Que un niño sea competitivo no es necesariamente malo. La competitividad sana es, de hecho, un aliciente para mejorar en diferentes aspectos de su vida: académico, deportivo, social… Se convierte en algo dañino para él cuando esa competitividad dejar de ser sana y busca simplemente quedar por encima de los demás, no mejorar, aprender o disfrutar del proceso, como nos indica Carla Álvarez Llaneza, psicóloga de Blua de Sanitas. "La clave está en que la competición sea una fuente de motivación y aprendizaje, no la única medida de autoestima o valor personal", nos comenta la psicóloga.
En este punto, lo dañino aparece al alegrarse de que otros pierdan, pero también al considerarse a sí mismo válido únicamente cuando gana o cuando destaca por encima del resto. Algo que hay que tener en cuenta especialmente en la adolescencia, una etapa en la que se comparan de forma constante con sus iguales, como señala Álvarez Llaneza. La especialista aclara también qué se puede hacer para tratar de reconducir la situación y hacer que esa competitividad que emana del niño o del adolescente sea siempre sana.
Un niño que siente que su valor no está en juego puede reconocer con más facilidad el mérito ajeno.
¿Cómo enseñar a los niños a alejarse de la competitividad insana y en qué aspectos suele verse más esta actitud en niños y adolescentes?
Lo primero es revisar qué mensajes recibe en casa, en el colegio y en sus actividades. Si solo se refuerza el resultado, la nota, el gol, la medalla o ser "el mejor", el menor puede aprender que su valor depende de ganar. En cambio, cuando se reconoce el esfuerzo, la constancia, la mejora personal y la capacidad de colaborar, la competencia deja de vivirse como una amenaza.
Esta actitud suele verse en el rendimiento académico, el deporte, los videojuegos, las redes sociales, la comparación física, la popularidad dentro del grupo y, en algunos casos, entre hermanos. En adolescentes también aparece con fuerza en la necesidad de destacar, acumular logros o compararse de forma constante con lo que otros muestran.
¿Qué se puede considerar una competitividad 'sana' cuando hablamos de niños o adolescentes?
Una competitividad sana es aquella que ayuda al menor a superarse sin perder de vista el respeto por los demás ni su propio bienestar emocional. Implica querer hacerlo bien, esforzarse y aprender de los errores, pero sin hundirse cuando no se consigue el resultado esperado.
También supone entender que el éxito de otra persona no resta valor al propio. Un niño competitivo de forma sana puede sentirse frustrado si pierde, pero no necesita humillar, enfadarse de forma desproporcionada o abandonar la actividad. La clave está en que la competición sea una fuente de motivación y aprendizaje, no la única medida de autoestima o valor personal.
¿Cómo saber dónde está el límite entre la competitividad insana y la 'adecuada'?
El límite suele aparecer cuando el resultado empieza a pesar más que el aprendizaje, el disfrute o la relación con los demás. La competitividad adecuada permite perder, equivocarse y volver a intentarlo. La insana genera ansiedad, rabia intensa, culpa, rechazo a participar si no hay garantías de ganar o desprecio hacia quienes obtienen mejores resultados.
También conviene observar si el menor solo se siente válido cuando destaca. Cuando una mala nota, una derrota o un comentario de comparación alteran de forma intensa y mantenida en el tiempo, su estado de ánimo, su autoestima o su conducta, es probable que la competencia haya dejado de ser saludable.
¿Cómo enseñarles a alegrarse de los éxitos de los demás?
Aprender a alegrarse por los demás requiere trabajar la empatía y la seguridad personal. Un niño que siente que su valor no está en juego puede reconocer con más facilidad el mérito ajeno. Para ello, los adultos deben evitar comparaciones del tipo "mira cómo lo ha hecho tu hermano" o "tu amiga sí que se esfuerza", porque este tipo de mensajes convierten el éxito del otro en una amenaza.
Puede ayudar preguntar: "¿Qué crees que ha hecho bien?", "¿Qué podrías aprender de eso?" o "¿Cómo te gustaría que se alegraran por ti cuando consigues algo?". También es importante que los adultos modelen esa conducta: felicitar a otros, hablar con naturalidad de los logros ajenos y mostrar que admirar a alguien no significa sentirse menos.
Ser competitivo no es dañino por sí mismo, pero puede serlo cuando el niño o adolescente empieza a vivir cada situación como una prueba de valor personal.
¿Cómo darnos cuenta de que nuestro hijo es excesivamente competitivo?
Por ejemplo, enfados muy intensos al perder, necesidad constante de ganar, dificultad para felicitar a otros, abandono de actividades cuando no destaca o comentarios despectivos hacia compañeros. También puede aparecer una autoexigencia elevada, miedo a fallar, irritabilidad antes de pruebas o competiciones y una búsqueda continua de aprobación adulta.
En adolescentes, además, puede verse en la comparación permanente con notas, físico, planes, seguidores o reconocimiento social. Una de las señales más relevantes es que competir deja de ser algo estimulante y empieza a generar sufrimiento, tensión familiar o deterioro en sus relaciones.
¿Qué hacer para reconducir ese rasgo o actitud?
Para reconducirlo, conviene empezar por cambiar el foco. En lugar de preguntar siempre "¿has ganado?" o "¿qué nota has sacado?", es preferible preguntar "¿qué has aprendido?", "¿qué parte te ha costado más?" o "¿qué harías distinto la próxima vez?". Esto ayuda a que el menor entienda que el proceso también tiene valor.
También resulta útil enseñarle a tolerar la frustración sin minimizarla. Perder puede doler, y ese malestar no debe ridiculizarse, pero sí acompañarse. Frases como "entiendo que te dé rabia, pero no puedes hablar así a tu compañero" permiten validar la emoción sin aceptar cualquier conducta. Además, es importante promover actividades cooperativas, reforzar los gestos de compañerismo y limitar las comparaciones dentro de la familia.
¿Puede hacerle daño ser así de competitivo?
Sí. Ser competitivo no es dañino por sí mismo, pero puede serlo cuando el niño o adolescente empieza a vivir cada situación como una prueba de valor personal. En ese caso, ganar deja de ser una motivación y se convierte en una necesidad para sentirse suficiente.
Una competitividad excesiva puede aumentar la ansiedad, la frustración y el miedo al error especialmente en menores que ya presentan una elevada autoexigencia, perfeccionismo o dificultades para tolerar la frustración. También puede afectar a la autoestima, porque el menor aprende a medirse solo por sus resultados: si gana, se siente válido; si pierde, se siente torpe, inferior o fracasado. A medio plazo, esto puede llevarle a evitar actividades en las que no destaca, abandonar retos por miedo a fallar o reaccionar con enfado ante cualquier corrección.






