Ser madre es, para la mayoría de las mujeres, mucho más que un propósito de vida, es un sueño, un proyecto vital que invade todo su ser. Y se suele dar por hecho que se logrará de una forma u otra, que si por algún motivo no se puede de manera natural, siempre queda la alternativa de recurrir a un tratamiento de fertilidad o a la adopción, pero ¿y si no se consigue por ninguna vía a pesar de haberlo intentado de todas las maneras posibles? ¿Y si los tratamientos de reproducción asistida no funcionan? ¿Y si la adopción tampoco se consigue? Es lo que le ocurrió a la matrona Gloria Labay Rodríguez, quien después de llevar años sometiéndose a diversos tratamientos de fertilidad y de sufrir cuatro abortos espontáneos, optó por adoptar un niño, pero tampoco pudo por esta vía (primero porque hubo una serie de problemas en el país de origen del menor y, posteriormente, porque consideraron que no era apta como madre adoptiva en solitario por no haber comunicado que, en medio del proceso, había iniciado una nueva relación).
Gloria no podía ser madre, no podía dar a luz a sus propios hijos y, paradójicamente, ayudaba a decenas de mujeres a alumbrar a los suyos. Como matrona, había días en los que salía de trabajar “muy tocada emocionalmente”, como ella misma nos cuenta. Esa dura experiencia sirvió, sin embargo, para crear la red La Vida Sin Hijos (lavidasinhijos.com), donde brinda apoyo a otras muchas mujeres que se encuentran en esa situación. Hemos hablado con ella con motivo de la publicación del libro SER sin ser madre. Mapa para la NO maternidad por la matrona de las mujeres sin hijos (Ed. Lunwerg) y sus palabras aportan luz y serenidad.
La vida no siempre sucede como imaginamos, pero eso no significa que deje de tener belleza, vínculos, amor o propósito.
En el libro, compara la emoción de desear ser madre y no conseguirlo nunca con un duelo, ¿por qué?
Porque hay una pérdida real, aunque no siempre sea visible. Cuando una mujer desea profundamente ser madre, no solo imagina un hijo; imagina una vida, una identidad, un futuro. Y cuando eso no sucede, lo que se pierde no es únicamente un embarazo o un proyecto familiar, sino también una parte de la historia que una había imaginado para sí misma.
El problema es que socialmente este duelo apenas se reconoce y entra en la categoría de duelos desautorizados. No hay rituales, ni despedidas, es como si la sociedad no te da permiso para hablar de ello abiertamente. Muchas mujeres sienten que tienen que sufrir en silencio, como si su dolor no fuera legítimo. Y sí lo es.
Al leer el capítulo en el que cuenta su historia de la no maternidad es casi imposible no emocionarse; ¿cómo se supera todo eso cuando tu vida está orientada a ser madre y parece que no hay manera humana de conseguirlo?
Durante mucho tiempo yo no pensaba en "superarlo", sino en resistir, era la reina del disimulo. Porque cuando el deseo de ser madre ocupa tanto espacio en tu vida, llega un momento en que todo gira alrededor de esa búsqueda: los tratamientos, las pérdidas, la esperanza, la frustración…
En mi caso hubo años de mucho desgaste emocional. Y creo que el cambio empezó cuando comprendí que mi vida no podía quedar suspendida indefinidamente esperando algo que quizá no llegaría. No fue una rendición, sino un proceso muy profundo de aceptación.
Con el tiempo entendí que una mujer no pierde su valor, su capacidad de amar o su identidad por no tener hijos. Y que se puede construir una vida plena, aunque sea distinta de la que habías imaginado.
¿Cómo se vive la paradoja de, al mismo tiempo, ser matrona que ayuda a otras mujeres a dar a luz y al proceso mismo de convertirse en madres?
Fue una experiencia muy contradictoria. Yo acompañaba nacimientos y maternidades mientras, al mismo tiempo, atravesaba mis propias pérdidas y mi propia infertilidad. Había días en que salía de trabajar muy tocada emocionalmente.
Como matrona he vivido momentos preciosos, profundamente humanos, pero durante años también tuve que aprender a convivir con esa herida silenciosa que llevaba conmigo a todas partes. A veces sentía alegría genuina por las familias a las que acompañaba y, al mismo tiempo, muchísimo dolor por mí. Y creo que una de las cosas más difíciles fue sentir que no había espacio para expresar esa contradicción.
¿Incrementa esa paradoja el sentimiento de duelo?
