María Piedad Pérez Arco, psicoterapeuta: "Los hijos no pueden ser jueces o mediadores en un conflicto entre sus padres; esto les causa mucho dolor"


La crianza de los hijos es, a menudo, un motivo de conflicto casi inevitable entre los progenitores. Pero hay otras situaciones que se suman a los desencuentros y que pueden aparecer con más o menos frecuencia, alterando la paz familiar. ¿Qué sucede cuando los niños presencian estas discusiones entre sus padres?


María Piedad Pérez Arco, psicoterapeuta© FEATF
8 de agosto de 2026 a las 7:04 CEST

No hay parejas perfectas, y los padres no se escapan de esta realidad. En la vida familiar surgen discusiones, desencuentros y problemas. Lo preocupante es cuando las peleas entre los progenitores son la norma y los menores son espectadores de las mismas.

María Piedad Pérez Arco es educadora social y psicoterapeuta familiar acreditada por FEATF (Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar). Miembro de la Junta de la Asociación Madrileña de Terapia de Pareja, Familia y Otros Sistemas Humanos, actualmente trabaja en el Departamento de Orientación de un centro de Secundaria. Hemos charlado con ella para que nos oriente sobre las implicaciones de esta realidad.

Lo ideal es mantener al menor al margen de la discusión, y no situarlo en el centro de la misma. Debatir en privado las diferencias de criterio hasta alcanzar una posición común, y delante del niño mantener una postura coordinada y respetuosa

María Piedad Pérez, psicoterapeuta

Cuando los hijos han presenciado una discusión entre los padres, ¿cuál debe ser luego la actitud a tomar: explicarles que a veces sucede eso, hacer como que no ha pasado nada...?

Los desacuerdos forman parte de cualquier relación sana de pareja, siempre y cuando se den y se resuelvan desde el respeto. Lo preferible siempre es que, si se produce una discusión, no sea en presencia de los hijos. No obstante, siendo conscientes o no, a veces esto ocurre, e ignorarlo no es la mejor opción.

Desde una perspectiva sistémica, la recomendación es, una vez recuperada la calma y en función de la intensidad del conflicto, que ambos progenitores sean capaces de explicar a sus hijos lo que ha ocurrido y por qué ("papá y mamá a veces tienen opiniones distintas sobre alguna cuestión"). Es muy importante intentar adaptar el discurso a la edad y capacidad de comprensión de los hijos, y sobre todo hacerles entender que es algo entre adultos, de lo que ellos no son responsables.

Adolescente escucha a sus padres© Getty Images/Onoky

¿Cuáles son los errores que no se deben cometer cuando los progenitores discuten y los hijos están delante?

Si se ha iniciado una discusión, hay que ser consciente de que hay líneas rojas que no se pueden ni deben sobrepasar nunca, porque pueden suponer un daño irreparable no solo para la pareja, sino para el vínculo y la autoestima de los hijos. Las faltas de respeto, las descalificaciones o humillaciones, los gritos o amenazas, la violencia verbal, o más grave aún, la física, son acciones muy difíciles de reparar.

Si además se interpela a los hijos, se les incluye como parte del conflicto o se les hace tomar partido en el mismo, se les coloca en una posición muy complicada que les va a generar miedo, angustia, inseguridad, y un conflicto de lealtades difícil de gestionar para un niño, especialmente en los de más corta edad, provocando en función del tipo e intensidad del conflicto, daños a futuro de impredecible alcance. No debemos pretender que nuestros hijos sean jueces o mediadores en un conflicto parental, y mucho menos pedirles que se alien con uno u otro progenitor, ni hablarles mal el uno del otro, puesto que esto les causa un dolor emocional importante, sentimientos de culpa y que están traicionando a uno de sus padres.

Padres discutiendo en presencia de su hija pequeña que se tapa la cara© Getty Images

¿Qué puede provocar en los niños crecer en un ambiente donde las peleas entre los padres son habituales?

Desde una perspectiva sistémica, dependiendo en gran medida de su temperamento y características propias, si los niños crecen en un clima relacional conflictivo y de incertidumbre constante, lo más probable es que empiecen a mostrar malestar, que somatizan en forma de enfermedad física, o iniciando conductas desajustadas. Esto, en la mayoría de los casos, los coloca como “el problema”, cargando desde ese momento con un rol que permite de forma inconsciente desviar la atención del conflicto de los padres hacia sí mismos.

Pueden aparecer algunos problemas en la escuela, como irritabilidad, agresividad, conductas desafiantes, o a más largo plazo, en la etapa adolescente, tener dificultades a la hora de vincularse o relacionarse con el entorno, evitando por ejemplo los conflictos, respondiendo con agresividad cuando aparece un desacuerdo, o con mucha ansiedad ante cualquier discusión.

