Carmen Botello, psicóloga: "Las tardes sin prisa en el parque con los abuelos ofrecen al niño la posibilidad de aburrirse y de explorar"


Frente a la rutina habitual con los padres, marcada por las actividades extraescolares, las tareas escolares y la logística del día siguiente, este tiempo con los abuelos ofrece un respiro libre de exigencias


abuelos con sus nietos felices en el parque© Getty Images
14 de septiembre de 2026 a las 15:02 CEST

El sonido de los columpios, las risas al perseguir una pelota, las charlas sin prisa en el banco mientras se comparte una merienda o el clásico "un ratito más antes de ir a casa". Las escenas cotidianas de los abuelos con sus nietos en el parque forman parte del paisaje de cada tarde, un espacio donde el tiempo parece detenerse y los adultos se adaptan por completo al ritmo, la curiosidad y los juegos de los más pequeños.

Frente a la rutina habitual con los padres, marcada por las actividades extraescolares, las tareas escolares y la logística del día siguiente, este tiempo con los abuelos ofrece un respiro libre de exigencias. Para comprender todo lo que aporta este espacio, analizamos con la psicóloga infanto-juvenil Carmen Botello Fuenteseca, colaboradora en Crea Sentido Psicología el profundo valor pedagógico, emocional y neurológico de estas tardes en el parque, fundamentales para aliviar el estrés infantil, fomentar la imaginación y afianzar lazos afectivos imborrables.

Carmen Botello Fuenteseca, psicóloga infanto juvenil, colaboradora en Crea Sentido Psicología© Cedida
Carmen Botello Fuenteseca, psicóloga infanto juvenil, colaboradora en Crea Sentido Psicología

Frente al ritmo acelerado y estructurado de las tardes con los padres (deberes, extraescolares, rutinas), ¿qué beneficios emocionales y neurológicos aporta a los niños este tiempo "sin prisa" de pasar una tarde en el parque con los abuelos?

Las tardes “sin prisa” en el parque con los abuelos ofrecen al niño un espacio para descargar tensión y volver a un estado de calma. Después de una tarde de deberes, rutinas y responsabilidades, el sistema nervioso del niño suele estar activado, y esa activación, aunque sea necesaria en su justa medida, tiene un límite. La emoción es la base de la motivación y del aprendizaje, sin algo de activación emocional, el niño se desconecta y no rinde, pero cuando esa activación se mantiene demasiado tiempo o es demasiado intensa, ocurre justo lo contrario, la concentración se rompe y el cerebro se satura. El juego libre en el parque, sin horarios ni objetivos que cumplir, funciona como un regulador de esa activación, bajando el nivel de exigencia hasta un punto en el que el niño puede simplemente estar.

Desde el punto de vista emocional, este tiempo con los abuelos ofrece al niño algo que las tardes estructuradas no siempre permiten, la posibilidad de aburrirse, de explorar y de tomar pequeñas decisiones por sí mismo, como, a qué jugar o cuánto tiempo quedarse en un columpio. Ese margen de libertad, apoyado por una figura afectiva y sin presión, ayuda al niño en su capacidad de autorregularse sin que un adulto le diga constantemente qué hacer. A nivel neurológico, estos momentos de juego relajado favorecen que el cuerpo reduzca sus niveles de estrés. Esto repara el desgaste emocional de la jornada y deja al cerebro en mejores condiciones para volver al día siguiente.

Los abuelos hablan, cuentan anécdotas de cuando eran más jóvenes, comentan cómo eran las cosas antes, o responden con calma a esas preguntas curiosas que, a los padres, con la prisa del día a día, a veces les cuesta más atender

Carmen Botello Fuenteseca, psicóloga infanto juvenil

En las tardes de parque acompañados por los abuelos hay juego libre e interacción con otros niños. ¿Qué habilidades sociales y de autorregulación desarrollan los niños en ese entorno frente a una actividad extraescolar estructurada?

