Andrea Snowy es creadora de contenido y divulgadora digital. Con más de dos millones de seguidores en TikTok, es capaz de hablar de la vulnerabilidad de los adolescentes desde un lugar cercano en el que se abre a contar sus propias vivencias. Lo ha hecho también en el libro que acaba de publicar: Manifiesto de los que seguimos aquí (Ed. MR), una guía para sobrevivir desde la honestidad y la realidad al caos que puede suponer esta etapa de la vida. Hemos charlado con ella.
Se romantiza el sufrimiento. La depresión, la autolesión o incluso el suicidio aparecen a menudo envueltos en una estética que los edulcora y los hace, de alguna manera, consumibles. Y el algoritmo no solo no lo frena, sino que lo amplifica
En tus redes sociales hablas de salud mental. ¿Qué es lo que te trasladan los adolescentes y jóvenes que contactan contigo a través de ellas? ¿Qué percepción tienes de su estado emocional?
Hablo de salud mental particularmente por lo que me trasladan. Lo que me llega no es un drama superficial, aunque incluso quienes lo están atravesando tienden, a veces de forma inconsciente, a tratarlo como tal. Como expongo en el libro, hoy vivimos una cierta banalización de la salud mental, incluso de la propia.
Creo que con frecuencia se tiende a desacreditar los altibajos emocionales de los adolescentes por una cuestión de edad, como si lo que sienten careciera de legitimidad porque “no son problemas reales”. Y, siendo honesta, algunos de los momentos más complejos a nivel emocional que he vivido ocurrieron precisamente en mi adolescencia.
Porque al final no importa que “existan problemas más graves en el mundo”. Cada persona habita su propia realidad. Un bebé llora con una intensidad genuina cuando le quitan el chupete, la misma intensidad ante la que un adulto puede derrumbarse por la pérdida de su trabajo. ¿Qué relevancia tiene establecer una jerarquía objetiva del dolor si la vivencia interna es igual de contundente? Invalidarla en función de la edad no solo no ayuda, sino que puede agravarla, sembrando la idea de que hay algo defectuoso en una misma por sentir lo que se siente.
Por eso, lo que percibo no es fragilidad, sino una profunda necesidad de ser acompañados y escuchados. Hay una sensación de desamparo emocional bastante extendida. Y no me extraña. En un contexto en el que términos como “generación de cristal” se utilizan de forma despectiva, muchos jóvenes aprenden a reprimir lo que les ocurre internamente por no aparentar debilidad. Y las redes sociales, lejos de aliviarlo, en muchas ocasiones intensifican esta dinámica, amplificando la comparación, la autoexigencia y la dificultad para mostrarse desde un lugar auténtico.
Mi percepción es clara: hay muy poca estructura interna porque nadie les ha enseñado a digerir lo que sienten. Saben hablar de ansiedad, pero no saben qué hacer con ella a las 3 de la mañana.
En tu libro quieres tratar esas conversaciones incómodas que se suelen evitar, pero que son necesarias. ¿Cuáles dirías que son las más importantes en el periodo juvenil?
Sin duda, aquellas conversaciones que sistemáticamente se evitan porque resultan incómodas para los adultos.
Hablar de sexo sin el filtro distorsionado de la pornografía. Hablar de la muerte sin eufemismos. Abordar el suicidio sin convertirlo en un silencio incómodo y recalcando palabras que puedan agravar el duelo ajeno. Explicar cómo acompañar a alguien en un momento de vulnerabilidad real. Reivindicar el fracaso como algo digno, no como una anomalía que hay que ocultar. Y, sobre todo, aprender a cuestionar los patrones tóxicos que muchos hemos interiorizado desde la infancia en nuestra forma de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.
Soy consciente de que mi libro puede generar cierto rechazo ante la idea de ponerlo en manos de jóvenes. Y, en el fondo, ese rechazo es revelador. No debería escandalizar. A mí me habría gustado tener acceso a un discurso así durante mi adolescencia. Y eso que crecí en un entorno donde preguntar estaba más que permitido, donde había mucho margen para la curiosidad y la conversación. Pero esa no es la realidad de todo el mundo. Precisamente por eso consideré necesario abordar estos temas sin rodeos. Porque lo que no se nombra, no desaparece; solo se vive en soledad.
Confiesas que tu obra no es un libro de autoayuda sino "el manifiesto de alguien que ha mirado al abismo y ha salido entero". ¿Tienes la impresión de que hay muchos jóvenes mirando a ese abismo en la actualidad?
Cuando digo que no es un libro de autoayuda al uso, es porque intento alejarme de ese imaginario de fórmulas mágicas que prometen recomponer una vida en diez pasos. No me interesa ese lugar. Mi intención ha sido relacionarme con el lector desde un punto más honesto, menos complaciente y, quizá, más incómodo, pero también más real.
