llegar al piso 13 se detuvo unos segundos para quitarse los tacones y, en ese instante, el edificio se derrumbó. La mano de su compañera se soltó y Genelle quedó sepultada, con las piernas inmovilizadas y la cabeza encajada entre bloques de hormigón.
Pasó 27 horas atrapada, entrando y saliendo de la consciencia, rezando y convencida por momentos de que moriría allí. Hasta que escuchó una voz. Reunió fuerzas para gritar "¡Por favor, ayúdame!", apartó como pudo algunos restos y consiguió sacar una mano por un pequeño hueco. Desde el otro lado, otra mano agarró la suya. "Aquí estoy", escuchó. Los equipos de emergencia tardaron más de una hora en liberarla y, cuando finalmente apareció entre los escombros, bomberos y policías estallaron en vítores. Genelle Guzman fue la última persona rescatada con vida de las ruinas del World Trade Center. Pasaría casi tres meses hospitalizada, pero sobrevivió y siempre ha considerado aquel momento el comienzo de una segunda vida.
Rick Rescorla, el hombre que salvó a 2.700 personas y volvió a entrar
Rick Rescorla, vicepresidente de seguridad de Morgan Stanley, llevaba años convencido de que las Torres Gemelas podían volver a ser atacadas tras el atentado de 1993. Por eso había impuesto simulacros periódicos de evacuación, pese a las quejas de algunos empleados. Aquella insistencia acabaría salvando miles de vidas.
Cuando el primer avión impactó contra la Torre Norte, ordenó evacuar inmediatamente a los cerca de 2.700 trabajadores que su empresa tenía en el complejo. Con un megáfono, fue guiándolos hacia las escaleras mientras cantaba para mantenerlos tranquilos. La inmensa mayoría consiguió salir. Pero Rescorla, veterano de Vietnam, supo que todavía quedaban personas dentro y regresó a buscarlas. Fue visto por última vez subiendo las escaleras poco antes del derrumbe de la Torre Sur. Nunca encontraron su cuerpo.
La rasqueta de un limpiacristales que salvó seis vidas
Jan Demczur, un inmigrante polaco que trabajaba como limpiacristales en la Torre Norte, viajaba en un ascensor con otros cinco hombres cuando el impacto del primer avión hizo que la cabina se precipitara por el hueco. Lograron detenerla a la altura del piso 50, pero al forzar las puertas descubrieron algo aterrador: delante de ellos solo había una pared y el ascensor comenzaba a llenarse de humo.
Demczur recurrió entonces a lo único que tenía a mano: su rasqueta de limpiacristales. Con la hoja consiguió romper las primeras capas de la pared y, después de perderla por el hueco, utilizó el mango mientras sus compañeros golpeaban y daban patadas hasta abrir un agujero por el que pudieron salir uno a uno. Al otro lado encontraron un baño y, desde allí, las escaleras. Los seis hombres bajaron 50 pisos y abandonaron la Torre Norte a las 10:23, apenas cinco minutos antes de que se derrumbara. El mango de aquella herramienta que contribuyó a salvarles la vida forma hoy parte de la colección del Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian.
Las gafas que le salvaron la vida
Michael Lomonaco era el chef ejecutivo de Windows on the World, el célebre restaurante situado en lo alto de la Torre Norte. La mañana del 11-S llegó antes de lo habitual al trabajo, pero en lugar de subir directamente a los pisos 106 y 107 tomó una decisión aparentemente trivial: pasar por una óptica de la planta baja para que le arreglaran unas gafas que tenía rayadas. Seguía allí cuando, a las 8:46, el vuelo 11 impactó contra el edificio. Sintió temblar la torre y poco después fue evacuado.
Desde la calle contempló una escena que nunca olvidaría: personas atrapadas en el restaurante agitaban manteles blancos desde las ventanas pidiendo ayuda. Ninguno de quienes se encontraban en aquella zona pudo escapar y 79 empleados de Windows on the World perdieron la vida. Lomonaco siempre ha asumido su supervivencia como una cuestión de azar: "Fue mi suerte haber sobrevivido. No lo cuestiono. Lo acepto". Años después continúa cocinando en Nueva York y manteniendo vivo el recuerdo de los compañeros que aquella mañana sí habían subido a trabajar.
Un grito entre los escombros que cambió dos vidas
Stanley Praimnath estaba atrapado en el piso 81 de la Torre Sur, rodeado de humo, fuego y escombros, cuando comenzó a gritar desesperadamente pidiendo ayuda. Tres plantas más arriba, Brian Clark había sobrevivido al impacto del avión y trataba de encontrar una salida junto a varios compañeros. Al llegar al piso 81, escuchó una voz procedente de la oscuridad: "¡Ayuda, estoy sepultado! ¡No puedo respirar!". En lugar de seguir su camino, decidió buscar al desconocido que pedía auxilio.
