Ana Raya Muro, psicóloga: "No necesitamos vivir la maternidad de los demás, sino construir una que tenga sentido para nuestra propia familia"


Hablamos con la divulgadora sobre cómo puede afectar a las mujeres la comparación con otras madres


Ana Raya Muro, psicóloga y divulgadora© Cedida
7 de octubre de 2026 a las 7:31 CEST

Mirar las redes sociales, el grupo de WhatsApp de clase o hablar con otras madres en el patio del colegio, y sentir que todas las familias llegan a todo mientras tú te ahogas en el caos diario es una trampa muy común. Sin embargo, ¿cuánta realidad hay en ese escaparate perfecto? Hablamos con la psicóloga y divulgadora Ana Raya Muro (www.anarayamuro.com) sobre la “comparación silenciosa” entre madres, las trampas de la autoexigencia y las claves para liberarse de la culpa y reconciliarse con la propia maternidad. 

dos amigas paseando con sus hijos© Getty Images

En la era de Instagram y los grupos de WhatsApp, parece que siempre hay una madre que llega a todo, siempre impecable, con la merienda súper sana lista y sin perder la sonrisa. ¿Por qué tendemos a asumir que la vida de las demás familias es idílica y la nuestra un caos?

Por un lado cuando justo cuando ponemos el foco fuera en redes sociales tenemos acceso a una parte muy pequeña de la realidad de los demás y, sin embargo, la utilizamos para construir una historia completa. Vemos la merienda perfecta, pero no vemos el cansancio, la discusión de esa mañana o el día que esa madre sintió que no podía más. Todos suelen mostrar en redes la parte de su vida que más les gusta, con la que se sienten más seguros.

Por otro lado, a veces no comparamos nuestra realidad con la realidad de otra familia, sino nuestro día más difícil con el escaparate de otra familia. Ahí la comparación siempre parte con ventaja.

Además, cuando estamos cansados o inseguros, nuestra mente tiende a buscar referencias externas para comprobar si lo estamos haciendo bien. El problema aparece cuando convertimos lo que vemos en los demás en un estándar con el que medirnos.

¿Qué mecanismo psicológico se activa en nuestra mente cuando caemos en la “comparación silenciosa”? ¿Es un rasgo de autoexigencia o responde a una presión social real?

Compararnos es un mecanismo humano y tiene una función: nos permite orientarnos, aprender y saber cómo estamos respecto a nuestro entorno. El problema no es compararnos, sino utilizar esa comparación para determinar nuestro valor o nuestra capacidad como madres.

Además, existe una presión social real. Hoy tenemos muchísima exposición a modelos de maternidad, crianza, alimentación, conciliación, deporte, desarrollo infantil… y parece que siempre existe una manera de hacerlo “mejor”.

Cuando esa presión externa se encuentra con una persona muy autoexigente, la combinación puede ser complicada: cualquier referencia externa se convierte rápidamente en una nueva exigencia interna.

Solemos comparar nuestro interior nuestras dudas, cansancio y culpa con el exterior editado de los demás.

A veces no comparamos nuestra realidad con la realidad de otra familia, sino nuestro día más difícil con el escaparate de otra familia. Ahí la comparación siempre parte con ventaja

Ana Raya Muro, psicóloga y divulgadora

¿Cómo nos afecta emocionalmente medirnos constantemente bajo este rasgo tan desigual?

Problemas de autoestima, frustración e inseguridad. Nos coloca en una comparación que es imposible ganar en todo momento.

Si yo conozco todas mis dudas, mis errores y mis momentos de agotamiento, pero de los demás solo veo aquello que muestran, estoy comparando información diferente. Y cuando repetimos esa comparación, es fácil que aparezcan sentimientos de insuficiencia, frustración, culpa o incluso rechazo hacia nosotros mismos.

Además, podemos entrar en un círculo: cuanto peor me siento conmigo misma, más miro hacia fuera buscando cómo debería hacerlo; y cuanto más miro hacia fuera, más cosas encuentro que creo que estoy haciendo mal.

Por eso muchas veces el problema no está en que otras madres lo estén haciendo mejor, sino en la interpretación que hacemos de lo que vemos.

Hoy en día las madres están más informadas que nunca sobre crianza respetuosa, nutrición y desarrollo infantil. ¿Puede la sobreinformación convertirse en un arma de doble filo que alimente la sensación de que “nunca lo hacemos lo suficientemente bien”?

