Llegar a lo más alto implica sacrificio y, si no, que se lo digan a Arantxa Sánchez Vicario, que se convirtió en la número uno del mundo en tenis tras derrotar a la mítica Steffi Graf en Roland Garros. Solo tenía 18 años y, además de alzarse con la ansiada copa, se convirtió de repente en la jugadora más joven en ganar el Abierto de Francia de Tenis hasta la fecha. "Yo estoy súper agradecida porque he tenido una carrera súper importante, exitosa, llegué a conseguir mis objetivos y mis retos, pero obviamente es verdad que no ha sido una vida como la de una niña normal en mi edad", comentaba la extenista este miércoles tras acudir a un evento organizado por el Women's Sports Institute. "He podido disfrutar de diferente manera. No como las niñas de mi edad, que podían salir, estar con las amigas... pero al mismo tiempo he hecho lo que me gustaba, que era jugar y he tenido éxito".
Este sacrificio, que tanto éxito personal le ha dado y que tan alto contribuyó a llevar el deporte español, implica importantes renuncias. Por eso hemos consultado con la psicóloga María Jesús Andrés, fundadora de Psicomaster, por el impacto que puede tener en el desarrollo emocional y social de un niño o de un adolescente. "Puede disfrutar muchísimo de lo que hace y, al mismo tiempo, perderse experiencias que también son importantes a esa edad. Ambas cosas pueden ser verdad. El deporte puede proporcionar amistades, confianza, capacidad de compromiso y una gran satisfacción", nos responde. "Pero una dedicación tan intensa también puede dejar poco espacio para jugar sin objetivos, aburrirse, conocer otros ambientes o descubrir intereses distintos".
Si un niño interpreta que cualquier derrota significa que no se ha esforzado lo suficiente, puede desarrollar una exigencia muy dura consigo mismo.
La psicóloga considera muy importante el acompañamiento de los adultos en ese camino y que el pueda expresar cansancio, equivocarse e incluso plantearse dejarlo sin sentir que decepciona a todo el mundo. "Una de las dificultades aparece cuando acaba creyendo que lo que le hace valioso es ganar", advierte. "Necesita sentirse querido también cuando pierde y saber que hay muchas cosas interesantes en él además de su rendimiento".
El valor del esfuerzo
Si hay algo que un niño o un adolescente que se vuelca en un deporte que le gusta y en el que compite es el valor del esfuerzo, más aún si logra entrar en el deporte de élite, como en el caso de Arantxa Sánchez Vicario. Como nos dice María Jesús Andrés, descubrir que mejorar requiere práctica y paciencia es un gran aprendizaje: "ayuda a tolerar que las cosas no salgan a la primera y a mantener un compromiso aunque no apetezca cada día".
La psicóloga puntualiza que, sin embargo, también es importante aprender que el esfuerzo tiene límites y que no garantiza siempre el resultado que deseamos. "Si un niño interpreta que cualquier derrota significa que no se ha esforzado lo suficiente, puede desarrollar una exigencia muy dura consigo mismo", recalca. "La educación en el esfuerzo debería incluir el descanso, la capacidad de pedir ayuda y la posibilidad de cambiar de rumbo. De lo contrario, puede llegar a sentirse culpable cada vez que para, incluso cuando lo necesita".
De una infancia marcada por el sacrificio al disfrute de la maternidad
Una infancia y una adolescencia marcada por el éxito, pero también por el sacrificio ha llevado a Arantxa Sánchez Vicario a vivir más plenamente su maternidad y la propia infancia y adolescencia de sus hijos, Arantxa (de 17 años) y Leo (a punto de cumplir 15). "Estoy haciendo muchas cosas ahora con mis hijos que no pude hacer cuando estaba yo como tenista, se compensa un poco", asegura.
La educación en el esfuerzo debería incluir el descanso, la capacidad de pedir ayuda y la posibilidad de cambiar de rumbo.
Probablemente su propia experiencia vital haga que ahora valore mucho el tiempo libre de sus hijos, que quiera estar presente en sus actividades o que procure que no tengan tantas obligaciones, como nos comenta la psicóloga de Psicomaster. Además, "la maternidad también puede hacerle mirar su propia infancia de otra manera: al ver a un hijo con la edad a la que ella ya competía, puede comprender mejor lo que aquello le exigió".
Eso no implica, según nos indica María Jesús Andrés, que se arrepienta ni que su felicidad actual sea menos auténtica. "Es posible sentirse orgullosa de lo vivido y reconocer sus renuncias", subraya. "Lo importante es poder elaborar esos sentimientos sin que los hijos tengan la tarea de compensarlos. Disfrutar con ellos resulta más libre cuando podemos conocerlos tal como son, sin necesitar que su infancia corrija la nuestra".
De hecho, es así como la extenista asegura sentirse: "Estoy feliz, disfrutando de mis hijos, como mamá", dice. Y confiesa que, igual que fue número uno en el tenis, ahora intenta serlo también como madre.
Sin duda, todo lo vivido por ella puede convertirse en un aprendizaje también para sus hijos. Según Andrés, que su madre haya vivido una dedicación profesional tan intensa y ahora disfrute de otros aspectos de su vida les permite conocer distintas formas de sentirse satisfecha. "También puede transmitirles el valor de comprometerse con algo que les gusta, sin exigirles que reproduzcan su trayectoria".