Guiándose por sus gritos y con la única luz de una linterna, Clark consiguió localizar a Praimnath al otro lado de una pared. Una de sus manos sobresalía por un agujero entre los restos. Clark la agarró y logró sacarlo por encima del tabique. Los dos tenían las manos heridas y sangraban cuando sellaron aquel encuentro con una promesa que acabaría marcando sus vidas. "Seremos hermanos de sangre para siempre", se dijeron antes de emprender juntos la huida.
La decisión que tomaron después volvió a resultar crucial. Mientras otros supervivientes optaron por subir buscando refugio en la azotea, Brian y Stanley continuaron bajando por la única escalera que permanecía practicable. Consiguieron alcanzar la calle y, pocos minutos después, contemplaron cómo la Torre Sur se derrumbaba. Fueron dos de las únicas cuatro personas que sobrevivieron por encima de la zona de impacto.
Aquella promesa entre dos desconocidos no terminó el 11-S. Veinticinco años después siguen formando parte de la vida del otro. Han asistido a las bodas de sus respectivas hijas, sus familias han compartido momentos importantes y continúan llamándose con regularidad. Cuando se casó la hija mayor de Clark, Stanley y su mujer ocuparon un lugar en la mesa principal. Brian lo presentó ante todos de la misma manera que aquel día entre los escombros: como su hermano de sangre.
La mujer que nunca dejó de pedir ayuda
Durante los interminables minutos posteriores al impacto del vuelo 11 contra la Torre Norte, una figura apareció entre los restos de una de las plantas alcanzadas por el avión. Una mujer permanecía al borde del enorme agujero abierto en el edificio, rodeada de humo y escombros, agitando la mano con la esperanza de que alguien pudiera verla y rescatarla. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y aquella figura acabaría siendo conocida como “la mujer que saluda”.
Su marido, William Cintron, creyó reconocer en ella a Edna Cintron, una asistente administrativa de 46 años que trabajaba para Marsh & McLennan en la Torre Norte. Según los testimonios difundidos posteriormente, permaneció allí durante cerca de veinte minutos, hasta que el edificio se derrumbó a las 10:28 horas. Sus restos nunca fueron identificados.
Sin embargo, la identidad de la mujer de las imágenes nunca ha quedado completamente despejada. Otro hombre aseguró que se trataba de su prometida, Karen Juday, basándose, entre otros detalles, en la ropa que llevaba aquella mañana. Sea quien fuera, su imagen permanece como uno de los testimonios más estremecedores de quienes quedaron atrapados en las plantas superiores y continuaron pidiendo ayuda hasta el final.
El último mensaje de una pasajera del vuelo 93 antes de morir
Linda Gronlund tenía 46 años y viajaba a bordo del vuelo 93 de United Airlines cuando el avión fue secuestrado la mañana del 11 de septiembre. Consciente de lo que estaba ocurriendo y de que otros aviones ya se habían estrellado contra el World Trade Center, llamó a su hermana, Elsa, pero nadie respondió. En apenas 71 segundos dejó en el contestador un mensaje que acabaría convirtiéndose en su última despedida.
"Solo tengo un minuto. Estoy en el vuelo 93 de United y ha sido secuestrado por terroristas. Dicen que tienen una bomba", comenzó. Después de explicar que temía que su avión también fuera derribado, Linda se centró en lo verdaderamente importante. Le dijo a su hermana que la quería, que la echaría de menos y le pidió que transmitiera su amor a su padre. Incluso tuvo tiempo de explicarle dónde guardaba sus pertenencias y darle la combinación de su caja fuerte.
Terminó con unas palabras que, 25 años después, resultan especialmente estremecedoras: "Te quiero y espero poder hablar contigo pronto. Adiós". Poco después, pasajeros y miembros de la tripulación se enfrentaron a los secuestradores e intentaron recuperar el control del avión. El vuelo 93 se estrelló cerca de Shanksville, Pensilvania, y ninguno de sus ocupantes sobrevivió.
El ángel de la guarda al que salvaron y que terminó salvándolos
Cuando los seis bomberos de Ladder 6 evacuaban la Torre Norte encontraron en las escaleras a Josephine Harris, una trabajadora de la Autoridad Portuaria que apenas podía continuar. Decidieron ayudarla y adaptaron su marcha a la de ella. Cuando llegaron a las plantas inferiores, Josephine se detuvo agotada y les pidió que siguieran sin ella. Se negaron a abandonarla.
Segundos después, la Torre Norte se derrumbó. El tramo de la escalera B en el que se encontraban resistió y los siete sobrevivieron, atrapados durante más de cinco horas. Los bomberos siempre estuvieron convencidos de que el retraso provocado por Josephine les había salvado: "Sin nosotros, ella no habría sobrevivido. Y sin Josephine, creemos que nosotros habríamos muerto".
Desde entonces la llamaron "nuestro ángel de la guarda". Cuando Josephine murió en 2011, aquellos mismos seis bomberos volvieron a acompañarla: fueron quienes llevaron su féretro.



















