Somos seres sociales y necesitamos al otro no solo para vivir, sino para forjar nuestra identidad. Esa búsqueda para "sentirse vistos" comienza cuando el niño es muy pequeño y le da herramientas para configurar su sentido de pertenencia y su propia imagen.
Alejandra Melús es experta en Atención Temprana, especialista en inteligencia emocional y asesora de familias, a la vez que divulgadora sobre infancia y educación. Acaba de publicar un nuevo libro, ¡Mira lo que hago! (Ed. Durii), donde, con ilustraciones de Marta Orse, ayuda a entender desde la mirada de sus dos niños protagonistas, cómo ellos y los mayores necesitan ser vistos y de qué forma el juego y los momentos en común contribuyen a ello. Hemos hablado con la autora.
Pequeños y mayores necesitamos ser vistos para enriquecer y dar valor a nuestro sentido de pertenencia
Cuando el niño no se siente escuchado o atendido por sus adultos de referencia, como pasa al comienzo del cuento, puede enfadarse o puede resignarse, ¿cuál es la reacción más común?
El ser humano tiende a expresar lo que siente en un ambiente donde se acompañan sus emociones, donde se tienen en cuenta y son validadas, es decir, si un niño comunica su desagrado, su enfado o su malestar es porque siente la confianza para hacerlo en ese entorno y espera ser escuchado, validado y acompañado. Es decir, si tu hijo tiene una rabieta contigo, siéntete agradecido por ello, ya que esto denota que se siente en un entorno seguro, de amor incondicional, donde poder hacerlo sin ser juzgado.
No podemos esperar que un niño de 3 o 4 años se siente a decirnos que le preocupa algo o está molesto. Su manera de expresar dichas emociones será a través de las herramientas que dispone, tales como rabietas, cambios en su rutina o en su conducta habitual. Somos las figuras de referencia ─padres y educadores─ quienes debemos saber interpretar este mensaje que el niño quiere transmitirnos para poder ofrecerle los recursos adecuados en cada caso.
La mayoría de los padres viven realidades donde la conciliación es compleja y esto lleva a experimentar mucha culpabilidad. ¿Cómo pasar de la culpa a la acción para sentir que haces lo que necesitas en relación al cuidado y atención de tus hijos?
En este cuento quería abordar este tema de manera directa. Las familias hacemos lo que podemos con el tiempo que disponemos y la vida que tenemos. Los trabajos y el ritmo de vida cada vez demandan más de nosotros y los días tienen tan solo 24 horas. En muchos casos, la conciliación es inexistente y no podemos llegar a más, porque apenas nos quedan 2 o 3 horas para estar con nuestros hijos cada día, en el mejor de los casos.
La culpa y la maternidad van unidas de la mano desde el momento del embarazo y es un sentimiento que debemos trabajarnos si no queremos llevar una carga que nos limita y no nos permite avanzar.
Para poder tener una mirada más amplia, me gusta transformar la culpa en responsabilidad, es decir, en lugar de perseguir a quién señalar, siento que es mejor buscar cómo podemos responsabilizarnos de aquello que sí podemos controlar y no de lo que está fuera de nuestro dominio o alcance. De este modo, si disponemos tan sólo de unos minutos cada día para estar con nuestros hijos, será durante ese tiempo cuando nos marquemos objetivos reales para nosotros y no para nadie más.
Fijarnos en lo utópico, idealizar otros patrones o culpabilizarnos por una vida que nunca será la nuestra, tan solo nos llevará a sentirnos frustrados y fracasados. Es obvio que los hijos nos necesitan presentes, pero no podemos olvidar que nosotros también tenemos nuestras necesidades. Ser padre no implica perder la identidad de uno mismo, sino ir adaptándose al cambio paulatinamente hasta encontrar el equilibrio perfecto entre ambos.
En el libro, Álex y Olivia reclaman la atención de sus padres en situaciones habituales como tirarse a la piscina porque necesitan ser vistos. ¿Hasta cuándo dura esa necesidad de "mira lo que hago" en la psicología del niño?
En un inicio, cuando escribí este cuento, pensé en los más pequeños, en los primeros 6 o 7 años de vida, pero, cuando ya lo tuve escrito y lo releí decenas de veces, me di cuenta de que el mensaje era para todos, ya que, ¿quién no necesita ser visto? Esto no es solo una cuestión de los niños y las niñas, sino que todos llegamos a casa y le contamos a nuestra pareja, a un amigo o un familiar lo que hemos hecho hoy, nuestros logros o incluso nuestras frustraciones, porque aquello que no se ve, que no se cuenta o no se comparte, no existe. Y así es como una idea que partía de validar a los pequeños, me abrió la mirada y me hizo entender que todos necesitamos ser vistos para enriquecer y dar valor a nuestro sentido de pertenencia.
¡Mira lo que hago! no habla solo de la necesidad de la infancia porque, ¿acaso las redes sociales no son muestra de ello? Existen muchas y muy diferentes, pero todas enfocadas en dejarnos ver, en mostrar nuestro trabajo, la consecución de nuevas metas y objetivos, en mostrar los logros que alcanzamos, en la necesidad de ser vistos para sentir que así existimos y aportamos al mundo.
