Anabel Castro es profesora y trata cada día con adolescentes. A raíz de su experiencia ha publicado el libro Hijos más fuertes que el bullying (de venta en Amazon), una guía práctica para padres, donde aborda cómo desde casa proteger a los menores desde que son muy pequeños para que, dado el caso, puedan enfrentarse a situaciones difíciles como el acoso escolar. Hemos charlado con ella para que nos cuente sus vivencias y su visión de este grave problema.
Tenemos que darles la fuerza para que no se sientan pequeños si les insultan, si se ríen de ellos o si alguien intenta hacerles sentir menos. Eso no significa que no les vaya a doler. Pero no es lo mismo que algo te duela a que algo te rompa
Comentas que la salud mental se construye en casa. ¿Cuáles son los principales problemas que te encuentras en ese terreno cuando tratas con tus alumnos adolescentes en clase?
Lo que más me ha llamado la atención es la gran cantidad de alumnos adolescentes que se encuentran solos emocionalmente. Y es ahí donde relaciono directamente esta soledad emocional con la salud mental, porque cuando un adolescente no verbaliza lo que le pasa, no pide ayuda y se queda solo con lo que le duele, ese malestar puede ir creciendo por dentro.
Después de estar en permanente contacto con adolescentes, de escuchar lo que me cuentan y de ver realmente cómo son emocionalmente, he visto que la solución debería empezar en casa. Por supuesto que los padres no somos ni podremos ser psicólogos, pero por lo menos debemos saber que en estos tiempos esta es una realidad de muchos adolescentes.
Es una soledad que yo llamo emocional porque la mayoría no se sienten solos físicamente. Tienen a sus padres o personas adultas que cuidan de ellos, amigos, compañeros, familia, pareja y una vida aparentemente normal. Pero lo que me encuentro es que, cuando tienen un problema, algo que realmente les preocupa, les hace sentirse vulnerables o les duele de verdad, se lo gestionan solos. Hasta que, en mi caso, perciben algo que les da la confianza para que me lo cuenten, y para ellos es una liberación.
Muchas veces, solo con verbalizarlo ya se quedan tranquilos. Otras veces les ayudo a que lo verbalicen a sus padres, les enseño a cómo decírselo. Y otras veces realizo una atención inmediata porque me están diciendo literalmente que no le encuentran sentido a su vida.
Por eso creo que la salud mental se construye también en casa: cuando un hijo siente que puede decir “no estoy bien”, que puede contar lo que le duele y que no tiene que gestionar solo aquello que le supera.
Tu libro va dirigido a padres de niños entre 3 y 11 años con el objetivo de que sepan qué potenciar para que cuando lleguen a la adolescencia “no se rompan”. ¿Qué es lo básico que habría que fortalecer desde casa?
Lo básico que habría que fortalecer desde casa es la autoestima: esa capacidad de quererse, de priorizarse, de saber escucharse y actuar por y para uno mismo. También la capacidad de poner límites y decir que no. Esa es la base para que cuando lleguen a la adolescencia no se rompan. Porque si un niño crece sintiéndose valioso, sabiendo quién es y aprendiendo a respetarse, tendrá muchas más herramientas para afrontar lo que venga después.
Los padres deben fomentar que sus hijos son maravillosos en su singularidad, que sus diferencias les hacen aportar algo diferente a los demás. Que lo bueno es ser diferente y ser uno mismo. Tenemos que darles esa fuerza para que no se sientan pequeños si les insultan, si se ríen de ellos o si alguien intenta hacerles sentir menos. Eso no significa que no les vaya a doler. Pero no es lo mismo que algo te duela a que algo te rompa. Y ahí está la diferencia: prepararles emocionalmente para que tengan una base tan fuerte que nada ni nadie tenga tanto poder sobre ellos como para hacerles dudar de su valor.
Y junto a la autoestima, hay dos cosas fundamentales: la comunicación y enseñarles a identificar lo que están sintiendo. Si desde pequeños sienten que pueden contar lo que les pasa, cuando lleguen a la adolescencia será mucho más fácil que verbalicen lo que les duele antes de que se les haga una bola enorme dentro. Para eso tienen que sentir que les escuchamos sin juzgarles, sin minimizar lo que sienten y sin convertir cada conversación en una corrección o en una bronca.
Y también es fundamental ayudarles a identificar sus emociones. Que sepan reconocer si lo que sienten es tristeza, miedo, rabia, vergüenza, frustración, soledad o inseguridad. Porque cuando un niño no sabe poner nombre a lo que le pasa, es mucho más difícil que pueda pedir ayuda.
Por eso creo que, antes de hablar solo de bullying o de adolescencia, tenemos que hablar de autoestima, de amor propio, de límites, de comunicación y de inteligencia emocional. Porque un niño que se conoce, que se quiere, que sabe expresar lo que siente y que sabe que puede pedir ayuda, llega mucho más preparado a la adolescencia.
¿Y el principal error que nunca habría que cometer?