En una actividad extraescolar, casi todo viene marcado por el adulto, es quien organiza el juego, reparte turnos, explica las reglas y resuelve conflictos. En cambio, en el parque, el niño se encuentra con sus iguales sin ese adulto de referencia. En este contexto se ponen en práctica diferentes habilidades sociales y estrategias de autorregulación. El niño es quien tiene que tener esa iniciativa social y averiguar cómo acercarse a un grupo que ya está jugando, negociar quien hace algo primero, ceder, respetar turnos, tener diferentes roles en el juego, y resolver conflictos por cuenta propia cuando algún otro niño no hace lo que quieres.

A esto se le suma una constante exposición a la frustración. El niño se enfada porque pierde o porque no le dejan jugar a lo que quería. Y tiene que gestionar esa emoción él solo, sabiendo que los abuelos están cerca y que puede recurrir a ellos si lo necesita. También entran en juego la flexibilidad cognitiva y el autocontrol cuando los niños se intentan adaptar al cambio de reglas, esperan su turno y frenan sus impulsos.

abuela jugando en el columpio con su nieta© Getty Images

¿Qué tipo de aprendizajes o valores transmiten los abuelos en esas conversaciones informales de banco de parque?

Estas conversaciones no buscan enseñar nada de forma directa. Los abuelos conversan desde la calma más que desde la exigencia y, precisamente por eso, transmiten tanto. Los abuelos hablan, cuentan anécdotas de cuando eran más jóvenes, comentan cómo eran las cosas antes, o responden con calma a esas preguntas curiosas que, a los padres, con la prisa del día a día, a veces les cuesta más atender. Esta información se recibe de otra manera porque no hay una norma que cumplir, solo información que se comparte.

En estas conversaciones, suele estar presente el respeto a la palabra y la escucha activa, porque el abuelo dedica tiempo a escuchar lo que el niño cuenta sin prisa. El valor del esfuerzo y la paciencia a través de las historias de su propia infancia. Y el sentido de pertenencia. A través de esas historias también, los niños empiezan a saber quiénes son las personas que forman parte de su familia, de donde vienen…

Las extraescolares suelen tener reglas claras y un fin productivo. En el parque, a menudo "no hay nada que hacer" salvo inventar. ¿Cómo estimula ese tiempo compartido con los abuelos la imaginación y la capacidad de crear sus propios juegos?

Vivimos con bastante miedo al vacío. En cuanto un niño dice "me aburro", lo primero que se le ofrece casi de manera automática es algo para llenar ese hueco. Una pantalla, una actividad, lo que sea con tal de que no esté sin hacer nada. Sin embargo, ese "no hay nada que hacer" es justo lo que hace falta para que la imaginación se ponga en marcha. Cuando un niño se aburre de verdad, sin nadie que le resuelva el aburrimiento con un plan cerrado, el cerebro no se apaga, busca estímulos por su cuenta, y ahí es donde nace el juego inventado. Un palo se convierte en espada, un banco en barco… y las normas de ese juego las pone él mismo sobre la marcha. El aburrimiento obliga a la mente a generar sus propios contenidos en vez de consumir los que le llegan ya hechos.

La clave está en que los abuelos entiendan que su rol no es corregir ni suavizar las decisiones que los padres han tomado con criterio, sino sumarse a ellas desde su propio estilo

Carmen Botello Fuenteseca, psicóloga infanto juvenil

La jornada escolar y la rutina de tarde con los padres pueden generar sobreestimulación y tensión. ¿Funciona el parque con los abuelos como un espacio "descompresor" o amortiguador del estrés infantil?

Un niño que ha pasado la mañana en el colegio siguiendo normas, atendiendo y que luego llega a casa para encadenar deberes, extraescolares, la rutina de la cena y el baño, acumula una carga de estrés que, aunque no siempre se note por fuera, el cuerpo sí registra por dentro. Esa sobreestimulación constante mantiene al organismo en un estado de alerta leve pero sostenido, y a la larga, eso termina afectando tanto en el estado de ánimo como en la capacidad de concentrarse o de dormir bien.

El cambio de contexto permite que el cuerpo del niño empiece a bajar revoluciones, y su sistema nervioso pasa de un estado de activación a uno de calma. Fisiológicamente, esto tiene que ver con cómo se gestionan las hormonas del estrés a lo largo del día, que necesitan espacios de bajada para no mantenerse elevadas de forma crónica, y ese descenso no ocurre solo porque el niño deje de hacer cosas, sino porque lo hace en compañía de alguien que le transmite tranquilidad. Por eso el parque con los abuelos no es solo un rato de ocio, es un momento en el que el cuerpo y la mente del niño aprovechan para recuperarse antes de que empiece de nuevo la exigencia del día siguiente.