Tener información es una herramienta maravillosa, pero no toda la información tiene que convertirse en una obligación. Podemos pasar de un incentivo “esto me puede ayudar” a una obligación “esto tengo que hacerlo”. Y ahí es donde esta obligación puede ser autoexigencia que llevado al extremo es perjudicial.

Además, vivimos en una época en la que tenemos respuestas para prácticamente todo: cómo debe dormir un niño, qué debería comer, cuánto debería jugar, cómo gestionar una rabieta, cómo estimularle… Y podemos terminar creyendo que si hacemos todo correctamente conseguiremos que todo salga bien. Pero la crianza no funciona como una fórmula matemática. No existe una manera perfecta de criar porque tampoco existen hijos, familias ni circunstancias perfectas.

A veces necesitamos menos información y más confianza en nuestra capacidad para observar, adaptarnos y decidir.

grupo de amigas con un niño, sentadas en una terraza© Getty Images/Westend61

¿Cuáles son las primeras señales de alarma para identificar que la comparación con otros padres ha dejado de ser una referencia inocente y se ha convertido en una fuente de ansiedad o frustración?

Una señal clara es que la comparación deja de servir para aprender y cuidar y empieza a servir para castigarnos. También cuando empezamos a sentir ansiedad antes de determinados encuentros, necesitamos demostrar que todo está bien, nos cuesta disfrutar de nuestros propios momentos porque estamos pendientes de cómo lo hacen los demás, o sentimos culpa de manera frecuente.

Y hay una pregunta muy sencilla que puede ayudarnos: “Cuando me comparo, ¿salgo de esa comparación con información útil o con una sensación de que valgo menos?” Si habitualmente ocurre lo segundo, merece la pena revisar qué estamos haciendo con esa comparación.

La culpa suele ser la fiel compañera de la maternidad. ¿Cómo se desmonta el pensamiento de “no soy una buena madre porque otras pueden con más que yo”? Primero cuestionando: ¿Quién ha decidido cuánto tiene que poder una buena madre? Que otra persona tenga más energía, más ayuda, más tiempo, otra situación económica, otro carácter o simplemente esté atravesando un momento diferente no significa que sea mejor madre.

Muchas veces confundimos capacidad con circunstancias. Y también confundimos hacer más con hacerlo mejor.

Una buena madre no es una madre que llega a todo. Es una madre que, dentro de sus posibilidades y circunstancias, intenta cuidar a su hijo y también aprender a cuidarse ella.

Y creo que aquí hay algo especialmente importante: nuestros hijos no necesitan una madre perfecta; necesitan una madre suficientemente disponible, humana y capaz de reparar cuando algo no sale bien.

Una buena madre no es una madre que llega a todo. Es una madre que, dentro de sus posibilidades y circunstancias, intenta cuidar a su hijo y también aprender a cuidarse ella

Ana Raya Muro, psicóloga y divulgadora

Para esa madre que lee esta entrevista mientras siente que se ahoga en las exigencias del día a día, ¿cuál es el primer paso práctico para “desconectarse” de la vida de los demás y enfocar la atención en su propio hogar?

Lo primero que quiero que lea es que lo que este haciendo hoy y ahora ya es suficiente. Y lo segundo ”¿Qué necesita mi familia ahora?” En lugar de “¿cómo lo están haciendo los demás?”. Porque no necesitamos vivir la maternidad de los demás. Necesitamos construir una que tenga sentido para nuestra propia familia.

¿Es una buena alternativa construir tribus o redes de madres más reales y honestas, donde sea seguro mostrar la vulnerabilidad sin miedo al juicio?

Sí, y creo que puede ser beneficioso. Necesitamos referentes, pero también necesitamos personas con las que podamos decir “hoy no puedo más” sin sentir que estamos fallando, solo personas que estén pasando por lo mismo, en las que apoyarnos.

Compartir la vulnerabilidad normaliza experiencias que muchas veces creemos que solo nos ocurren a nosotros. Y cuando dejamos de pensar “soy la única a la que le pasa”, disminuye mucho la sensación de fracaso.

Eso sí, una tribu saludable no debería convertirse en otro lugar donde comparar. No necesitamos crear una nueva competición sobre quién cría de una manera más consciente o quién está más presente. Necesitamos espacios donde podamos compartir experiencias diferentes, pedir ayuda, aprender unas de otras y recordar algo muy básico: que hacerlo diferente no significa hacerlo mal.

El objetivo es conseguir que, después de mirar hacia fuera, sepamos volver a mirar hacia dentro y preguntarnos: ”¿Qué necesita mi familia y qué necesito yo?”