Con el parto, no solo nace un bebé, nace una madre. El cambio de la mujer que da a luz es tal, implica tantas cuestiones a nivel emocional, que la transición de la vida anterior al hijo y la que se inicia junto a él después es radical. Más allá de las hormonas y de la transformación física real que los neurocientíficos han observado en el cerebro materno, es indudable que cambian las prioridades y que, en no pocas ocasiones, incluso la manera de pensar y, sobre todo, de afrontar la vida. Y, por mucho que se abrace esa nueva versión de una misma, a veces se pasa mal e incluso se sufre en el día a día: cansancio extremo, dudas, carga mental, trabajo fuera y dentro de casa, culpa… ¿Es posible disfrutar, de verdad, de la maternidad y de la crianza de los hijos en medio de esa vorágine de emociones y sensaciones? Hablamos sobre ello con la psicóloga Mamen Jiménez, conocida en redes sociales como la Psicomami, que acaba de publicar el libro 50 sombras de mami. Mi diario de autocuidado (Ed. Lunwerg), que contiene propuestas realistas y necesarias para ayudar a las madres a encontrar el respiro que necesitan.
La primera idea de la maternidad que recomiendas en el libro es "al carajo la supermadre". Siendo consciente de que no es posible ser la madre perfecta, ¿es sano al menos aspirar a ello para dar lo mejor de una misma en la crianza?
Aspirar a hacerlo "sano y bonico" tanto para tu peque como para ti es estupendo, pero aspirar a la perfección, lejos de ser una fuente de motivación o algo que nos ayuda a ser mejores madres, es algo que nos hace estar agotadas y pasarlo regular. La autoexigencia (que aparece cuando nos colocamos listones irreales) se asocia más con ansiedad, culpa, burnout y con esa terrible sensación de insuficiencia, que con una mejor crianza.
Nuestras criaturas no necesitan una madre perfecta, entre otras cosas porque no existe tal cosa, lo que necesitan es una madre humana (con sus necesidades, disponibilidad, aciertos y errores -que intenta reparar-... de humana). Así que yo cambiaría "perfección" por "flexibilidad y buen trato" hacia tu peque y hacia ti misma, que es mucho más amable, realista y bonico.
Una maternidad feliz, igual que una vida feliz, no es ésa que está exenta de malestar.
Hablas de reglas impuestas desde fuera a las madres. ¿Cuáles son esas reglas y cómo deshacerse de ellas?
Tenemos clásicos como "una buena madre puede con todo", "si te quejas es que no valoras lo que tienes", "si te cuidas eres egoísta", "si dudas estás fallando", "si trabajas fuera te pierdes cosas/si priorizas estar con tu criatura, estás descuidando tu carrera...", etc. Son un "si lo haces esto, eres mala madre... y eso va a tener consecuencias negativas para tu peque". Todas tienen en común la rigidez y la alta exigencia con la que están formuladas, son imposibles, nada realistas.
En el libro propongo abordarlas a través de estrategias que se usan en consulta (advirtiendo siempre que un libro no es, ni puede ser, equivalente a un proceso terapéutico): detectar la regla, entender qué función tiene —porque casi siempre intenta protegernos de algo, aunque luego sea poco efectiva— y finalmente reformularla. Pasar de "tengo que llegar a todo" a "sé que la lista es infinita, así que voy a ver de qué puedo ocuparme de manera realista" puede parecer algo simple, pero es un cambio de marco brutal. Además de eso hay algo clave si queremos cambiar nuestras reglas: dejar de comportarnos en base a ellas. Se puede empezar "de a poquito", con pequeños experimentos de "desobediencia" que nos permitan ver qué pasa cuando no las cumplimos. ¿Se desmorona el mundo? Seguramente no, ¡y qué liberador es eso!
¿Es fácil reformular la propia maternidad?
Fácil -por mucho que en redes nos inunden con mensajes simplistas con soluciones sencillas- no es porque hay un montón de factores en juego, pero sí que es posible -dentro del margen que "permite" el contexto de cada una, de su situación familiar, económica, historia previa...-.
Esa reformulación empieza por cuestionarte precisamente las reglas, la historia que te estás contando (y que te han contado) sobre qué es ser madre, y entonces hacer un poco de "limpieza de armario": qué me sirve, qué me sienta bien y me quedo, y qué me aprieta, me hace sentir mal y por tanto... va directo a reciclar/donar.
Antes de tener hijos muchas mujeres imaginan una maternidad feliz y luego llega la realidad. ¿Cómo afrontar eso sin dejar de disfrutar?
Parece algo incompatible, pero no lo es, porque disfrutar y agotarte, querer con cada poro de tu cuerpo y estar hasta el moño ese día... pueden coexistir; de hecho, coexisten todo el rato. En el libro insisto mucho en abrazar esa contradicción porque una maternidad feliz, igual que una vida feliz, no es ésa que está exenta de malestar, momentos incómodos o complicados, es en la que conviven, en equilibrio, el "brillo y la caca". Se nos ha vendido la idea de que es posible (y el ideal) no sentirnos mal en ningún momento, y como es imposible, lo que genera es una frustración y un malestar extra que bien podríamos ahorrarnos, la verdad.
