Cómo puede afectar cambiar de ciudad a un niño con autismo, como el hijo de Marc Cucurella, según una neuropsicóloga: “Puede perder sensación de control y pertenencia”


El futbolista ha afirmado que siempre prima que en la ciudad donde viven existan colegios y opciones de centros de terapia para su hijo


Marc Cucurella en la semifinal del Mundial 2026© Getty Images
8 de agosto de 2026 a las 15:05 CEST

Cuando el fútbol profesional marca un cambio de vida, para Marc Cucurella la prioridad no está en el contrato ni en el terreno de juego, sino en las necesidades de su familia. El nuevo futbolista del Real Madrid ha revelado que la disponibilidad de colegios y centros especializados en Trastorno del Espectro Autista (TEA) en Madrid fue el factor determinante para su fichaje, pensando en el bienestar de su hijo mayor, Mateo: "Lo más importante antes que el fútbol es que tu familia esté bien", asegura el defensa, consciente del valor de su altavoz público para inspirar a otras familias e impulsar más recursos de apoyo. 

"Siempre que algún equipo se ha interesado, nosotros de las primeras cosas que hacemos es mirar si ahí hay colegios o terapias para mi hijo", explicaba el futbolista internacional. Por eso, hemos querido analizar con la ayuda de María González Ruiz, neuropsicóloga de Instituto Centta (www.centta.es), cómo impactan las mudanzas y las transiciones escolares en los niños con TEA y qué claves deben tener en cuenta las familias ante un cambio tan importante de entorno. 

María González Ruiz,  neuropsicóloga de Instituto Centta© Cedida
María González Ruiz, neuropsicóloga de Instituto Centta

¿Por qué un cambio de entorno o de rutina impacta de forma tan intensa a un niño con autismo?

Porque para muchos niños con autismo la rutina funciona como una herramienta de regulación. La previsibilidad les ayuda a anticipar qué va a ocurrir, qué se espera de ellos y cómo organizarse sensorial y emocionalmente. Cuando cambia la casa, el colegio o la rutina diaria, no cambia una sola cosa, cambian a la vez los sonidos, los olores, los recorridos, las personas, las normas y los tiempos.

Algunos autores han descrito esta necesidad de estabilidad como “insistencia en la uniformidad” o insistence on sameness, una característica frecuente en el autismo. Además, se ha observado una relación entre esta rigidez ante los cambios y la ansiedad. En un estudio longitudinal con 421 niños con autismo, Baribeau et al. (2021) encontraron que las trayectorias de ansiedad y de insistencia en la igualdad se relacionaban a lo largo de la infancia. Por eso, muchas veces la resistencia al cambio no debe interpretarse como oposición o capricho, sino como una forma de intentar recuperar seguridad.

Cuando cambia la casa o el colegio, ¿qué es exactamente lo que pierde el niño a nivel perceptivo, sensorial o emocional?

Pierde referencias. Un niño puede tener muy integrado dónde está el baño, qué ruido hace una puerta, cómo huele su habitación, qué adulto aparece en cada momento, por dónde se entra al aula o qué rincón del patio le resulta seguro. Todo eso forma una especie de mapa interno.

Cuando ese mapa desaparece, tiene que reconstruirlo desde cero. A nivel sensorial, aparecen luces, texturas, ecos, temperaturas, olores o ruidos nuevos. A nivel perceptivo, pierde recorridos y señales que antes le ayudaban a anticipar. Y a nivel emocional puede perder sensación de control y pertenencia. Esto es especialmente importante porque las diferencias sensoriales son muy frecuentes en el autismo: la revisión de Ben-Sasson et al. (2009) mostró una presencia significativamente mayor de síntomas de modulación sensorial en personas con autismo, y Leekam et al. (2007) encontraron alteraciones sensoriales en más del 90% de los niños evaluados en su muestra.

Un niño puede tener muy integrado dónde está el baño, qué ruido hace una puerta, cómo huele su habitación, qué adulto aparece en cada momento, por dónde se entra al aula o qué rincón del patio le resulta seguro

María González Ruiz, neuropsicóloga

¿De qué manera suelen manifestar el estrés o el malestar ante una gran transición?

No siempre lo expresan con palabras como “estoy nervioso” o “tengo miedo”. El malestar puede aparecer en la conducta, el cuerpo o el sueño. Es habitual observar más irritabilidad, llanto, rabietas, bloqueo, evitación, regresiones en autonomía, problemas para dormir, cambios en la alimentación, aumento de conductas repetitivas, necesidad de hacer muchas preguntas o mayor rigidez.

También puede ocurrir lo contrario: que el niño parezca más callado, desconectado o excesivamente “tranquilo”, pero esté sosteniendo un esfuerzo interno muy alto. Por eso, conviene leer la conducta como comunicación. Muchas veces no está “portándose mal”; está diciendo, con los recursos que tiene, que la situación le supera.

¿Con cuánta antelación conviene empezar a hablarle al niño sobre la mudanza o el nuevo colegio para no generarle ansiedad anticipatoria?

Depende del perfil del niño. No hay una cifra universal. La clave es anticipar lo suficiente para que pueda prepararse, pero no con tanta antelación que pase semanas preocupado por algo que todavía no puede vivir ni resolver.

