Los riesgos de ser una ‘madre agenda’, según una psicóloga: “Nuestro instinto suele ser evitar que nuestros hijos sufran, pero frustrarse un poco no es lo mismo que sufrir un daño”


María José Ortolà explica que es importante fomentar su autonomía desde pequeños, asumiendo que cometerán errores


María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora© María José Ortolà Sastre
11 de septiembre de 2026 a las 13:02 CEST

Llevar al detalle los cumpleaños, hiperplanificar las extraescolares, intervenir en los chats de padres en tiempo real o filtrar las relaciones sociales de los hijos puede parecer, desde fuera, un modelo de gestión impecable. Sin embargo, este perfil de "madre agenda" o "secretaria", que asume la vida de los niños con la logística propia casi de una multinacional, puede llegar a pasar una alta factura psicológica en el desarrollo infantil. 

María José Ortolà Sastre, psicóloga clínica integradora de la clínica Libélula, advierte de que cuando los adultos se adelantan constantemente a resolver cada conflicto, olvido o momento de aburrimiento, privan a los menores de la oportunidad de entrenar su capacidad de resolución de problemas, la tolerancia a la frustración y la confianza en sí mismos. A largo plazo, esta supervisión exhaustiva corre el riesgo de convertir la protección en inseguridad, afianzando además la idea de que necesitan a un tercero para que las cosas salgan bien.  

madre con su hijo pequeño tomando notas en su agenda© Getty Images

¿Qué consecuencias psicológicas tiene a corto y largo plazo crecer con una madre que gestiona hasta el más mínimo detalle de la vida diaria?

A corto plazo puede parecer incluso que funciona muy bien. Son niños que llegan a todo, llevan los deberes hechos, tienen sus actividades organizadas, los cumpleaños controlados y, cuando aparece un problema, hay un adulto rápidamente disponible para solucionarlo. Desde fuera, puede parecer una dinámica muy eficiente.
La dificultad aparece cuando nos preguntamos qué habilidades está desarrollando el niño dentro de toda esa eficiencia.

La infancia necesita pequeñas dosis de dificultad adaptadas a la edad: olvidarse alguna vez de algo, tener que organizarse, aburrirse, decidir qué hacer, resolver un malentendido con un amigo o experimentar las consecuencias de una pequeña equivocación. Son experiencias aparentemente insignificantes, pero psicológicamente muy importantes.

Si un adulto se adelanta constantemente, el niño puede acabar interiorizando un mensaje que nadie le ha dicho explícitamente: “Necesito que alguien esté pendiente de mí para que las cosas salgan bien”.

A largo plazo, esto puede traducirse en menor autonomía, inseguridad ante la toma de decisiones, dificultad para tolerar la incertidumbre o una mayor necesidad de aprobación externa. No porque necesariamente vaya a ocurrir, sino porque la autonomía se construye practicándola.

La capacidad de organizarse, resolver problemas o tomar decisiones no aparece automáticamente cuando cumplimos 18 años. Se entrena desde pequeños

María José Ortolà Sastre, psicóloga

Si los padres resuelven la agenda, los conflictos sociales y el ocio de sus hijos, ¿cómo afecta esto al desarrollo de su capacidad de resolución de problemas y autogestión?

Hay una frase que utilizamos mucho en psicología: no podemos aprender una habilidad que nunca tenemos oportunidad de practicar. La capacidad de organizarse, resolver problemas o tomar decisiones no aparece automáticamente cuando cumplimos 18 años. Se entrena desde pequeños.

Imaginemos que un niño tiene un problema con un compañero. Podemos escucharle, ayudarle a comprender qué ha ocurrido y preguntarle: “¿Qué crees que podrías hacer mañana?”. O podemos escribir inmediatamente a la otra madre e intentar resolverlo nosotros. En el primer caso acompañamos; en el segundo sustituimos.

Y esa diferencia es fundamental. El objetivo no debería ser que nuestros hijos nunca tengan problemas, sino que poco a poco desarrollen la sensación de “cuando tengo un problema, puedo pensar qué hacer, pedir ayuda si la necesito y afrontarlo”.

Esa sensación de competencia personal será muchísimo más protectora en la vida adulta que haber crecido sin dificultades.

¿De qué manera influye esta sobreplanificación en la capacidad del niño para aburrirse, tolerar la frustración y fomentar la creatividad?