Y luego hay algo muy práctico: bajar expectativas imposibles. Muchas madres sufren no solo por las dificultades reales, también por comparar su día a día, su maternidad, con una versión idealizada de cómo "debería estar siendo" (versión que viene del modelo social, por eso es tan importante ser críticas con ello). Soltar esa comparación proporciona un maravilloso y fresquito alivio. Muchas veces el disfrute, ese "sentir el corazón calentito", viene de momentos chiquitos, de una conversación camino del cole, de las risas en el baño o de esa manita que busca la tuya al cruzar... qué pena que se pierdan porque tengamos el ojo puesto en un "ideal que debería estar dándose". Ay.
El cuidado (y autocuidado) de las madres no es -o no debería ser- un lujo o un extra, es salud y bienestar.
¿Miedo, duda, culpa y autoexigencia de la madre pueden influir en los hijos?
El bienestar de los progenitores (padres o madres) influye en las criaturas, claro. Ahora bien, cuidado con quedarnos con el titular, porque tiene su desarrollo y matices, sin los cuales acaba convirtiéndose en una carga más para las madres, y bastante tenemos ya.
Así que calma con esto, porque tener miedo o dudas no va a dañar a tu peque. Las emociones incómodas o desagradables forman parte de ser persona, y es importante que eso también lo vean y normalicen nuestras criaturas, porque es humano. Esa idea de que debemos ser seres de luz que no se inmutan ante nada proporciona un pobre modelo para las y los peques.
Ahora bien, cuando una madre vive de manera estable en el tiempo con altos niveles de estrés, hay soledad en la gestión de las cargas, autoexigencia a cascoporro y/o un malestar emocional significativo, hay que ocuparse de ello por su peque, claro, pero jo, por ella misma, que no se nos olvide que el bienestar es un derecho. El cuidado (y autocuidado) de las madres no es -o no debería ser- un lujo o un extra, es salud y bienestar.
Hablas de autocuidado, pero ¿cómo cuando darte una ducha ya parece un privilegio?
Precisamente por eso en el libro hablo de autocuidado real, aterrizado, ubicado en el contexto de cada persona, y por eso mismo también hablo de que la viabilidad de ese autocuidado, aunque lleve el "auto" no depende solo de una misma (pareja si la hay, corresponsabilidad o no, condiciones personales...). El autocuidado no puede recaer solo en la capacidad individual de una madre exhausta para organizarse mejor (eso sería convertir otro problema estructural en tarea personal, y ya está bien de eso): tiene que haber corresponsabilidad y red.
El autocuidado real no es esa cosa estética (y que implica consumo) o una conducta concreta que de manera universal nos vale a todas: hay que ver qué necesito, qué me sirve, a mí en mis circunstancias. A veces autocuidado es dormir media hora más, decir "hoy no llego y no merezco la cárcel por ello", pedir que alguien se quede con la criatura para quedar con esa amiga que te da la vida o revisar una regla absurda que te está quemando viva. Son cosas mucho menos instagrameables pero infinitamente más ricas y nutritivas.
¿Qué papel debería tener la pareja para que la madre tenga espacio para sí misma y sin culpa?
La gloria está en ser equipo, en la corresponsabilidad, en entender que la crianza y la gestión del día a día (que tiene tareas a cascoporro) es un asunto compartido. Y eso incluye la carga mental, claro, porque no es solo ejecutar las tareas, sino anticiparlas, recordar cosicas necesarias para ejecutarla, planificar... Sin esta corresponsabilidad, aunque haya un "sí, sí, tú vete, no te preocupes, disfruta" por parte de tu pareja, si luego al volver a casa te echa en cara la tarde tan terrible que ha tenido, o que no encontraba nada... si al volver hay cosas importantes que se han dejado de hacer, ahí no es que te cueste soltar, es que no te permiten soltar, hay consecuencias negativas tangibles. Así que eso, seamos equipo, que es lo que da gloria al día a día... y a la relación.
¿Cómo gestionar en pareja el cuidado de los hijos para hacerlo realmente en equipo?
Pues precisamente así, siendo equipo: los equipos hablan, se coordinan, revisan los planes, los cambian cuando no funcionan, redistribuyen tareas... (ojo, no al 50%, eso no funciona, debe ser un reparto equitativo, que no es lo mismo). Muchas parejas funcionan por inercias invisibles que nunca se han explicitado, y claro, se acaban enquistando aunque no sean funcionales. En una relación hay que hablar (y sí, también temas incómodos, no pasa nada), y no dar las cosas por sentadas: vamos a organizarnos y vamos a hacerlo cuidándonos, intentando que la otra persona esté lo mejor posible, no intentando escaquearnos todo lo posible.
¿Hay aspectos del rol de madre que no es posible compartir con la pareja?
Hay experiencias que son inherentemente de la madre como el embarazo, parto, lactancia (si los hay, claro, no olvidemos que hay distintas formas de ser madre), pero una cosa es que ciertas experiencias sean tuyas y otra que la carga sea tuya. Ahí está la diferencia. La pareja quizá no puede compartir haber parido, pero sí puede compartir noches, cuidados (hacia el peque y hacia ti, que estás en un posparto, por ejemplo), decisiones, sostén emocional, carga mental, presencia... La maternidad tiene partes profundamente personales, pero la crianza, si hay pareja, se construye en pareja.






