El proceso de adopción de un hijo suele ser largo e ir de la mano de muchas y muy intensas emociones. Cuando el niño o la niña por fin llega a casa, los padres respiran al ver que ya han constituido la familia que anhelaban; sin embargo, la adopción no termina ahí, como nos hace saber Montse Lapastora, psicóloga especialista en adopción, trauma y apego con más de 35 años de experiencia, directora de Psicoveritas y miembro del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Deben ser conscientes de que, por muy feliz que sea el momento para ellos, para el menor puede ser una situación traumática y advierte que, incluso si la adopción se lleva a cabo cuando el hijo es un bebé, éste arrastrará un trauma de abandono que él no recordará, pero sí lo hará su cerebro. Esa realidad tiene implicaciones posteriores en el bienestar emocional del hijo adoptado que es imprescindible saber interpretar y manejar; por eso Lapastora ha escrito y publicado el libro La crianza adoptiva. Una mirada diferente (Chinmayam Ediciones), con el que busca ayudar a los progenitores adoptivos y a los hijos adoptados plasmando una serie de pautas y reflexiones fruto de más de tres década de trabajo con familias adoptivas. Hemos hablado con ella sobre este tema.
¿Qué debería saber una familia antes de tomar la decisión de adoptar un niño? ¿Cuáles son los retos a los que se van a enfrentar?
Una familia debe saber, ante todo, que la adopción no es un proceso que termina cuando el niño o niña llega a casa. Deben saber que hay dos diferencias fundamentales entre los hijos biológicos y los adoptados: primero, que todo niño o niña adoptado proviene de un abandono y, segundo, los niños adoptados tienen dos pares de padres, los que les dieron la vida y los adoptivos. La familia biológica, sobre todo la madre, será una ausencia bastante presente, por lo que es importante manejar esa presencia.
Es importante que entiendan que, al principio, cuando llega a casa, para los padres es un momento de felicidad, pero para el menor puede ser otra situación traumática, en la que le han arrancado de todo lo que conoce.
Es imprescindible que los padres hayan renunciado sinceramente al hijo biológico, pues si no es así, el adoptado será el depositario de las frustraciones de los padres, que pueden cargarle con la idealización del hijo que no tuvieron.
Los retos a los que se enfrentarán son muchos, pero, sobre todo a la historia preadoptiva, que le influirá a lo largo de su vida, a corto, medio y largo plazo y el aprender a saber interpretar si dolor, que el niño o la niña puede expresar a través de rabietas, oposicionismo, robos, mentiras, etc. Por eso es muy importante que hayan leído o hayan formado sobre las consecuencias del trauma y el abandono.
Cuando el hijo llega a casa, para los padres es un momento de felicidad, pero para el menor puede ser otra situación traumática.
Dedicas un capítulo entero a 'la crianza conectiva'. ¿Qué es exactamente y por qué es tan importante con hijos adoptados?
La crianza conectiva es un modelo educativo enfocado en dar más importancia al vínculo afectivo y la seguridad emocional que a la obediencia o la disciplina. La mayoría de nosotros nos hemos educado en este tipo de educación, pero la imposición, la rigidez y los castigos generalmente no funcionan en los niños que han vivido adversidad temprana.
En lugar de enfocarse únicamente en corregir la "conducta externa" del niño, busca conectar con la "emoción interna" que la provoca. Es decir, interpretar qué está sintiendo y desde ahí hacer la intervención. Es vital con hijos adoptados porque el trauma del abandono altera el sistema nervioso del niño, haciéndole interpretar los límites estrictos o el distanciamiento emocional (como el "tiempo fuera") como una nueva amenaza de rechazo. La crianza conectiva repara el cerebro niño a través de la corregulación: el adulto presta su calma para calmar la tormenta del menor.
¿Es necesaria también cuando la adopción se ha producido instantes después del nacimiento y todos los recuerdos del niño lo sitúan junto a su familia adoptiva?
Sí, es absolutamente necesaria pues sabemos que "los bebés olvidan, pero sus cerebros no". Aunque el niño haya sido adoptado recién nacido, se ha producido el trauma de la separación. El bebé ha estado en el útero de su madre en el que ha escuchado los sonidos de su voz, del corazón, del entorno, su olfato ha percibido los olores maternos, ha sentido el estrés de su madre a través de varias hormonas, ha percibido sus movimientos, y está programado para reconocer todo eso. Perderlo genera un gran estrés biológico (trauma temprano o memoria implícita) que va a quedar grabado en su sistema nervioso y el cuerpo. Por lo tanto, el bebé adoptado al nacer también necesita esa crianza de hiperconexión para calmar un sistema nervioso que nació en alerta.