Creo que uno de los grandes errores, y de ahí nacen muchos otros, es que nuestros hijos lleguen a sentir que no tenemos un hueco para que nos cuenten lo que les pasa. Que les transmitamos que no es el momento, que estamos demasiado ocupados, que ya tenemos bastantes problemas o que lo suyo puede esperar. Y cuando sienten eso, muchas veces dejan de hablar. Y esto no ocurre porque no les queramos. Les queremos infinito. Ocurre porque vamos corriendo, porque estamos cansados, porque tenemos mil responsabilidades y porque muchas veces, sin darnos cuenta, les transmitimos que ahora no es buen momento. Pero para ellos, muchas veces, ese “ahora no” se convierte en “mejor no lo cuento”.
Cuando me encuentro con un adolescente roto, una de las primeras cosas que le pregunto es: “¿Esto lo saben tus padres?”. Y todos los que acuden a mí me dicen que no se lo han contado antes a nadie. En solo cinco años como profesora me he encontrado con demasiadas historias guardadas en silencio. Por eso escribí el libro: porque era algo tan recurrente que sentí que tenía que darles voz.
Entonces les pregunto: “¿Y por qué no se lo has contado?”. Y ahí aparecen respuestas que se repiten demasiado: porque cuando empezaban a hablar ya se sentían juzgados; porque les decían que se lo contasen en otro momento; porque bastante problemas tenían sus padres; porque estaban siempre trabajando; porque cuando llegaban a casa estaban cansados...
¿Hay más errores que habría que corregir?
El segundo error es juzgar demasiado rápido. A veces no hace falta ni una gran bronca. Basta una cara, una frase, una reacción o un “pero cómo has hecho eso” para que el adolescente cierre la puerta y decida no seguir contando.
El tercer error es minimizar lo que sienten. Decir “eso no es para tanto”, “no llores”, “qué tontería” o “ya se te pasará” puede parecer una forma de quitar importancia para que no sufran, pero muchas veces ellos lo viven como que lo que les pasa no importa. Para nosotros puede ser pequeño; para ellos puede ser enorme.
Y el cuarto error es hacerles sentir que son una preocupación más. Muchos no cuentan lo que les pasa porque dicen: “bastantes problemas tienen mis padres como para contarles los míos”. Es increíble cómo se fijan en nosotros, cómo nos conocen y cómo nos quieren tanto que no quieren preocuparnos ni hacernos sufrir.
Uno de nuestros grandes retos como padres es transmitirles que siempre estaremos disponibles para ellos, por muchos problemas que tengamos. Que sus problemas no son una carga más. Que lo que les pasa nos importa. Que no tienen que protegernos de su dolor. Porque cuando un hijo siente que no hay espacio para lo que le pasa, empieza a gestionarlo solo. Y ahí puede empezar esa soledad emocional que tanto me preocupa.
Los profesores son muchas veces los primeros que se enteran de los casos de bullying. ¿Qué es lo que te sueles encontrar en ese primer contacto con el menor que sufre acoso?
Aquí voy a ser totalmente sincera. En mis cinco años como profesora, mi experiencia me ha hecho ver que, si la dirección del centro se implica, el bullying ni siquiera llega a aparecer, porque se corta antes. Se corta de raíz. Al primer comentario, el profesor tiene que sentirse capaz y tener las herramientas necesarias para que no se vuelva a repetir.
El bullying es una “situación de maltrato repetido entre iguales, donde uno o varios menores hacen daño a otro de forma intencionada, y la víctima siente que no puede defenderse o salir sola de esa situación.” Lo que hay que hacer desde los centros escolares es evitar esa repetición. Porque una salida de tono, una mala palabra a un compañero, un empujón, un toque en la cabeza o cualquier gesto incómodo empieza en uno. Y es ahí donde hay que cortarlo, nada más verlo.
Yo, desde luego, lo corto de raíz. Y ya el primer día de clase lo digo: que no voy a consentir una sola palabra ni un solo gesto desagradable hacia otro compañero. Y que, si alguien no se encuentra bien, quiero que sepa que me lo puede decir sin problema.
¿Funciona con tus alumnos?
En mi caso funciona porque me lo cuentan todo y no dudo en parar la situación. El que lo sufre se siente entendido, escuchado y comprendido, porque nunca lo minimizo. Es más, le doy mucha importancia a que nadie es nadie para hablar mal de otro. Y cuando ya hay contacto físico, como esos toques en la cabeza que parece que ahora están de moda, entonces sí que pongo el grito en el cielo.
Pero claro, para eso tengo que tener herramientas para penalizar ese comportamiento. Y esas herramientas nos las tiene que dar la dirección del centro, igual que también debe transmitirnos que cualquier situación incómoda debe ser cortada de inmediato. Hay una cosa que me llamó mucho la atención a raíz de un alumno al que le recriminé que dejase de darle toques en la cabeza a una compañera. Me dijo que a ella no le importaba. Y le dije: “Seguro que le importa, porque se pasó toda mi clase de matemáticas llorando y diciendo que ya no aguantaba más que le estuvieses dando en la cabeza”. Le hice ver que, si en medio del patio, él, que es tan popular, se pone a hacer eso, la persona que lo recibe puede sonreír por vergüenza. Todo el mundo la está mirando y no se atreve a decirle que no le gusta. Y, si le preguntas, probablemente te dirá que no le importa.
