Carmen y María García-Rivera, psicólogas, sobre los retos virales para calmar rabietas: "No debemos convertir sus experiencias difíciles en contenido para otros"


Las redes sociales se cuelan por las rendijas de lo cotidiano, influyendo en muchas ocasiones en la educación de los hijos. Cada cierto tiempo surgen propuestas virales o 'trends' que se replican desde las familias. ¿Cómo afecta esto a los menores?


Carmen García-Rivera y María García-Rivera, psicólogas© SomosMandarina
19 de septiembre de 2026 a las 7:00 CEST

Los contenidos virales llegan muy lejos, gracias a que son ampliamente difundidos y compartidos, no solo como espectadores, sino como actores. Es el caso de los retos que proponen controlar o acallar las rabietas de los niños durante una rabieta. Son vídeos que, aparentemente, muestran casos de éxito, pero que no dejan ver la otra parte. ¿Qué efecto tienen en el menor?

Hemos charlado sobre ello con las psicólogas Carmen García-Rivera y María García-Rivera, fundadoras del proyecto @somosmandarina.

En relación a cada exposición de menores en redes, hay que preguntarse si se está cuidando la dignidad e intimidad de esos hijos o se está priorizando la reacción que se pueda generar

Carmen García-Rivera y María García-Rivera, psicólogas

¿Qué supone emocionalmente para un niño que una figura de apego como su padre o su madre recreen con él alguna broma viral como asustarlos o dar un grito cuando están teniendo una rabieta? 

Nosotras tenemos la sensación, con este tipo de retos, de que de fondo hay una idea mágica, irreal e incluso un poco absurda de: las rabietas deben ser frenadas. Algo así como: papás, mamás y figuras de apego deben tener recursos para que las rabietas dejen de existir… Y que se comparte y se viraliza justo desde ahí. Desde el: 'Oye, que con esto las rabietas se acaban'. Y eso es lo que hace que la gente lo pruebe, se excite, lo grabe…

Pero es importante que entendamos que una rabieta es una reacción emocional intensa que se da, sobre todo, entre los 2 y los 5 años. El niño siente frustración, enfado o impotencia, pero todavía está aprendiendo a expresar lo que le pasa y a recuperar la calma. Por eso necesita la ayuda de un adulto.

Y es que, a esa edad, nuestros hijos a nivel cerebral tienen más desarrollada la amígdala que la corteza prefrontal. Las emociones intensas dependen de estructuras como la amígdala. Y sí, esta responde muy rápido. Pero la regulación emocional, el control de impulsos y la capacidad de “pararse a pensar” (habilidades necesarias para gestionar una rabieta) dependen de la corteza prefrontal. Y la amígdala se desarrolla antes que la corteza prefrontal en todos los seres humanos, hagamos lo que hagamos. Es decir, que las emociones arrancan antes que los frenos. Los niños tienen coches muy potentes, pero no saben frenarlos. De esta manera, ellos sienten, sienten y sienten y no saben qué hacer con eso. De ahí que aparezcan episodios desbordantes.

Niño pequeño en el suelo llorando con una rabieta© Getty Images

¿Sería inadecuado entonces tratar de frenar una rabieta a través de estas bromas virales?

No estamos de acuerdo en absoluto con ese enfoque; sería más realista y menos frustrante entender que las rabietas tienen que ser acompañadas, más que castradas o eliminadas. Acompañar una rabieta es convertirnos en esa corteza prefrontal que ellos no poseen. Es decir: tolerar la frustración de nuestros hijos, ayudarles a establecer consecuencias, ayudarles a cambiar de estrategia, mantener la calma, poner palabras a sus emociones…

Es cierto que estos retos consiguen parar rabietas, pero no porque estemos ayudando a nuestros hijos. No les ayudamos a ordenar ni a integrar. No hacemos de corteza prefrontal. No les ayudamos a cubrir las funciones ausentes de su cerebro. Les confundimos y por eso paran. ¿Aprenden algo? No, ¿Les ayudamos a que su corteza prefrontal vaya madurando? Tampoco.

Esto no significa que una broma aislada vaya a causarle un daño duradero. Su efecto dependerá del niño, de la intensidad del susto y de cómo responda después el adulto y sobre todo, de cómo responde de manera frecuente. Pero convertir el sobresalto en una forma habitual de frenar rabietas nos aleja de una oportunidad importante: enseñarle, poco a poco, que puede sentir frustración e ir aprendiendo qué hacer ante ella.

Padre grabando a su bebé con el móvil mientras llora© Getty Images

¿Y cómo puede afectar al niño el hecho de publicar después esa reacción? 

Aquí entramos en otro terreno. El terreno de publicar y usar la imagen de menores en redes. Lo que ahora se llama sharenting. Y para contestar esta pregunta, creemos que es interesante lanzar una pregunta a todos los lectores para que se pueda abrir un espacio de reflexión y debate en las casas.

En relación a cada exposición de menores en redes: ¿estás cuidando la dignidad e intimidad de tus hijos o estás priorizando la reacción que se pueda generar? Si la respuesta reconoce que estamos poniendo en riesgo la dignidad y la intimidad, creo que el paso que tenemos que dar está claro.

Estamos convencidas de que el día de mañana habrá muchos adultos preguntándose por qué una persona de su mayor confianza convirtió un momento difícil para ellos en entretenimiento para otros.  