Cuando los padres entienden que la adopción requiere un enfoque diferente y están dispuestos a adaptarse a las necesidades del hijo o hija, pueden construir una relación basada en la confianza, el respeto y la conexión emocional.
¿Cómo llevar a cabo esa crianza conectiva?
Todos los padres cometen errores, no hay padres perfectos, pero lo importante reconocer dichos errores y tener la disposición para reflexionar sobre lo que ocurre y seguir aprendiendo estrategias que fomenten la seguridad y el apego seguro, de forma que permita al niño o niña crecer con estabilidad emocional.
La estrategia por excelencia es la respuesta empática que consiste en ver al niño o niña más allá de su conducta. Esto significa, identificar lo que está sintiendo, comprenderlo y validarlo. Por ejemplo, Sunita, de 12 años, llega llorando a casa porque su mejor amiga se va a trasladar a vivir a otra comunidad. Una respuesta no empática sería “hija, no te preocupes, tienes un montón de amigas que te quieren mucho”. Una respuesta empática sería “¡entiendo que te sientas tan triste!, ¡es duro perder a alguien que quieres!". En la primera respuesta estamos minimizando su dolor, y al intentar consolarla lo que hacemos es que se sienta no escuchada ni entendida. En la respuesta empática la madre identifica su emoción (tristeza) y la valida (entiendo que te sientas triste) y pone de manifiesto lo duro de la situación, con lo que sigue validando la emoción de la niña.
En resumen, la respuesta empática se lleva a cabo mediante tres pilares fundamentales:
· Sintonía emocional: aprender a descodificar el comportamiento. Si el niño rompe algo, en lugar de gritar, se entiende que detrás hay miedo o desregulación.
· Presencia física y caricias: uso del contacto físico (masajes, abrazos, miradas sostenidas) para rebajar los niveles de cortisol (la hormona del estrés).
· Límites con conexión: no se eliminan las normas, pero se aplican desde la cercanía. En lugar de "Vete a tu cuarto a pensar", se utiliza el "tiempo dentro": "Estás muy enfadado, me quedo aquí contigo hasta que te calmes y luego lo solucionamos".
Las rabietas de los niños es algo generalizado... ¿Qué las diferencia en unos casos y en otros?
Las rabietas se dan evolutivamente entre los 1 y 3 años, y están relacionadas con una lucha por la autonomía o por la falta de frustración ante algo que quieren, son absolutamente normales.
Sin embargo, en los niños que han vivido trauma o abandono, la rabieta suele ser un mecanismo de supervivencia o una desregulación por trauma. No es un capricho; es una respuesta de miedo inconsciente ante la sensación de abandono o de sentirse rechazado. La intensidad es desproporcionada, suele ser sobrecogedor verlos en esa situación en la que el niño el niño se desconecta ("entra en shock" o disociación) y suele ir acompañada de una sensación de terror a que, por culpa de su mal comportamiento, sus padres dejen de quererlo y lo abandonen de nuevo.
Pueden generarse por motivos nimios, incomprensibles para los padres. Cuando se les pregunta que por qué se han enfadado tanto o se han puesto así, suelen responder que no lo saben. A veces pueden ocurrir porque conectan con una sensación negativa, (hambre, miedo, olor) que su cerebro sí recuerda y la respuesta es esa rabieta desproporcionada.
¿Cómo crear el vínculo con el hijo si la adopción se efectúa cuando este ya tiene edad suficiente como para darse cuenta de que llega a una nueva familia?
En este caso lo primero que hay que hacer es explicarle la nueva situación, decirle que a partir de ese momento ellos serán sus padres, que en esta casa no se le va a hacer daño (ellos no tienen que darlo por hecho). Explicarles que poco a poco se irán conociendo y que aprenderán a quererse. Pueden preguntarle cómo quiere llamarles. Al principio suelen utilizar los nombres propios pero cuando empiezan a sentirse en su casa, en su hogar, el mamá y papá les sale espontáneamente.
Hay que respetar sus tiempos, no forzarle a que exprese afecto si no lo siente, ni besos ni abrazos, respetar el contacto corporal si no lo demanda o rechaza.
Generar un ambiente lo más predecible posible, porque eso le da seguridad. Tener rutinas y hábitos bien establecidos para que anticipe lo que va a pasar.