En niños que necesitan mucha previsibilidad, puede ser útil empezar varias semanas antes con apoyos visuales: calendario, fotos de la nueva casa o colegio, visitas breves, historias sociales o pequeños ensayos. En niños con mucha ansiedad anticipatoria, puede funcionar mejor una preparación más cercana y muy concreta. Lo importante es dosificar la información: pocas frases, muy claras, repetibles y acompañadas de imágenes o rutinas.

¿Es recomendable involucrar al niño en decisiones pequeñas, como elegir la pintura de su habitación o empaquetar sus juguetes, o esto puede abrumarle?

Sí, suele ser recomendable, siempre que las decisiones sean pequeñas, reales y limitadas. Participar puede darle sensación de control en un momento en el que muchas cosas vienen dadas. Pero hay que cuidar mucho el formato.

No es lo mismo preguntar “¿cómo quieres que sea tu habitación?” que ofrecer dos opciones: “¿azul o verde?”, “¿guardamos primero coches o peluches?”. La participación debe reducir la incertidumbre, no aumentarla. Si el niño se bloquea, conviene simplificar todavía más: una tarea breve, una elección concreta y después descanso.

Marc Cucurella y su chica, Claudia Rodríguez, con sus tres hijos© Getty Images
Marc Cucurella y su chica, Claudia Rodríguez, con sus tres hijos

¿Es buena idea crear un “refugio sensorial” o un espacio seguro dentro de la nueva casa desde el primer día?

Sí, es una medida muy recomendable. En una casa nueva todo cambia, así que ayuda mucho que exista un lugar donde algunas cosas sigan siendo reconocibles: su manta, sus juguetes preferidos, auriculares, una luz suave, cojines, objetos de regulación o cualquier elemento que ya use para calmarse.

No tiene que ser un espacio sofisticado. Lo importante es que esté disponible desde el primer día, que sea predecible y que no se convierta en un lugar de exigencia.

Entendemos que es fundamental la coordinación y el intercambio de información con el nuevo colegio, ¿no es así?

Absolutamente. La transición escolar no debería depender solo del niño, ni solo de la familia. La revisión sistemática de Nuske et al. (2019), centrada en transiciones escolares en alumnado con autismo, señala que estos cambios suelen implicar ansiedad, mayor presión social y preocupación familiar, y subraya la importancia de la comunicación entre familia, escuela y profesionales.

El nuevo colegio necesita conocer qué ayuda al niño, qué le desregula, cómo comunica malestar, qué apoyos visuales utiliza, qué rutinas son importantes y qué señales indican que necesita parar antes de llegar a una crisis. Cuanta más información práctica tenga el centro, más posibilidades hay de que el niño no tenga que “explicar” su malestar a través de la conducta.

La clave es anticipar lo suficiente para que pueda prepararse, pero no con tanta antelación que pase semanas preocupado por algo que todavía no puede vivir ni resolver

María González Ruiz, neuropsicóloga

¿Aconseja una incorporación progresiva al nuevo colegio o es mejor mantener la rutina completa desde el principio?

En muchos casos, una incorporación progresiva es aconsejable, especialmente si el niño tiene alta sensibilidad sensorial, ansiedad marcada, dificultades previas de adaptación o rechazo escolar. Puede empezar con visitas breves, conocer el aula vacía, saludar a la tutora, practicar la entrada y ampliar poco a poco el tiempo de permanencia.

Pero “progresiva” no significa improvisada. Debe tener calendario, estructura y objetivos claros. Algunos niños, en cambio, se sienten más seguros entrando desde el principio en una rutina completa, siempre que haya apoyos suficientes. La decisión debe individualizarse: lo importante no es si la entrada es rápida o gradual, sino si resulta comprensible, predecible y ajustada al niño.

El papel de los padres en este proceso entendemos que es capital, ¿cómo pueden gestionar sus propias incertidumbres para no transmitírselas al niño?

Los padres no tienen que estar perfectamente tranquilos; eso sería poco realista. Pero sí ayuda que puedan ordenar la información antes de transmitirla. Los niños con autismo pueden captar tensión en el tono de voz, las prisas, los cambios de disponibilidad o el ambiente emocional, aunque no siempre sepan interpretarlo.

Puede ayudar que los adultos preparen respuestas sencillas: qué sabemos, qué no sabemos todavía, qué va a pasar primero y qué cosas seguirán igual. También conviene reservar las conversaciones más cargadas de preocupación para espacios entre adultos, buscar apoyo profesional si hace falta y mantener pequeñas rutinas familiares estables. La calma no consiste en prometer que todo será fácil, sino en transmitir: “Hay un plan, iremos paso a paso y no estás solo”.

Si tuviera que dar un único consejo a una familia que está a punto de afrontar una mudanza o un cambio de colegio con su hijo con autismo, ¿cuál sería?

Convertir el cambio en una secuencia, no en un salto. Anticipar, mostrar, visitar, ensayar, mantener objetos importantes, crear un espacio seguro y acompañar emocionalmente también después del cambio.

El objetivo no es que el niño no note la transición. La va a notar. El objetivo es que pueda comprenderla, anticiparla y vivirla con apoyos suficientes. Cuando el nuevo entorno empieza a tener orden, el niño empieza también a recuperar seguridad.