¿Dónde está la frontera entre la flexibilidad sana de los abuelos y la contradicción de las pautas educativas de los padres, por ejemplo, en relación con las meriendas, los límites de tiempo o el uso de pantallas?

La clave está en distinguir qué normas son negociables y cuáles no. No todas las reglas de una familia pesan lo mismo. Hay unas que tienen que ver con la seguridad y el bienestar básico del niño (horas de sueño, alimentación saludable, límites de pantalla que afectan a su desarrollo), y esas conviene que se mantengan igual estén con quien estén, porque son las que sostienen su estructura diaria. Y luego hay otras más pequeñas, que tienen que ver con el estilo o la comodidad de cada adulto (merendar galletas o fruta un día concreto, si se acuesta diez minutos más tarde un viernes…).

El problema aparece cuando esa flexibilidad se da en las normas grandes. Si un niño sabe que en casa de los abuelos las pantallas no tienen límite cuando en casa sí lo tienen, o que ahí puede cenar solo dulces cuando en casa eso está regulado. Se volvería una contradicción que afecta a la autoridad de los padres y, a la larga, confunde al niño sobre qué normas son de verdad importantes. La clave está en que los abuelos entiendan que su rol no es corregir ni suavizar las decisiones que los padres han tomado con criterio, sino sumarse a ellas desde su propio estilo. Cuando eso se respeta, la flexibilidad de los abuelos no resta autoridad, la complementa.

niño con su abuelo tomando la merienda en el parque© Getty Images

Cuando existen discrepancias entre cómo gestionan los abuelos la tarde y lo que piden los padres, ¿cómo se debe abordar el tema?

Lo primero y más importante es que esa conversación nunca se tenga delante del niño. Cuando los padres corrigen a los abuelos en el momento, o viceversa, el niño no solo se entera del desacuerdo, sino que puede aprender a usarlo a su favor. También le puede generar inseguridad. El niño necesita ver a los adultos como un equipo. La discrepancia hay que resolverla aparte, en un momento tranquilo, sin la tensión del día a día ni la urgencia.

La forma con la que abordes la diferencia también es importante. Hay que hablar desde la necesidad y no desde la crítica. Otro aspecto importante sería que los padres analizasen qué es lo que realmente les preocupa, si es algo que afecta al bienestar del niño de forma real (como el tema de las pantallas o los horarios de sueño que comentábamos antes) o si es simplemente una diferencia de estilo que pueden dejar pasar. Por último, añadiría que los abuelos intentasen no tomarse la conversación como una crítica a su forma de querer al nieto, sino como información útil para acompañar mejor.

Para terminar, ¿qué mensaje o recomendación le darías a los padres que sienten cierta culpa por no poder ofrecer ese tiempo libre y pausado a sus hijos entre semana?

Lo primero que les diría es que esa culpa parte de una comparación un poco injusta. Los padres tienen un rol que los abuelos no tienen. Los padres tienen que sostener el día a día, las normas y la seguridad del niño, y eso exige ritmo, estructura y decisiones constantes que no dejan mucho margen para la pausa. No es que los padres lo hagan peor, es que su función es distinta, y ambas son necesarias. Sentir que no se llega a todo no significa estar fallando, significa simplemente que se está criando en un mundo real, con horarios, trabajo y cansancio, no en uno ideal donde todo el tiempo puede ser tranquilo y sin prisa.

No hace falta que cada tarde sea como una de parque con los abuelos para que el niño se sienta seguro y querido, porque lo que de verdad construye esa base es la presencia, la calidad de los momentos de conexión. Por ejemplo, cinco minutos de verdad escuchando cómo le ha ido el día, un abrazo sin prisa antes de empezar con los deberes, una broma compartida... Esos momentos, aunque parezcan pequeños, son los que el niño realmente guarda y le ayudan a saber que sus padres siguen siendo su lugar seguro.