A los días le pregunté a la alumna y me dijo, sonriendo, que ya no se lo había vuelto a hacer. Fui a él y le di las gracias por confiar en mí y por entender que yo tenía razón. Le expliqué que hay personas que sonríen por miedo o por vergüenza, y que eso no significa que les esté gustando lo que les haces. El patio puede ser una jungla, un infierno, cuando un alumno se siente vulnerable y es acosado. No hay que normalizar ninguna actuación que haga que otro alumno no se sienta bien.
En mi caso, me encuentro con dos tipos de situaciones. Una, cuando vienen a mí a decírmelo porque, por lo que digo y hago, saben que voy a escucharles. Y otra, cuando lo detecto yo, cuando huelo su incomodidad, su malestar o su tristeza. Bueno, y es que a veces es extremadamente evidente.
Comentas que los adolescentes ríen por fuera aunque por dentro estén muy mal. ¿Cómo pueden los padres darse cuenta de ese enmascaramiento?
Lo hacen por no preocupar, para que no les pregunten, para que no les remuevan lo que tienen dentro. Y es durísimo mantener esa fachada. Es increíble cómo pueden camuflar emociones tan duras y que no se les perciba nada. La única solución es conocer tanto a tus hijos que percibas el más mínimo cambio. Que estés atento a lo que tú sientes como madre o padre. Si percibes que algo no está bien, no pienses que “es cosa tuya”. Indaga y pregúntale, y vuelve a preguntarle, hasta que te lo cuente. Estate atento, estate a su lado, transmítele que puede contar contigo, pero nunca minimices cualquier sensación que tengas de que algo no va bien.
Hasta el momento, los programas de prevención del bullying están fallando y este se adelanta cada vez más a cursos más bajos. ¿Cuál sería tu solución para acabar con este drama para muchos niños y familias?
Creo que tenemos que actuar en varios niveles, pero hay uno que me parece fundamental: fortalecer emocionalmente a los niños desde casa antes de que llegue el problema. No podemos poner todo el peso en el colegio. El colegio tiene una responsabilidad enorme, por supuesto. Pero la prevención empieza también en casa: en cómo hablamos de los demás, en si permitimos burlas, en si educamos en empatía, en si enseñamos a poner límites y en si ayudamos a nuestros hijos a no necesitar humillar a nadie para sentirse importantes.
Para mí, la solución no es solo detectar antes el bullying. Es criar niños que no se hagan pequeños cuando alguien intenta hacerles daño y niños que no necesiten hacer daño para sentirse grandes. Eso implica trabajar autoestima, respeto, empatía, comunicación y valentía para pedir ayuda.
Un niño con buena autoestima no es invulnerable. Claro que puede sufrir. Claro que le puede doler lo que le digan. Pero tendrá más posibilidades de decir “esto no está bien”, de pedir ayuda, de no tragarse el dolor y de no creer que el problema está en él.
Y también tenemos que mirar al niño que acosa. No para justificarlo, sino para entender que un niño que humilla, agrede o machaca a otro también está mostrando una carencia emocional. Algo le pasa. Algo no está bien. Y si solo castigamos sin mirar qué hay detrás, quizá cortamos una conducta, pero no sanamos la raíz. La prevención real pasa por educar a todos: al que sufre, al que agrede y al que mira. Porque el silencio de los que miran también sostiene muchas situaciones de acoso.
En los últimos tiempos la salud mental de los adolescentes se ha resentido mucho. ¿Cómo se traslada esto a las aulas?
Se traslada de muchas maneras. Se ve en la ansiedad, en la tristeza, en la falta de motivación, en la irritabilidad, en la baja tolerancia a la frustración, en el miedo a no ser suficiente y en una necesidad enorme de ser escuchados. Hay adolescentes que aparentemente funcionan. Vienen a clase, se ríen, hacen sus tareas, tienen amigos. Pero cuando se abre un espacio de confianza aparece otra realidad: inseguridades, depresión, angustia, problemas familiares, miedo al futuro, sensación de soledad o necesidad de ayuda psicológica.
También veo que hablan más de salud mental. Hablan sin problemas de ansiedad, de terapia, de no estar bien. El problema es que a veces, cuando lo expresan en casa, se minimiza: “eso es normal”, “no pienses tanto”, “ya se te pasará”. Y puede que a veces sea algo pasajero, pero si un adolescente dice que no está bien, primero hay que escuchar. Luego ya veremos qué necesita.
En las aulas se nota también una mezcla de fragilidad y fortaleza. Fragilidad porque muchos están cargando con cosas que no saben gestionar. Y fortaleza porque, cuando encuentran un adulto que les escucha sin juicio, son capaces de abrirse, pedir ayuda y empezar a mirar lo que les pasa de otra manera. Por eso vuelvo siempre a la misma idea: no se trata de que los adultos tengan todas las respuestas. Se trata de que los adolescentes no tengan que quedarse solos con sus preguntas.