No es solo una impresión, sé de primera mano que hay muchos jóvenes asomados a ese abismo. Lo veo constantemente. Mis mensajes directos es un espacio donde la gente puede expresarse sin filtros, de hecho siempre animo a mis seguidores a usarlo para desahogar sus penas, y lo que llega ahí no es anecdótico. Es intenso.
A eso se suma un fenómeno preocupante: la romantización del sufrimiento. La depresión, la autolesión o incluso el suicidio aparecen a menudo envueltos en una estética que los edulcora y los hace, de alguna manera, consumibles. Y el algoritmo no solo no lo frena, sino que lo amplifica.
No creo que exista una conciencia real de lo sombrío que puede volverse el algoritmo de alguien que atraviesa un momento vulnerable. Y eso es especialmente delicado en etapas donde la identidad aún se está configurando, donde hay una mayor permeabilidad a la influencia externa y una sensación de soledad que no siempre tiene que ver con la ausencia física de otros.
Porque esto muchas veces no se ve. Son personas aparentemente funcionales, que cumplen, que responden, pero que conviven con un ruido interno constante. Quizá ofrecer un relato menos distorsionado, menos estetizado, pueda abrir la puerta a formas de comprensión y de autogestión más sanas. No como solución inmediata, pero sí como un primer punto de apoyo más honesto.
Dices también que has trabajado mucho tu estado, que has estado en terapia, y que quieres compartir lo que has aprendido. Algunos adolescentes son reticentes a ir a terapia. ¿Qué se les puede decir con respecto a ella?
Siendo súper honesta, empezar un proceso de terapia puede dar mucho 'palo'. Yo lo sé. A mí me lo dio, pasé años negándome rotundamente. Enfrentarte a tus propios traumas, poner palabras a lo que te duele y revisar aspectos de tu vida que preferirías esquivar no es, en absoluto, agradable. Pero precisamente por eso es tan necesario.
La terapia no es una solución inmediata ni una fórmula mágica que reorganiza tu vida de un día para otro. Es un proceso. Un espacio donde empiezas a ordenar el caos, a entenderte con más claridad y a incorporar herramientas que, con el tiempo, transforman tu manera de afrontar lo que antes te desbordaba. Llega un momento en el que te descubres gestionando situaciones que tu versión anterior no sabía ni por dónde empezar a sostener.
Me irrita tanto que todavía exista esa visión reduccionista de que es un lugar al que acuden únicamente personas “locas”... Hay evidencia más que suficiente sobre los beneficios de cuidar la salud emocional, pero aún persiste la idea de que solo se recurre a ello cuando todo está ya al límite. Y, aunque sin duda es preferible acudir en ese punto que no hacerlo nunca, lo cierto es que un enfoque más preventivo permite construir una estabilidad mucho más sólida en el día a día. Cuando solo se interviene en el colapso, en cierto modo se trabaja desde la urgencia, pero cuando hay continuidad, hay verdadero proceso.
Y, desde mi punto de vista, acudir a terapia implica un acto de valentía. Decidir mirarte de frente, asumir tu responsabilidad en lo que te ocurre y comprometerte con estar mejor no es algo menor. Ese primer paso, aunque a menudo se subestime, ya transforma más de lo que parece y es un acto muy respetable.
En las redes sociales hay muchas imágenes de felicidad, y tú reivindicas el fracaso como un peaje necesario para el cambio. ¿Cómo deben los adolescentes recibir las historias que les llegan a través del mundo digital?
Como lo que son: fragmentos cuidadosamente editados. Basta con mirarse a uno mismo para entenderlo. Existe una tendencia natural a compartir aquello que destaca, lo que resulta estéticamente agradable o emocionalmente gratificante. Nadie documenta con el mismo énfasis los momentos planos, las dudas o el desgaste cotidiano. Si uno parte de esa base, resulta evidente que los demás hacen exactamente lo mismo.
El problema aparece cuando se establece una comparación deshonesta: tu vida completa frente a la versión más pulida de la vida de otro. En ese juego, la sensación de estar en desventaja es prácticamente inevitable. La digitalización ha amplificado la comparación porque ha eliminado los límites: ya no te mides solo con tu entorno cercano, sino con una muestra constante y global de vidas aparentemente extraordinarias.
Es cierto que entenderlo a nivel racional no siempre implica poder desactivarlo a nivel emocional. Aun así, conviene recordar que lo que se consume en redes no es necesariamente falso en su totalidad, pero sí parcial, filtrado y, en muchos casos, estratégicamente construido. No siempre hay una intención consciente de engañar (que a veces sí), pero sí hay una clara curaduría de lo que se muestra y de lo que se omite.
Estamos llegando a un punto en el que la idealización de lo que aparece en el “Para ti” genera un estándar difícil de sostener, y eso tiene un impacto directo en la percepción que uno tiene de sí mismo. La sensación de no estar a la altura se vuelve recurrente, casi estructural. Y esto no es exclusivo de los adolescentes, aunque en ellos el efecto puede ser más profundo por el momento vital en el que se encuentran.
