El traslado de centro es una de las últimas medidas cuando han fallado otras y no se ha resuelto el acoso escolar. Algunas familias de menores acosados optan por trasladarlos a otros entornos para protegerlos. Y también la ley contempla esa posibilidad en los acosadores cuando el daño haya quedado acreditado.
¿Qué opinan los expertos de esta decisión? ¿Puede atajar el problema o simplemente trasladarlo de escenario? Hablamos de ello con Anabel Castro Plaza, profesora y autora de Hijos más fuertes que el bullying y Diario de mi yo adolescente y con Pablo Duchement, docente, perito judicial y autor de Te espero a la salida y El dragón diferente.
¿Quién debe cambiar de centro?
En muchos casos de acoso escolar, el que acaba cambiando de centro es el acosado. "Para un niño que lleva tiempo sufriendo acoso, cambiar de colegio puede llegar a ser un alivio si siente que empieza de nuevo en un entorno seguro. Pero existe también un riesgo importante: que perciba que es él quien ha tenido que marcharse mientras quienes le hacían daño continúan con su vida", destaca Anabel Castro Plaza.
"Además, cambiar de centro no borra automáticamente lo vivido. Ese niño puede llegar al nuevo colegio con miedo a que vuelva a ocurrir, con dificultades para confiar en los demás o interpretando determinados comportamientos desde la experiencia anterior. Por eso no basta con cambiarlo de entorno. Hay que ayudarle a reconstruir su seguridad, su autoestima y, sobre todo, hacerle entender que lo que ha sucedido no define quién es", añade.
¿Y si es el acosador el que es trasladado de centro? "Separar al agresor del niño que está sufriendo el acoso puede ser necesario para proteger a la víctima, pero cambiarlo de centro, por sí solo, no resuelve el problema", asegura. Está de acuerdo con ella Pablo Duchement: "Lo que se hace con esto es diversificar el acoso. Estás provocando ese problema en un sitio en que antes no estaba".
La necesaria educación cuando hay acoso
Al margen de que el cambio de centro del agresor pueda ser una medida útil en algunos casos, el bullying precisa de una sólida respuesta educativa. "La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿por qué ese niño agrede? Hay que averiguar si existe una inquina concreta hacia un compañero, si está buscando reconocimiento dentro del grupo, si ha normalizado determinadas conductas o si detrás de esa agresividad existe otro problema que no se está abordando. Porque si simplemente trasladamos al alumno sin trabajar aquello que está provocando su comportamiento, existe el riesgo de que el problema viaje con él al nuevo centro", señala Anabel Castro.
"No se trata únicamente de sancionar. Hay que proteger al acosado, por supuesto, pero también intervenir educativamente con quien agrede. Si no entendemos qué hay detrás de su conducta, difícilmente podremos evitar que vuelva a repetirse", añade.
En este mismo sentido, Pablo Duchement comenta cómo esta opción de expulsión del centro del agresor está presente en algunos protocolos contra el acoso (cada comunidad autonómica tiene el suyo), pero después de distintas terapias, de orientación, psicológica, legal... "Si estas medidas no producen resultado o si las familias se niegan a adoptarlas, se puede proponer una expulsión definitiva del centro del acosador. Pero esto siempre tiene que venir de la mano de reforzar la atención a la víctima", destaca.
Un problema complejo también para el profesorado
Pero hay otras aristas en este problema. "Hay una serie de casos tipo en los que el acosador ejerce su acoso haciéndose pasar por víctima y señalando a su víctima como acosador, movilizando a las familias o a las instituciones contra su víctima porque es el supuesto acosador", comenta el perito judicial. Así, hay que estar muy atentos de que los acosadores 'no le den la vuelta a la tortilla' para hacer daño a la víctima jugando con el tema de la expulsión.
Cuando se abre un protocolo por posible acoso escolar se busca conocer la verdad y hay un propósito educativo. "Y educar a un niño nunca es malo, incluso si lo estás haciendo porque crees que es un acosador y no lo es. Si no lo es, habremos concienciado a ese niño sobre los efectos que tiene el acoso escolar, nos habremos asegurado de que jamás se le pase por la cabeza acosar, le habremos dejado claras cuáles son las consecuencias...", destaca.
La prevención, la mejor garantía
Hasta ahora, los planes contra el acoso escolar no están ofreciendo unos resultados muy positivos, puesto que es una situación que se repite de forma continuada curso tras curso. ¿Qué habría que hacer entonces? "Para mí, la medida más eficaz es actuar antes de que exista un caso de bullying consolidado", subraya Anabel Castro. "Muchas veces esperamos a intervenir cuando ya hay una víctima y un agresor claramente identificados. Pero el acoso suele empezar mucho antes: con pequeñas burlas, exclusiones, motes, comentarios aparentemente insignificantes o situaciones que los adultos no siempre vemos".
Su propuesta es trabajar desde principio de curso en tres bases: "Enseñar a los niños a poner límites, enseñarles a pedir ayuda y crear una relación con los adultos en la que sepan que pueden contar lo que les ocurre sin miedo a ser juzgados o a que minimicemos lo que sienten". Además, es esencial, según su criterio implicar al grupo. "El bullying rara vez es únicamente cosa de dos niños. Alrededor suele haber compañeros que ríen, miran, callan o no saben cómo actuar. La prevención empieza creando entornos donde pedir ayuda no sea ser un chivato, donde poner límites no implique rechazo y donde los niños entiendan que pertenecer al grupo nunca debería exigirles dejar de ser quienes son".
Por su parte, Pablo Duchement insiste también en la prevención, hasta el punto de que ha desarrollado de forma altruista una aplicación con los protocolos de acoso de Canarias que permitiría a los profesores detectar indicios de acoso, aunque el propio alumno no lo comunique. "El profesor a través de la aplicación lanza consultas al alumnado, que puede contestar desde donde quiera, desde la tranquilidad de su casa", comenta. La aplicación cruza datos, saca conclusiones y avisa al profesor, ya que es capaz de detectar indicios, también en aspectos tan importantes como el riesgo suicida, indicadores de conductas de agresión o el nivel de sufrimiento autopercibido. Además, esta app incorpora un chatbot "de manera que un alumno que necesite hablar con alguien, pero tenga miedo de hacerlo en persona lo pueda hacer con el chatbot, que va extrayendo todas esas conclusiones y agregándolas a los datos". Es una manera de adelantarse al problema, que según han probado "ofrece diagnósticos muy fiables" y que espera que pueda implantarse en los centros educativos.







