La infancia vive hoy en un ritmo que casi no deja espacio para detenerse. Entre estímulos constantes, pantallas que aceleran la atención y contenidos ultrarrápidos de redes sociales, la paciencia se ha vuelto una virtud más escasa. En medio de esa velocidad, los abuelos representan otra forma de estar en el mundo: más lenta, más presente, más humana.
Su calma, su manera de acompañar sin prisa y su capacidad de relativizar se convierten en un refugio emocional para los niños, que encuentran en ellos un aprendizaje silencioso y esencial: el de esperar, el de respirar, el de vivir sin urgencias. Sobre la paciencia en tiempos de Tik Tok hemos tenido la ocasión de hablar con Marta Fernández García-Andrade, especialista en Psicología y miembro de Top Doctors Group.
¿Qué está ocurriendo en la infancia actual para que la paciencia sea casi un bien escaso?
La infancia no es más que el reflejo de la sociedad actual. Los adultos somos los primeros que nos hemos acostumbrado a la inmediatez. Por eso, también toleramos menos los llantos, las rabietas y la paciencia que requiere educar con límites. Si queremos que los niños aprendan a aburrirse y a esperar, tenemos que enseñárselo con nuestro propio ejemplo, tienen que vernos esperando, aburriéndonos, leyendo, frustrándonos…
¿Cómo influyen las pantallas y los contenidos ultrarrápidos en la tolerancia a la espera?
Influyen total y absolutamente. Todos nos hemos acelerado mucho en las últimas décadas. Por ejemplo, las películas de Disney de los 90 tienen un tempo más lento, imágenes estáticas y tonos más neutros. A los niños de ahora suelen resultarles películas menos atractivas y, cuando las vemos con ellos, les estamos mostrando otros ritmos. Pero insisto, nosotros los adultos tenemos que educarles con nuestro ejemplo, y demostrarles que podemos alzar la mirada y aguantar 10 minutos en una sala de espera sin entretenernos con una pantalla.
La infancia no es más que el reflejo de la sociedad actual. Los adultos somos los primeros que nos hemos acostumbrado a la inmediatez
¿Qué tiene de especial el ritmo de los abuelos que resulta tan terapéutico para los niños?
Su manera de estar en el mundo es más pausada. A esa edad ya se ha hecho y aprendido casi todo lo importante. Las preocupaciones son otras, normalmente menores. Por eso los abuelos pueden disfrutar plenamente de sus nietos, y lo que más valoran los niños es el tiempo de calidad compartido.
¿Cómo actúa un abuelo como regulador emocional sin proponérselo?
Estando sin horarios ni prisas y con esa capacidad de relativizar que te da la experiencia.
¿Qué habilidades cognitivas se activan cuando un niño tiene que esperar?
Principalmente la habilidad para inhibir la impulsividad y la capacidad para demorar la gratificación inmediata. Además, activamos la atención plena, la memoria y la autorregulación emocional.
¿Por qué la calma de un abuelo puede convertirse en un refugio emocional para un niño?
Porque los abuelos son un oasis en el desierto. No entienden de algoritmos y a la mayoría les asusta el Tik Tok. Por eso, proporcionan vivencias reales que miran a los ojos y abrazan al corazón.
¿Qué aporta la diferencia generacional a la hora de enseñar paciencia?
Nos cuentan historias de antes que nos enseñan una realidad muy diferente a la de ahora: cartas que tardaban semanas en llegar, viajes de horas en coche sin ninguna distracción o llamadas desde una cabina.
Los abuelos pueden disfrutar plenamente de sus nietos y lo que más valoran los niños es el tiempo de calidad compartido
¿Cómo ayuda la presencia pausada de un abuelo a regular la impulsividad infantil?
Ayuda a través del ejemplo de vida, con hechos en vez de palabras.
¿Qué queda en un adulto que creció con un abuelo que le enseñó a esperar?
Queda el recuerdo de un abuelo que le cuidó cuando estaba malito, cuando papá y mamá no podían porque trabajaban, que le consentía y que le quería.
¿Por qué esos momentos lentos se recuerdan décadas después?
Porque son las primeras experiencias, los primeros recuerdos. Pertenecen a nuestra infancia, que es el momento de la vida en que vivimos con mayor ingenuidad, alejados de las preocupaciones de la vida adulta.
¿Qué le diría a una familia que siente que vive demasiado rápido?
Es algo inevitable vivir más rápido que antes, pero podemos aprender a reducir la marcha, a disfrutar más de los procesos y a dedicarnos tiempo de calidad.