Sí, en algunos momentos lo intensifica. Porque constantemente estás en contacto con aquello que deseas y no tienes. Hay mujeres que dejan de ir a reuniones familiares o evitan ciertos espacios; en mi caso, mi trabajo formaba parte de mi vida cotidiana.
Pero también es verdad que ser matrona me permitió comprender la maternidad desde un lugar más amplio y más real. Vi mujeres felices y mujeres desbordadas, maternidades muy deseadas y otras profundamente complejas. Eso me ayudó, con el tiempo, a salir de la idealización.
Además me enseñó a acompañar mejor cuando las cosas no salen tan bien, me refiero a parejas que pierden el bebé durante el embarazo, bebés que nacen sin vida, y otros duelos reproductivos.
Cuando una mujer ha pasado por tratamientos, pérdidas o procesos de adopción fallidos, suele sentirse rota emocionalmente. A veces incluso desconectada de sí misma.
¿Cómo se puede rehacer una perspectiva de futuro, un propósito vital y, quizás, la identidad de una misma cuando los hijos no llegan?
Es un proceso lento y profundamente transformador. Al principio sientes mucho vacío porque el proyecto de maternidad había ocupado un lugar central. Pero poco a poco empiezas a preguntarte quién eres más allá de ese deseo.
Creo que ahí aparece algo muy valioso: la posibilidad de reconstruirte desde un lugar más auténtico. En mi caso, acompañar a otras mujeres fue profundamente reparador. Crear La vida sin hijos me permitió transformar el dolor en sentido.
La vida no siempre sucede como imaginamos, pero eso no significa que deje de tener belleza, vínculos, amor o propósito.
Si pudiera volver atrás en el tiempo en su búsqueda de una familia monoparental, ¿hay algo que haría diferente?
Probablemente intentaría escucharme más y exigirme menos. Durante años viví en una especie de carrera constante: un tratamiento más, una posibilidad más, una nueva esperanza.
Creo que muchas mujeres sentimos una enorme presión para no rendirnos nunca, como si parar significara fracasar. Y hoy pienso que también hace falta mucha valentía para reconocer los propios límites y cuidar la salud emocional.
Aun así, no me gusta mirar mi historia desde el arrepentimiento. Hice lo que pude con las herramientas y la esperanza que tenía en ese momento.
La realidad es que la no maternidad sigue siendo a día de hoy un tema tabú. ¿A qué puede deberse este silencio?
Porque seguimos viviendo en una sociedad que da por hecho que todas las mujeres serán madres y que además lo lograrán si lo desean. Cuando eso no ocurre, muchas sienten culpa, vergüenza o sensación de fracaso.
También influye que la infertilidad suele vivirse desde la intimidad y el agotamiento emocional. Hay parejas y mujeres que atraviesan tratamientos muy duros sin contarlo prácticamente a nadie.
Y creo que existe otro factor importante: socialmente nos cuesta convivir con los límites. Nos gusta pensar que todo tiene solución, y la infertilidad nos enfrenta precisamente a aquello que no siempre podemos controlar.
¿Qué le diría a otra mujer que se encuentre en la misma situación?
Le diría, primero, que no está sola. Y también que su dolor merece ser escuchado y acompañado.
Cuando una mujer ha pasado por tratamientos, pérdidas o procesos de adopción fallidos, suele sentirse rota emocionalmente. A veces incluso desconectada de sí misma. Por eso creo que necesita espacios seguros donde pueda hablar sin sentirse juzgada ni recibir frases vacías.
Y le diría algo que a mí me costó mucho comprender: no ser madre no te convierte en una mujer incompleta. Hay muchas maneras de vivir una vida llena de amor, de vínculos y de sentido.
Señala en el libro que "la infertilidad no solo es una cuestión biológica; es una experiencia emocional profunda que toca cada rincón de la vida". ¿Cómo se debería acompañar a las personas que tienen este problema?
Necesitamos un acompañamiento mucho más integral y humano. La infertilidad no afecta solo al cuerpo; afecta a la autoestima, a la pareja, a la sexualidad, a la economía, a la vida social y a la salud mental. Por eso creo que toda persona que atraviese esta experiencia debería tener acceso a apoyo psicológico especializado, información clara y honesta, y espacios de acompañamiento emocional, independientemente de sus recursos económicos.
También necesitamos profesionales sanitarios formados para acompañar el duelo y la incertidumbre, no únicamente la parte médica. Porque a veces las personas recuerdan más cómo fueron tratadas que incluso el resultado del tratamiento