Madre grabando a su hija pequeña sentada en el sofá© Getty Images

¿Puede influir esa exposición pública en el modo en el que el menor se relaciona con otros iguales, por ejemplo, haciéndoles bromas pesadas y grabándolos luego? 

El comportamiento que tengan nuestros hijos el día de mañana no va a depender de una única variable. No podemos decir que participar en estos retos tendrá un impacto concreto. El comportamiento que tengan nuestros hijos el día de mañana dependerá de todo lo que viven con nosotros, de cómo son tratados, de cómo ven que tratamos a los demás, de las relaciones con sus iguales, de lo que ven en el cine, de lo que leen, del temperamento con el cual nacieron….

Dicho esto, los adultos que les cuidamos somos un modelo importantísimo para ellos. Por eso es importante poseer herramientas y respuestas que podamos ofrecer en momentos de colapso. Y que aprendan a regularse y, desde nuestro modelo, a regular.

Niños viendo contenido en un móvil© Getty Images/Mint Images RF

¿Por qué resulta atractivo para algunos progenitores hacer este tipo de retos virales?

Por un lado, entendiendo que una rabieta puede ser tremendamente agotadora, si vemos un vídeo que parece que nos da una estrategia que la detiene en segundos, es normal que caigamos. Y, por otro lado, este tipo de retos también son una forma de fomentar la pertenencia. Porque no solo son una solución para las rabietas, también son una tendencia, una moda.

Entiendes el chiste de otras personas y al compartirlo, te asemejas más a ellos. Y, desde ahí, los adultos también están cubriendo sus propias necesidades de sentirse parte de un grupo, de trasladar una imagen de padres divertidos, actualizados, regulados en la desregulación de sus hijos, conectados a lo actual, a lo que sucede, a lo que se lleva…

Estamos convencidas de que el día de mañana habrá muchos adultos preguntándose por qué una persona de su mayor confianza convirtió un momento difícil para ellos en entretenimiento para otros

Carmen García-Rivera y María García-Rivera, psicólogas

¿Cómo construye su autoimagen y su personalidad un niño que ve reflejada su infancia en las redes? 

Esto aún lo tenemos que descubrir. La vida aquí ha ido más rápido que la ciencia, aunque ya hay jóvenes, como Shari Franke o Cam Barrett, que han hablado públicamente de lo que supuso crecer con su vida expuesta en redes por sus familias. Esto no quiere decir que podamos predecir cómo se sentirá cada niño por estas declaraciones, pero sí que podemos afirmar que lo que hoy a un niño le parece gracioso o entrañable puede que dentro de unos años sea distinto... Son muy pequeños para entender lo que supone estar en redes sociales.

A veces hay padres que nos dicen: '¿Y si de mayor lo que le duele es que no haya compartido fotos suyas?'. Creemos que esta pregunta muestra hasta qué punto nos cuesta reconocer que las redes sociales pueden ser espacios peligrosos para los menores y que, como padres, tenemos la responsabilidad de protegerlos también ahí. No les dejamos ver determinadas películas, ir solos a ciertos lugares o estar en la calle de noche porque entendemos que aún no pueden valorar todos los riesgos. ¿Por qué nos cuesta aplicar ese mismo criterio a su exposición en internet?

Desde luego que no podemos saber qué desearán cuando sean mayores, pero siempre podemos trasladarles que priorizamos su seguridad y su intimidad hasta que puedan decidir por ellos mismos. Y es que el derecho de los niños a la intimidad no debería quedar por debajo de nuestro deseo, como adultos, de compartir nuestra vida en redes.

Además, si queremos que lleguen a la adolescencia con cierto respeto a las redes sociales, entendiéndolas como un lugar que puede ser peligroso para que puedan manejarse con ellas con seguridad, tenemos que comenzar esto mucho antes.

Niña pequeña llorando consolada por sus padres© Getty Images

Si los padres han llevado a cabo alguno de estos retos y se dan cuenta más tarde del error, ¿cuál es la forma de abordarlo con su hijo?

Todos los padres y madres vamos a hacer cosas que después, al pensarlas mejor, no nos gusten. Que esto pase ya implica que revisamos nuestra conducta y que tenemos capacidad de autocrítica, dos actitudes que, ya de por sí, nuestros hijos van a agradecer bastante y que son indispensables para la reparación del daño –por no hablar del aprendizaje que les otorgamos a nuestros hijos cuando nos ven asumir nuestros propios errores–.

En relación al vídeo, podríamos borrarlo, aunque aquí hay que reconocer que ya no podemos controlar hasta dónde ha llegado una vez subido a la red.

En relación a nuestros hijos, podemos hablar con ellos de forma sencilla, sin excusas y responsabilizándonos de nuestra nueva posición. Algo así como: 'Oye, creo que te asusté cuando estabas llorando. Además, te grabé y lo subí a redes sociales. No lo pensé bien. Creía que era una broma graciosa, pero ahora creo que no, porque no te hizo gracia o porque, pese a que te hizo gracia, no sé si lo seguirá haciendo en el futuro. Ahora creo, por muchos motivos, que no debería haberlo hecho y quería pedirte perdón'.

Obviamente, además de pedir disculpas, nuestra conducta debería cambiar en situaciones posteriores. Intentando que nuestros hijos encuentren en nosotros una conducta de respeto, de validación y de consuelo cuando estén desregulados. Intentando no convertir sus experiencias difíciles en contenido para otras personas.