Aceptar su pasado: darle permiso para que hable de su familia biológica, del centro de acogida o de cualquier cosa que sea importante para él.
¿Cómo impacta esta situación en el niño? Por positiva que sea para él, ¿qué retos adicionales implica?
Para el niño, la incorporación a una nueva familia supone una pérdida importante de muchas cosas de su vida, de las personas que conoce, de sus amigos, de sus cuidadores, de su tipo de comida, etc. Por lo tanto, para él supone un terremoto emocional y una sensación de incertidumbre, pérdida de control y miedo que le acompañará en el cambio, aunque no lo manifieste abiertamente.
Su reacción puede ser de rechazo hacia los padres, de negarse a que le toquen, a llamarles papá o mamá, a portarse muy mal para que le echen y así no tener que vivir en la incertidumbre de cuándo lo harán sus padres.
También puede reaccionar siendo un niño perfecto, etapa también generada por el miedo a que le abandonen de nuevo. Esta etapa, que se llama luna de miel, puede ser seguida por una de mal comportamiento, en la que desplegará conductas disruptivas extremas para comprobar si el amor de los padres es real o si también le van a abandonar cuando salga "su parte mala".
El deseo de conocer sus orígenes no es una falta de amor hacia los padres adoptivos, sino una necesidad humana y madurativa de completar la propia identidad.
¿Y para los padres que lo adoptan?
También tendrán que adaptarse al nuevo miembro de la familia. Para los padres, además de la alegría que sienten, tendrán momentos de frustración y de desgaste porque a veces es difícil sostener conductas tan desreguladas constantemente. El principal reto que deben superar es no tomarte esas conductas como algo personal, entender que el niño hace eso no porque quiera molestar, sino porque no puede hacer otra cosa. Su sistema nervioso está muy reactivo y la calma, comprensión y paciencia de los padres serán los factores que le ayuden a calmarse y a lograr estabilidad emocional.
¿Qué hacer si tu hijo te dice que no te quiere?
Si un niño (en este caso biológico o adoptado) les dice a los padres que “ya no te quiero” y estos se sienten no queridos o devaluados, el problema es de los padres. Los niños pueden decir que “ya no te quiero” en momentos de enfado o frustración, pero eso no significa que no les quiera, sino que está expresando su malestar de la manera que sabe que duele.
En cualquier caso, lo que se debería hacer es dar una respuesta empática, como, por ejemplo: "Sé que estás muy enfadado ahora y que sientes eso. Pero yo a ti sí te quiero, y te voy a querer siempre, pase lo que pase y digas lo que digas. Estoy aquí para ti". Eso romperá temporalmente su miedo al abandono.
¿Cómo contarle al hijo su historia de vida si la adopción se produjo a corta edad?
Aunque sea un bebé de días, hay que empezar desde que llega a casa a hablar de adopción. Es evidente que un niño de meses no va a entender el contenido, pero si ve una foto del día que llegó a casa, si se le canta una canción en la que se incluya la palabra adopción, poco a poco surgirán preguntas y, entonces hay que responderlas, con la verdad, con la información que se tenga y siempre con un lenguaje adecuado a su edad emocional. Si esto se hace así, el niño sentirá que hay permiso para preguntar, naturalizará la adopción, que no quiere decir que no le vaya a doler cuando comprenda que fue abandonado, esto es inevitable, pero podrá apoyarse emocionalmente en sus padres y no en amigos ni desconocidos que no tengan tanto miedo de hacerle daño.
Es verdad que hay datos que son dolorosos, pero el niño tiene derecho a saberlos y tiene derecho a que sus padres se lo transmitan con veracidad. Si esto no es así, el daño que percibirá será la traición de sus padres.
¿Cómo afrontar el hecho de que el niño o la niña quiera conocer sus raíces y contactar con su familia biológica?
El deseo de conocer sus orígenes no es una falta de amor hacia los padres adoptivos, sino una necesidad humana y madurativa de completar la propia identidad (saber a quién se parece, de dónde vienen sus rasgos). Las personas adoptadas cuando buscan sus orígenes, no están buscando otros padres, lo que buscan es completar y unir su identidad adoptiva con la biológica.
Los padres deben:
· Hablar y hacer presente desde pequeños a la madre biológica, que siempre estará presente en ellos. Es la presencia permanente de la ausencia.
· Acompañar el proceso sin juzgar a la familia biológica.
· Hacerle saber al hijo que su deseo es legítimo y que no están perdiendo un hijo, sino ayudándole a sanar su historia.