Dices que "pertenecer es un valor esencial, primitivo, necesario que aporta reconocimiento, aceptación, cuidado y seguridad". ¿Cómo sabemos que el niño tiene o no ese sentido de pertenencia con su entorno cercano?
El sentido de pertenencia nos hace sentir que contribuimos en la sociedad. Para el niño, su núcleo es su entorno más cercano, su hogar, su familia, el colegio, sus amigos, los amigos de mamá y papá. Es decir, el niño asentará su pertenencia dentro de este entorno, por lo que si siente que aporta, que es capaz de ser parte de este con algo de valor, su autoestima será sana y segura, se sentirá capaz, autosuficiente, válido y necesario.
Lo importante no es solo pertenecer, sino también tener un sentido de pertenencia contribuyente, que sume, que aporte de manera positiva a nuestro entorno. A veces, las etiquetas negativas también nos ofrecen un sentido de pertenencia negativo, que pesa, con el que cargamos, como cuando le ponemos a un niño la etiqueta de “malo”, “intenso” o “pesado”, que acaba creyendo que ese es su papel en el grupo, por lo que es necesario y válido, siendo incapaz de salir de este. Por ello es importante trabajar en los talentos, entendiendo que cada uno tiene los suyos y puede aportar con ellos a la sociedad que nos rodea.
En tus recomendaciones al final del cuento para padres y educadores aconsejas situaciones de conexión en familia, que no hace falta que sean grandes planes. ¿Qué beneficios tienen?
En la sociedad actual tendemos a dar valor a todo lo material por encima de lo emocional. A veces no nos paramos a pensar en lo que realmente necesita un niño ─o cualquiera─ para tener sus necesidades cubiertas. Los niños y las niñas no necesitan grandes lujos ni planes llenos de estímulos para poder recargar su batería de apego y llenar su mochila de recuerdos en familia.
Para ellos, un plan increíble puede ser pasar la tarde jugando en casa, disfrazarse con prendas de sus padres, meterse todos juntos en la bañera o hacer picnic en la alfombra del salón.
Este tiempo en familia no sólo tiene beneficios para ellos, sino para todos. Ya que aprender a parar, conectar con quienes más queremos, estar presentes, disponibles y accesibles, nos aporta recuerdos únicos, establecer un vínculo fuerte, sano y seguro, fomentar la confianza y la confidencialidad, iniciar conversaciones, favorecer el contacto físico, la mirada y el acompañamiento mutuo.
También aconsejas "educar en el aliento y no en el halago". ¿Crees que la sobreprotección que se puede observar en muchos padres está detrás de un mal entendido refuerzo constante sobre lo que hacen bien sus hijos para que no se frustren?
Con la mejor de las intenciones, muchos adultos acompañan desde la sobreprotección, tratando de dar la mano a sus hijos en cada uno de sus pasos, creyendo que esto les ayuda a ser más autónomos y resilientes. Lejos de ser esto cierto, este acompañamiento tan invasivo desde un patrón denominado como “padres helicóptero”, fomenta la dependencia, la inseguridad y la desconfianza del niño en sus propias capacidades, necesitando el continuo refuerzo y aprobación del adulto para atreverse en cada nuevo reto.
Los niños necesitan frustrarse para aprender a gestionar dicha emoción. Si esta frustración natural y propia de la vida se evita a lo largo de toda su infancia, no adquirirán herramientas y estrategias de gestión en esta etapa, por lo que cuando se enfrenten a ella por primera vez, siendo ya adolescentes o adultos, no sabrán cómo manejarla de una manera efectiva y adecuada.
Sobreprotegerles a lo largo de la infancia les expone en su vida, ya que les limita las oportunidades de aprendizaje y adquisición de herramientas. Los padres debemos ser un faro que ilumina su camino, alentándoles a ser capaces, sin olvidar que no podemos vivir sus vidas por ellos, sino estar disponibles para acompañarles y apoyarles en sus tropiezos y en sus éxitos.
A través de los más pequeños, los adultos podemos reconectar con nuestro niño interior. ¿Qué ventajas tiene para la familia, para los niños y para los adultos el juego compartido?
Se cree que el juego, en muchas ocasiones, es parte de la etapa de la infancia. Pero, lejos de ser así, es una herramienta maravillosa para reconectar con nuestro niño interior, donde permitirnos ser, poder seguir reglas diferentes a las de la vida adulta, poder jugar sin miedo a la opinión de los demás o disfrutar sin pensar en el qué dirán.
El juego nos permite imaginar, crear, disfrutar con todo el cuerpo, pensar, razonar, compartir, reír, experimentar… Se trata de una actividad muy enriquecedora a todos los niveles, por lo que es una herramienta perfecta para conectar en familia. A través del juego podemos expresar emociones, mejorar habilidades motoras, adquirir lenguaje, compartir tiempo y presencia, mirarnos, conocernos y descubrirnos mucho más.
El juego no solo enriquece a los niños, sino que también potencia todas estas habilidades en el adulto, haciéndole conectar con una parte que, en muchos casos, ha estado “dormida” durante años o apenas ha sido estimulada en muchos de los adultos.










