El paso de la adolescencia a la vida adulta está marcado por decisiones que, por primera vez, no vienen impuestas. Así lo vive Daniella, la hija de Paula Echevarría, quien acaba de iniciar sus estudios universitarios de Marketing en un centro privado de Madrid. Una nueva etapa en la que la propia actriz ha querido aconsejar a su hija desde su experiencia: "Como le dije el otro día, ahora empiezas una etapa que es lo que tú has decidido, ya no es lo que te corresponde. Es algo que tú has tomado esta decisión, que vas a hacer esto porque a ti te gusta y que de esto también depende mucho tu futuro", señalaba recientemente la intérprete a los micrófonos de Europa Press. "A lo mejor luego te dedicas a otra cosa. Yo por ejemplo estudié una cosa y al final acabé... Te quiero decir que no hay nada escrito, pero es el primer paso hacia el convertirte en adulto. Es el primer paso de una decisión propia tuya y donde ya te empiezas a sentir más independiente", comentaba la actriz asturiana.
Asumir la responsabilidad del propio camino no siempre es fácil. Implica soltar la red de seguridad de los padres, enfrentar la incertidumbre y aprender a gestionar la posibilidad del error. Para profundizar en los retos emocionales y psicológicos que entraña esta transición, tanto para los jóvenes como para las familias, hablamos con el psicólogo José Martín del Pliego (@josemartindelpliego).
¿Qué impacto psicológico tiene en un hijo adolescente o joven asumir, por primera vez, el peso de sus propias elecciones?
En este periodo se produce una ambivalencia: el joven pasa de recibir decisiones impuestas desde fuera a tener que decidir mirando hacia su interior y lo que él realmente quiere hacer. Esta transición genera dos vivencias contrapuestas: por un lado, una sensación de expansión por sentir que, por fin, puede expresar lo que desea; por el otro, un profundo vértigo. El sistema nervioso lo interpreta como una amenaza potencial, ya que decidir implica renunciar a opciones y exponerse al error. Todo esto suele manifestarse en conductas frecuentes en la adolescencia como ansiedad, bloqueo, irritabilidad o una actitud defensiva de aparente pasotismo.
¿A partir de qué momentos o edades clave empezamos a ver este cambio en el desarrollo, y cómo influye el grado de madurez individual en esa toma de decisiones?
La capacidad de razonar comienza a funcionar hacia los 7 años, pero no madura del todo hasta los 25, aproximadamente. Esto implica que momentos clave como la elección del itinerario de Bachillerato, la carrera universitaria o decidir dónde y con quién vivir ocurren en etapas donde al neocórtex aún le cuesta planificar, controlar impulsos y valorar adecuadamente las consecuencias. A esta maduración cerebral en proceso se suma la historia personal de cada chaval; por eso, en muchas ocasiones, esa área del cerebro simplemente no está lista para afrontar la realidad que le toca vivir.
Queremos tanto a nuestros hijos que nos descoloca que tomen un camino que consideramos equivocado
Sentir que el futuro depende de una elección puede generar una presión enorme. ¿Cómo se ayuda a un joven a gestionar la incertidumbre y la responsabilidad de "equivocarse"?
La incertidumbre y el miedo al error aparecen con mayor o menor intensidad según el nivel de alerta de cada persona. En el fondo, el sistema nervioso del joven busca control, pero la vida no ofrece certezas absolutas. Para ayudarle, el camino no es evitar que tome decisiones, sino enseñarle a manejar el malestar emocional que le genera no saber qué va a pasar. Para crecer es imprescindible adentrarse en zonas de riesgo, de duda y de falta de control. Enfrentar esas emociones es lo único que permite aprender; si se evita la incertidumbre para no errar, la persona no avanza y se queda paralizada para siempre.
¿Cómo deben pasar los padres de un rol de dirección o control hacia un rol de acompañamiento y de aconsejar sin resultar invasivos?
Es fundamental dejar atrás la costumbre de dirigir la vida del hijo y fomentar que sea él quien haga una mirada interna obligatoria: qué le atrae de cada opción, qué le preocupa o qué le da miedo. Esa introspección es lo que nos capacita para orientar nuestro camino. Por tanto, no se trata de dar lecciones ni de ser el ejemplo constante, sino de acompañar para que sepan que estamos ahí, incluso si cometen un error. Deben entender que quienes conducen son ellos, pero que nosotros les acompañaremos ante cualquier problema que surja.