Por eso, más que intentar escapar de ese estímulo que es prácticamente omnipresente, resulta fundamental desarrollar cierta conciencia interna. Detectar cuándo lo que estás viendo empieza a generar malestar, ponerlo en contexto y no asumir automáticamente que tu valor o tu progreso están por debajo. No has fracasado por no estar donde parecen estar otros. Créeme, en muchos casos ni siquiera sabes realmente dónde están.
¿Tienes la impresión de que las relaciones amorosas entre los jóvenes pasan ahora por un momento difícil por la pornografía, el excesivo control a través del móvil o los celos?
Irrefutablemente sí. Esto no significa que antes no existiera toxicidad en las relaciones; ha estado siempre muy presente. La diferencia es que ahora adopta formas distintas, más sutiles en apariencia, pero en muchos casos más invasivas y normalizadas.
La digitalización ha introducido dinámicas de control que antes no eran tan accesibles ni tan constantes. El móvil permite una vigilancia continua: saber cuándo alguien se conecta, cuánto tarda en responder, con quién interactúa. Lo que antes podía ser una inquietud puntual, ahora se convierte en una supervisión permanente.
A esto se suma el impacto de la pornografía, que distorsiona profundamente las expectativas afectivas y sexuales. No solo en lo físico, sino en la forma en la que se entiende el deseo, el consentimiento o incluso el propio vínculo. Y, en paralelo, los celos dejan de percibirse como una señal de inseguridad para reinterpretarse como una prueba de interés o de intensidad emocional.
Lo más preocupante no es solo que estas dinámicas existan, sino que se han integrado en lo cotidiano hasta el punto de validarse. Se está aprendiendo a vincularse desde la inseguridad. Mucho control, poca confianza. Mucha intensidad, pero muy poca profundidad. Y, además, todo esto se romantiza. No hablo desde un lugar teórico. Yo misma he estado en relaciones tóxicas, especialmente en mi adolescencia, y también he reproducido comportamientos que no sabía identificar como problemáticos. Porque nadie te enseña a reconocerlos. Y esto no se limita únicamente al ámbito romántico: amistades, dinámicas familiares y, en general, la forma en la que nos relacionamos con el entorno.
Desaprender lo que se ha interiorizado durante años no es sencillo. Más aún cuando la cultura refuerza constantemente esos mismos patrones: canciones, películas, narrativas que asocian el amor con la posesión, el sufrimiento o la dependencia emocional.
Por otro lado, creo que es importante cuestionar ciertos constructos que damos por sentados, como el de la fidelidad, que rara vez se revisa desde un lugar crítico. Durante la adolescencia, además, las emociones se viven con una intensidad amplificada, y es lógico que las primeras experiencias afectivas se construyan a partir de lo que se ha observado e interiorizado, no desde una conciencia elaborada. El resultado es bastante previsible: personas que aún no están bien consigo mismas intentando construir vínculos con otros en la misma situación. Y desde ahí, lo que se genera, en muchos casos, no es un espacio de crecimiento compartido, sino relaciones que terminan siendo profundamente insanas.
"No hay nada más valiente que seguir respirando cuando todo parece absurdo", dices en tu libro. ¿Qué pasa después de continuar respirando?
No mentiremos, no hay un giro repentino ni una claridad inmediata que lo ordene todo. Pero ocurre algo valioso: ganas tiempo. Tiempo para que la intensidad baje. Tiempo para que lo que hoy parece insoportable deje de ocuparlo todo. Tiempo para tomar cierta distancia y empezar a mirar lo que te pasa desde otro prisma, menos reactivo, más consciente. Porque cuando todo duele, la percepción se estrecha. Todo se vuelve urgente, absoluto, sin matices. Y seguir respirando, aunque parezca algo mínimo, rompe esa inercia. Introduce una pausa.
Con el tiempo, si decides no anestesiarte constantemente y te permites atravesar lo incómodo, empiezas a entender un poco más. No todo, ni de golpe, pero lo suficiente como para sostenerte mejor. Empiezas a identificar patrones, a poner nombre a lo que antes era solo ruido, a distinguir qué te pertenece y qué no.
Respirar no te salva en un sentido épico. No resuelve tu vida ni elimina el dolor. Pero te mantiene dentro el tiempo suficiente como para que algo, por pequeño que sea, se mueva. Y a veces ese “algo” es simplemente que un día duele un poco menos. O que aparece una conversación que te recoloca. O que encuentras una herramienta que antes no tenías.
También hay algo importante ahí: seguir respirando es, en sí mismo, una forma de posicionarte. Aunque no lo parezca, es una decisión silenciosa de no rendirte del todo, incluso cuando no tienes claro el para qué. Y eso tiene un valor enorme. Porque muchas veces no necesitas tener la respuesta, ni el sentido, ni la motivación. Necesitas margen. Necesitas no romperte antes de que llegue algo que todavía no puedes ver. Respirar no te transforma de inmediato, pero te da la oportunidad de que esa transformación, eventualmente, sea posible.