El aburrimiento tiene bastante mala prensa, pero cumple una función importante. Cuando un niño no recibe inmediatamente una actividad, una pantalla o una propuesta del adulto, aparece un pequeño vacío. Y precisamente de ese vacío puede surgir algo muy interesante: “¿Y ahora qué hago?”.

Ahí empieza a buscar, inventar, imaginar, explorar. Si cada minuto está estructurado -colegio, inglés, deporte, deberes, cumpleaños, actividad familiar-, dejamos muy poco espacio para la iniciativa espontánea.

Lo mismo sucede con la frustración. Nuestro instinto como adultos suele ser evitar que nuestros hijos sufran, pero frustrarse un poco no es lo mismo que sufrir un daño. Esperar, perder un juego, aburrirse, no ser invitado a algo, equivocarse o descubrir que hoy no podemos hacer lo que queremos son pequeñas experiencias que entrenan regulación emocional.

No necesitamos provocar frustraciones artificialmente. La vida ya las proporciona. Lo importante es no eliminarlas todas.

madre al teléfono, muy ocupada, junto con su hija© Getty Images

¿Es habitual encontrar problemas de ansiedad o perfeccionismo en niños que viven bajo esta supervisión constante?

Puede existir una relación, aunque sería importante no establecer una causalidad automática. Tener unos padres muy pendientes no significa que un niño vaya a desarrollar ansiedad o perfeccionismo. Influyen muchas variables: temperamento, genética, experiencias, contexto familiar, colegio...

Ahora bien, una supervisión excesiva sí puede transmitir indirectamente determinados mensajes: “Hay que anticiparlo todo”, “es importante que nada salga mal”, “tenemos que tenerlo todo bajo control”.

Y un niño aprende muchísimo más de cómo los adultos se relacionan con la incertidumbre que de lo que le explicamos sobre ella.

Si ante cualquier pequeña dificultad el adulto interviene inmediatamente, el niño puede aprender que los problemas son peligrosos o que equivocarse es algo que debemos evitar. En determinados niños, esto puede favorecer patrones de preocupación excesiva, miedo al error, necesidad de control o perfeccionismo.

Por eso es importante transmitir también otra experiencia: “No sabemos exactamente qué va a pasar, pero podremos manejarlo”.

Cuando los padres entramos sistemáticamente en los chats, hablamos con otras familias o decidimos quién debería ser amigo de nuestro hijo, corremos el riesgo de convertirnos en gestores de unas relaciones que progresivamente deberían pertenecerle a él

María José Ortolà Sastre, psicóloga

En cuanto a las relaciones sociales, ¿qué ocurre cuando la madre filtra y controla las amistades del hijo en lugar de dejar que el menor las gestione por sí mismo?

Las relaciones entre iguales son uno de los grandes laboratorios emocionales de la infancia. Con los amigos aprendemos a negociar, sentir celos, enfadarnos, reconciliarnos, poner límites, descubrir quién nos gusta y quién no, sentirnos alguna vez excluidos y comprender que tampoco nosotros podemos gustarle a todo el mundo.

Evidentemente, los padres debemos intervenir cuando existe acoso, violencia, una situación de riesgo o una dinámica que el niño todavía no puede gestionar. Autonomía no significa desprotección. Pero no todos los conflictos entre niños requieren intervención adulta.

Cuando los padres entramos sistemáticamente en los chats, hablamos con otras familias o decidimos quién debería ser amigo de nuestro hijo, corremos el riesgo de convertirnos en gestores de unas relaciones que progresivamente deberían pertenecerle a él. Podemos estar disponibles sin ocupar su lugar.

¿Cómo impacta esta dinámica en la autoestima del niño? ¿Puede sentir que no es capaz de hacer las cosas por sí solo?

Sí, porque la autoestima no se construye únicamente diciendo “eres maravilloso” o “tú puedes”. Una parte importantísima de la autoestima se construye mediante experiencias de competencia. Es el niño que piensa: “Esto me daba miedo y lo hice”, “no sabía cómo solucionarlo y encontré una manera”, “me equivoqué y pude arreglarlo”.

Cuando constantemente hacemos las cosas por ellos, aunque sea desde el amor, podemos privarlos precisamente de esas experiencias.

Por eso, a veces ayudar menos puede ser una forma muy profunda de ayudar. Podemos decir: “Inténtalo tú primero. Estoy aquí si me necesitas”.

Ese mensaje combina dos necesidades fundamentales: seguridad y autonomía.

