Un tercio de los españoles no puede irse de vacaciones ni siquiera una semana al año, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Esta realidad tan dura puede complicarse aun más cuando hay niños, porque pueden no comprender las circunstancias económicas.
Francisco Rivera, psicólogo y manager clínico de Unobravo en España, nos cuenta cómo afrontar esta situación y hasta qué punto hacer partícipe de ella a los hijos.
Lo que más les afecta a los niños no suele ser no viajar, sino compararse con sus amigos o sentir que se están perdiendo algo
¿Hasta qué punto, en general, y no solo cuando hablamos de vacaciones, es conveniente hacer partícipe a los hijos de una mala situación económica familiar?
Los niños no necesitan conocer todos los problemas económicos de la familia, pero tampoco vivir en una realidad que perciben como incoherente. Lo más recomendable es explicar la situación con un lenguaje adaptado a su edad, siendo honestos sin trasladarles preocupaciones que no les corresponden. El objetivo es que entiendan lo que ocurre, no que sientan la responsabilidad de solucionarlo.
¿Son capaces de entender los niños que no tienen vacaciones como sus amigos esa situación porque en casa ese año no hay dinero para salir?
Sí, pueden entenderlo, especialmente si se les explica con naturalidad y de forma adaptada a su edad. Lo que más les afecta no suele ser no viajar, sino compararse con sus amigos o sentir que se están perdiendo algo. La actitud de los padres marca la diferencia: si viven la situación sin culpa ni dramatismo, será más fácil que los hijos también la afronten con mayor serenidad.
¿Qué conductas o emociones pueden mostrar a consecuencia de la frustración que les provoca la situación?
La frustración puede aparecer en forma de enfado, tristeza, irritabilidad o incluso apatía, dependiendo de la edad y de la personalidad del niño. También es normal que pregunten una y otra vez por qué no pueden irse de vacaciones o que se comparen con otros compañeros. Lo importante es entender que estas reacciones no son un problema en sí, sino una oportunidad para enseñarles a tolerar la frustración y gestionar sus emociones.
¿Cómo deberían responder los padres a esas conductas de queja de sus hijos?
Lo primero es escuchar y validar lo que sienten, sin minimizar su decepción con frases como "no es para tanto" o "ya se te pasará". Es importante hacerles ver que es normal sentirse tristes o enfadados cuando las cosas no salen como esperaban. Al mismo tiempo, los padres deben mantener el límite con calma, sin dejarse llevar por la culpa ni sentir que tienen que compensar la situación. Acompañar la emoción, sin intentar eliminarla de inmediato, ayuda a que los niños desarrollen tolerancia a la frustración y aprendan que pueden superar las dificultades sintiéndose comprendidos y seguros.
Si hay que quedarse en casa, ¿qué estrategias pueden seguir los padres para que, a pesar de todo, sus hijos tengan sensación de vacaciones?
Para un niño, las vacaciones no dependen tanto del destino como de la experiencia. Romper con la rutina, pasar más tiempo en familia, organizar pequeñas excursiones, juegos, noches especiales o descubrir lugares cercanos puede hacer que ese tiempo se viva como algo diferente. No hace falta un gran presupuesto para crear recuerdos positivos; lo que más valoran los niños suele ser la atención, el tiempo compartido y la sensación de que esos días son especiales.
Si no han podido salir fuera se supone que hay una situación financiera preocupante que también afecta al ánimo de los padres, ¿cómo sobreponerse a ella para que los niños se vean afectados por el estado emocional de los padres lo menos posible?
Es normal que las dificultades económicas afecten al estado de ánimo de los padres, y los hijos no necesitan verles siempre felices. Lo importante es que perciban que, aunque exista una preocupación, los adultos son quienes la están gestionando. Mostrar las emociones con naturalidad, sin desbordarse ni convertir a los hijos en un apoyo emocional, transmite seguridad. Los niños no necesitan padres perfectos, sino adultos que, incluso en momentos difíciles, les hagan sentir protegidos y cuidados.
Si los hijos son adolescentes, ¿es aconsejable involucrarlos en trabajos de verano para entre todos poder salir unos días de vacaciones o hay que mantener a los hijos al margen de estos problemas aunque ya tengan una edad?
Si un adolescente quiere trabajar en verano para ganar independencia, adquirir experiencia o ahorrar para sus propios proyectos, puede ser una experiencia muy enriquecedora. Distinto es que sienta que tiene la responsabilidad de resolver los problemas económicos de la familia o de financiar las vacaciones. Es positivo fomentar la autonomía, pero sin invertir los roles. Los hijos pueden colaborar, pero no deberían sentir que el bienestar económico de la familia depende de ellos.
¿Puede ser buena idea buscar alternativas como pedir a algún familiar o amigo que se lleve a los niños algunos días con ellos para que tengan sensación de cortar con la rutina?
Sí, siempre que sea una decisión que haga sentir cómodo al niño y no se viva como una forma de apartarlo del problema. Pasar unos días con familiares o amigos de confianza puede ser una experiencia muy positiva y una oportunidad para disfrutar de un cambio de rutina. Lo importante es que no se presente como una solución de emergencia, sino como un plan más dentro del verano. Al final, lo que deja huella en los niños no es tanto dónde pasan las vacaciones, sino cómo se sienten durante ellas.
Si no fuera así y tienen que quedarse en casa todo el verano, ¿cómo prepararlos para la vuelta al cole cuando los demás amigos cuentan dónde han estado y ellos no pueden contar nada?
Puede ayudar hablar de ello antes de que ocurra y recordarles que un buen verano no se mide por los kilómetros recorridos. No todos los recuerdos importantes implican un viaje. Si durante las vacaciones han compartido tiempo con la familia, han hecho actividades que les han gustado o han vivido momentos especiales, también tendrán cosas que contar. El mensaje que conviene transmitir es que el valor de una experiencia no depende de lo que cueste, sino de cómo se vive.