En la vida adulta estos patrones se pueden perpetuar, y el niño que vivió en un ambiente de tensión, será un adulto que, o bien tenderá a evitar conflictos por miedo, o a responder con agresividad cuando aparezca un desacuerdo, ya que es el modelo relacional que ha aprendido e interiorizado. Podrá tener igualmente dificultades para vincularse de forma sana, confiar en las relaciones, y las vivirá reproduciendo esos patrones.

Niño presenciando la discusión entre sus padres© Getty Images

Si el objeto de la discusión entre los padres es algo relacionado con el hijo, ¿el daño que se le puede provocar es aún mayor si está en medio de esa pelea?

Aquí es doblemente peligroso la presencia de los menores en el momento de la discusión, puesto que el niño ya de entrada entiende que él es parte del problema, se sentirá responsable de haber desencadenado el conflicto, y aparecerá el sentimiento de culpa, y la creencia o necesidad de ser él quien tenga que solucionarlo. También puede pensar que cualquier reacción suya, puede favorecer a uno de sus padres y perjudicar al otro, sintiéndose atrapado e inseguro y repercutiendo así en su autoestima.

Lo ideal es mantener al menor al margen de la discusión, y no situarlo en el centro de la misma. Debatir en privado las diferencias de criterio hasta alcanzar, si es posible, una posición común, y delante del niño mantener una postura coordinada y respetuosa, sobre la postura tomada.

Adolescente hablando con sus padres© Getty Images

Si los hijos han visto la pelea, ¿conviene que también se les haga partícipes de la reconciliación?

Si la han presenciado, es lo más conveniente. Si han sido espectadores del conflicto, es importante que los pequeños sean también partícipes de la resolución, de ver cómo se pueden reconciliar las posturas, llegar a un acuerdo sobre nuestras diferencias de forma constructiva y asertiva. Somos un modelo para ellos y el modo en el que seamos capaces de resolverlo, supone también un aprendizaje.

Si no afrontamos que la discusión ha sido evidente, e ignoramos que ha sucedido, los niños pueden interpretar que discutir es la norma para comunicarse, que hablar de lo que sucede y las emociones que provoca está prohibido, o terminar por elaborar explicaciones propias erróneas que les llenen de angustia y confusión.

Cuando los hijos van creciendo, por ejemplo, son adolescentes, o ya jóvenes, algunos padres los incluyen en esas discusiones de pareja. ¿Es adecuado que intenten mediar o darle la razón al que la tiene?

Como hacíamos referencia antes, es uno de los errores que no se deben cometer. Cuando un hijo entra en el conflicto tomando partido, pueden producirse distintas situaciones, como triangulaciones, coaliciones, parentalizaciones o inversión de roles, con lo que se provoca una disfuncionalidad del sistema familiar. En cualquiera de los casos, el hijo asume un rol que no le corresponde, y puede ser que en un primer momento, para alguno de los padres parezca que se alivia la tensión, pero a medio o largo plazo se generan dinámicas relacionales con gran coste emocional para el hijo, dejando en segundo plano sus propias necesidades.

Familia© Getty Images

En algún aspecto, las diferencias de opiniones entre los padres (cuando son discusiones breves y limitadas y se resuelven bien), ¿pueden enseñar a los hijos que es normal tener diferencias de criterio con otras personas y que se pueden resolver desde el respeto?

Nuestros hijos aprenden por modelado, y nosotros somos sus principales referentes y modelos a seguir. Aprenden de nuestras acciones, de nuestras formas de relacionarnos y comunicarnos, y, por tanto, de nuestra forma de enfrentarnos y resolver los conflictos dentro y fuera del sistema familiar.

Tener diferentes formas de pensar, de enfocar las dificultades y ver la vida es algo inherente a las personas, la cuestión es saber reconocer y respetar esas diferencias, sobre todo cuando pueden ser fuente de conflicto. Pero a su vez, también son una oportunidad de enriquecimiento y aprendizaje, dependiendo de la gestión que se haga del mismo.

Pueden enseñar a nuestros hijos que es lícito que dos personas que se quieren pueden tener opiniones diferentes, y defenderlas sin atacar al otro. Que es posible intercambiar esas opiniones, y escuchar antes de emitir un juicio negativo sobre la otra persona. Se puede aprender a regular nuestras emociones, a intentar acercar posturas, a negociar soluciones, a empatizar, a reconducir y pedir disculpas cuando la discusión ha subido de tono, a que equivocarse está permitido, y a que tras una discusión sigue habiendo amor y entendimiento.

Los niños no necesitan padres perfectos, sino adultos con capacidad de regular sus propias emociones, de darles seguridad, y de gestionar los conflictos de forma adecuada.