¿Qué ocurre cuando la decisión propia del hijo no coincide con las expectativas o deseos de los padres? ¿Cómo gestionar esa frustración familiar?
A menudo, los padres proyectamos en nuestros hijos expectativas vinculadas a nuestra propia historia, nuestros sueños no cumplidos y nuestros anhelos. Los queremos tanto que nos descoloca que tomen un camino que consideramos equivocado. Sin embargo, lo cierto es que los padres no sabemos realmente qué trayectoria es la adecuada. Lo esencial es permitir que se equivoquen y asuman sus propias decisiones para que se hagan responsables de su trayectoria. No hay nada peor que elegir un camino no deseado solo por no decepcionar o frustrar a los padres. En consulta veo a muchas personas sufriendo por no haber vivido la vida que querían. Equivocarse uno mismo es parte del proceso y no pasa nada.
Lo relevante no es tanto si la decisión es acertada o no, sino el hecho mismo de tomarla. "Mejor hecho que perfecto"
¿Dónde está el límite entre dejar que asuman las consecuencias de sus actos para que maduren y sostenerlos si las cosas no salen bien?
Dejar que asuman las consecuencias implica no resolverles los problemas, no justificarlos ante los demás ni restar importancia a lo que han hecho mal. Pero, al mismo tiempo, requiere estar disponibles emocionalmente para sostenerlos, acompañarlos y ayudarles a reflexionar. Si toman una decisión errónea y deben reconducir su rumbo, deben sentir la presencia y el apoyo de sus padres. El error es una gran fuente de aprendizaje y, cuando se afronta acompañado, resulta mucho más fácil rectificar.
¿Cómo fortalece el sentimiento de autonomía la capacidad de resolver contratiempos por uno mismo?
Saber resolver problemas es una capacidad crucial para desenvolverse en la vida. Vivimos en una sociedad donde se le soluciona todo demasiado rápido a los jóvenes. Sin embargo, para superar un obstáculo, el adolescente debe experimentarlo por sí mismo: entrenar, transitar por la frustración y el malestar, planificar, reorganizarse y corregir lo que ha hecho mal. Esto es lo que construye la capacidad de superación. De lo contrario, cualquier contratiempo acaba bloqueándolo y haciéndolo codependiente de quienes le rodean, ya sean los padres en el presente, o la pareja y los amigos en el futuro.
En una sociedad que a menudo exige certeza y éxito inmediato, ¿de qué manera se enseña a los jóvenes que una "mala decisión" no define su valor personal ni invalida su camino futuro?
Es clave no frustrarse con las decisiones que se toman: yo soy yo, tomo decisiones, y unas veces salen bien y otras mal. Hay que entrenar esa capacidad de decidir, asumiendo que, incluso habiéndolo analizado de forma lógica o emocional, el resultado puede no ser el esperado. Lo relevante no es tanto si la decisión es acertada o no, sino el hecho mismo de tomarla. Mejor hecho que perfecto. Lo determinante en la adolescencia es superar la incapacidad de decidir, aprender a tolerar el malestar que genera la elección y dejar que esa emoción negativa se vaya diluyendo progresivamente.
¿Qué señales indican que un joven está preparado para dar este paso y cuáles nos dicen que aún necesita un andamiaje o guía más estrecha?
Los jóvenes preparados suelen tolerar cierta incertidumbre sin desbordarse y se mantienen regulados emocionalmente la mayor parte del tiempo. Se hacen preguntas sobre su futuro, buscan información por iniciativa propia para lograr lo que quieren, aceptan opiniones ajenas sin cambiar sus convicciones solo porque el otro piense distinto y reconocen sus errores sin hundirse ni culpar a terceros.
Por el contrario, quienes necesitan un acompañamiento más cercano tienden al bloqueo o a la ansiedad intensa ante cualquier elección. Son jóvenes que se arrepienten inmediatamente de lo que deciden, se aíslan o caen en una autocrítica destructiva cuando algo sale mal. En estos casos, aún falta un proceso madurativo y necesitan un apoyo que les brinde calma interna para disipar ese malestar y ganar tranquilidad.