Tenemos grupos de WhatsApp del colegio, aplicaciones donde conocemos cada tarea, localizadores, actividades organizadas constantemente... Nunca habíamos tenido tanta información sobre nuestros hijos en tiempo real

María José Ortolà Sastre, psicóloga

Desde la perspectiva de la madre o el padre, ¿qué necesidades o miedos inconscientes (ansiedad propia, miedo al fracaso, necesidad de control) suelen ocultarse detrás de este comportamiento?

Creo que aquí es especialmente importante evitar culpabilizar a las familias. La mayoría de estos comportamientos no nacen de querer controlar al hijo, sino precisamente de querer protegerlo.

Detrás puede haber ansiedad parental, dificultad para tolerar la incertidumbre, miedo a que el niño sufra, preocupación por su futuro, comparación con otras familias o incluso la sensación de que ser una buena madre significa estar pendiente absolutamente de todo.

También vivimos en un contexto que favorece muchísimo esta hipervigilancia. Tenemos grupos de WhatsApp del colegio, aplicaciones donde conocemos cada tarea, localizadores, actividades organizadas constantemente... Nunca habíamos tenido tanta información sobre nuestros hijos en tiempo real.

El problema aparece cuando calmar nuestra propia ansiedad empieza a dirigir la crianza.

A veces intervenimos no porque nuestro hijo realmente necesite que resolvamos algo, sino porque a nosotros nos cuesta muchísimo observar cómo se equivoca, se frustra o atraviesa una situación incierta.

Una pregunta muy útil antes de intervenir sería: “¿Mi hijo necesita realmente mi ayuda o soy yo quien necesita sentir que esto está bajo control?”

¿Dónde está la línea divisoria entre la responsabilidad parental saludable y la hipergestión patológica o invasiva?

Más que fijarnos en cuánto hacemos, yo observaría para qué lo hacemos y qué efecto está teniendo. La responsabilidad parental saludable cambia con la edad. Cuando son pequeños hacemos prácticamente todo por ellos y progresivamente vamos retirando apoyo. Una buena imagen sería la de un andamio: sostiene mientras hace falta, pero está diseñado para retirarse.

Podemos empezar a preocuparnos cuando hacemos sistemáticamente cosas que el niño ya podría empezar a hacer solo; cuando nos resulta insoportable que se equivoque; cuando intervenimos en todos sus conflictos; cuando necesita consultarnos constantemente antes de decidir; o cuando nuestra supervisión está dificultando que desarrolle autonomía. La pregunta sería: “¿Lo que estoy haciendo hoy le ayuda a necesitarme un poquito menos mañana?”

Porque uno de los objetivos de criar es precisamente ese: ofrecer suficiente seguridad para que, progresivamente, puedan separarse de nosotros.

¿Qué pautas prácticas se le pueden ofrecer a una madre que se reconoce en este perfil para aprender a “delegar” y soltar el control gradualmente?

No recomendaría pasar de controlarlo todo a retirarse completamente. La autonomía también necesita gradualidad.

Una estrategia muy sencilla es preguntarse ante situaciones cotidianas: “¿Esto puede hacerlo ya mi hijo, aunque no lo haga exactamente como yo?”. Si la respuesta es sí, podemos empezar a devolverle esa responsabilidad.

Por ejemplo, según su edad, preparar su mochila, recordar qué necesita para una actividad, elegir cómo organizar una tarde, pedir algo por sí mismo, resolver primero un pequeño conflicto con un amigo o experimentar alguna consecuencia natural cuando se olvida de algo.

También podemos cambiar nuestra manera de responder. En lugar de solucionar inmediatamente: “¿Qué vas a hacer?”, “¿Qué opciones se te ocurren?”, “¿Quieres que pensemos juntos o prefieres intentarlo tú primero?”.

Y hay algo fundamental: tolerar nosotros el malestar que produce no intervenir. Porque muchas veces soltar el control no es difícil porque el niño no esté preparado, sino porque al adulto le cuesta observar el proceso.

Educar para la autonomía implica aceptar que nuestros hijos alguna vez llegarán tarde, elegirán mal, discutirán con alguien, se frustrarán o harán las cosas de una manera distinta a la nuestra.

No se trata de dejarlos solos ante la vida. Se trata de ir cambiando nuestro lugar: pasar de resolverles la vida a convertirnos en ese lugar seguro al que pueden volver mientras aprenden a resolverla ellos.